MARIO RIVERO: EL POETA DE LOS HOMBRES ANÓNIMOS. Por Federico Díaz-Granados

Federico Díaz-Granados*
MARIO RIVERO: EL POETA DE LOS HOMBRES ANÓNIMOS

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Nómadas (Col), núm. 20, 2004, pp. 236-247,
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Colombia
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* Federico Diaz Granados: Poeta, periodista y docente de literatura. Autor de los libros de poesía Las voces del fuego (1995), La casa del viento (2000) y Hospedaje de paso (2003) y de las antologías de nueva poesía colombiana Oscuro es el canto de la lluvia (1997) e Inventario a contraluz (2001). Es profesor de literatura del Colegio Santa María y subdirector de la revista de poesía Golpe
de Dados. E-mail: fedediazgranados@hotmail.com
MARIO RIVERO:
EL POETA DE LOS HOMBRES ANÓNIMOS
Federico Díaz-Granados*
NÓMADAS 237
Me han pedido unas cuantas cuartillas sobre la poesía de Mario Rivero y no he podido saber si se trata de un espacio amplio para decir todo lo que me suscita asomarme a su obra, o si por el contrario, se trata de un vestido apretado que me limita.
Porque hablar de Rivero, de su importancia, de su poesía y de todas
aquellas cosas que nos reúnen puntualmente alrededor del
café, del afecto, de sus permanentes lecciones de vida y poesía,
es de alguna forma hablar de mi propia vida y mi formación.
Porque siempre lo he creído: mis amigos asisten a la academia, a los museos, al cine. Yo visito a Mario Rivero, ritual que vengo haciendo desde hace varios años, para presenciar el ejercicio de la lucidez en el bello oficio de las palabras, para rastrear en las cosas cotidianas el hecho poético y las preocupaciones del hombre.
Lo he visto bajar innumerables veces por el barrio La Candelaria hacia la Avenida Jiménez, perdido entre su inmenso cuerpo, con los
ojos y ademanes de un niño grande. Sus diarias rutinas
no van más allá de las de cualquier hombre anónimo
que es inquilino de una ciudad como Bogotá. Es el primer
visitante de la Librería Lerner y allí siempre surge en torno
a él alguna tertulia sobre los distintos asuntos que preocupan al
ciudadano común: política, arte, farándula, fútbol, la baja o subida del
dólar o el último atentado terrorista.
Y de ahí, de ese diario vivir y de esas pequeñas preocupaciones de la
gente, nace su poesía. Él ha sido siempre un hombre solitario. Un hombre de pocos amigos que desde muy joven abandonó sus estudios de primaria para dedicarse a trabajar con su padre en las
fábricas textiles de algún suburbio de Medellín, y quien a lo largo de
su vida permitió la cercanía de muy pocos afectos. En los años que llevo frecuentando al maestro, se ha referido reiterativamente a muy pocos nombres como sus verdaderos amigos: Alejandro Obregón, Aurelio Arturo, Héctor Rojas Herazo y María Mercedes Carranza, entre otros.
La poesía de Mario Rivero no pasa impune ante los ojos de un lector
desprevenido. La suya tiene el don de remover los secretos pasadizos
del hombre con sus temblores. A Rivero hay que leerlo varias veces
en la vida: en la juventud, en la vejez, y sobre todo en la soledad. Su
primera lectura nos sugiere el desenfado.
Las siguientes, reflexión. Y es que Rivero es el derrotado y el
marginal por excelencia, como lo somos casi todos los seres humanos que caminamos por el mundo con el saco de la soledad y lo vemos con
la tristeza empañando los ojos. La torpeza, la inutilidad de tantas cosas, el fracaso de las jornadas cotidianas, siempre serán los temas a los que inevitablemente retornaremos.
Si la poesía sirve para develar el significado del mundo entonces la poesía riveriana nos ayudará a mirar ese mundo que él miró; nos devuelve las palabras vaciadas, vacías. Cada palabra suya carga una secreta enseñanza.
De ahí que los jóvenes poetas acudan en su búsqueda para recoger las breves lecciones de vida y poesía. Esa es la prueba concreta
de su desapego por el mundo y de su compromiso con una desaforada vocación vital.
Conozco la insobornable tristeza del tiempo

