LA BACANAL DE LAS FIERAS. JUVENAL HERRERA TORRES

LA BACANAL DE LAS FIERAS JUVENAL HERRERA TORRES Colombia Perú de Lacroix, autor del Diario de Bucaramanga, fue uno de los pocos extranjeros que lograron el rango de general de brigada en Colombia. Se había unido a Bolívar después de haber participado en el ejército de Napoleón. Conocido por su lealtad al Padre de Colombia, fue desterrado brutalmente por los santanderistas, bajo el gobierno de Obando en 1831, arrancándolo del lado de su esposa e hijos, que eran colombianos. Desesperado por la miseria y la soledad se suicidó en París, luego de escribir a las autoridades sobre los motivos de su fatal decisión. En sus líneas sobre Mis últimas voluntades, puede leerse: “Nadie ha sido mejor esposo, mejor padre y mejor ciudadano que yo: la hoja de mis servicios que va adjunta hará reconocer los empleos que he desempeñado en la República de Colombia desde 1821 hasta después de la muerte del Libertador Simón Bolívar. Mis opiniones han sido siempre liberales, y yo soy republicano por principios: el tirano, el verdugo de Colombia, execrable y sanguinario General José María Obando, no me ha tenido en cuenta para nada, su furor y su venganza saciándose han sobre mí, como sobre mil otras víctimas: aquel asesino es el autor principal de mi desgracia y de la de mi familia; más mi consuelo es que Colombia me hará justicia y la hará igualmente al monstruo que deshonra la Nueva Granada, el feroz Obando” ¡Qué tragedia la de Colombia! La muerte del Libertador provocó la bacanal de las fieras que pusieron en la presidencia al asesino Obando. En su demencial odio a Bolívar, las fieras repudiaron el nombre de COLOMBIA. Siempre fueron enemigas de la patria de la que odiaban su nombre que le había sido dado por el Libertador, y le impusieron al país el de la NUEVA GRANADA, que fue el que había impuesto el rey de España a su colonia en nuestro territorio. Con Obando a la cabeza del santanderismo en el poder empieza una tormentosa pesadilla cuya sangre nos sigue ahogando hasta hoy. Ese mismo gobierno desterró a Manuela Sáenz, luego de haberla reducido con un pelotón de soldados armados con fusil y bayoneta, que la llevó a la cárcel de mujeres de Bogotá, antes de arrojarla del país. La Libertadora del Libertador vivió miserablemente en Jamaica durante tres años. Pensó en regresar a Quito, donde confiaba sustentarse con la renta de una propiedad suya tras la muerte de su madre. En tal sentido le escribe al general Juan José Flórez, a quien explica los motivos de su destierro: “Yo amé al Libertador, muerto lo venero, y por eso estoy desterrada por Santander… y nada más, pues usted no ignora que nada puede hacer una pobre mujer como yo; pero Santander no piensa así; me da un valor imaginario, dice que soy capaz de todo, y se engaña formidablemente; lo que soy es de un formidable carácter, amiga de mis amigos y enemiga de mis enemigos: pero ahora que (Santander) se tenga duro: existe en mi poder su correspondencia particular al Libertador, y yo estoy haciendo buen uso de ella. Mucho trabajo me costó salvar todos los papeles del año de 30, y esto es una propiedad mía, mía…” Cuando Manuela llegó a Guayaquil y tomó el camino de Quito, el general Vicente Rocafuerte, que se turnaba el poder con el general Flórez para oprimir al Ecuador, tildó a Manuela de chihuahua o revolucionaria. En Bogotá había sido procesada por la difusión de un papel titulado La Torre de Babel, que era una sátira mordiente contra el gobierno, y en Quito, su hermano José Sáenz, había sido fusilado por subvertir el orden contra el gobierno legítimo. Manuela, pues, fue expulsada hacia Guayaquil y echada de ese puerto siguió al Perú. Su esposo la llamó a Lima. Pero ella lo rechazó y prefirió la soledad del pueblo de Paita, frente al mar. Allí, ya inválida y sentada en una silla de ruedas, la conoció Ricardo Palma y su impresión fue tal, que creía estar mirando a la Libertadora en un trono. Allí la vio Garibaldi. En las Memorias del héroe italiano están consignadas sus notas sobre las tertulias en que Manuela hablaba sobre Bolívar, a veces en compañía del filósofo Simón Rodríguez, que también estaba solo, frente al mar, en un poblado cercano llamado Amotaje. Garibaldi profesaba una gran admiración por el Libertador y dice que su “existencia estuvo enteramente consagrada a la emancipación de su patria; y cuyas virtudes no fueron bastantes para librarlo de la envidia y del jesuitismo que amargaron sus últimos días”, y en relación a su encuentro con Manuela escribe que “a ambos se nos humedecieron los ojos, presintiendo que aquel día será para los dos el último”. Un día, en su humilde vivienda, Manuela supo que su esposo había sido asesinado en Lima, dejándole una cuantiosa fortuna. Manuela despreció la herencia, pues, como solía decir: “¡Bolívar me dejó llena de amor!”. Simón Rodríguez estaba en Arequipa cuando supo la muerte de Bolívar. Luego había pasado a Santiago de Chile donde estableció una fábrica de velas, cuyo local le servía así mismo para educar a los niños. En el portón del vetusto local había un letrero: “LUCES Y VIRTUDES AMERICANAS. Esto es, velas de sebo, paciencia, jabón, resignación, cola fuerte, amor al trabajo” Su pobreza lo hizo emigrar. Después se le verá tratando de formar escuelitas y talleres populares en Quito, Ibarra y Lacatunga, para volver nuevamente al Perú. Este trashumante andaba siempre con sus manuscritos: Sociedades americanas, sobre el tema de la pedagogía, y El Libertador de Suramérica y sus compañeros de armas defendidos por un amigo de la causa social. Nadie quiso editárselos, y su miseria económica le impedía imprimirlos por cuenta propia. Este maestro del Libertador explicaba así su situación: “amé la libertad más que el bienestar”. Pero él seguía escribiendo y estaba culminando un nuevo libro: La tierra y sus habitantes… Y, como anota Frank, “no había en Bogotá, Quito o Lima quien quisiese editarlo” Rodríguez pensó en regresar a Europa, pero decía él- “cuando pienso en abandonar América, me ocurre lo del enamorado que ha peleado con su amante. Se aleja con una falsa sonrisa, jurando que ya nada quiere saber de ella… se aleja con pies de plomo, esperando que ella lo llame, seguro de que a cada paso lo llamará…” Finalmente, y después de que sus escritos fueron consumidos por un incendio, Rodríguez se instala en la perdida aldea de Amotaje, cerca de Paita y frente al mar, desde donde pasaba a visitar a Manuela. Cuando el maestro murió, Manuela se hizo llevar en su silla de ruedas al funeral de su amigo. Después falleció la Libertadora, y sus cartas con Bolívar y la correspondencia particular de Santander con el Libertador, desaparecieron en el incendio que se produjo cuando fumigaban su casa contra el virus de la difteria, o peste, según se dijo… ¡Qué “casualidad”! ¡Y qué símbolo: Bolívar, su maestro y su amada Manuela, tenían que morir de frente al mar! La muerte del Libertador fue la coyuntura para que el santanderismo abriera su caja de Pandora. El gobierno de Bogotá hizo llegar una nota de cobro al gobernador de Santa Marta, por haber sufragado con dineros del Estado el austero funeral de Bolívar. Fue entonces cuando Santander reconoció como suyo un libraco que había escrito contra Bolívar en 1829. Ese escrito fue agregado a sus Memorias. Allí Santander afirma: “Yo fui uno de los que, siendo vicepresidente de Colombia, contradijeron y resistieron sus