Poemas de José Manuel Arango

Poemas de
José Manuel Arango

Hay gentes que
llegan pisando duro

Hay gentes que llegan pisando duro
que gritan y ordenan
que se sienten en este mundo como en su casa

Gentes que todo lo consideran suyo
que quiebran y arrancan
que ni siquiera agradecen el aire

Y no les duele un hueso no dudan
ni sienten un temor van erguidos
y hasta se tutean con la muerte
Yo no sé francamente cómo hacen
cómo no entienden

* * *

Abril

Ocre y verde: montañas
y montañas detrás de montañas
detrás de montañas.

Es abril. Los rocosos declives han florecido,
la hierba abunda en flores diminutas.

Caminos de azafrán, espigas y espartos.
Abril es todo vuelos, todo gorjeos.
En abril la montaña se aduenda, se aniña,
en abril nos sorprende su apariencia ligera.

Una lagartija cruza —rayo, arco iris—
por la base del muro:
una lagartija de papada azul
y fino dorso rayado.

El gavilán vino de lo alto del cerro,
otea desde la copa del noro.

Ocre y verde.
Montañas
y más allá montañas: una fuga de formas.

Y por sobre ellas la luz,
azul y dorada.

* * *

Ah y es de nuevo la mañana

Ah y es de nuevo la mañana
tibia y azul
El que está señalado
(en la lista hay una cruz después de su nombre)
liviano todavía
va por las calles

Trae la calavera llena de sueños
Limpio recién peinado
va a sus negocios

Cuando el asunto se despache un nombre
se tachará

Por ahora va por las calles

* * *

Cantiga de enamorados

O como dos que hablan después del amor
todavía desnudos
tendidos de espaldas
fumando

y hablan de silencio en silencio
y la voz es sosegada después del amor
y ya sin premura

y entonces ella se incorpora
y pone el codo en la almohada
y pone la mejilla en la palma

y él ve su risa rápida y tranquila
su risa
y el temblor de sus pechos

* * *

José Manuel Arango

La radical

extrañeza de todo

Por William Ospina

T.S. Eliot decía que todo poeta debe ser un servidor del lenguaje y no su amo. Con ello trataba de oponerse a la excesiva pretensión de que cualquier obra literaria debe ser una ruptura con la tradición, un continuo renunciar al pasado y renegar de él. Quería contrariar esa vocación tremendista de las vanguardias que siempre pretenden que todo comienza con ellas, y que quisieran llevar en la frente el letrero que alguien vio en el pedestal de una estatua antigua: “Volveos, a mis espaldas no hay nada”.

Eliot mismo fue un gran transformador y un gran rebelde, pero pienso que para cada una de sus libertades buscaba, y a veces conseguía, la legitimación de estar inscrito en una tradición, de ser parte de un linaje, y de proponer en su seno unos cuantos atisbos y unas cuantas innovaciones.

Es inevitable para un poeta desconfiar de los nombres que la tradición dejó sobre las cosas. Y todo esfuerzo de poesía, siendo una búsqueda de la belleza, es también la búsqueda de una definición nueva de la belleza, donde se incorporen al lenguaje común las experiencias y las revelaciones de un alma singular y desconocida. Pocos poetas lo han logrado en Colombia tan intensamente como José Manuel Arango. La suya es una poesía que sin proclamas ni manifiestos, y a lo mejor sin un propósito consciente, decidió contrariar muchos de los hábitos de nuestra tradición literaria: la poesía ornamental, la oratoria vacua y solemne, el sentimentalismo, los ritmos meramente inerciales, la poesía entendida como juego de astucias y asombros, como un certamen de ingeniosidades o desplantes.

José Manuel Arango ve en el lenguaje un instrumento íntimo y conmovedor para interrogar la extrañeza radical del mundo, para vivir nuestro destino de asombro y de gratitud, para expresar lo que somos y afrontar nuestra complejidad. No en vano ha sido un lector insaciable de Wallace Stevens, de Emily Dickinson y de Whitman. Él mismo es una suerte de Whitman de lo inmediato y de lo momentáneo, no lo atrae el catálogo global, el salmo cósmico, sino un reconocimiento casi oriental del universo en la hormiga y en el grano de arena. Podemos decir de él lo que él ha dicho de su venerado maestro Fernando González:

“Todo casa en la larga meditación que lo ocupa”.

