Diego Alexander Vélez Quiroz. Elizabeth y las manzanas . Poesia. Popayan, Cauca.

Elizabeth y las manzanas

– 27/12/2013PUBLICADO EN: BIBLIO.TKDESTACADOS

Un perfil del poeta Diego Alexander Vélez Quiroz

“Lo mejor del viaje fue su inusitado duelo”

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Por: Alan González Salazar

Nací en Popayán en el año de 1987, aunque antes de que me hiciera un recuerdo del lugar mis padres viajaron a Medellín; eran comerciantes. Allí vivimos todo el asunto de la violencia a finales de los ochenta y los noventa. En ese entonces se pagaba un millón por cada policía muerto y nosotros vivíamos en un barrio en el que, por lo visto, vivían muchos policías, era insostenible la vida allí. Llegamos a Pereira cuando yo tenía nueve años, tal vez menos, desde entonces he vivido aquí. Se preguntará: ¿su poesía se ve influida por esas temáticas? Es difícil decir cuáles son las temáticas que gobiernan mi poesía; aunque uno no es ajeno y no puede ser ajeno a su realidad. Creo que una de las características del artista es que expresa, a través del arte, su posición frente al mundo. Mi realidad ha sido un tanto violenta y hostil, como la de cualquier colombiano, por lo menos lo ha sido para nuestra generación, no es posible ignorarlo, supongo que mi trabajo está mediado por ello.

Elizabeth tiene quince años,

los ojos quedos y esquivos

como dos peces azules.

Le gusta salir de noche

a disparar palabras verdes a los árboles secos,

bañarse al final de la tarde,

cuando los abismos esperan confundirse con el cielo,

le gusta salir y desaparecer,

convertirse en tigre y desgarrar al viento.

Confundirse.

Cubiertas Elizabeth y las manzanas

 ¿Por qué me decido por una carrera de licenciatura? En realidad fue producto de varias casualidades. Nosotros llegamos a Pereira y regresamos de nuevo a Medellín; pero, al final, estábamos en la ciudad cuando llegó mi adolescencia. Siempre tuve dos polos. Desde pequeño he sido muy dedicado a la academia y, por otra parte,  he negado ciertos formalismos de la vida social; por eso me vieron siempre como un chico problemático. Para evitar darle explicaciones a la gente, madrugaba a la biblioteca Luis Ángel Arango cuando quedaba en la 30 de Agosto; permanecía en la biblioteca porque era un lugar en el que podía estar solo. En ese tiempo estudiaba en San Nicolás y estaba cursando séptimo u octavo. Leía de manera desprevenida; recuerdo que me gustaba, y aún me gusta mucho la biología, así que me sentaba a leerla. Con el tiempo Lidia, que era la  bibliotecaria, empezó a darme libros porque me veía con mucha frecuencia, yo nunca tenía lápices y se los pedía prestados a ella. Leí los primeros cuentos de Poe, de Cortázar, recuerdo que también leí Hamlet. En general, mucha literatura pasó desapercibida por mi vida, leía literatura como leía los libros de Biología, o como leía los de historia; nunca tuve pretensiones intelectuales, la lectura era entonces el producto de estar desocupado en una ciudad que no tenía nada para ofrecer, y creo que aún no lo tiene: llega el fin de semana, tienes doce o trece años, te vas a cine o te quedás viendo televisión en tu casa; y si estás un poco más grande, salís a beber. Esa es la explicación de porqué aquí hay tantos bares, no hay nada más que hacer. Cuando terminé el colegio tenía dieciséis años. Mi padre murió por esa época, lo asesinaron, tenía 33 años. Fue un golpe duro porque muchas de mis expectativas estaban puestas en el apoyo que me podía dar mi padre.

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Y a pesar de que digo que nada,

incluso nada, tenemos en las manos,

tiemblo cuando imagino

tus brazos, tus abrazos, para siempre cerrados.

Me gradué y seguí estudiando algo de sistemas en el SENA; me iba bien pero no me sentía cómodo con ello, así que me retiré. Yo quería entrar a la universidad pero no sabía qué estudiar.  Me cuestioné  por lo que me gustaba, para qué era bueno. A mí me interesaba el arte, me gustaba la música; pero no tengo aptitudes para ello. Estaba entonces entre filosofía y literatura. Me decidí por ésta última y averigüé el programa en la Universidad Nacional en Bogotá, me presenté y pasé, pero luego me di cuenta de que en realidad no tenía con qué pagarme la carrera en esa ciudad, mi madre no tendría cómo y mucho menos yo: iba a ir a Bogotá a morirme de hambre.

La ciudad,

ese mural de oscuros espejos,

guarda, entre sus grietas,

animales tuertos,

sucias madejas de huesos cansados y de venas rotas

que se ocultan,

pacientes,

en el subsuelo del olvido.

