LITERATURA POSTMODERNA DE COLOMBIA. RAYMOND WILLIAMS

Raymond Williams: Postmodernidades latinoamericanas

Posmodernidades colombianas

En los años cuarenta y cincuenta, hay señales de una incipiente modernidad literaria en Colombia. Por una parte, escritores como Tomás Vargas Osorio, Rafael Gómez Picón, Ernesto Camargo Martínez, Jaime Ardila Casamitjana y Jaime Ibáñez publican ficciones con intenciones de ser modernas. Como ha señalado acertadamente Yolanda Forero Villegas, novelas como Babel (1 943) de Ardila Casamitjana y las ficciones de Vargas Osorio fueron contribuciones notables a la modernización de la narrativa colombiana. Por otra parte, la presencia de la revista Mito en los cincuenta fue clave para la apertura de la literatura colombiana1, ya que difundió en el país toda una gama de escritos modernos de Europa y América Latina.

La narrativa moderna surge en Colombia con la publicación de tres novelas faulknerianas y netamente modernas: La hojarasca (1955) de Gabriel García Márquez, La casa grande (1962) de Alvaro Cepeda Samudio y Respirando el verano (1962) de Héctor Rojas Herazo. La novela moderna llega a un apogeo a finales de los sesenta y principios de los setenta con Cien años de soledad (1967), En noviembre llega el arzobispo (1967) y la obra narrativa de Manuel Mejía Vallejo, Manuel Zapata Olivella, Gustavo Alvarez Gardeazábal y Fanny Buitrago. Más tarde aparecen las novelas modernas bien logradas de Alvaro Mutis, y la obra narrativa, fundamentalmente moderna, de Germán Espinosa, Oscar Collazos, Héctor Sánchez, David Sánchez Juliao, Mario Escobar Velásquez, Néstor Gustavo Díaz, Jorge Eliécer Pardo, Roberto Burgos Cantor, Marvel Moreno, Eduardo García Aguilar, Fernando Cruz Kronfly, Alonso Aristizábal, Luis Fayad, Tomás González, José Luis Garcés González, Darío Ruiz Gómez y Juan José Hoyos.

Las incursiones de García Márquez en la ficción moderna, su aclamación por la crítica internacional y el Premio Nobel en 1982, lo colocaron en el máximo nivel de atención en Colombia en los ochenta y noventa. En cambio, los ejercicios postmodernos de R.H. Moreno-Durán, su imagen pública de escritor conocido por destacados autores, igual que su narrativa hermética le han ganado la atención de un grupo más selecto de lectores, generalmente escritores, académicos y críticos interesados en la novela más bien innovadora. Escritores como Moreno-Durán, Albalucía Angel, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Darío Jarramillo Agudelo, Andrés Caicedo, Rodrigo Parra Sandoval y Alberto Duque López han trabajado dentro de esquemas postmodernos a partir de 1968. Figuras más recientes de tendencias postmodernos han sido Héctor Abad Faciolince, Philip Potdevin, Boris Salazar y Julio Olaciregui.

Los postmodernos suelen ser transnacionales y cosmopolitas, como es el caso de varios de estos escritores. Moreno -Durán, lo mismo que Angel, han adelantado la mayor parte de sus carreras literarias en Europa en contacto con el mundo intelectual y los desarrollos teóricos europeos, y al mismo tiempo, unidos a Colombia. De forma semejante, Duque López ha trabajado bajo influencias como Rayuela y el cine norteamericano. Aguilera Garramuño ha vivido durante más de una década en México y la escritura de Caicedo siempre lleva las huellas de la música rock y caribeña de los años sesenta. Además, está surgiendo una nueva generación de jóvenes escritores postmodernos como Philip Potdevin, Octavio Escobar Giraldo, Germán Silva Pabón y Hugo Chaparro, que operan a menudo con referentes culturales como el cine y la televisión colombianos y extranjeros, que aparecen en sus novelas a veces como parodia, a veces como pastiche.

Durante los noventa, un número cada vez mayor de intelectuales colombianos se ha dedicado a problemas de la postmodernidad y la literatura postmoderna. En un estudio bien informado, Autoconciencia y postmodernidad (1995), Jaime Alejandro Rodríguez ha analizado rasgos metaficticios y postmodernos de novelas como La muerte de Alec de Darío Jaramillo Agudelo, La otra selva de Boris Salazar, Trapos al sol de Julio Olaciregui y Mujeresamadas de Aguilera Garramuño, todas ellas, por cierto, novelas de tendencias postmodernas2. El académico colombiano Alfonso de Toro ha publicado un largo e informativo ensayo introductorio sobre la narrativa postmoderna en América Latina . El sociólogo colombiano Jaime Eduardo Jaramillo Jiménez ha publicado un libro breve, Modernidad y postmodernidad en Latinoamérica3 (1995), mientras el académico Carlos Rincón, en su libro La no simultaneidad de lo simultáneo (1995) presenta un repaso detallado y exhaustivo de la teoría postmoderna, seguido por un esfuerzo tentativo y poco convincente por hablar de la postmodernidad de autores como García Márquez y Fuentes4.

Los antecedentes para la narrativa postmoderna en Colombia (además de Borges y Cortázar) son las narrativas experimentales de Eutiquio Leal, Humberto Navarro y Germán Pinzón en los años sesenta. Aunque Cien años de soledad (1 967) es fundamentalmente una novela que participa de la gran tradición de la novela moderna de este siglo, su llamada a la libertad imaginativa absoluta y su juego metaficticio fueron modelos importantes para los escritores postmodernos en Colombia. Y se puede afirmar que la novela postmoderna existe en Colombia a partir de 1968, fecha en la cual Alberto Duque López publica su homenaje a Rayuela y Morelli, Mateo el_flautista.