proyectos con firmeza y legalidad; me opuse a la dictadura militar a que él aspiraba ardientemente (…) Sus decretos después del año de 1828, en que subió al poder absoluto, parecen dictados por el gabinete de Felipe II. Sólo la Inquisición no se ha restablecido en Colombia. Bolívar no ama al clero, aunque le hace corte con destreza y maña. Menos ama a los abogados y literatos. Santander no hacía más que copiar el repugnante lenguaje utilizado contra Bolívar por los diplomáticos y espías de los Estados Unidos. Por ejemplo William Tudor: “La profunda hipocresía del general Bolívar ha engañado hasta ahora al mundo… muchos de sus antiguos amigos (¡como Santander!) han descubierto sus intenciones hace más de un año y ya lo han abandonado. Con la violenta disolución del Congreso (Lima, 1826), la máscara debe caer del todo y el mundo verá con indignación, o con maligno deleite, que quien atraía la atención de los políticos de todos los países, aquel a quien el destino por una afortunada combinación de circunstancias había preparado los medios para dejar una de las más nobles reputaciones que la historia pudiera registrar, sea recordado como uno de los más rastreros usurpadores militares, cargado con el peso de la maldición de sus contemporáneos por las calamidades que su conducta ha de traer aparejadas” ¡Qué extraordinaria semejanza hay entre los escritos infames de Santander contra Bolívar y los de los funcionarios de Washington! Ya hemos visto cómo unos y otros tenían una unidad de propósitos que llevaron a la muerte de Bolívar y Colombia. En cambio, Santander era objeto de halagos y zalemas por parte del gobierno de los Estados Unidos, lo que trae a la memoria aquella sabia frase de Sainte Beuve: ¡“Dime quién te admira y te diré quién eres”! Es público y notorio que no sólo Jackson (quien apoyó a Inglaterra para apoderarse de las islas Malvinas), sino Clay, subalterno de Adams y superior de Tudor, Harrison y otros eminentísimos diplomáticos y espías norteamericanos, eran particularmente deferentes con Santander. ¿Quién lo discute? El propio Santander es el que da fe de ello y con orgullo. ¡Es tan cierto que Santander fue el más estimado de los renegados de la antigua Colombia, por parte del gobierno de Washington, como lo es también que los imperialistas de los Estados Unidos odiaban al Libertador, y odian hasta su memoria, como a ninguno otro de los hijos de las Gran Colombia, de la cual fue su inspirador, su padre, conductor y defensor hasta el último instante! Los nuevos dueños del poder en la Nueva Granada, combinaban muy astutamente sus actividades: mientras iban fusilando a sus adversarios políticos, calumniaban a Bolívar en ultratumba y posaban como liberales y demócratas. José Hilario López, por ejemplo, anotó en sus Memorias: “Otro suceso eminentemente interesante vino a despejar un poco el horizonte político, a dar una fuerza mágica a la buena causa, y a desmoralizar a la vez a los sectarios de la dictadura: ¡La muerte de Bolívar! Bajo estos auspicios tan favorables a la libertad se presentó la aurora del año 1831… Ya no existía el talismán con que se embaucaba a los pueblos para forzarlos a ponerse bajo su dominio”. Y como estos caudillos liberticidas necesitan escribir la “historia” para esconder sus fechorías y justificarse a sí mismos, leamos lo que escribe Florentino González: “… desde que fue patente para nosotros que la República y la Democracia no habían sido objeto de sus afanes y trabajos, ni era para fundarlas que se habían exigido al pueblo tan grandes sacrificios, nuestra adoración (¿?) se cambió en horror por el ambicioso que así había frustrado todas nuestras esperanzas y querido convertir en su provecho personal todo lo que el pueblo había hecho por adquirir el derecho de gobernarse a sí mismo. No causó impresión ninguna de dolor en el pueblo (¿?) la muerte de Bolívar, ni lamentaron su pérdida sino aquellos que favorecían sus miras liberticidas. ¿Cómo podrían libertarse los pueblos de ambiciosos de esa clase, si, cuando se mueren, se pusiesen a honrar su memoria?”. ¡Estos son una muestra de los próceres: ideólogos y héroes oficiales del Estado santanderista! Se comprende por qué no se enseña historia de Colombia en las escuelas y universidades. ¡Así surgió el liberalismo en Colombia! Su odio al Libertador fue simplemente instrumento de la política del gobierno de Washington para impedir la unidad de las nuevas naciones y destruir a Colombia. El gobierno de los Estados Unidos odiaba a Bolívar de un modo tan escandaloso, que el conde Dudley, secretario de Estado británico en 1827, recibió de Willimott, su procónsul en Lima, una carta en la que le decía: “La maligna hostilidad de los yanquis hacia el Libertador es tal, que algunos llevan su animosidad hasta el extremo de lamentar abiertamente que allí donde ha surgido un segundo César no hubiera surgido un segundo Bruto!” ¡Muy grande debió ser la alegría de los imperialistas de los Estados Unidos, cuando vieron que en los Estados Desunidos hispanoamericanos podían alentar el levantamiento de tantos Brutos para destruir a Bolívar! Venezuela, o mejor dicho, el gobierno, acogió con sus brazos abiertos a varios Brutos de esos. Algunos habían tomado parte en la conspiración septembrina de 1828 y, como es sabido, fueron amnistiados (como en Bogotá) y ¡condecorados! Dos días antes de la muerte del Libertador, los diputados de Puerto Cabello habían propuesto que el nombre de Bolívar “¡fuera condenado al olvido!”. Leamos lo que escribió Juan Antonio Gómez, gobernador de Maracaibo, para comunicar al gobierno de Caracas la muerte del Libertador, en correspondencia fechada el 21 de enero de 1831: “¡Bolívar, el genio del mal, la tea de la discordia, o mejor diré, el opresor de su patria, ya dejó de existir. Su muerte, que en otras circunstancias y en tiempo del engaño pudo causar el luto y la pesadumbre de los colombianos, será hoy sin duda el más poderoso motivo de sus regocijos. Porque de ella dimana la paz y el avenimiento de todos! ¡Qué desengaño tan funesto para sus partidarios y qué lección tan imprevista a los ojos de todo el mundo, al ver y conocer la protección que por medio de este suceso nos ha prestado el Supremo Hacedor! Me congratulo con Usía por tan plausible noticia!”. El júbilo de la oligarquía venezolana fue, pues, indescriptible. Ya no había que simular composturas, como cuando no se opuso a que se decretara el 9 de mayo de 1830 una ordenanza que calificaba a Bolívar como “el primero y mejor ciudadano de Colombia”. Los voceros de la oligarquía venezolana no sólo atacaron la ordenanza, sino que pasaron a la ofensiva y se dieron a la tarea de elaborar un proyecto de ley cuyo texto es el siguiente: 1. Que el año de 1813 fue proclamado Simón Bolívar Libertador de Venezuela (…) 3. Que por ley de 17 de diciembre de 1819 se dispuso que la capital de la República llevaría su nombre. 4. Que el 20 de junio de 1821 se decretaron honores de triunfo con motivo de la batalla de Carabobo. 5. Que el 11 de febrero de 1825 se decretaron también honores de triunfo, con motivo de la campaña del Perú. 6. Que por acuerdo del 1º de marzo de 1825 de la municipalidad de esta ciudad se determinó la erección de una estatua ecuestre que representase a Bolívar. 