Eduardo Escobar. Biografia

Obras

Biografia

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Un día, a principios de los años sesenta, comenzó  a aparecer en Medellín, escrita en las paredes y fachadas de los edificios de la ciudad, una palabra que de inmediato despertó la curiosidad ciudadana: Nadaísmo. Estaba escrita en tinta negra y con ella, en la ciudad pulcra y blanca, se anunciaba algo que, aunque no se sabía de qué se trataba, pronto no tardó en revelarse cuando a través de una serie de actos escandalosos un grupo rebelde rompía la paz bovina del lugar, declarándose de paso portador de un nuevo evangelio que amenazaba con no dejar piedra sobre piedra. Su líder se llamaba Gonzalo Arango, quien había organizado sus huestes con adolescentes, algunos de ellos ex–seminaristas, pre delincuentes y desocupados, y hablaba de poesía, libertad y mística.La historia ya se conoce, pero quizá sea necesario decir que, para los muchachos de entonces, sobre todo para quienes ya nos asomábamos a la poesía y la literatura, los nadaístas llegaban en el momento en que, con su desenfado, filosofías y vida sin ataduras, representaban aquello que más anhelábamos.

Su imagen social, olorosa a azufre, ofrecía al fin una imagen del escritor   contestatario, y esto era importante.
En Medellín, los nadaístas habían elegido como territorio suyo a la carrera Junín y tomaban eternos cafés y Coca-Colas en El Salón Versalles y El Metropol, que era un salón de billares que daba enfrente. Imitaban, con sus peinados y ropas estrafalarias, a los existencialistas parisinos y no dejaban de mostrarse a los ciudadanos como criaturas raras. Hasta allí, a veces, íbamos a verlos a falta de diversión mejor.

Una mañana vi a Eduardo Escobar cruzar de una acera a otra aquel territorio sagrado. O a quien me dijeron que era Eduardo Escobar, pues yo no lo conocía. No tenía más de quince años, era bien plantado y su aspecto rebelde me hizo pensar en Arthur Rimbaud –sobre el cual el mismo Eduardo ha escrito la más bella y verdadera de las semblanzas del poeta gangrenoso –, a quien los nadaístas tenían, como apenas era obvio, como su santo patrón.

A parecerse al pobre Arthur, de un modo u otro, jugaban también los otros jóvenes airados de las huestes bárbaras: Darío Lemos (a quien le amputaron también, vuelto de una Abisinia imaginaria, una pierna), Amilkar U, Alberto Escobar y un niñito insoportable de apellido Zalamea que sufría los estigmas del más grande de los poetas modernos.

Eduardo, subido al barco ebrio rimbaudiano, por lo que leía en la prensa y en los libros que empezaba precozmente a publicar, escribía poemas crípticos pero lo suficientemente hermosos para que no pasaran desapercibidos y otorgaran a su autor fama y reconocimiento. Por entonces, comenzaba también, para abrir las puertas de la percepción, a experimentar con la droga, a la que daba cariños y tratos de leguminosa. Sin embargo, tentado por asuntos mayores, Eduardo no se extravío en el “malditismo” y más bien, manteniendo viva la lección de Fernando González, envigadeño como él, y su maestro de todas las horas, buscó y busca aquella verdad que espera en el cruce de las otras verdades, apoyándose en una religiosidad sin religión pero enaltecedora siempre del asunto humano. De ahí también que, como suele suceder en sus columnas periodísticas, se atreva a decir lo que piensa, así lo que piense no sea lo que habitualmente piensan los que dicen que piensan sin atreverse a mucho.

Poeta, ensayista, biógrafo y columnista, la vida le ha alcanzado para todo. Pocos intelectuales colombianos piensan, dicen o escriben con la agudeza, el humor, la libertad y el conocimiento con que el nadaísta de ayer, preocupación permanente de sus padres, hoy lo hace.

Los años, que a tantos colombianos sólo les sirve para hacerse pícaros y vividores, a Eduardo le han servido para ser un hombre de bien, a su manera, lo que no es poca cosa en estos tiempos de espectáculo orbital,  shopping desenfrenado y condición mezquina.