Hablar de Mario Rivero es hablar de uno de lo capítulos más  interesantes y fecundos de la poesía colombiana.
Con su voz pertenece al selecto grupo de poetas insulares que han inscrito su nombre en el mapa de la tra-

Dibujo de Mario Rivero para la portada de su libro
Porque soy un poeta
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dición lírica de nuestro país. ¿Para qué le puede servir la poesía a un ser como Rivero? Para justificarse, para castigarse, para transgredir. Sin duda pertenece a esa gran tradición occidental, de la tierra donde el sol declina, donde nos preguntamos por la inmortalidad del alma y el devenir en el tiempo, donde la relación con Dios y el golpe
de calendario tanto preocupan al hombre moderno. Es su palabra
un homenaje a la memoria para desterrar a los que olvidan y a partir de la medida exacta del alma medir las circunstancias del existir
y hacer de sus temas un inventario de desencantos.
Para Rivero, la vida siempre se antepone al arte y a la literatura. El escritor Guido Tamayo afirma en el prólogo del libro Porque
soy un poeta (Conversaciones con Mario Rivero): “Recuerda a Cioran en su constante empeño por “creer”, sin conseguirlo.

No obstante su descreimiento de la condición humana y, para sorpresa del lector –y mía–, Mario Rivero posee una conciencia
de la trascendencia, una forma particular de entender y vivir lo religioso que nos hará aún más compleja su personalidad”
(Rivero, 2000, p. 13).
Nacido en Envigado, Antioquia, en 1935, Rivero ha sido siempre un “husmeacosas, un cuentacosas” (como dice en uno de sus más bellos poemas), que ha deambulado por el mundo tras el rastro esencial de la vida, traduciendo el alma del hombre anónimo, triste, del antihéroe en la palabra y el hecho poético.
De su vida nómada y sus diversos oficios se ha nutrido su poesía.
En ella ha plasmado los azares que debe sortear un cantante de
tangos, declamador, granjero, vendedor de libros y de obras de
arte, trapecista, editor y voluntario de guerra, y manejador de toreros,
entre otros, para sobrevivir en un tiempo tan complejo, caótico
y adverso para toda propuesta estética.
Poemas urbanos 
En 1963 apareció Poemas urbanos en su primera edición, libro
que recogía poemas publicados entre 1958 y 1963 en el suplemento
dominical de El Tiempo dirigido entonces por Eduardo Mendoza Varela, y que lo ubicó como un poeta del devenir, de la truhanería y la antiacademia. Las cosas humildes, el asfalto, las luces de neón y el olor de la gasolina tenían su portavoz lírico. Él tan sólo quería contar  historias, de ahí que su posterior poesía estuviera llena de palabras
como balada, tango, saga, etc. Desde entonces la poesía colombiana
no volvió a ser la misma. Al finalizar el siglo pasado, dicho libro
fue catalogado dentro de los veinte más importantes de la poesía colombiana en el siglo XX en las diferentes encuestas
realizadas a críticos, poetas y periodistas.

Años después de su aparición, el escritor y crítico Andrés Holguín habría de sentenciar: “Cuando Mario Rivero publicó sus Poemas urbanos, en 1963, este libro lo situó en un primer plano. Fue
elogiado, con razón, por Nadaístas y no Nadaístas. Poesía peculiar, fuera de serie, nueva, de un andar sonámbulo en medio de las cosas habituales. Poesía, sí, de la vida diaria, pero en profundidad, con honda intuición de lo real más allá del motivo fútil. Poesía densa, opaca, insonora, desarticulada, que a veces hechiza, subyuga. En varios volúmenes posteriores esta poesía de Rivero se ha afirmado, y ha buscado un cauce distinto a través de sus Baladas”(Holguín,
1974, p. 279).
Mario Rivero, 1959
NÓMADAS 239
Sus textos sobre una ciudad con  humos de metrópoli recrearon el diario vivir de unos habitantes con guiños de ironía y trasfondo de lágrimas.
Y es que esa reinvención de la realidad urbana la convirtió en un
puñado de versos multicolores. Desde su lenguaje irreverente, el poeta se burla del entorno alienado que preside la ciudad, hasta un universo donde ingresan con la nostalgia la reflexión del ciudadano marginal y sus acciones cotidianas. Uno de los más interesantes aportes de Rivero fue nombrar asuntos antes poco visitados por la poesía colombiana; tan hermosa resulta la imagen sorpresiva de aquella Virgen de la Amnesia como la de las calles de La Candelaria, de