7. Que por decreto del 9 de mayo de 1830 se le declaró el primero y mejor ciudadano de Colombia… y considerando: 1. Que estos timbres de distinciones sólo los conceden los pueblos libres a las eminentes virtudes públicas (siguen ocho considerandos). “DECRETAN: Artículo 1º. Los títulos de honor y gloria que los cuerpos representativos de Venezuela consagraron a Simón Bolívar serán todos recogidos por el Poder Ejecutivo. Artículo 2º. El mismo, con acuerdo de su Consejo de Gobierno, señalará, por un decreto particular, un día en que en medio de la plaza de armas se quemen todos los monumentos de gloria concedidos a un hijo espurio que pretendió clavar el puñal parricida en el corazón de una madre amorosa: Artículo 3º. Se tendrá por aciago en la República el 17 de diciembre de 1830 en que murió naturalmente Bolívar, cuando debió morir de una manera ejemplar” La publicación de este pavoroso documento, como lo indica Cornelio Hispano, tiene este pie de imprenta: “Caracas, imprenta de Tomás Antero, 1833”, del cual existe un ejemplar en la Biblioteca nacional de Bogotá. Sección Pineda. Orden Público, 1, 74…” No olvidemos que Páez era el jefe supremo y señor de Venezuela en aquellos días. Sin embargo, años después, posiblemente mordido por sus rendimientos, escribió en su autobiografía: “… permítaseme que nuevamente califique de calumnia y mala fe la aseveración de que yo fui enemigo personal del Libertador…”. La historia es un proceso vivo, dinámico, dialéctico, constante: nunca se detiene. En la historia el pasado no existe como fenómeno estático. El presente viene siendo desde el pasado y el futuro empieza ahora mismo. En Colombia, y en general en América, no se enseña historia porque ella descubre a los autores de la opresiva situación que hoy vivimos. Descubre el origen de su poder y los métodos y aparatos de fuerza usados para conservarlo y reproducirlo. El crimen, los fraudes, las intrigas, las masacres de los adversarios: así se fue haciendo el poder de estas oligarquías que irónicamente se llaman así mismas “demócratas”. ¡Esta es la historia que no se enseña! ¡Esta es la historia que se oculta! Al fin y al cabo, como dice Eduardo Galeano “La historia oficial desprecia lo que ignora, ignora lo que teme. Es una historia que refleja el miedo de los que mandan. Ellos han contado esa realidad desde el punto de vista de los vencedores: blancos, ricos, machos, militares”. Con el santanderismo en el poder en la Nueva Granada, se completa la desmovilización y desarme de los últimos reductos que quedaban del ejército libertador. Mediante ley del 29 de noviembre de 1831, la Convención granadina ordenó que se borraran del escalafón militar todos aquellos que fueran sospechosos de ser Bolivarianos o desafectos al santanderismo. Con esa misma argumentación la ley ordena la purga de todos los civiles que hubiesen hecho parte de la administración pública en tiempos anteriores al mando santanderista del general Obando. Había corrido un mes de expedida esa abominable ley, que podemos denunciar hoy como la precursora del clientelismo y la corrupción dentro del Estado en Colombia, cuando Florentino González, que era el secretario de la Convención Granadina, le da cuenta a Santander: “… Han sido borrados de la línea militar… su número pasa de trescientos. También serán removidos de sus destinos todos los empleados civiles que se hallen en igual caso. Esta medida ha costado mucho trabajo recavarla; ha habido sesiones de dos horas, pero al fin pasó por una gran mayoría…” Las oligarquías de Colombia y Venezuela tenían un interés común, que las identificaba con las del continente: impedir que la guerra de independencia desembocara en el proyecto republicano e internacionalista del Libertador. Por eso, una de las primeras realizaciones de la contrarrevolución antibolivariana en el poder, fue la de arrasar con todo lo realizado por Bolívar en materia económica, política, jurídica y social: “En 1832 la Convención Granadina unánimemente declaró nulos los decretos del Libertador” Mientras en Caracas, el sujeto Pedro Carujo (que fue uno de los que intentó asesinar a Bolívar en la conspiración septembrina de 1828), fue el actor principal del golpe de Estado en Venezuela en 1833, “contra el gobierno civil, constitucional y verdaderamente liberal del eminente ciudadano José de Vargas, para establecer un gobierno militar autocrático”. Imperaba ya en hispanoamérica el crimen alevoso, el golpe faccioso, el terror de la fuerza y el fraude como vehículos de acceso al poder. Posada Gutiérrez da cuenta del fraude electoral que ayudó al tenebroso general José María Obando al ascenso al poder: “El registro del cantón de Purificación, en la provincia de Neiva, se perdió, y con ésta perdida el general Domingo Caicedo, que con los votos en él contenidos habría tenido mayoría sobre el general Obando, resultó en cuarto lugar, y, por eso entró el general Obando en la terna. ¿Será juicio temerario sospechar que no fue pérdida sino sustracción la de éste registro?”. En medio de crímenes y fraudes, pero eso sí, con el rótulo del liberalismo democrático, la oligarquía granadina constituye “un Congreso de absoluta mayoría liberal, sumiso en su soberanía a los dictados democráticos del señor Presidente” La bacanal de las fieras llega a su apogeo cuando el santanderismo, sirviéndose opulentamente del congresillo de cabecera, le sirve a su presidente en bandeja de sangre la pena de muerte contra los adversarios políticos. Los mismos que habían calumniado al Libertador llamándolo tirano, sanguinario y déspota, decretan ahora la pena de muerte: “La ley draconiana del 3 de junio de 1833 escribe Posada Gutiérrez-, expedida por un Congreso liberal”, que “en su artículo 26 condenaba a la pena del último suplicio: “A los que por medio de tumultos o facciones tomen las armas para destruir las autoridades constituidas o para cambiar la forma de gobierno; “A los que tengan comunicación con el enemigo, tumulto o facción; “A los que aconsejen, auxilien o fomenten la rebelión, traición o conspiración” Duarte French opina razonadamente que dicha ley ostenta una vaguedad sorprendente, “porque aconsejar, auxiliar y fomentar no son, en sí mismas buenas ni malas” y advierte que “es absurdo, por lo mismo, que el artículo 1º coloque a nivel de igual responsabilidad, con referencia específica a la pena de muerte, a quien de hecho se levanta en armas contra el gobierno y a quien sólo aconseja, auxilia o fomenta. Con la circunstancia realmente increíble, de que por el artículo 35º se impone a los alcaldes y jueces parroquiales la obligación de aprehender a los reos, bien sea que los aprehendan en flagrante delito de conspiración, o que por cualquier otro medio tengan noticia de que se trama contra la seguridad pública; procederán además a la formación del sumario` y, etc., etc.” Los juicios críticos del historiador sobre la abominable ley, concluyen en que, por medio de ella se establece en nuestro país, por primera vez desde que se independizó de España, la pena de muerte para los delitos políticos. “Y a fin de hacer más expedita la represión, queda derogado todo fuero (artículo 24) y todo anterior procedimiento” “De manera anota el general Posada- que aunque el objeto de las facciones, o conjuraciones (…) no se hubiese llenado, bien porque descubiertos los conatos o proyectos de rebelión, huyesen los comprometidos en ellos, o porque desistiesen de su intento, viendo que delatados no podían realizarlo, o por cualquier otro motivo, la ley los condenaba al banquillo. Y no sólo a ellos sino a los que tuviesen