El escritor más productivo de ficción postmoderna en Colombia ha sido R.H. Moreno-Durán, con siete libros de narrativa postmoderna. Sus invenciones se inician con la trilogía Fémina suite, compuesta por Juego de damas (1 977), Toque de Diana (1981) y Finale capricciosocon Madonna (1983). Su narrativa tiene raíces en Borges, no busca un universo organizado sino que lo subvierte y con frecuencia tiene como sujeto o enfoque temático el lenguaje mismo. Suele demostrar una actitud paródica y burlesca ante la novela moderna. Además, se encuentran algunas huellas de Joyce, Cortázar, Cabrera Infante y Sarduy en su obra, la cual en su conjunto es una antología de recursos postmodernos igual que Terra Nostra5

Desde Fémina suite Moreno-Durán cuestiona el concepto de Colombia como patria, ridiculizando, por ejemplo la idea de Bogotá como Atenas Sudamericana. Lo importante de esta actitud es la crítica de la tradición cultural y lingüística implícita en ese concepto. Los orígenes de Fémina suite no se encuentran en las realidades empíricas colombianas sino en la literatura moderna. Moreno-Durán ha explicado cómo ciertos poemas de T.S. Elliot y Paul Valery le sirvieron de núcleo generador para escribir Juego de damas6. Los nexos con Rayuela también son evidentes. En Juego de damas se presenta cierto tipo de mujer intelectual colombiana, formado en los movimientos radicales estudiantiles de la década de los sesenta, que pasa por tres etapas de ascenso social y búsqueda de poder. Moreno-Durán desarrolla en esta novela paralelismos entre lenguaje y poder, y subvierte el lenguaje convencional con el uso de la parodia, el eufemismo y otras estrategias literarias, actividades desempeñadas por el personaje Monsalve. Los protagonistas de Toque de Diana son Augusto Jota y Catalina Asensi, también intelectuales, quienes se dedican a los mismos ejercicios lingüísticos y los mismos juegos de poder que se encuentran en Juego de damas. En Toque de Diana, Augusto Jota es un militar retirado quien siente que ha fracasado tanto en su carrera como en su relación sexual con Catalina. Otra vez notamos paralelos con el lenguaje, ya que los dos son devotos de la lengua materna original el latín, y en sus relaciones de alcoba, ella “conjuga” y él “declina”. En la tercera novela, Finale capricciosocon Madonna, la más hermética de la trilogía, Moreno-Durán explora a fondo el erotismo del lenguaje y el lenguaje del erotismo. Plantea, por ejemplo, la cuestión de las correspondencias entre “semántica” y “semen” y luego desarrolla un extenso y denso ménage a trois. Desde la presentación de Laura, el personaje central, que se ve acosada por dos hombres, la novela describe varias relaciones triangulares, subvirtiendo así el doble bipolar de acuerdo con las subversiones de las oposiciones binarias de muchas novelas postmodernas. Se trata de una novela lúdica de erotismo y excesos lingüísticos, habitada por múltiples alusiones intertextuales que van de Proust al escritor postmoderno mexicano Salvador Elizondo7.

Los felinos del canciller (1985) no es un texto tan cerrado como la trilogía Fémina suite. El hermetismo queda aquí reemplazado por humor e ingenio. Es una historia de la aristocrática familia de los Barahona que ocupa una posición, por tres generaciones, en la diplomacia colombiana. Las figuras principales son el patriarca Gonzalo Barahona; el hijo Santiago Barahona; y el nieto Félix Barahona. Este es el localizador principal, a través del cual se rememora la historia de la familia, evocada en Nueva York, en 1949. Los referentes externos le permiten al lector seguir la vida de la familia desde la época de la Regeneración, a través de varios presidentes Dramáticos, hasta el ascenso al poder del Partido Liberal en el decenio de 1930 y, finalmente, el canto de cisne de toda esta tradición y su reflejo en la vida diplomática, a partir de los cuarenta.

Los elementos centrales de los Felinos del canciller son el lenguaje y la escritura. El verbo que sintetiza la trama es “manipular”. El lector superficial podrá entonces decir que la frase nuclear que abarca la acción es “La familia Barahona manipula la vida de otros”, para resumir tres generaciones de manipulaciones políticas. Indudablemente, el arte de la diplomacia, tal como ha sido practicado por la familia Barahona, es el arte de la manipulación. Pero de mayor significado en la lectura de la novela, sin embargo, es la manipulación del lenguaje, ya que si la profesión de Gonzalo es la diplomacia, su pasión es la filología. En este sentido una síntesis más acertada de la acción sería “La familia Barahona manipula el lenguaje”. De hecho, Gonzalo, Santiago y Félix dominan el arte de la manipulación del lenguaje.

Todos los hombres de la familia están tan obsesionados con la filología como con sus respectivas carreras. A finales del siglo XIX, durante la Regeneración, Gonzalo decide no continuar sus estudios de medicina, sino más bien dedicarse a la lingüística, y siguiendo el modelo de los letrados ilustres de la Regeneración, alcanza altas posiciones en la política y en la diplomacia con el uso de la filología. Félix también estudia griego, y tiene la tendencia a concebir el mundo por medio de la lingüística.

Los felinos del canciller es una novela de numerosas connotaciones políticas que plantea ciertas posiciones contra las tradiciones hispánica y del Altiplano cundiboyacenses8. Gonzalo es un gran conocedor de aquellas herencias, desde Cervantes hasta Marco Fidel Suárez, el último de los presidentes dramáticos. Las relaciones intertextuales de la obra señalan otras fuentes, que sirven de base para la sátira a la tradición del Altiplano. Al hablar de los presidentes dramáticos el narrador se refiere a Luciano Mancipe, y el texto está cargado de intertextualidad, ya que el nombre “Luciano Mancipe” evoca la obra Los Sueños de LucianoPulgar de Marco Fidel Suárez.

Moreno-Durán utiliza un sistema de signos para relacionar el viejo estilo del letrado conservador de la aristocracia con el nuevo tipo de intelectual que lo sustituyó. El narrador escribe contra ciertos monumentos de la tradición literaria del Altiplano, cuestionándolos en sus papeles de discursos dominantes. Con el uso de frases que evocan a José Eustasio Rivera (sin nombrarlo), se pregunta cuál es el papel de los escritores colombianos principales, dentro y fuera del país. Las referencias a Tierra de promisión, y La vorágine de Rivera son evidentes. Pero el contexto es de mayor importancia que las menciones a los libros: la posición de Félix es la que le señala la tradición intelectual y lingüística conservadora, inscrita en los monumentos literarios del Altiplano. La manera de pensar y de actuar de los Barahona pertenece al programa conservador, al igual que su reacción frente al discurso de Rivera, y en general de los liberales, a partir de la década de los treinta.

Una de las estrategias más frecuentemente utilizadas por el narrador es la de cuestionar, en forma paródica, el discurso de la Regeneración, sobreponiendo al lenguaje erudito, a menudo Heno de raíces griegas o menciones clásicas, un lenguaje coloquial. De esta forma, la escritura postmoderna de Moreno-Durán cuestiona la frontera entre el lenguaje literario y el coloquial.