He tenido la fortuna, como sucede con otros escritores de mi generación, de ser testigo del cumplimiento de su destino de poetas, y quizá sea hora de decirle que de él he aprendido lo que he tenido que aprender y también desaprendido lo que había que desaprender. Que es una manera de llamarlo mi amigo.

Elkin Restrepo
Tango de los hampones

Muchas veces quise ser bueno
Pero siempre me convencieron
De la movida de la bolsa o la vida
Que es la moda del siglo que corre.

Por eso solo me preocupo
De mantener mi  billetera gorda a cualquier precio
Y del bien sacrosanto de mi panza.
Desoigo los consejos de los pobres, y buenos.

Hay que trampear para poder sobrevivir
Tretas y artimañas convienen
Y es ventajoso mantener alguna carta oculta.
Los discursos morales, ya se sabe, conducen a la ruina.
Hay que ir armado        también      por el buen camino.
El mundo se pone cada vez más difícil.
Pregúntale a mi pistola.

Entre el justo y el pecador
La diferencia está en el muerto.
Y aunque no haya muerto malo
Es preferible seguir vivos.
El vencedor impone la moral.
Las víctimas no cuentan. Se cuentan. Y se olvidan.

Muchas veces quise ser bueno.
Pero, quién alimentaría a mi familia.

Es prevenir que tener que lamentar
Y menos peligroso golpear de primero.
Por hacer el bien sin mirar a quién
Muchos, que ya olvidé, encontraron mal fin.
Es bueno y loable intentar ser honrado.
Pero resulta un sinsentido
En este mundo corrompido.

La virtud es hermosa no cabe duda.
Pero las virtudes del rico son evidentes
Y están bien respaldadas por los bancos.
El que cuenta sus morlacos
Dispone bien las partes del antiguo problema
De lo bueno, y lo malo.
Hay que alejarse de la horrible pobreza.

Hay que ser duros, antes que demasiado puros.
Golpea fuerte, y no lamentes tu suerte.
Si no existieran el bien y el mal
La vida sería como pan con pan.

Unete a mi banda.              No te irá mal.            Si eres leal.
Y sobre todo, te cuidaremos de la policía.
Es una porquería.

Eduardo Escobar

Eduardo León Escobar (Envigado, 1943), constituyó en un café de Medellín, en 1957, en plena dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, junto a Gonzalo Arango y Amilkar Osorio un espectáculo, mas social que literario conocido como Nadaísmo, que ha sobrevivido merced al incesante recuento de sus aventuras, machacadas en diarios y emisoras por sus sobrevivientes.

Notable cronista, antólogo y excelso poeta, recibió las iluminaciones de la lírica en el Seminario de Misiones, luego de haber orado con escolapios y maristas y al abandonar los hábitos, en Yarumal a los catorce años, atravesó el desierto de la existencia realizando inocuos oficios de  contabilista, patinador de banco, mensajero de a pie, joyero, tendero, perito, minorista de revistas y periódicos, artífice del cobre, pinche de cocina, avicultor, gorrón, camarero, reportero de revistas porno, crítico a sueldo de arte, etc., mientras declamaba sus versos en numerosos pueblos y recibía en sus necesitadas y blancas carnitas los soles de Mitú, Puerto Escondido o Taganga o aspiraba el humo de la maracachafa de oro de Barranquilla, Mocoa, Valledupar, Manizales o Buenaventura. Un país violentado pero inocente que perturbaron chillando blasfemias y batiendo sus largas cabelleras, auspiciados, precisamente, por los diarios más reaccionarios de entonces.

Hoy vive en un pueblito cundinamarqués en compañía de cuatro canes, asaltados por una milicia de ácaros que amenazan con desplazarle de un predio que espera convertir en un chalé para viajeros del inalcanzable por venir.

Algunas de sus obras son “Segunda persona” (1969), “Buenos días noche” (1973), “Cantar sin motivo” (1976), “Las rosas de Damasco” (2001), “Prosa incompleta” (2003) y “Poemas ilustrados” (2007).

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