comunicación con ellos, de manera que bastaba hablarles para merecer la muerte. ¡Jóvenes liberales estudiad la historia y juzgad a vuestro partido!” Es más: “el artículo 27 de la misma ley imponía la pena de cinco a ocho años de presidio a los auxiliadores de los revolucionarios, cuyos conatos no se hubiesen realizado; a los que tuvieran comunicación con ellos; a los que sabiendo que se tramaba una revolución no la denunciaran; a los expulsados fuera del país que quebrantasen la expulsión, y a los que tratasen de seducir a alguno con el objeto de auxiliar a los revolucionarios”. En síntesis, Santander y su camarilla decretaba la pena de muerte contra los que cometían los actos que él y sus secuaces hicieron contra Bolívar. Anotando, como lo hace Posada Gutiérrez, que “no fueron tan lejos los decretos del Libertador contra los conspiradores; pero entonces, como ahora, como siempre, los liberales pueden hacer con aplauso lo que en sus adversarios condenan. Los hechos y no mis palabras lo prueban” Y concluye: “Conforme a esa ley se siguió el juicio a los acusados, y ya se sabe que las causas políticas se agravan o se atenúan según los jueces sean adversarios o copartidarios de los encausados. En la de que se trata, más parecía que se estaba juzgando la revolución de 1830 que la disparatada de 1833, y más al Libertador que a los comprometidos en ésta. La macabra ley fue saludada jubilosamente por los más encopetados caudillos santanderistas que exigieron su aplicación inmediata. En sus escritos, inflamados por el rencor y el sectarismo más extremos, saturaban el ambiente con la incitación abierta al asesinato político contra todos los que fueran sospechosos de ser bolivarianos. Leamos, por ejemplo, lo que escriben y firman Florentino González y Lorenzo Lleras: “No haya compasión con nuestros enemigos: es necesario que mueran ellos o que muramos nosotros… la ley los condena a todos; todos deben desaparecer del número de los vivientes” Bastó una “carta anónima” en la que supuestamente se informaba a Santander sobre la amenaza de una “revolución bolivariana” de la que participaban el general Sardá y los oficiales Pedro Arjona y Manuel Anguiano, para poner en movimiento toda la maquinaria represiva del Estado. De los 46 sospechosos detenidos en Bogotá, Santander en persona escogió nominalmente los primeros 17 que quería fusilar. Y se fijó para ello la fecha del 16 de octubre. El santanderismo tenía desde antes una lista negra que registraba a quienes eran conocidos por su lealtad con el Libertador. Sin embargo, en este caso, la mayoría de los reos eran gente humilde, sin ningún peso político en la vida nacional. Pero al fusilarlos Santander enviaba un mensaje de terror a sus opositores. Llegado el día y la hora de la ejecución de los reos y estando ya confesados por los curas los que creían que con ello entregaban su alma a Dios, la orden de fuego no se daba todavía. Se le preguntó entonces al comandante Zabala cuál era la razón del retraso del macabro espectáculo y qué hacía falta para llevar a cabo los fusilamientos, y éste se limitaba a responder: ¡“todavía no, su Excelencia no ha acabado de almorzar”! La bacanal de las fieras siempre ha ofrecido al pueblo el hórrido festín de la muerte, la tétrica cátedra abierta del crimen que derrama la sangre inocente. Pero lo más aberrante de todo es que los ejecutores de esa barbarie secuaces todos de Santander y defensores del asesino José María Obando-, se constituyan, por gracia del poder y de la fuerza del Estado, en los paradigmas de Colombia. Cuenta el general Joaquín Posada Gutiérrez, que una vez consumado el sacrificio “…se hizo desfilar las tropas por frente a los cadáveres, aún palpitantes… Despejada la plaza, el general Santander se retiró al palacio, por el mismo camino que trajo, es decir, por frente a los banquillos, deteniéndose minutos a examinarlos, y le acompañábamos los ayudantes generales del estado mayor general, llamados por el secretariado de guerra. Por consiguiente, todo esto lo vi yo, que era uno de ellos”. Así mismo fue capturado, arrastrado y fusilado el coronel Mariano París… Luego se ejecutó al joven oficial Manuel Anguiano… Después, Pepe Serna. Ser o haber sido solidario con Bolívar se convirtió en delito castigado con la pena de muerte, el presidio o el destierro. El escritor Tomás Rueda Vargas, admirador de Santander debió admitir que éste “no supo entonces… medir su severidad, que degeneró en violencia”. La brutalidad del santanderismo en el poder se hizo tan escandalosa que, en cierta ocasión en que se abrió un debate en sesión plena del Congreso, el general Antonio Obando hizo su defensa con las siguientes palabras: “… Pero yo no tuve la perfidia de mandar asesinos a la casa de estos desgraciados para que los matasen fingiéndose de su partido, como se hizo aquí en 1834; yo no di orden al comandante de una escolta que llevaba preso a un individuo para que suponiendo que quería escaparse, lo asesinasen por la espalda, como sucedió aquí con el señor Mariano París” ¡Estos son los liberales que acusaron a Bolívar de tirano! El general Posada Gutiérrez nos dice que en los debates previos a la imposición de la pena de muerte “El señor Rafael Mosquera, enemigo de la pena de muerte por delitos políticos”, era la contraparte del “general José Hilario López que la sostenía en todas las ocasiones que ocurrían, lo mismo que el general Santander, el general José María Obando y todos los prohombres del partido liberal”. Los santanderistas, naturalmente, defendían a los criminales que militaban en sus filas, con el pretexto de que la vida humana debe ser respetada. En cambio, justificaban la matanza de sus adversarios políticos, tal como lo denuncia el general Posada: “Los predicadores del respeto a la vida entre nosotros son incomprensibles: no quieren que se castigue con la muerte a insignes malhechores (…) pero admiten, ejecutan y aplauden el asesinato de hombres inocentes, los más de ellos inofensivos, o de algunos valientes que combaten por una causa justa y santa contra los facciosos adueñados del país (…) del poder arbitrario y de la fuerza que el crimen ha puesto en sus manos”. El santanderismo ha sido desde entonces, tanto en su vertiente que hoy se nombra todavía como liberal, o en la conocida como conservadora, un ejemplo patético de cómo se abusa del poder y cómo se delinque desde las más altas posiciones del Estado. Así lo corrobora el crimen cometido para eliminar a José Sardá, revolucionario de origen catalán, que había combatido en Rusia y en México y que estuvo al lado de Bolívar cuando estaba muriendo en Santa Marta. Resulta que para eliminar al general Sardá, Santander comisionó a dos oficiales: el teniente Pedro Ortiz del batallón No. 10, y el teniente de artillería Ignacio Torrente, quienes, según el plan convenido, visitarían al doctor Cleto Margallo, amigo de confianza de Sardá, fingiendo que querían ponerse bajo el mando de éste. De este modo lograrían, como en efecto ocurrió, que Margallo les revelara el refugio del catalán y, dice el testimonio de Posada Gutiérrez, que “tres casas separaban esa casa de la mansión presidencial de San Carlos, donde Santander espera el resultado del ardid que ha de poner punto final a la vida del insurrecto. Porque no se le quería detener sino eliminar” Y agregaba el excepcional testigo, que ciertas intimidades del siniestro plan fueron de dominio público, “y fue que