La posición extradiegética-heterodiegética del narrador debe ser entendida sólo de manera superficial. Su perspectiva frente a la historia y su carácter omnisciente se van subvirtiendo a medida que avanza en la narración. Al comienzo, el texto presenta a un mediador omnisciente, pero el comportamiento de éste pronto sugiere características similares a las que Kerr le atribuye a la novela postmoderna; es decir, que se trata de un texto que carece de mediador omnisciente y por lo tanto de discurso autoritarios9. No se presenta un discurso de autoridad sino que, más bien, subvierte la autoridad de aquellos lenguajes utilizados en Colombia a principios del siglo XX.

Los felinos del canciller parodia algunas instituciones nacionales, y sobre todo, el concepto de Atenas Sudamericana. La principal característica que se le atribuye a Félix es la de ser “la máxima encarnación de Kalos Kagathos, el perfecto caballero ático, pues no en vano vivían en la Atenas sudamericana”10. La novela también cuestiona la superioridad de aquellos intelectuales adictos a las tradiciones clásicas; y, para parodiar la imagen de Bogotá como una nueva Atenas, el narrador se refiere a Colombia en forma distante (“ese país”). En aquellas pocas ocasiones en las que el narrador se identifica como colombiano, utiliza primera persona plural (“nuestro”), lo que implica la perspectiva de un nacional en el exterior, quien mira aquel paraíso de la lingüística como algo distante en el espacio y el tiempo.

La transgresión de la norma sexual representa, en esta novela, otro nivel paródico. Al igual que en María o en Cien años de soledad (textos implícitos de esta novela), las transgresiones sexuales a menudo se limitan a actos simbólicos, no físicos. Por ejemplo, Félix es caracterizado, desde el comienzo, por sus tendencias incestuosas. La diplomacia, como es practicada por la familia, tiene cierto carácter incestuoso, por ser actividad de un grupo cerrado de individuos que sólo se preocupan por ellos mismos, no la de un grupo abierto de mediadores internacionales. En el texto hay numerosas referencias al incesto físico, principalmente entre Félix y su hermana Angélica. Como la escritora chilena Diamela Eltit, Moreno-Durán trabaja las relaciones incestuosas con la sugerencia constante de que el texto mismo funciona igual, en la esfera del incesto lingüístico.

Los elementos discutidos hasta ahora dan lugar a varios paralelos notables: la familia diplomática de los Barahona se especializa en manipular relaciones y personas; como filólogos manipulan el lenguaje; el narrador, como si fuese otro de los Barahona, manipula los personajes y manipula paradójicamente, el lenguaje. Todo esto permite establecer una ecuación: en Los felinos del canciller, la diplomacia es idéntica al lenguaje. También el narrador cree en las correspondencias entre la diplomacia, el lenguaje artístico y el protocolario. En el universo de los Barahona, los protocolos del lenguaje equivalen a los protocolos de la diplomacia.

Las equivalencias entre el lenguaje y la diplomacia llevan el texto a conclusiones divertidas, juguetonas y postmodernas. Al final, no sólo la diplomacia, sino en general todo el material de la obra, hace del lenguaje y la escritura un tema central. Esta característica, entre otras mencionadas, nos permite referirnos a este texto como perteneciente a la novela postmoderna. Además, las líneas de equivalencia se van creando entre lenguaje y sexualidad, lenguaje y política, y finalmente, entre lenguaje y escritura. Ya nos hemos referido a algunos pasajes que plantean las relaciones entre sexo y literatura, como cuando Gonzalo se refiere a su impotencia en términos lingüísticos.

En últimas, todos los actos de manipulación en Losfelinos del canciller se refieren al lenguaje y la escritura, o a una metáfora de éstos, tanto para el narrador como los personajes. Gonzalo inicia sus relaciones amorosas con Lesley-Anne con un intercambio epistolar, con lo que tales relaciones se convierten en una práctica escrituras, que el narrador califica de literaria al llamarla “soliloquios cruzados”. En una de las escenas más complicadas, Gonzalo, el patriarca de la familia elabora una fórmula compleja a base de verbos impersonales, para reconciliar sus inquietudes filológicas, políticas y sentimentales. Tal fórmula, que consiste en una página, se basa en las correspondencias entre las conjugaciones verbales y las acciones humanas.

Los felinos del canciller es un ejemplo significativo de ficción postmoderna en la región andina. Tanto para el narrador, como para el lector, se trata de una novela de superficies: todas las acciones son superficiales en el sentido de que tiene mucho mayor importancia el acto mismo de manipulación que el contenido o el producto de tal manipulación. Tanto el lenguaje como la diplomacia están desposeídos de “contenido”. Frente a una situación narrativa en la que los personajes (principalmente Félix), actúan como focalizadores, y por lo tanto presentan al lector el mundo de la ficción, y en la que en última instancia es el narrador quien ejerce la manipulación, puede afirmarse que la novela carece de una autoridad, un aspecto postmoderno obvio. El lenguaje mismo es su tema y sus constantes, la ausencia y la indeterminación. Por eso, Los felinos del canciller es el texto postmoderno por excelencia. El narrador y los Barahona son etimologistas que buscan la verdad en el origen, pero como otros narradores y personajes postmodernos, no la encuentran. De forma parecida, Moreno-Durán (como Ricardo Piglia y Diamela Eltit) busca sus propios orígenes en el lenguaje de la tradición hispánica. En ésta, junto con la gran tradición de la cultura colombiana, se encuentran los orígenes de la expresión “La Atenas Sudamericana”.

El caballero de la invicta (1993) es la novela de Moreno Durán más evidentemente ubicada en el espacio urbano de Bogotá, pero no la ciudad realista moderna de la vida cotidiana, sino el centro urbano de invención postmoderna, ciudad con metro de superficie que evoca las superficies teorizadas por Sarduy, metro con paradas imaginarias en la Universidad Javeriana, en la Iglesia de la Porciúncula, en El Lago y otras partes de esta ciudad simultáneamente tan premoderna, tan moderna y tan postmoderna. Siguiendo el modelo de Borges y Cortázar, Moreno-Durán no deja que la realidad cotidiana interfiera con la construcción verbal de su eje urbano de los múltiples centros que proliferan no sólo por la superficie de los rieles del metro (es decir, las estaciones de metro), sino también en los múltiples centros de la narración y del enfoque lingüístico. Novela festiva y humorística, El caballero de la invicta es la práctica de la teoría sarduyana y joyecana por excelencia.