(…)

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Al final me presenté aquí en Pereira; esa elección, sin sospecharlo, cambiaría mí realidad totalmente. Yo había leído algunas cosas, pero de manera muy desprevenida, nunca imaginé que la lectura fuera el centro del mundo para alguien; entonces tenía un sentido muy arraigado de la realidad, aún lo tengo. Pienso que uno no puede ignorar el mundo para instalarse en países tan lejanos como algunos que a veces nos provoca la imaginación,la imaginación también debe generar su crítica sobre la realidad. Al principio, el hecho de que los libros fueran el centro de la vida para alguien me pareció gracioso. Los escuchaba hablando de cosas cuya mella en el mundo no alcanzaba a percibir, y me preguntaba “por qué se sienten tan importantes los académicos hablando de cosas que no tienen mucha importancia”; lo peor es que suelen ser arrogantes. Por otra parte, di con buenos amigos: conocí a Liliana Patricia Montoya, a John Jairo Carvajal, por medio de este a Geovanny Gómez, y a Duván Cano; también a Carlos Andrés López Duque y a Juan Manuel Ramírez Rave. Con ellos me sentaba hablar y los escuchaba, me parecía que sabían mucho, además, aprendí con ellos que la literatura era mucho más que un escape de la realidad, que había también demasiados cuestionamientos sobre ella, formas de operar que yo no conocía. Hasta entonces pensaba que el poder estaba en lo físico y en lo económico, nunca había visto la imaginación como algo tan peligroso, un escenario en donde se pueden hacer las mejores cosas: cambiar ideas, torcerle el brazo a la absoluta realidad.

(…)

Ciudades de cemento para hombres invisibles,

para sombras y gatos sin tejados,

y sin lugar para el viento donde planto mis semillas.

Bonito lugar para morir.

 ¿Cuáles son los elementos para la construcción de un poema? Bueno, estoy convencido de que el corazón del poema está entre la imagen y el sentido, pero su alma es el ritmo. Además de escribir de ojo, se debe de escribir de oído. En eso me sirvieron mucho las lecturas de los españoles, ellos son los maestros del ritmo en la poesía, no sólo los clásicos, sino los contemporáneos; de igual forma, me ayudó la lectura de ciertos autores latinoamericanos: Gonzalo Rojas, el ritmo y la potencia que hay en éste hombre pocos los tienen; Silva, entre los colombianos. En realidad, el secreto está en borrar, la parte más importante del lápiz es el borrador.

 

Trazar el nombre de la arena

entre los dedos

y pronunciar el último suspiro.

Una vez se ha alcanzado el sentido de lo que quieres expresar, se trascienden, se subliman las palabras, del qué viene el cómo; y empieza un trabajo más bien artesanal, de elegir la palabra apropiada, de construir el verso en su forma correcta, de darle equilibrio al poema. Eso es un trabajo que requiere mucha lectura y mucha humildad porque que implica desprenderte de palabras que crees importantes, y resulta que las palabras en el poema no tienen que ser las importantes sino las necesarias. A mí juicio, estos son los elementos que se debe de tener en cuenta en la construcción del poema, y muchos otros… mucha gente ha dedicado una reflexión a ese tema y supongo que todos tienen su punto de vista. Hemos olvidado, o preferimos ignorarlo, que la consecuencia del arte es la apertura y la creación de nuevos sentidos, yo lo ignoré por mucho tiempo.

Si las escrituras dicen la verdad,

y es dado pensar lo contrario,

yo soy lo que se diría

un huérfano celeste.

Para mí la tarea de la literatura es redescubrir el mundo, apalabrar aquello que consideramos propio, volver a las cosas esenciales, liberarnos de las miradas heredadas para mirarnos desde dentro. Mis preocupaciones fundamentales se resumen en aquello que corresponde a lo humano, y lo humano es todo, por eso me fijo en las cosas que considero sencillas, aunque nada que pertenezca a lo humano es sencillo. Mis preocupaciones  son básicas: el amor, las formas de la muerte, las nobles formas de la amistad;  es difícil hablar de eso. Me adscribo a esa idea de Kundera de que toda novela, en este caso toda literatura, que no revele algo desconocido de la existencia humana, es inmoral.

128. Portada Elizabeth y las manzanas (baja)(2)

Elizabeth traiciona su sexo al mediodía.

Cuando regresa de clase

hace camino para sus manos blancas,

se complace en acariciar senos firmes

y trenzar cabellos largos,

o besarlos y respirar un sudor que parece suyo.

Elizabeth calla cuando mamá está en casa,

sonríe cuando juega a la pelota

y suspira cuando yo no estoy.

Elizabeth se ha ido de casa,

probablemente encontró un nuevo vientre

y querrá volver al paraíso

para morder de nuevo las manzanas.

Fuente:

http://www.traslacoladelarata.com/2013/12/27/elizabeth-y-las-manzanas/

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