Ortiz se resistía a matar a Sardá, porque le tendrían por asesino”, y que el general Santander lo convenció diciéndole “que él no iba sino a ejecutar una sentencia de muerte dictada por los tribunales, como lo hace el oficial que manda una escolta”. Se fundaba entonces el sistema totalitario y atroz que todavía padecemos. Uno se pregunta ¿si el partido conservador se constituyó con los que en esa época se llamaban liberales moderados, no será que el partido liberal fue creado por los conservadores radicales? Con razón declaraba Bolívar a Posada Gutiérrez: “No sé dónde se arrogaron los demagogos el derecho de llamarse liberales”. Y éste le respondió: “Se robaron la palabra, ni más ni menos, como se roban todo lo que cae en sus manos” Bolívar chocó, no como conservador sino como revolucionario, contra unos demagogos conservadores, retrógrados y conspiradores que se habían robado la palabra liberal, del mismo modo que se robaron la palabra democracia, para darle un tizne “progresista” (así fuera solamente verbal) a sus acciones antipopulares y proimperialistas. A propósito de esta cuestión, si la enfocamos desde el punto de vista etimológico, lingüístico, histórico y filosófico la ideología liberal nunca tuvo nada en común con el santanderismo granadino, ni con los separatistas de Venezuela, ni con los monarquistas de Buenos Aires, México y Chile, ni con la pretendida aristocracia limeña. Esas oligarquías se robaron la palabra liberal, como se robaron la palabra democracia para justificar lo que han venido haciendo: oprimir a nuestros pueblos. Ahora, si esos mismos términos de liberal y democracia los enfocamos desde el punto de vista de la economía política, resultan ser incompatibles, porque el primero se refiere a la libertad del mercado: las mercancías deben fluir sin trabas y con plena libertad y proclama como derecho absoluto el enriquecimiento individual. Y este derecho no puede ser restringido por el Estado. Es más, el Estado no debiera intervenir en los asuntos de la economía sino para servir al mantenimiento del orden público. En cambio la democracia reclama, para ser digna de tal nombre, el gobierno del pueblo y para el pueblo y constituye el Estado con la función específica de organizar la sociedad y producir el bienestar social de todos los asociados. La democracia propone la igualdad social como su objetivo primordial y exige al capital y a la propiedad no restringir el progreso de la comunidad. De este modo, mientras la economía política liberal rinde culto al absolutismo de lo individual y privado, el ejercicio de la democracia hace prevalecer los intereses de la sociedad por encima del individualismo egoísta. Por esta razón chocó Bolívar, que era el Libertador y líder de la integración y del bienestar de la comunidad, con hombres como Santander y Obando que sólo pensaban en sus intereses de poder y enriquecimiento individual, y con individuos como Florentino González que sólo le interesaba la libertad de comercio y era enemigo recalcitrante de que el Estado atendiera las reivindicaciones populares. Veamos algunos aspectos sobre la iracundia que provocó el libro de García Márquez sobre Bolívar, en la entrevista que María Elvira Samper le hizo al ilustre escritor: M.E.S. “Detesta a Santander? G.G.M. “No, pero hizo el país que tenemos hoy. M.E.S. “¿Cómo es? G.G.M. “Un gran país, pero que está muy jodido por una cosa que viene de la mentalidad de Santander, que es que las instituciones no corresponden a la realidad… En Colombia hay teatro, pintura, literatura… Hay de todo. Pero el Estado prácticamente no da un centavo para la cultura, para la creatividad. El Estado tampoco gasta en educación, en salud pública. Y el capitalismo colombiano, los oligarcas colombianos nos se sacrifican en nada y por eso cada cual tiene que defenderse como puede. Por eso dicen que la economía está bien y el país está mal. Pero si es que es un Estado tacaño, ¡completamente santanderista! M.E.S. “¡Y más puyas para Santander! G.G.M. “Ese era el concepto que Santander tenía del Estado” La entrevistadora expresa involuntariamente, supongo, la intolerancia oficial contra la verdad histórica. Decir la verdad es “antisantanderismo”. ¡O sea que Santander es la historia! Bueno… no puede negarse que la historia oficial de Colombia es escrita por el santanderismo. M.E.S. “Insisto en que hay antisantanderismo detrás de todo eso. G.G.M. “Yo digo que no hay antisantanderismo, porque la discordia entre Santander y Bolívar era recíproca (…) Pero en todo caso he tratado de que Santander se vea como es (…) Santander representa exactamente el pensamiento conservador de España. Fue el creador de unas instituciones perfectas en el papel, pero con una visión muy limitada. Bolívar, en cambio, era un liberal destacado, tratando de crear la alianza más grande y poderosa del mundo” García Márquez concluye manifestando: “Hay quienes sostienen que Bolívar tenía la visión de un hombre del siglo XVIII y que por eso no tenía la noción de Nación. Que la idea de la gran alianza americana lindaba en la utopía. En cambio, dicen que la mentalidad de Santander es del siglo XIX y que entendía muy bien el problema de las fronteras. Entonces tenemos en Colombia esa cosa curiosa que es que el creador, el fundador del partido liberal, fue conservador: Santander. Como el partido que quedaba era el conservador, entonces se lo atribuyeron a Bolívar. Yo no sé cómo hacen los liberales y los conservadores ahora. Bueno… ahora todos son conservadores, como son santanderistas”. Cuadran muy bien aquí las apreciaciones de Liévano Aguirre: “Que el empequeñecimiento de la política internacional de Colombia y de su poderío militar no representaba solución ninguna, quedó comprobado a corto plazo: fallecido Bolívar, licenciados los ejércitos libertadores y desembarazada la nación de su marina de guerra cuyas unidades fueron abandonadas en los astilleros de Cartagena y Puerto Cabello y luego desmanteladas y vendidas como leña vieja-, la crisis fiscal no desapareció, sino que, agravada, se prolongó por más de un siglo. No podía suceder de otra manera, porque el problema fiscal no residía en la magnitud de las metas señaladas por el Libertador a la nación colombiana, sino en la impreparación demostrada en Bogotá para planear una política financiera a la altura del gran movimiento de integración continental que abanderaban Bolívar y la República de Colombia en el Nuevo Mundo” Ahora, si decir esta verdad, como lo hace Liévano Aguirre, es antisantanderismo, eso quiere decir que el santanderismo es la mentira. Recordemos a nuestro filósofo Fernando González en su libro titulado Santander, publicado en 1940 y sacado de circulación por el gobierno: “No llamemos historia los veinticuatro tomos del Archivo Santander: son los documentos que dejó para cubrirse. En mi concepto la mejor obra del filósofo antioqueño es su libro Santander, porque en él logra hacer una radiografía perfecta de la personalidad mañosa, ladina y feroz del personaje y, a través de él, deja los fundamentos para un psicoanálisis del santanderismo perpetuado en el poder con los rótulos de conservador y liberal. Nos muestra así mismo cómo, el llamado “hombre de las leyes”… “le formó pelea a Bolívar en el campo en que Santander era invencible: el de la pequeñez, las elecciones, compadrazgos, congresos, libelos, suspicacias, intrigas”. Y el filósofo concluye demostrando que Santander “es un falso héroe nacional”. Conclusión absolutamente irrefutable, que, por cierto, provocó la más franca animadversión de la politiquería criolla, haciendo más luminosa la recordación que nos merece el filósofo González. Y agrega: “Hijo y padre a un mismo tiempo de esta república. Padre del conservatismo y del liberalismo, los cuales apenas se diferencian en que éste tiene remordimientos en la hora de la muerte, y, por eso, es el hijo predilecto de Santander”. Es verdaderamente asombroso que el Estado colombiano sostenga todavía a Santander como prototipo del héroe nacional. Pero, como lo uno se sustenta en lo otro, si lo que Santander hizo es heroísmo, se comprende perfectamente por qué el Estado colombiano es como es y hace lo que hace. Cuando ese Estado, con todos sus aparatos ideológicos y en primer lugar las academias de historia hicieron el homenaje al recuerdo de Santander, con motivo del centenario de su muerte, Fernando González escribió: “El espíritu neogranadino que aún perdura como elemento oficial, gobernante, dirigente de Colombia, del general Santander ha olvidado la cobardía, ha cubierto la pequeñez y le ha envuelto en la gloria de Bolívar: por eso aparece hoy, a los cien años de su muerte, como el indudable héroe nacional de los granadinos de 1940…”. Con el santanderismo en el poder nace un régimen de corte presidencial autocrático y feroz que, para sostenerse y perpetuarse necesita de un aparato de fuerza y de terror que gradualmente será institucionalizado como el ejército del Estado. Tal como lo refiere José Luis Salcedo: “A todo lo largo y ancho del continente americano las autocracias han hallado su sustentación en el militarismo, que fue tan fustigado por el Libertador, como degeneración viciosa de una digna responsabilidad, vecina del sacrificio y del desprendimiento. En diversos tiempos se han formado verdaderas fraternidades castrenses entre tiranos de distintos países. La función militar tan noble a la hora de ganar para estas patrias la libertad, ha sido envilecida por los déspotas”. También señala el citado historiador que “otra manifestación de la misma contrarrevolución antibolivariana, junto a las autocracias, es la serie larga de guerras internas que azotaron nuestros países, y particularmente… a aquel donde nació Bolívar” Y desde entonces esas guerras internas no han dejado de azotar a Colombia. Tenía que morir Bolívar para que surgiera el régimen de la antidemocracia. Pero la oligarquía criolla no podía estar tranquila sino se exterminaba a todo lo que tuviese relación con el Libertador: “el gran estorbo, el portavoz de los humildes, el maestro de la revolución”. El santanderismo destruyó a Colombia. La despedazó. La hizo trizas desde el punto de vista económico, político, geográfico, físico, moral y cultural. La usó como trofeo de sus vindictas. Negoció con su soberanía y su territorio. Asaltó su economía y sus recursos. Ofició como testaferro político del imperialismo yanqui. Invitó y apoyó la invasión peruana promovida por Tudor y los Estados Unidos. Invitó y apoyó la invasión venezolana sobre Cúcuta y la Guajira. Anexó las provincias de Pasto y Buenaventura y el cantón de Iscuandé al Ecuador. Abandonó a Panamá. Si fracasó en su empeño de entregarle al Ecuador el territorio del Valle del Cauca, ello se debió, como lo anota Posada Gutiérrez, a que “en Cali, ciudad grande y hermosa que está llamada a ser el emporio del ameno y rico Valle del Cauca, el pueblo se pronunció espontáneamente, sin aguardar la reunión de la Asamblea de Buga; sitió la fuerza que estaba a órdenes del coronel Eusebio Borrero, teniente del general Obando, y la obligó a capitular. El amor a la patria es un sentimiento y un principio que el santanderismo nunca conoció. Bolívar es la refutación fulminante de esa pustulenta conducta contra Colombia, y nos enseña con su ejemplo y con sus palabras que ese amor y principio de amar a la patria es el primer deber de todo republicano. Leamos su recriminación cordial a sus amigos los señores Toro: “¿Mis queridos amigos, se han muerto ustedes o han bebido las aguas del Leteo? Un silencio tan profundo me hace pensar que ustedes han cesado de existir en el mundo político (…) Vengan ustedes, queridos amigos, a morir por su país o por lo menos a morir en él. Yo creo que es preferible la muerte a la expatriación y a la vida apática y nula que ustedes sufren. Digo más, que es preferible vivir en cadenas por la patria, a existir fuera de ella en una triste inacción. En fin, amigos, ustedes deben venir a envolver sus cenizas con las de sus padres, amigos y compatriotas (…) la conciencia debe decirles noche a día que el destino que ahora tienen no es el que la patria y el deber les ha señalado…” ¿Qué es lo que el santanderismo ha hecho de Colombia en ésta prolongada y tormentosa bacanal de fieras? Respondamos con la certera síntesis hecha por el mayor Gonzalo Bermúdez Rossi: “… como en un bajo fondo de la política: administraciones demasiado ineficaces, mandatarios sombríos, patíbulos activos, gobernantes dispuestos a traicionar la naciente patria, innumerables golpes de Estado, guerras civiles a granel, violencia continuada y sistematizada, violación de la Constitución y los derechos humanos, relajamiento absoluto de la moral pública y una despiadada explotación y empobrecimiento de los nacionales proletarios y clases medias” El empobrecimiento de la nación y la ruina de los artesanos y de los productores nacionales, se constituyen en el factor que activó los primeros brotes socialistas en Colombia, que fueron brutalmente aplastados por el Estado santanderista. Pero esos primeros pronunciamientos encerraban el germen de una gran verdad y una alternativa estratégica para salir de la miseria, tal como lo expone Gerardo Molina: “Nuestro enemigo es la clase rica, nuestros enemigos reales son los inicuos opresores, los endurecidos monopolistas, los agiotistas protervos. ¿Por qué esa guerra de los ricos contra nosotros? (…) porque saben que lo que tienen es una usurpación a la clase proletaria y trabajadora, porque temen que se les arrebaten sus tesoros, reunidos a fuerzas de feroces exacciones y de diarias rapiñas, porque temen verse arrojados de sus opulentos palacios, derribados de sus ricos coches con que insultan la miseria de los que los han elevado allí con sus sudores y su sangre; porque ven que las mayorías pueden abrir los ojos y recobrar por la fuerza lo que se les arrancó por la astucia y la maldad; porque temen que los pueblos desengañados y exacerbados griten al fin como deben hacerlo y lo harán un día no muy lejano: ¡Abajo los de arriba!” Y esa es la lucha que continúa. Ya lo había advertido don Simón Rodríguez: “La América española pedía dos revoluciones a un tiempo: la pública (o política) y la económica. Las dificultades que presentaba la primera eran grandes: el general Bolívar las ha vencido. Los obstáculos que oponen las preocupaciones a la segunda, son enormes. La guerra de independencia no ha tocado a su fin” Todavía estamos en las tinieblas del primitivismo más cruel. “Las antiguas Repúblicas escribe Simón Rodríguez- eran crías de soldados, porque todos los derechos se deslindaban con las armas: ha llegado el tiempo de entenderse con palabras (…) si queremos hacer República, debemos emplear medios tan nuevos como nueva es la idea de ver por el bien de todos” ¡Entenderse con palabras!: ¡No olvidemos nunca esta