Esta novela termina con tres imágenes que revelan y recalcan las actitudes postmodernas de Moreno-Durán ante el texto literario. La primera es la imagen final, como de película de David Lynch, del personaje mirando imágenes de televisión en la oscuridad del país, en el caos de la ciudad, imágenes en la pantalla de televisión de noticias y de un partido de tenis en Wimbledon. El ritmo del tenis contrasta con el creciente caos afuera, y el lector observa la contradicción no resuelta entre el espacio interior de las imágenes televisivas de ritmo tranquilo y el espacio exterior de tensión cada vez más caótica. Pero la imagen clave de esta escena del capítulo final del libro (y otra vez pensamos en el cine de David Lynch) aparece en la última página cuando el protagonista observa su propia foto del día del matrimonio al mismo tiempo que ve su propio rostro en la pantalla de televisión. Se encuentra en estado de crisis (como típico protagonista de Lynch) que el narrador describe de la siguiente forma: “en los Linderos de un vértigo cada vez más cálido y ágil, intuve que de los tres rostros que acaban de encontrarse el suyo encama la parte más vulnerable y triste y fugitiva de ese triángulo que con las sombras del crepúsculo lenta e inevitablemente se deshace” (mi énfasis). Esta última oración de la novela, con los “tres rostros” es una imagen común en la literatura postmoderna del tres que rechaza y supera el dos bipolar. De esta forma, Moreno-Durán utiliza él tres constante de Fuentes en Terra Nostra, ese tres que busca subvertir y disolver las oposiciones binarias11.

La segunda imagen clave del capítulo final es la del cuerpo: “Entonces sólo le queda la certeza de que él no vive más que una de las tenebrosas escalas de esa travesía que no se dirige hacia el país cansado de su propio cuerpo sino hacia la fúnebre bahía del alma” (mi énfasis, p. 220). Aquí se evoca el agotamiento postmoderno (“exhaustion”) del “país cansado”, pero lo llamativo es el hecho de ser un “país cansado de su propio cuerpo”. Con esta referencia corporal se afilia a sus homólogos Sarduy, Balza, Piglia y Eltit con el énfasis en el cuerpo, eliminando el “alma” romántico y la “sicología” moderna. Es más, asocia patria y cuerpo para subvertir así todo lo Grandilocuente del concepto de patria, desnudando el discurso patriótico y dejando sólo el cuerpo, un cuerpo que ha llegado al cansancio total que es el agotamiento.

La tercera imagen clave es la de la verdad, cuando el narrador se pregunta “¿Cuándo sabremos la verdad de todo?” (pág. 2 12), recordando al lector que, al fin y al cabo, el trabajo científico del protagonista es una búsqueda de la verdad, una verdad científica y “objetiva” que nunca encuentra. El cree en ciertas certezas de las actividades de las células durante una época, pero la verdad científica le resulta huidiza También entra en algunas discusiones circulares sobre la verdad, comentando, por ejemplo, “Las verdades d razonamiento son necesarias, y su opuesto es imposible, las de hecho son contingentes y su opuesto es posible” (pág 168). En un momento dado, Berenice descubre que “la gente habla verdades sin ser consciente de ello” (pág. 1 17). En s epígrafe al segundo capítulo, cita a Chretien de Troyes “Y él que desconocía su nombre, lo adivina y dice que se llama Perceval el Galés, aunque no sabe si dice la verdad o no, per dice la verdad aunque lo ignore”, (pág. 125). En El caballero de la invicta, los personajes son así, hablando verdades ocasionales, pero en un contexto de inconciencia o ignorancia En este mundo ficticio, dominan “las leyes arcanas de la sangre”, cuestionando así las posibilidades de la verdad científica o amplias verdades abstractas (o truth claims).

El caballero de la invicta es una novela que celebra e lenguaje y sus posibilidades humorísticas, con los juego lingüísticos que asociamos con Joyce, Cabrera Infante Sarduy. Emplea de nuevo la frase contundente y humorístico que articula personajes, frases como “una mujer sin culo es un desastre ecológico” (pág. 41) “un bello culo de mujer es prueba fehaciente de la existencia del yo” (pág. 47), y “una boda sin fotos es un matrimonio no consumado” (pág. 52), junto con juegos más bien joycianos a lo largo de la novela.

Una función principal del festín lingüística en esta novela es resaltar el lenguaje mismo como tema, con resultados parecidos a los de Fémina suite y Los felinos del canciller. Creando un personaje femenino que habla varias lenguas, Berenice, Moreno-Durán introduce la posibilidad de que la lengua materna tenga que ver con “las leyes de la herencia” (pág. 68). Los seres humanos, por lo tanto, funcionan de acuerdo con las leyes de la gramática, ya que “frente a una mujer con carácter un marido es un subjuntivo de futuro o, a lo sumo, un futuro indefinido u optativo” (pág. 70). Si el científico busca la verdad de la célula humana bajo el microscopio científico, el autor implícito coloca su microscopio por encima de la lengua. Pero bajo estas circunstancias su personaje poliglota, Berenice, sufre de las “oscuras leyes de la herencia” y cuando habla palabras como emeth, que quiere decir verdad, alternaban con otros como dreek, que significa mierda (pág. 69).

Refiriéndose al lenguaje y al uso de ciertos eufemismos, un crítico ha sostenido que éstos son la manifestación de una voluntad que quiere volver a nombrar el mundo. En realidad, el uso constante de eufemismos y otras estrategias narrativas es al revés: muestran una voluntad de no nombrar, el inundo, de evitar a toda costa el acto de nombrar, una voluntad manifestada a través de los eufemismos, los juegos lingüísticos, el humor. Al nombrar, asignamos nombres, actividad poco atractiva por un protagonista aristocrático que dice estar “asqueado” de su propio nombre (pág. 60). En el mundo ficticio de Moreno-Durán, el agotamiento de la patria es lo mismo que el agotamiento de los apellidos, lo cual viene a ser, al fin y al cabo, el agotamiento de la lengua y del acto de nombrar.

La crisis en El caballero de la invicta, por lo tanto, no es simplemente la ya nombrada y hasta trillada crisis de la sociedad colombiana y sus valores, sino la crisis de las fundaciones mismas, de lengua y de cultura. Quedan ridiculizadas no sólo las mujeres y sus papeles tradicionalmente “femeninos”, sino también los hombres y hasta las “células masculinas” que han “agotado su capacidad” de reproducción (pág. 37). Otra vez, Moreno-Durán subvierte las oposiciones binarias, en este caso lo tradicional masculino y lo tradicional femenino.