“las muchachas amontonadas
en la habitación
que emanaban
una gran niebla dulce”,
la vendedora de crispetas con el vientre puntiagudo, el paseante
solitario del Parque Nacional, el crudo retrato del padre oloroso a aceite entre su overol azul, y el dolor de encontrar los sitios del recuerdo destruidos, sin aromas ni misterios, apenas rescatados por su memoria.
“A través de su obra abundan los retratos, la anécdota y el comentario periodístico del cronista que nos hace ver todo el panorama nocturno y diurno de la gran metrópoli con sus luces de neón, su mugre, sus crímenes y sucesos banales, sus efímeras glorias, sus escenas desagradables de miseria y las tragedias de hombres y mujeres desconocidos cuyas existencias parecen ser marginales ante
los grandes acontecimientos. Por eso se destacan las figuras de prostitutas y borrachos, obreros fornidos y otras personas humildes…”
(Alstrum, 2000, p. 75).
En la obra de Mario Rivero el lector se regocija y se entristece; contempla instantáneas de su inútil trajín como si fueran un collage de fotos viejas. Y esos obreros, modistillas, rameras, vendedores callejeros, conformaron desde entonces el inmenso universo de la poética riveriana.
La de la muchedumbre anónima y marginal. De igual forma, el poeta
Darío Jaramillo señaló “Una hipótesis ya imposible sería que Rivero no hubiera publicado más que ese libro: Poemas urbanos. En ese caso, que el tiempo ya descartó por la publicación de otros volúmenes, Mario Rivero sería importante por haber protagonizado
una ruptura, por haber abierto caminos, por haber intentado
la claridad, por haber logrado la exactitud. Y “la poesía es
exactitud”, ha dicho Cocteau”
(Jaramillo, 1991, p. 498).
Mil instantes de vidas distintas Rivero tomó los grandes temas
de la poesía como el amor, la muerte, la soledad, la añoranza; temas
representativos de la modernidad, y los habitó del desencanto, el desasosiego, la duda, en una original  forma de poetizar, contando
en verso las historias callejeras, los pequeños dramas de los seres anónimos.