lección! Como tampoco podemos olvidar que el Libertador nos enseñó reiteradamente que la función de las fuerzas armadas consiste en defender las garantías sociales, cuidar de las fronteras de la nación y aquilatar las libertades del pueblo. Nos enseñó que la razón de ser del Estado es la de producir el bienestar social de la nación. Es que, como anota Manuel Muñoz, “la finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión” A la sociedad no se la puede privar de la propiedad que le ayuda a vivir con decoro. Los verdaderos revolucionarios nunca odiaron la riqueza: odiaron la miseria. Odiaron el hambre, el desempleo, la ignorancia, la mendicidad, la delincuencia. Una sociedad que, como la nuestra, produce estas lacras en forma tan masiva, debe ser combatida y transformada. Otra valiosa lección que nos da Bolívar es que nunca podremos crear un Mundo Nuevo si no nos renovamos nosotros mismos, constantemente, sin cesar. Para ello debemos estudiar mucho, pensar con nuestra propia cabeza, mirarnos con nuestros propios ojos, superar el lastre del sectarismo que aliena y paraliza, ser originales, creativos, imaginativos, realistas, dialécticos, nutrirnos de nuestros valores, de nuestra historia, identificarnos con nuestro pueblo, con nuestra tierra y con nuestra época. Bolívar es un ejemplo espléndido: nos despierta y nos enseña a diferenciarnos de la común ordinariez, de lo superfluo y nos invita a lo grandioso y a lo esencial de la vida. Nos invita a ser humanos y universales, a querer el suelo que pisamos y el paisaje nativo que nutrió nuestra infancia. Nos invita a reconocernos, a amar nuestros ancestros, y nos reta a luchar contra esa otra opresión, que es invisible pero demoledora: la tiranía de la costumbre, el peso de la rutina. Y por sobre todo, nos invita a realizar lo imposible, ¡porque de lo posible se encargan los demás todos los días!. Hay que crecer todos los días con la dignidad de ser hijo de Bolívar y Colombia y sentir como él que nuestra patria es América y que debemos dar todo lo mejor de la vida al servicio de la humanidad. “Es verdad escribe Sáchica-, bajo el brillo de las ideologías y la contundencia de la costumbre, cada libertad es hija de la necesidad, es una necesidad humana satisfecha. No hay, por eso, libertad donde la necesidad recorta a la persona y degrada su dignidad. La liberación de las necesidades morales, espirituales y materiales es la libertad del hombre” El imperialismo y la oligarquía temen sobre todo que nuestro pueblo se encuentre con Bolívar y tome conciencia de su ser y de su papel como ser humano y como pueblo. Para oprimirnos nos ha impuesto su ideología y sus pretendidos valores. Esa ideología fue y siempre será opuesta a la enseñanza y trascendencia de hombres como Bolívar y Marx y, en general, contraria a toda formulación social y humana que dignifique al hombre y que materialice los principios de la cooperación internacionalista de los pueblos del mundo. Es bien sabido que Carlos Marx escribió una desafortunada crítica contra Bolívar que ha sido objeto de diversos tipos de manipulación, lo cual ha confundido a no pocos grupos políticos propensos al dogmatismo, que es lo mismo que el fanatismo de secta. Sin embargo, los grandes revolucionarios coinciden más temprano que tarde. ¿Cómo podrían ser opuestos Bolívar y Marx? En efecto, el artículo de Marx sobre Bolívar, no obstante estar plagado de errores y de haberse nutrido de fuentes viciadas, constituyó, para muchos dogmáticos como los hay en todas las sectas políticas y religiosas, un acto digno de fe sin examen y además infalible, haciendo de Marx un Papa, como hacen los católicos con el suyo. Involuntariamente por supuesto, cuando Marx intentó documentarse sobre el pensamiento, la obra y la personalidad de Bolívar, la literatura que encontró fue la reproducción de calumnias y de infamias de los enemigos de la portentosa obra bolivariana, que, como hemos visto, tachaban al Libertador como “tirano” y bonapartista”. Las erróneas apreciaciones hechas por Marx, que fueron por un tiempo un dogma puro para muchos que pretendían ser marxistas, han sido, vale la pena registrarlo, criticadas y corregidas por eminentes historiadores e intelectuales marxista de diversos países del mundo. Y esto ha significado por doble vía, por un lado la tarea de humanización de Carlos Marx, y por el otro la reivindicación de Bolívar como el gran dirigente revolucionario que fue y que trasciende el tiempo. Quizás uno de los primeros en hacerlo en América fue Gilberto Vieira, el desaparecido líder comunista colombiano, cuando escribió “Sobre la estela del Libertador” en el año de 1942. “Los comunistas dice Vieira- tenemos el sagrado deber de contribuir a rescatar el espíritu bolivariano de en medio de la hojarasca mentirosa de la interpretación oficial y proimperialista de su obra, con el propósito de devolver viva su imagen a las masas populares de América. Son ellas las herederas legítimas de su ardiente pensamiento genitor, y el limo fecundo que ha de encarnarlo y multiplicarlo en la hora de ahora y en la historia de los siglos” El historiador Anatoli Shulgovski, de la academia soviética, hace notar que “en los comentarios del artículo de Marx en las Obras, el Instituto de MarxismoLeninismo se detuvo particularmente en el análisis de las causas que predeterminaron en general una relación negativa de Marx a Bolívar” La clara deducción que hace Shulgovski, como la de muchos otros estudiosos de formación marxista-leninista, es que “en ese tiempo Marx no disponía de fuentes sólidas y se vio obligado a utilizar libros y memorias de personas que por una serie de causas estaban predispuestas contra el Libertador y se dedicaban a veces simple y llanamente a la calumnia y la falsificación. Tal ocurrió, por ejemplo, con las memorias del francés DucoudrayHolstein y del inglés Hippisly. Todo ello imprimió su huella, influyendo en el contenido del artículo de Marx y en su calificación de la personalidad de Bolívar”. A estos detractores hay que agregar lo escrito por Miller, el general inglés que se agrió con Bolívar porque no cedió a sus pretensiones de reconocer la distinción y rango que ostentaba cuando era colaborador de San Martín, tal como lo expone brillantemente el historiador colombiano Vicente Pérez Silva, en su magistral conferencia titulada “Bolívar visto por Marx”, pronunciada en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia. El pensamiento y obra de Bolívar ha venido siendo objeto de estudio interdisciplinario y científico por parte de numerosos historiadores, filósofos y académicos de la República Popular de China. Tal es el caso de Yang Enrui, quien además de ser miembro del Instituto de Historia universal de la Academia de Ciencias Sociales de China, ha sido traductor de importantes escritos del Libertador y de historiadores bolivarianos del español al chino. Yang Enrui define a Bolívar como el más auténtico “heraldo de la democracia”, y considera que “por su pensamiento democrático y republicano, Bolívar fue un caso excepcional entre los líderes de las jóvenes naciones” de comienzos del siglo XIX Los eruditos Li Xuezhi y Wang Ke escriben que las “obras escogidas de Bolívar traducidas y publicadas por primera vez China, constan de unos 170.000 caracteres y comprenden 50 documentos que reflejan su pensamiento político y su pronunciamiento social”. Al hacer relación de los eventos realizados