En este texto tan profunda y severamente subversivo, el cuestionamiento que llega a las fundaciones de la patria -la cultura y la lengua- funciona en el nivel de lo ontológico. Los intereses ontológicos de El caballero de la invicta son los del ser y la patria, desde los apellidos y la lengua que llegaron a Popayán, Cartagena y Santafé de Bogotá en el siglo XVI hasta el concepto de la capital como la Atenas Sudamericana.

Los múltiples intereses postmodernos de Moreno-Durán, constantes desde su primera novela, lo destacan en la región andina Aunque comparte rasgos con la ficción de escritores como José Balza, Ricardo Piglia y Diamela Eltit, en Colombia Moreno-Durán se destaca por ser uno de los pocos novelistas (como Albalucía Angel y Fernando Vallejo) que muestra una conciencia crítica de los discursos masculinos y femeninos.

Su obra más reciente, Cartas en el asunto., (1995), como muchos libros postmodernos, puede ser leída como un volumen de cuentos o una novela. La ficción de Moreno Durán suele girar alrededor de la mujer; en este libro los personajes centrales son una cantante de cabaret y una modelo. Es la labor del lector postmoderno activo barajar las cartas de esta novela epistolar para descifrar sus múltiples significados. Como William Gass, José Balza y otros escritores postmodernos, le interesa a Moreno-Durán investigar y considerar cuántos significados puede tener una sóla palabra; esta palabra en Cartas en el asunto es “carta”. Juega con las cartas del Tarot, de una baraja, cartas mandadas a periódicos, misivas anónimas y cartas de amor. Con esta novela hace otro tipo de asedio al lenguaje, criticando implícitamente los lenguajes contemporáneos que se usan en Colombia.

La escritura postmoderna de Moreno-Durán tiene que ser leída y entendida en la totalidad de su proyecto literario, del cual la trilogía Fémina suite es parte integral. Esta trilogía explora muchas de las preocupaciones aquí señaladas en relación con Los felinos delcanciller (su cuestionamiento al concepto de Bogotá como Atenas Sudamericana) y El caballero de la invicta (su crítica a los patrones tradicionales de género). Con esta obra y su más reciente Cartas en el asunto, Moreno-Durán aparece cada vez más como el cronista de finales de siglo de Bogotá postmoderna.

Novelistas postrnodernos como Albalucía Angel, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Darío Jaramillo, Alberto Duque López, Rodrigo Parra Sandoval y Andrés Caicedo le plantean a su lector algunas de las mismas exigencias que Moreno-Durán y también algunas de las mismas preocupaciones temáticas. Son novelistas innovadores cuya subversión va más allá de descripciones críticas a la sociedad contemporánea, cuestionando las bases y los orígenes de la lengua, la cultura y las formas de pensar. Las novelas posteriores de Albalucía Angel, Misiá señora (1982) y Las andariegas (1984) representan un proyecto novelístico emanado directamente de la teoría feminista. Angel había publicado Los girasoles en invierno (1 970) y Dos veces Alicia (1 972), además de una novela sobre la violencia, Estaba la pájara pinta sentada en un verde limón (1975). Estas tres novelas iniciales son de impulsos modernos. Desde entonces, Angel se ha convertido en la escritora feminista y postmoderna más importante en Colombia. Además de contener un discurso feminista bien definido, Misiá señora y Las andariegas son novelas herméticas. La protagonista de Misiá señora, Mariana, es la menor de una familia de aristocráticos terratenientes cafeteros quien en cierto momento, se encuentra acosada de un lado, por las expectativas tradicionales de su sociedad (el matrimonio y la maternidad) y, por otro, por sus deseos de darle a su existencia un significado propio. Estos deseos, en abierta oposición al estilo de vida tradicional, se ven alentados por dos amigas de su misma edad. La estructura de Misiá señora, dividida en tres partes o “imágenes”, presenta tres etapas eronológicas en la vida de Mariana. La primera, “Tengo una muñeca vestida de azul” se refiere a la niñez y adolescencia de Mariana. La segunda, “Antígona sin sombra”, relata su noviazgo, matrimonio y el nacimiento de sus hijos, y su posterior deterioro sicológico. La tercera, “Los dueños del silencio”, cuenta varias versiones relacionadas con su madre y su abuela. Con esta estructura tripartita, se siguen las propuestas de Cortázar, Fuentes y Moreno-Durán: la propuesta postmoderna de superar la oposición bipolar a través del tres.

La obra postmoderna también suele ficcionalizar el asunto de la diferencia; en Misiá señoraeste tema surge como diferencia de género. En su niñez, Mariana sufre ciertos vejámenes que le enseñan el significado del machismo tradicional; luego, va descubriendo su sexualidad. Las diferencias de género también se asocian con la estructura de clases y la ideología del catolicismo tradicional. Como es común en muchos textos postmodernos, enMisiá señora se traza una línea tenue entre la realidad empírica y la imaginación pura. Aspecto importante de esta experiencia imaginativa es la creación de un nuevo discurso feminista, parte integral del proyecto de Albalucía Angel.

El deseo del protagonista de Misiá señora es “ser tú, ser tú”, una búsqueda de identidad que enfatiza los intereses ontológicos de Angel, intereses que MeHale considera postmodernos.12 El otro texto de temas ontológicos, Las andariegas, es el experimento más audaz de Angel. Esta novela debe ser leída en dos niveles: de un lado, corno búsqueda de un lenguaje femenino; de otro, como evocación de una identidad femenina (el nivel ontolóaico). Las andariegas comienza con dos epígrafes claves, seguidos de una declaración de la autora en la que propone un programa feminista; luego viene un tercer epígrafe revelador. El primero es tomado de Les Guerrilleres de Monique Wittig. El contexto de esta cita se refiere a mujeres que destruyen un orden existente y que hacen acopio de fuerza y coraje. El segundo es de Las nueva cartas portuguesas de María Isabel Barreno, María Terda Horta y María Velho da Costa y se refiere a mujeres que se comprometen firmemente como guerreras. La autora propone su programa feminista a partir de estos dos epígrafes en una declaración de una página, todo esto antes de comenzar la narración propiamente dicha. Angel explica que había encontrado cierta iluminación en la lectura de Les Guerrilleres y que en consecuencia se había embarcado en su proyecto con guerrilleras que avanzaran “desde ninguna región hacia la historia”. Utilizó como guía algunas historias de su niñez, transformándolas en fábulas postmodernas y visiones crípticas. El tercer epígrafe es de la mitología de las indígenas Kogui y subraya el papel femenino en la creación.