Su vasta obra poética se encuentra reunida en más de quince
volúmenes publicados a lo largo de los últimos cuarenta años, como
Poemas urbanos (1963), Noticiario 67 (1967), Y vivo todavía (1972, Premio Casa de las Américas), Baladas sobre ciertas cosas que no se
deben nombrar (1973) , Mis asuntos (Antología, 1980), Los poemas del invierno (1984), Vuelvo a las calles (1989), Del amor y su huella, (1992), Poema con cámara, Camirí 1967, (1997), Flor de pena (1998), Qué corazón (1999), V Salmos penitenciales, (1999), La balada de los pájaros (2001), Elegía de las voces (2002), Remember Spoon river (2003) y Balada de la gran señora (2003), libros que
crean un puente de ida y regreso dentro de su misma poética, pasando del desenfado a la melancolía, de la reflexión a la imprecación, del amor al desamor, reinventando su propia voz
y sus propios sueños en cada volumen.
Mario Rivero con Federico Díaz-Granados
240 NÓMADAS
Al preguntarle al poeta Fernando Charry Lara por la poesía de
Rivero, éste contestó: “Los motivos de la poesía de Mario Rivero son
tomados no solamente de lo cotidiano sino también de lo urbano.
Son una reveladora mirada sobre las cosas que a diario nos rodean, penetrando su misterio sin descartar su banalidad. Por eso los poemas de Rivero simulan pobreza en recursos expresivos, porque
están comprometidos con un lenguaje que ante todo quiere ser directo:
una visión honda y sencilla de la realidad. La diafanidad
de la palabra se relaciona con el fácil entendimiento de unas imágenes
que quieren ser de comprensión inmediata: nada de metáforas y
vocablos suntuosos o herméticos o simplemente complicados, sino que se entreguen totalmente a la sensibilidad del lector”.
La cercanía de Rivero con la esencia de la vida en todas sus manifestaciones y en sus distintas visiones estéticas lo han formado como un autor educado en la academia del mundo, que desmitifica la grandilocuencia de la literatura y crea la belleza con la palabra. Esa
fuente suprema del misterio creador donde el malevaje, los orilleros el bajofondismo, los arrabales y los cafetines dejan su testimonio a través de la voz del poeta.
A lo que María Mercedes Carranza agregó: “Pues bien, ese niño grande que regala manzanas y versos ha escrito lo que es a mi parecer, una de las obras más sólidas e interesantes de la poesía colombiana de todos los tiempos.
Con maestría, Rivero ha sabido hablar de las tristes gentes anónimas
de nuestras ciudades, de sus sueños y de sus fracasos y a ello le ha dado como fondo los frenazos de los buses, el vocinglero de los vendedores ambulantes, la suciedad de las calles, la luz turbia de los hoteles de paso”
(Carranza, 1989, p. 7).
Poemas como Palabras a un amigo que se llama Dios; Tangos para Irma la dulce; Una flor para Vincent; Momento para Saulo Salinas; Balada de los hombres hambrientos; Balada de Juanito Goez alias “El hombre” (a petición del honorable y con sonido); Balada de las cosas perdidas; y, los V salmos penitenciales entre otros tantos textos, hacen parte de la insobornable antología que realiza el tiempo. Son poemas habitados por las distintas lecturas que marcaron al poeta desde su infancia: la sencillez de los poetas norteamericanos, la sabiduría de la poesía china, Francoise Villón, Charles Baudelaire, la Biblia, Enrique Santos Discépolo, Agustín Lara y Carlos Gardel, consciente siempre de que la poesía es la matriz de la música y de que el epicentro de la música popular latinoamericana
reside en el tango y el bolero, ritmos que sirven de escenario a muchos de sus poemas.
“Esos términos de Balada, Saga, Tango, etc., y los temas mismos de sus poemas señalan una circunstancia tan elemental que su mención es casi embarazosa:

Rivero quiere contar. El propósito no es deslumbrantemente
nuevo, y sólo dentro del país cabe la mención de algunos nombres; los relatos de De Greiff, algunos intentos en ese sentido de Alvaro
Mutis (Maqroll) o de Cote Lamus. Si Mario Rivero ocupa un sitio tan
destacado en la actual poesía colombiana, esto se debe pues, no a lo rebuscado, a lo “original” de un concepto, la forma de poetizar, sino a
la tenacidad y a la firmeza con que se ha aferrado a él, y a la reciedumbre con que se ha abrazado a su visión, a sabiendas del
precio que hay que pagar por esas fidelidades o esas fantasmagorías”
(Valencia Goelkel, 1973, p. 8).
En 1972 fundó, en compañía de sus amigos Aurelio Arturo, Fernan-
Dibujo de Mario Rivero, para la portada del libro Mis asuntos
NÓMADAS 241
do Charry Lara, Giovanni Quessep y Jaime García Maffla, la revista Golpe de Dados, la más importante publicación de poesía de Colombia en los últimos treinta años, que además da nombre a toda una generación que se formó a través de sus páginas.
Ha sido Golpe de Dados otra de las aventuras riverianas que ha sobrevivido.
Desde ese primer número, fechado enero-febrero de 1973,  y que traía poemas de Vicente Aleixandre, Aurelio Arturo, José
Emilio Pacheco y Mario Rivero, hasta el número 187, fechado enero-febrero de 2004 y recién salido de los talleres de ABC (donde siempre se ha editado la revista), Golpe de Dados ha conservado su sobriedad, su mismo diseño, tamaño, tipo de papel, y exacto número de páginas. En ellas se han divulgado poetas de distintas generaciones, colombianos y extranjeros, y entre los números memorables
que vale la pena destacar, menciono los monográficos dedicados
a poetas como Héctor Rojas Herazo, María Mercedes
Carranza, Alvaro Mutis, Aurelio Arturo, así como las traducciones de
poetas norteamericanos contemporáneos realizadas por Jaime Manrique Ardila, y los poetas rusos del Siglo de Plata vertidos
por Jorge Bustamante, entre otros.
Balada de las cosas perdidas
A Mario Rivero siempre se le ha visto contagiado de la poesía, desde
su infancia hasta hoy cuando su bibliografía se ubica en el meridiano de la más fuerte tradición lírica colombiana.
También ejerció la crítica de arte durante más de treinta años.
Desde niño le gustó la pintura y dibujaba “monitos” para distraer su
soledad. Además muchos días de su adolescencia los pasó en la Biblioteca Piloto de Medellín devorandocuanto libro se le atravesara. También acudió por curiosidad a la Escuela de Bellas Artes de Medellín en tiempos en que la dirigía Rafael Sáenz y estudiaban Augusto Rendón, Aníbal Gil y Fernando Botero.
Años después, luego de que Walter Engel, crítico de arte de El Espectador renunciara al diario para radicarse en Canadá, Mario entró a enriquecer el debate sobre el arte nacional desde esas páginas, en tiempos en que Marta Traba y Casimiro
Eiger dominaban el panorama de la crítica nacional. Don Guillermo
Cano indagó entre artistas sobre quién podía reemplazar a Walter
Engel y seis de los más prestigiosos en ese entonces dieron el nombre de Rivero. Además lo respaldaba su cultura sobre arte clásico y contemporáneo pues había tenido la oportunidad de ver mucha pintura en libros y exposiciones, pues entre sus múltiples oficios, acompañó como guía a dos excursiones de arte a Europa.
De aquellos momentos quedan muchos testimonios. Páginas de la revista Diners, de El Espectador, del Calendario  Propal y libros que dedicó a varios pintores. En 1972 publicó el primer libro que se escribió sobre Fernando Botero y posteriormente dedicó extensos volúmenes a Obregón, Rayo, Manzur y Negret. Sobre aquellos días, sobre el oficio de la crítica de arte en Colombia, sobre
Marta Traba, Rivero es contundente:
“Marta miró mucho al porvenir,
con su mirada visionaria, pero yo
diría que desconoció, es decir,
negó nuestro pasado, y más aún
lo destruyó (…)

Por qué se retira de la crítica: “Me retiro de la crítica por cansancio.
Veinte años hice crítica en Diners ininterrumpidamente, también
en Propal, pero ante todo porque sé cual es mi oficio.
Yo soy un poeta (…) A mí me merecen un gran respeto
los críticos e historiadores que organizaron y organizan el devenir del
arte, lo clarifican y lo presentan a los ojos de la historia; no la crítica circunstancial, mundana, es decir, de acuerdo con las
modas, y que también podría ser definida como “los
almuerzos del crítico”, así como antaño se decía respecto
a las obritas menores de pintores como Vásquez
Ceballos, “los almorzaderos Libro de Mario Rivero sobre la pintura de Fernando Botero del pintor (…) La crítica de