Va sintiendo y paladeando las cosas del mundo con una vigilancia amorosa y con una misteriosa cautela. ¿Habrá una sola cosa que no le ataña, por la que no se sienta de algún modo responsable ante Dios, o ante el lenguaje, o ante el misterio? Sabe vivir en la sencillez las grandes derrotas de los ciclos del mundo, y no nos dice “atardece”, sino más bien:

“Repetido naufragio de los parques
en el anochecer,
la hora en que cerrado
por el roce de un ala sombría,
el corazón desciende a frías moradas”.

Así ese anochecer deja de ser un hecho anodino de cada día para convertirse en el solemne regreso del mundo a un reino de tinieblas y estrellas.

José Manuel Arango parece sentir que todo está lleno de fuerzas en pugna. Algo cambia sin fin, pero por ello hay también una discordia continua entre lo que cambia y lo que permanece. Nos dice:

“los objetos se alargan para entrar en la noche”

y casi podemos ver esa lucha sorda en el corazón de las cosas, como si algo las demorara en el día y a la vez algo las urgiera a la tiniebla.

Ese arte sutil de hacer visible lo invisible, y de hacernos percibir lo que no es evidente, está siempre en sus versos. Habla de un cráneo como un cántaro “lleno de memoria”, y habla de los sordos que “oyen con la sien en el puño sus pensamientos”.

En otro poema nos dice:

“agosto,
cuando el calor tuerce las puertas”,

y eso basta para que sintamos el trabajo de lo impalpable sobre lo macizo y lo firme, la omnipresencia de esas leyes que gobiernan el mundo y que no se revelan abiertamente a los sentidos sino al juego de nuestras facultades. Pero también sentimos la evidencia de que el mundo no descansa, de que la vida obstina su trabajo, su miel y su polen, sus alas atareadas sobre las cosas, de que nada está ocioso y nada está quieto aunque parezca abandonado a su sueño. Heráclito gobierna esta mirada. En la imagen de una doncella que duerme sobre la tierra nos llega otra imagen:

“entre tus dedos crece
la hierba tierna”

y allí la conciencia de esa fecundidad infatigable, que es más visible aún en estos trópicos donde al menor descuido del hombre irrumpe de nuevo la selva, y donde las fuerzas naturales obran con tanta intensidad, que otro gran poeta nuestro, Álvaro Mutis, las ha llamado con razón “los elementos del desastre”.

Lo primero que sentimos en los poemas de José Manuel Arango es una suerte de voluntario ascetismo, “disciplina de honor” —diría Enrique Banchs—, “silencio estoico”. El tema suscitado por unos cuantos elementos, como esas pinturas orientales en las que un trazo define un amplio espacio. Y algo de ello hay, sin duda, pero al frecuentarlos vemos el abigarrado universo que se anima en estos poemas tan austeros. Y no todo es cuestión de imágenes y figuras, magias de la percepción o de la síntesis. El poeta medita, y casi siempre meditación y descripción son una sola cosa. Podría llenarse, como tantos poetas contemporáneos suyos, de exaltación frente a las simetrías o las aglomeraciones o los vértigos de la ciudad considerada como estructura física o como pesadilla mental, él toma otro camino y dice solamente:

“esta ciudad donde no hemos vivido nuestra infancia”

y la ciudad cobra una dimensión psíquica que no hallamos en la mera percepción: ya es decisivo saber qué tan inscrita está en la memoria, en un orden de afectos y remembranzas. La ciudad que mira el viajero una tarde no puede ser la misma de quien ve en cada calle la muchedumbre de sus años. Miradas tejidas de evocación y de esperanza, espacios que para uno son frecuencias enternecedoras, pueden ser para otro laberintos de hostilidad o meras espirales de azar.

Abandonado al azar de las calles, el poeta cosecha sin cesar sus revelaciones: una sombra de árbol extrañamente doblegada sobre el muro, las dos ciegas que cantan con voces gastadas, un edificio en demolición, una hondonada por la que llega el rumor de la ciudad como un viento escabroso de máquinas y de multitudes. Todo se hace significativo, porque es el amor por las cosas lo que descubre su sentido y las arrebata a su mudez inhumana o divina.