Las sesenta y dos anédoctas breves de esta novela no presentan una línea de trama tradicional, sino la visión de una mujer que ha sido censurada por la historia. Como tal, funciona como la metaficción historiográfica que Hutcheon usa para definir la novela postmoderna. Las anédoctas son parábolas en las que se ha negado la expresión femenina, y cuentan las experiencias de “viajeras” en tono afirmativo. Tanto las viajeras como el texto se encuentran en transformación constante, como muchos textos postmodernos.

Al igual que en las obras de Moreno-Durán, y en los escritos de postmodernos como Ricardo Piglia, Diamela Eltit y Severo Sarduy, el tema principal de Angel en Las andariegas es el lenguaje mismo. Gran parte de este innovador texto postmoderno consta de frases breves con puntuación no convencional construidas sobre una imagen. El uso imaginativo verbal es acompañado por imágenes visuales un conjunto de doce dibujos del cuerpo femenino, creando así los paralelos entre cuerpo y lenguaje que encontramos en textos de Sylvia Molloy, Severo Sarduy, José Balza y Diamela Eltit. De acuerdo con su labor de cuerpo/lenguaje, Angel también experimenta con el espacio físico del lenguaje en el texto, en forma parecida a la poesía concreta. Las cuatro páginas dedicadas a este experimento presentan una variedad de círculos y semicírculos, con los nombres de mujeres históricamente famosas. Se produce así un efecto final de asociación del cuerpo femenino con el cuerpo del texto. Las andariegas termina con una especie de epílogo postmoderno, una cita tomada también de Monique Wittig, que consiste de cuatro frases breves en las que se expresa precisamente la esencia del proyecto postmoderno e inevitablemente político inherente en ambas novelas: un nuevo lenguaje, un nuevo comenzar, una nueva historia para la mujer. Es una política postmoderna jamás imaginada por Jameson o Habermas y una política que hace del proyecto postmoderno de Albalucía Angel uno de los más significativos en la región andina. Es claro que la obra postmoderna de Moreno-Durán y Angel está bien alejada de la modernidad de García Márquez del cielo de Macondo (desde La hojarasca hasta Cien años de soledad). Otro tipo de trabajo innovador es el de Marco Tulio Aguilera Garramuño, quien comenzó su carrera novelística parodiando concientemente la ficción macondiana con la novela Breve historia de toclas las cosas (1 975). La parodia puede ser un recurso postmoderno (como ha señalado Huteheon), pero es un procedimiento que se identifica mejor como postmoderno cuando parodia específicamente textos modernos, como esta novela en la cual el narrador, Mateo Albán, cuenta desde la cárcel (en forma lúdica y juguetona) la historia de un pueblo (algo macondiano) en Costa Rica. Además del desarrollo del pueblo, semejante en muchos aspectos al de Macondo, confiesa los tropiezos que tiene que superar como creador literario y narrador, llevando este texto al terreno de la metaficción historiográfica. Los juegos metaficticios llegan a su culminación en el sexto capítulo, en el que Albán discute sus problemas con sus lectores ficticios. Al igual que Moreno-Durán y Angel, Aguilera Garramuño subvierte las más sagradas instituciones nacionales: la Iglesia Católica, el machismo y la ficción de Gabriel García Márquez.

Para la escritora postmoderna norteamericana Annie Dillard, la novela postmoderna consiste en “filosofía en una taza de té” [philosophy ín a teacup 1 y a veces la narrativa de este autor presenta este tipo de filosofía. Aguilera Garramuño abandona el contexto garciamarqueano, pero sigue con la metaficción, para crear un mundo perverso y diabólico localizado en un hotel sórdido, cuyos huéspedes, aunque pobres, son ricos intelectualmente, y se dedican a escribir novelas. Uno de ellos propone una estética de la novela parecida, no por coincidencia, a la estética postmoderna que experimenta el lector de Paraísos hostiles.

Darío Jaramillo, Rodrigo Parra Sandoval y Nicolás Suescún son tres escritores discretamente postmodernos cuya presencia en la cultura colombiana contemporánea no se ha limitado a la novela. Jaramillo es más conocido como poeta, pero igual que muchos escritores postmodernos, ha producido una variedad de textos que borran los patrones tradicionales (y modernos) de género. Ha escrito dos novelas de suma importancia para la narrativa postmoderna en la región andina, La muerte de Alec (1 983) y Cartas cruzadas (1 995). La primera es una de las mejores defensas ante los que sostienen que la novela postmoderna no tiene fábula, ya que relata una historia intrigante al mismo tiempo que funciona como tina mietaficción por ser una meditación autoconsciente sobre la función de la literatura. Se trata de una novela epistolar dirigida a un “Usted” nunca identificado, pero sí comprometido con Alec. “Usted” y el narrador eran amigos de Alec, quien muere en una excursión. Los personajes son colombianos, pero el escenario es Estados Unidos. Además, el personaje ficticio quien escribe la carta es un novelista participante en el International Writing Program en la Universidad de lowa13. Como muchos escritores postmodernos, Jaramillo invierte las relaciones comúnmente aceptadas entre la realidad empírica y la ficción: de acuerdo al narrador, la vida es “artificioso, barroca, retorcida”, en vez de la literatura. Con esta actitud, Jaramillo se afilia con sus homólogos postmodernos Severo Sarduy y Luis Arturo Ramos.

En la ficción de Darío Jaramillo, el acto de contar una historia (es decir, darle orden a los hechos) y el acto interpretativo (darle nombre) llegan a ser fuerzas predominantes, por encima incluso de los intentos por comprender la realidad. Al igual que en muchas novelas postmodernas, La muerte de Alec alude constantemente a los mecanismos para relatar una historia. Con su novela más reciente, Cartas cruzadas, Jaramillo sigue con algunas de las mismas preocupaciones temáticas y desarrolla otros recursos para crear una de las novelas más logradas e importantes que se ha publicado hasta ahora como novela postmoderna en toda la región andina14. Como La muerte de Alec es una novela epistolar, en la cual el autor funciona de intermediario de un personaje-poeta que Jaramillo inventó.15

Más conocido como figura intelectual y sociólogo que novelista, Rodrigo Parra Sandoval ha llevado a cabo, no obstante, una labor consistentemente hermética y postmoderna desde Elálbum secreto del Sagrado Corazón (1 978) hasta Tarzán y el filósofo desnudo (1 995). La primera es un collage de textos, libros, periódicos, cartas, documentos y voces que, en su conjunto, constituyen una especie de asalto al género mismo de la novela, como muchas novelas postmodernas. En este sentido, la sugerencia del autor implícito es que el género novela adolece de limitaciones parecidas a las sufridas por el mismo protagonista durante los años que pasó en un seminario con numerosas limitaciones y regido por políticas represivas. Como Moreno Durán, Angel y Aguilera Garramuño, Parra Sandoval cuestiona la imagen oficial de las instituciones nacionales. Lo ontológico (y lo postmoderno) de El álbum secreto del Sagrado Corazón se basa en la existencia de dos personajes centrales que se caracterizan de tal forma que podría tratarse de la misma persona -la contradicción no resuelta de Hutchcon.