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arte difiere totalmente de la teoría  filosófica del arte, en cuanto
que en la llamada crítica de arte se discute ya es sobre los méritos
individuales de la obra, y precisamente aquí es donde entra hoy a
operar esa progresiva mistificación que rodea al arte y al artista, la
que tanto ha venido a transformar lo que en otra época fue digno
y hermoso trabajo de artesanos, en una actividad regida ya en
todo por la publicidad (…) una actividad de mercaderes, y también
muchas veces de (…) farsantes”
(Rivero, 2000, pp. 111,
119-121).
La suya es una poética que se desprende del paisaje, que nace en
las entrañas de la naturaleza para arribar al hombre, poblándolo de sus fantasmas, dolores y derrotas en esta aventura fugaz que es la vida, sin otorgar optimismos ni esperanzas.
Canción de los perdedores Desde su primer libro, Rivero
tomó partido por el hombre, por la libertad, siendo el tiempo una constante estación a la que llegan todos los temas de su poesía. En Baladas el paisaje y lo irracional se visten con la piel de la palabra, habitando el sueño y la intuición con los ritmos
del asombro; en Vuelvo a las calles, el tiempo gravita en calles donde los fantasmas y demonios encuentran su hábitat, con la metáfora como un fuerte estallido de emociones, y la vida y la ciudad como divisa máxima de la reflexión. En general en el
grueso de su poética el eje temático son la ciudad y el cuerpo; la primera como espacio de convivencia, de paisaje o antipaisaje de sus habitantes, y el segundo como capital de sus heridas, sus dolores y la magia de las llegados al territorio de la fábula; en el que la poesía pasó a cumplir una suerte de milagro o taumaturgia.
Los retratos de la noche, la casa de la memoria, el viaje que no
exorciza los fantasmas sino que ayuda a convivir con ellos; el mismo,
eterno e irreverente tiempo permanece en el hecho poético
donde la vocación creadora se sitúa una vez más en el hemisferio
de la reflexión y el hombre, desde una auténtica voz personal, que
busca la ruta desconocida de un paraíso, de un idioma lejano de
Babel y de una belleza anclada en los litorales del corazón, que sin
duda es la verdadera sede de la memoria, la sede del pensamiento.
En 1964 Gonzalo Arango había descifrado la poética riveriana:
“Así es la poesía de Mario: maravillosa y humana; rutilante y contingente; tierna y despiadada.
Poeta del devenir, de la truhanería, de las cosas humildes, de los
despojos del festín de la academia y la literatura oficial. En una
palabra: poeta de lo anti-poético.
Yo, y todos los poetas de mi generación Nadaísta que rivalizan con
él por los honores de una primacía estética, creemos que Mario es uno de los más netos y puros poetas actuales; que es uno de los
grandes poetas colombianos, que se pueden contar con los dedos
de la mano”(Arango, 1964, p. 8).
Si bien el tiempo es el eje alrededor del cual giran los temas de
la libertad, entonces la muerte, el silencio, la palabra y la noche se
convierten en temas domésticos con sus esquinas desconocidas como todas las esquinas del mundo y habitadas
por los hombres, con sus esplendores y zozobras que habitan la
poética de Mario Rivero con aparisensaciones, siendo este la primera
derrota de los hombres. Del amor y su huella es un volumen de fascinación por el lenguaje, donde la poesía
hace vigilia a través de sus signos desconocidos por un país cerrado a
sí mismo, ungido por la muerte y el desalojo de la alegría; sin duda otro de los libros de Rivero que marcan una ruptura. Y desde ahí su poesía se volcó hacia la infancia y la vejez y su universo mítico, con sus héroes y antihéroes, sus pequeños milagros