en China desde 1982 para estudiar a fondo a Bolívar, dan cuenta que la Sociedad China de Estudios de Historia Latinoamericana, celebró en junio de 1983 el Primer Simposio académico sobre Simón Bolívar, indicando que “los asistentes presentaron más de una docena de ponencias. Tomando el marxismoleninismo y el pensamiento Mao Zedong como guía y basándose en los más recientes materiales históricos, los ponentes expusieron las grandes proezas históricas de Bolívar en los terrenos ideológico, político, educativo y militar y su importante puesto en la historia mundial”. “Desde su alto mando de gobernante nos dice Yang Enrui-, Bolívar se empeñó en elevar a una categoría superior a las nuevas sociedades de Colombia y Perú, a través de decretos que suprimían el caciquismo entre los indígenas, abolían la esclavitud, aceleraban el reparto de la tierra, etc. Todo esto perseguía un fin: corregir las pronunciadas diferencias sociales e imponer la justicia e igualdad. Procuraba una y otra vez dejar bien establecida la democracia y fue ejemplar en la observancia de la legalidad. Soñando con una sociedad madura y culta, fundó centros docentes y tomó la iniciativa de reformar las universidades”. Así las cosas, las fieras que utilizaron contra Bolívar y contra el propio Marx, las apreciaciones erróneas del referido artículo, han quedado refutadas. Bolívar y Marx se encuentran y completan el pensamiento revolucionario del mundo de hoy. Veamos, por ejemplo, el contenido de la resolución del XIII Congreso del partido comunista colombiano: “Creemos en el Bolívar de masas, el que soportó durante quince años al nivel de sus soldados los rigores de su naciente ejército de pobres. Que fraternizó material y espiritualmente con pardos, esclavos e indios. Que desbordó a su propia clase social al bregar porque la liberación de la patria trajese la liberación de los hombres y la devolución de tierras a los despojados. Que imaginó una guerra de independencia de contenido social, con formas y estilo americanos. Que amasó una concepción de democracia no con teorías abstractas sino con las esencias de la América en marcha”. El Estado colombiano ha asesinado a los cuadros más notables de este partido, así como a sus más reconocidos activistas. Pero el pensamiento que hay en dicha resolución es inmortal. El historiador norteamericano Waldo Frank destaca que han sido pocos los verdaderos discípulos del Libertador, que influyeron en las nuevas Repúblicas de América: “Domingo F. Sarmiento, maestro, que llegó a presidente de la Argentina; Manuel González Prada, poeta socialista, del Perú; Eloy Alfaro, el político santo, del Ecuador; José Martí, inspirado poeta mártir, de Cuba; Benito Juárez, gran reformador y presidente de México”. Pero lo cierto es que la misma tierra americana que Bolívar amó como que más, es un suelo predispuesto para la siembra de la libertad. Ahí están los nombres del general Ezequiel Zamora, sacrificado conductor del pueblo venezolano; el del general Rafael Uribe Uribe en Colombia, asesinado en las mismas gradas del Capitolio Nacional en Bogotá; el caudillo agrarista de México Emiliano Zapata; Augusto César Sandino el nicaragüense general de hombres libres; el general Francisco Morazán, el hondureño paladín de la unidad centroamericana; el sacerdote Camilo Torres Restrepo, el colombiano que unió su apostolado a las esperanzas del pueblo; Ernesto Guevara: Quijote galopando los Andes sobre el Rocinante de sus sueños; Fidel Castro: el primer conductor triunfante de una revolución popular en América. Y muchos más, afortunadamente. Lo mismo que en el terreno del pensamiento americano, y de su literatura y de sus artes. Pero es forzoso reconocerle a Frank la certeza de su afirmación cuando escribe que, “en general, el poder estuvo en manos de los explotadores del caos, de dictadores (…) herederos de Páez, Santander, La Mar, Obando…”. Los Garrastazu, Videla, Pinochet, Stroessner, Carías, Duvallier, etc.: aberraciones del terror y la tiniebla, sostenidos por el imperialismo militar y económico de los Estados Unidos. Es un eclipse oprobioso que nos niega la luz de la libertad que es el decoro humano. Una tiniebla opresiva y terrorista ejecutada por tiranuelos de todas las mañas y etiquetas: crueles, vende patrias, sanguinarios y retrógrados. Taciturnos y terribles peleles puestos en el poder por una oligarquía que jamás se sacia, y que desde el principio, nos ha impuesto violentamente su pretendida libertad, que no es otra cosa que la apertura absoluta al enriquecimiento individualista a costa de la miseria humana. Pero es eclipse, al fin y al cabo, y por lo tanto temporal como lo había pronosticado el mismo Bolívar: “Amo a mi país y creo que lo comprendo (…) Cuando Colombia era presa del despotismo español, arriesgué mi vida y mi fortuna por la victoria de la independencia. He ido aun más lejos. He llevado el nombre de Colombia a las laderas del Chimborazo y de Pichincha (…) No he logrado otro bien que la independencia. Esa fue mi misión. Las naciones que he fundado, luego de prolongada y amarga agonía, sufrirán un eclipse, pero después surgirán como Estados de una gran república: América” “Los ideales de Simón Bolívar escribe Pividal- superaron a los de Washington y Napoleón, porque el primero no llevó con su espada la independencia a ningún otro pueblo fuera de las Trece Colonias, y el segundo se extendió por casi toda Europa, pero para esclavizarla. Como la semilla que ambos sembraron no germinó en fruto de pueblos o países, por eso no existen en el mundo países washingtonianos ni tampoco bonaparteanos, pero sí existen pueblos y países bolivarianos”. No podemos entrar al conocimiento de nuestra América y Colombia sin abrir la puerta de Bolívar. Bien lo dice el poeta Pablo Neruda: “No se puede conocer a América del Sur sin conocer a Bolívar… De todos los protagonistas de las luchas de la independencia americana no hay ninguno más discutido, más apasionadamente analizado, pero ninguno es tan brillante, tan eficaz y victorioso como él, Simón Bolívar es el gran Libertador del continente” La unión de Bolívar y nuestra América mestiza constituyen nuestro ser y nuestra autoctonía, como bien lo manifiesta José Enrique Rodó: “Bolívar, el revolucionario, el montonero, el caudillo, el tribuno, el legislador, el presidente, todo a una y todo a su manera, es una originalidad irreductible”. Y es el más sublime tributo de América a la humanidad, a despecho del falangismo español y de los imperialistas que lo odian, porque, tomando las palabras del gran pensador don Miguel de Unamuno: “a él, al Libertador de América española del Sur, debe mucho, muchísimo, el liberalismo español (…) ¿Y acaso Bolívar, libertando a la América del dominio español, no ha contribuido a la futura, completa liberación de España?. Unamuno concluye que “Si Bolívar no hubiera existido la humanidad estaría incompleta”. Todo en la vida pasa a través del tiempo y del espacio: las fieras devoran con pavorosa voracidad, excretan y se pudren. En tanto que, aquellos genios que fueron luz para los pueblos y esperanza de la humanidad, son como estrellas que no se apagan nunca. La luz es inmortal. Por eso Bolívar sigue combatiendo en nuestra América. Porque, como dice Martí, “de hijo en hijo, mientras la América viva, el eco de su nombre resonará en lo más viril y honrado de nuestras entrañas”.

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