Parra Sandoval continúa su crítica de las instituciones nacionales en Tarzán y el filósofodesnudo. Como Terra Nostra de Fuentes, esta novela debe ser leída como otra antología de recursos y motivos postmodernos. Desde los múltiples epígrafes, se enfatiza su problemática ontológica, la cual también presenta un juego explícito con múltiples lectores ficticios, recalcando lo metaficticio y la línea tenue que divide el mundo empírico y el mundo ficticio. Esta sátira de la tradición académica colombiana representa, junto con Cartas cruzadas de Darío Jaramfflo y El caballero de la invicta de Moreno-Durán, una de las contribuciones más importantes de la década a la novela postmoderna en la región andina16.

Nicolás Suescún pertenece a la misma Generación que Moreno-Durán, Angel, Jaramillo y Parra Sandoval, pero su labor literaria se había limitado al cuento y las traducciones (igual que editor y diseñador) hasta cuando publicó una novela definida en su carátula como “postmoderna”, Los cuadernos de N (1994). Efectivamente, es una novela que cuestiona cualquier definición del género novelesco, reuniendo una serie de minicuentos, anécdotas, poemas, aforismos y confesiones. Es un juego de autores anónimos que gira alrededor del ser marginal.

El autor de esta generación que básicamente inició la novela innovadora y postmoderna en Colombia con Mateo el flautista en 1968, Alberto Duque López, ha culminado su trayectoria novelística (que consiste en cinco novelas) con Muriel, mi amor (1995). Parte de una generación que ha escrito bajo el signo de Borges y Cortázar, Duque López publicó el primer homenaje novelístico al segundo con Mateo el flautista (dedicado simultáneamente al Rocamadour de Rayuela y a su propio hijo) además, el seudónimo usado por el autor es “Horacio Oliveira”. Juego constante con códigos dobles y contradicciones no resueltas,Mateo el_flautista es una novela en dos partes que se contradicen mutuamente. Con Muriel, mi amor, Duque López vuelve a algunas de las estrategias narrativas exploradas en Mateo el_flautista.

Una de las novelas colombianas de mayor impacto en la escena postmoderna ha sido ¡Queviva la música! (1977) de Andrés Caicedo, autor caleño que se suicidó muy joven después de publicar una novela y varios cuentos. Como en las obras de los escritores mexicanos de la “Onda”, Que viva la música! se relaciona con el mundo de la droga y la música de los sesenta. Pero más allá de esta comparación fácil, Caicedo tiene poco en común con aquel grupo mexicano. ¡Que viva la música! es un intento de afrontar la crisis generacional colombiana de los sesenta. Caicedo asume un tono sobrio, contrario al tono humorístico de los escritores mexicanos. En una escena final, decisiva y exótica, esta novela se revela como un texto de profundos intereses ontológicos.

Dos escritores postmodernos de constantes intereses metaficticios son Julio Olaciregui y Ricardo Cano Gaviria 17En Los domingos de Charito (1986) y Trapos al Sol (1991) Olaciregui se muestra más interesado en la experimentación formal que en el desarrollo de la fábula. En sus libros de ficción Prytaneum (1981), Las ciento veinte jornacías de Bouvar Pécuchet (1 982), El pasajero Benjamín (1 989), En busca de Maloch (1989) y Una lección de abismo (1991) Cano Gaviria se dedica a temas literarios de forma metaficticia. Su mejor obra, Unalección de abismo, es una novela epistolar que versa sobre la interpretación misma18. Antonio Caballero y Héctor Abad Faciolince han participado de la cultura postmoderna colombiana con sus primeras novelas. Sin remedio (1981) de Caballero lleva el subtítulo de “Historia de un poema”. El protagonista, Ignacio Escobar, es un joven bogotano que decide crear un gran poema. Como ha señalado Rodríguez, Sin remedio funciona como una metaficción y una obra contestataria19. Las actitudes postmodernas de Caballero se evidencian en su problematización del concepto estético de la unidad, su desconfianza ante cualquier historia oficial y sus dudas acerca de las posibilidades de encontrar verdades.

Asuntos de un hidalgo disoluto (1994) de Abad Faciolince comparte algunas actitudes de Moreno-Durán y Darío Jaramillo, funcionando en las mismas arenas movedizas de José Balza. Como Sarduy y Moreno-Durán, cultiva el arte de la digresión. Asuntos de un hidalgo disoluto es el relato autoconsciente y narcisista de un señor de setenta y dos años que narra los altibajos de su vida desde la adolescencia, partiendo del modelo de la novela picaresca española. Como Moreno-Durán, Faciolince parece ser partidario de la famosa afirmación de Oscar Wilde: “He puesto toda mi genialidad en mi vida, en mi obra sólo está mi talento”. Como varios postmodernos de la región andina, entre ellos Darío Jaramillo, es un buscador de signos y un creyente del azar que no se deja llevar por los límites de los sistemas de pensamiento moderno, bipolar y racional.

Abad Faciolince pertenece a una nueva generación de escritores postmodernos nacidos en los años cincuenta, una nueva generación de novelistas que incluye a Hugo Chaparro Valderrama, Orietta Lozano, Philip Potdevin, Octavio Escobar Giraldo y Boris Salazar. Como los personajes de Darío Jaramillo y Héctor Abad Faciolince, los de Chaparro Valderrama enEl capítulo de Ferneli no sólo tienen relaciones con Rayuela, sino también con Sue Grafton, Alfred Kubin, Raymond Chandler, Rubén Fonseca, Luis Rafael Sánchez, y el Carlos Fuentes de Cabeza de la sidra. El protagonista es un narrador que escribe para entender y el resultado es una de las novelas más innovadoras que se ha publicado en Colombia desdeMateo el_flautista.