NÓMADAS 243
ciones en algunos poemas y libros y que cobran vigencia nuevamente
en sus últimos libros, “La nueva poesía colombiana
deudora toda ella de Rivero, ha disfrutado pero no aprovechado a
cabalidad su lección. Quizá este libro que reúne veinte años de su
trabajo, no distanciado del mal gusto, no ignorante de sus
estrepitosas caídas, permita reconocer su importancia
dentro de nuestra literatura. Un lugar donde
la imagen se hace palpable y el pensamiento sensación
instantánea; donde la anécdota en lugar de anular
potencia el discurso.
Donde existe el desdén pero también el júbilo, y la
exultación convive con la pesadumbre. Un lugar en
fin, que sólo puede ser el  de nuestra derrota”(Cobo
Borda, 1980, p. 5).
El husmeacosas, el cuentacosas
Sin duda Mario Rivero colocó a la poesía colombiana
a la altura de su tiempo pues en sus palabras se pueden reconocer
los gestos de un país carente de misterio. Por eso los jóvenes poetas de su país lo buscan como a un secreto confesor para que
revise sus primeros intentos y los aconseje. Es incuestionable:
la poesía colombiana necesitaba las certidumbres y las heridas
de un poeta como Rivero, que nos hablara al oído de nuestras tantas
pesquisas, de nuestra marginalidad para reconciliarnos con el
hecho de estar vivos. Desde ese desarraigo y marginalidad, Rivero nos
deja un puñado de versos que persiguen una razón ética para vivir.
Y son los desahuciados, los burlados y tardíos que miran perplejos
e inocentes los que protagonizan su poesía.
Desde Homero hasta San Juan de la Cruz, de Virgilio a William
Blake, desde el lamento del pobre Job hasta Fernando Pessoa, la mayor ambición del quehacer poético siempre ha sido la misma: Ecce Homo parece decir cada poema. He aquí al hombre , he aquí su fugacidad sobre la tierra. Porque el futuro del hombre es el hombre, dice el portugués Eugenio de Andrade. Estamos de acuerdo, parece contestar la poesía de Rivero. Pero el futuro del hombre
no nos interesa desfigurado y ahí sobrevivirá la eterna y misteriosa
poesía. Ausencia y presencia, vacío y plenitud, duda y certeza, estarán
presentes por siempre en la palabra. Del desarraigo, de la
derrota, del desengaño y la soledad nace la poesía
de Mario Rivero. Esa es su gran lección. Una poesía
que coloca su voz al servicio del antihéroe, de
los hombres anónimos que construyen su biografía a
partir de la tristeza. Rivero, el mismo que marcó
una ruptura en la poesía colombiana con Poemas
urbanos, nos muestra ahora un tono más reflexivo,
donde la palabra queda decantada ante al asombro
de la música. Rivero deja a las nuevas generaciones
de poetas colombianos, el magisterio de
una poética atravesada  por la vida y el milagro de ltiempo que habita en el hombre.
Del bando de los equivocados, los dispersos, los roncos y débiles
viene la poesía de Rivero. Y así, mientras mis amigos siguen asistiendo a la academia, al cine, a los museos, yo sigo asistiendo a la cita puntual: visito a Mario Rivero en su casa de La Candelaria, sigo acudiendo a la lección de lucidez del amigo, del poeta, del maestro. Hablamos largo, miramos con sorna y sospecha el mundo, y le pido que me lea una

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vez más uno de sus poemas que más me conmueven:
La balada de los hombres  hambrientos

Los hombres hambrientos tienen oro/ casas con retretes de mármol/ y vestidos suntuosos/ Pero no puedo matar el hambre y la sed/ del tigre de sus ojos/ Los hombres hambrientos son/ en
alguna forma hermosos/ por una magia mortal y execrable/ sus oídos
se han vuelto sordos/ Pero los hombres hambrientos simulan oír/ y pagan bien a sus cantores/ Pregonan una extraña desesperación/
han perdido el recuerdo de los humanos olores/ caminan para buscar
un aroma imbuscable/ el de los tallos de las flores muertas y de los
pétalos podridos/ el olor que al mismo tiempo es/ el olor de la muerte y el olor del nacer/ Se cubre de moho el corazón/ de estos hombres hambrientos/ Se entrecruzan a la deriva No se ven Son muchos en movimiento/ Sus mujeres lavadas en aguas de caros perfumes sintéticos/ adustan acechan también/ aquel olor que alcanza
los huesos/ Si levantan las cabezas hacia cosas más altas/ no
distinguen otra cosa que el viento/ Remeros esclavos en un gran bajel
de oro/ van los hombres y mujeres hambrientos…/

Bibliografía
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246 NÓMADAS
Auguste Le Moyne, Champán remontando el ríoMagdalena, 21 x 28 cm, tintamarrón/pape l, c . 1828
Las
ILUSTRACIONES
NÓMADAS 247
• Las portadillas que separan las seis secciones de la revista, reproducen obras -y detalles- de ÓSCAR
JARAMILLO, importante grabador y dibujante antioqueño. Estas obras provienen de su reciente
libro publicado por el Museo de Antioquia (2004), que contiene un amplio estudio de Alberto
Sierra Amaya, curador del libro (las fotografías de los grabados son de Carlos Tobón).
• El comienzo de cada uno de los artículos, con excepción de los correspondientes a la Sección VI,
llevan tramado en el fondo un detalle de mural de José Clemente Orozco (ps. 10, 26, 36, 46 y 56)
o de Diego Rivera (ps. 66, 76, 86, 102, 112, 128, 140, 152, 160, 170, 180, 194 y 210), tomados
del libro Modern Mexican Art de Laurence E. Schmeckebier, publicado por The University of
Minnessota en 1939 (no se dan los nombres de los fotógrafos).
• Las obras de Fernell Franco, Óscar Muñoz, Éver Astudillo, Alicia Viteri, Eladio Vélez, Leonel
Góngora, Alfredo Guerrero, José Antonio Suárez, Beatriz González, Maripaz Jaramillo, Pedro
Alcántara, Bernardo Salcedo, Felisa Burzstyn, Guillermo Wiedemann, Juan Antonio Roda,
Cornelis Zitman… fueron tomadas de los catálogos de exposiciones individuales o colectivas realizadas
a lo largo de 25 años en la galería del Instituto Colombo-Americano, el Museo de Arte
Moderno de Bogotá, el Museo La Tertulia de Cali, el Museo de Arte de la Universidad Nacional,
la Biblioteca Luis Ángel Arango y el Museo Nacional de Colombia.
• Las obras de SATURNINO RAMÍREZ provienen de su único y reciente libro, publicado por Ediciones
Jaime Vargas & Museo de Arte Moderno de Bucaramanga. Bogotá, 2004, 250 ps.
• Las obras de ENRIQUE GRAU, quien falleció en Bogotá el pasado 1 de abril, pertenecen a su último
libro, publicado en Villegas Editores este año.
• Los dibujos indígenas que aparecen tramados al finalizar muchos de los artículos son detalles de
pinturas y dibujos sobre cerámica y en sellos de piedra de artistas precolombinos pertenecientes a
las culturas Tumaco, Quimbaya y Sinú; las obras originales se encuentran en el museo arqueológico
«Casa del Marqués de San Jorge» de Bogotá.
• El final de cada artículo está adornado con grabados del siglo XIX, tomados del libro La tierra y
sus habitantes (Tomo III), publicado en Madrid por la Editorial Erisa en 1981, que reune solo las
ilustraciones de la edición original (1879) dedicada a los viajes por “las cinco partes del mundo”
de “los más célebres viajeros”; son grabados en madera que reproducen un dibujo original, que,
en algunos casos, reproduce una fotografía, todo esto gracias a la ausencia de una tecnología que
permitiera reproducir directamente las fotografías de los viajeros. Uno de los más fecundos y famosos
ilustradores de la época fue Riou, cuyos dibujos fueron pasados a la madera por diferentes y
hábiles grabadores.
• Las fotografías de Fernando Oramas (ps. 220 a 235) fueron tomadas para Nómadas por OLGALUCÍA
JORDÁN, y las de Mario Rivero (ps. 236 a 243) por PATRICIA LEÓN (marzo de 2004, Bogotá).
• Los cuadros La fe del indio carbonero de Ramón Torres Méndez y Por las velas, el pan y el chocolate
de Epifanio Garay, pertenecen al Museo Nacional de Colombia, con quien se ha convenido su
reproducción en este número de Nómadas.
• Le agradecemos a la Biblioteca Luis Ángel Arango el habernos permitido ilustrar la revista con
las imágenes de obras de Francois Desiré Roulin, grabados todos de 1825 y permitirnos también la
reproducción de obras de Ignacio Gómez Jaramillo y Óscar Muñoz.

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