Más conocida en Colombia como poeta, Orietta Lozano ha producido una novela de resistencia cultural, Luminar (1994), que recuerda algunos de los temas de Caicedo y se relaciona con algunas direcciones de la narrativa feminista, especialmente el proyecto de la chilena Diamela Eltit. Uno de los textos más experimentales desde Mateo el_flautista y una de las novelas más culturalmente provocadoras desde ¡Que viva la música!, Luminar es una metaficción sobre la condición postmoderna urbana de un grupo de jóvenes, quienes se asocian con una escritora llamada Odette, quien lee y escribe textos; algunos de estos personajes también hablan de Luminar, proveyendo así uno de los aspectos metaficticios a la obra. Odette vive los excesos de la vida y la literatura y, como varios personajes en la obra de Moreno Duran, ejercen la literatura como estilo de vida. En este mundo (postmoderno) de textos, alcohol y drogas, todo es provisional y no hay una autoridad empírica o textual. Como Eltit, Lozano concibe la realidad como una construcción social; como en igue viva la música! los significados están acotados, pero aquí el agotamiento no viene de las drogas, sino del lenguaje mismo.

De esta generación de novelistas postmodernos nacidos en los cincuenta, Phillip Potdevin y Octavio Escobar Giraldo se han definido no sólo como lectores de la novela moderna, sino también como narradores con una preferencia cultural muy importante que las generaciones anteriores no tienen: la televisión20 . Es una generación que prefiere ignorar las fronteras nacionales, ya borradas por la televisión y el cine. Por lo tanto, Metatrón (1995) de Potdevin y El último diario de Tony Flowers (1995) de Escobar Giraldo son novelas postmodernas que borran fronteras, géneros y los polos opuestos entre la realidad ficticia y la realidad empírica. Son autores que aseguran un futuro vital para la narrativa innovadora en Colombia.

Con una cultura y sociedad fundamentalmente conservadoras, Colombia ha sido radicalmente transformada en las tres últimas décadas, y más que cualquier otra sociedad de la región andina. Paradójicamente, esta sociedad que resistía la cultura moderna en los años cincuenta y sesenta -cuando García Márquez y su generación eran considerados marginales- ha producido una de las culturas postmodernas más extensas y elaboradas de la región andina. Aún la historia de uno de los escritores más sagrados de Colombia, José Eustasio Rivera, ha sido reescrita en forma de novela postmoderna, La otra selva ( 1 -99 1) de Boris Salazar, biografía ficcionalizada de los últimos días de Rivera en Nueva York.

Las Postmodernidades colombianas siguen dos tendencias generales: las ficciones herméticas de escritores como Moreno-Durán, Angel, Jaramillo, Parra Sandoval y Potdevin, ficciones que asociamos fácilmente con la narrativa Postmoderna internacional como la han descrito llassan y MeHale y que encontramos en México con la creación de Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco y la obra posterior a 1968 de Fuentes. Son escritores que exigen un lector activo, postmoderno. Por otra parte, en Colombia se produce una propuesta cultural más popular y accesible, tal como es la obra de Caicedo, Valverde, Lozano, Chaparro Valderrama y Escobar Giraldo. Esta segunda tendencia puede ser asociada con postmodernidades tan diversas corno la ficción temprana de Cabrera Infante y el proyecto postinoderno de resistencia publicado por Diamela Eltit.


1. Yolanda Forero, Un eslabón perdido: la novela colombiana de los años cuarenta (1941-1949). Bogotá: Editorial Kelly, 1994.
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2. Jaime Alejandro Rodríguez, Autoconciencia y postmodernidad Bogotá: Editorial Sí, 1995.
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3. AIfonso de Toro, “Postmodernidad y Latinoamérica”, Revista Iberoamericana, Número 155-156 (abril-septiembre 1991): 441-467.
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4. Carlos Rincón, La no simultaneidad de lo simultáneo Bogotá: Universidad Nacional, 1995
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5. Brian MeHale, Postmodern Fiction. New York. Methuen, 1987. Capítulo 1. 92 Postmodernidades Colombianas
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6. Véase R. H. Moreno-Durán, “Fragmentos’ de la augusta sílaba”, Revista Iberoamericana, 128.
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7. Para un estudio sobre la intertextualidad de esta novela véase Diógenes Fajardo, “Culminación de una trilogia”, Htspamérica 45, 1987, páginas 121-129.
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8. He analizado la tradición literaria del altiplano cundiboyacense en Novela y poder en Colombia, Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1991.
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9. Véase Lucille Kerr, Suspended Fictions: Reading Novels by Manuel Puig Urbana: University of Illinois Press, 1987, página 24.
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10. R.H. Moreno-Durán, Losfelinos del canciller, Bogotá: Planeta, 1987, pág. 50
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11. R.H. Moreno-Durán, El caballero de la invicta Bogotá: Planeta, 1992, pág.227. Todas las citas son de esta edición.
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12. Adriana Rosas ha estudiado los intereses ontológicos de Angel en Misiá Señora en un trabajo inédito.
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13. Darío Jaramillo participó en el programa de escritores de la Universidad de lowa entre 1974 y 1975.
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14. AI escribir este capítulo en julio de 1995, Darío Jaramillo todavía no había publicado Cartas cruzadas. Hago estos breves comentarios sobre la novela a base de una lectura del manuscrito de la novela en Bogotá en enero de 1993. Obviamente es una novela que merece bastante más análisis del que fue posible hacer en julio de 1995.
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15. En una entrevista con Darío Jaramillo en julio de 1995, Jaramillo se refirió al “intermediario de un personaje-poeta” (Bogotá, 20 de julio de 1995).
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16. 16AI escribir este capítulo, en julio de 1995, Rodrigo Parra Sandoval todavía no había publicado Tarzán y elfilósofo desnudo. Hago estos breves comentarios a base de una lectura del manuscrito de la novela en julio de 1995. Es una novela larga y bien lograda que obviamente merece más análisis del que me fue posible hacer en julio de 1995.
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17. Jaime Alejandro Rodríguez. Autoconciencia y postmodernidad (Bogotá: Sí Editores, 1995) págs. 105-113.
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18. Para un análisis de la obra completa de Ricardo Cano Gaviria, véase Eduardo Jaramillo, “Ricardo Cano Gaviria: lector que escribe”, en Luz Mery Giraldo (compiladora), Fin de siglo: narrativa colombiana. Cali: Centro Editorial Javeriana, 1995, páginas 165-173.
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19. Jaime Alejandro Rodríguez ha estudiado Sin remedio como metaficción en op. cit.
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20. Entrevistas personales con Octavio Escobar Giraldo (en Manizales) y Philip Potdevin (en Bogotá) en julio de 1995.
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