Y la poesía busca que todo entre en un orden de significación. Que el mundo se revele en belleza y en ritmo, que el poeta se salve a sí mismo salvando en el lenguaje la verdad que le susurran las cosas. La derrota, la soledad, la declinación, todo puede ser parte de esa misteriosa armonía. Cuando, errante por los barrios nocturnos, el poeta nos dice:

“por calles que tienen nombres de batallas voy solitario y vano”

cada palabra se ahonda. Porque las batallas son jornadas llenas de sentido, cargadas de heroísmos y sufrimientos. Como el poeta se siente habitante de una edad que declina, contrasta estéticamente su soledad y la vanidad de su época con esas llamaradas heroicas que ya sólo perduran en los nombres de las calles. La melancólica plenitud de esta poesía no está hecha para fingir felicidad, ni deslumbramientos, ni victorias. Es la humanidad de una mirada que no adula al lector, ni busca complicidades por el camino de la seducción o del halago, sino que establece alianzas basadas en un mutuo y tácito reconocimiento de que estamos sujetos a la misma red de belleza y de sobresalto, a la misma plenitud y a la misma miseria.

Es aquí donde la poesía de José Manuel Arango se manifiesta como una filosófica renuncia a la elocuencia. Durante mucho tiempo, en muchos lugares del mundo, la poesía se ha manifestado como elocuencia, como lenguajes clamorosos que no buscan compartir sino convencer, que no interrogan y meditan sino que proclaman y de alguna manera avasallan. La poesía de José Manuel no discurre como un poder, ni siquiera como un poder psicológico, sino como un sentir conmovido y sereno. Bien dijo Kant que la principal diferencia entre la elocuencia y la poesía consiste en que la elocuencia y su retórica se proponen como un saber pero en realidad discurren como un juego, en tanto que la poesía se propone como un juego y en realidad discurre como un saber. El poeta aquí no está solamente celebrando, porque el mundo no está sólo para ser celebrado, y ni siquiera para ser comprendido, pero sí para ser percibido y sentido, para que el lenguaje lo remanse y lo cifre.

Esta poesía nada sentimental está llena de sentimientos y de sensaciones. Busca la belleza en todas partes, en la rudeza, en la desolación, en la psicología, en la fisiología. Condensa en breves construcciones verbales la vida, con toda su extrañeza, mejor que cualquier poesía meramente eufónica o simétrica: “el ojo en el hueso”.

Después de dar vueltas sobre la belleza de una muchacha, de una adolescente sensual y casi irresistible, termina con este viraje violento:

“Los senos, lo primero que se pudre”.

Y nada queda allí de la poesía como encubrimiento del mundo, como fuga hacia un sistema de ilusiones consoladoras. Está vivo el lenguaje: violento, valeroso, desnudo. La poesía como José Manuel Arango la concibe, como una manera de vivir el mundo con amor y voluptuosidad pero sin trampas a la conciencia: el mundo como nos va quedando después del naufragio de tantas amenazas y de tantos paraísos: un paraíso, sí, pero peligroso y efímero, más valioso en su extrañeza y en su fugacidad que todos los viejos cielos inhumanos y eternos.

El hombre que habla casi con desgano en el poema ha encontrado en una zanja el cadáver de un pichón de golondrina. Siente la necesidad romántica de deplorar, como lo harían Shelley o Keats, esa pequeña fracción del drama cósmico, ese dolor, como diría Borges, del tamaño de un pájaro. Pero algo más imperativo, que también tiene su lugar en el mundo, y que también obra por nosotros, interviene allí:

“la cosita plumosa hiede,
uno la arroja”.

Hay aquí siempre un rechazo al engaño y una casi aversión al sinsentido. Platón escribió que los poetas siempre mienten, pero no podía ignorar que son incontables los poetas cuyo principal propósito es no mentir. Pueden inventar, pueden soñar, pero no quieren jamás ser insinceros, y la insinceridad les parecería menos un mal moral que un error estético. De alguna manera en la literatura todo tiene que justificarse. Un libro injustificado, un libro en el que ni siquiera pueda creer quien lo inventó, es una vanidad pero es también una desdicha.

Para José Manuel Arango la poesía es más bien

“este minuto donde la radical extrañeza de todo te hiere”.

Nos traduce sin énfasis las experiencias del arte moderno, sus descomposiciones y sus disgregaciones:

“los pájaros te lanzan a los ojos
sus figuras sucesivas”.

Todo lo que el lenguaje técnico llamaría con nombres funcionales, él lo vincula al hilo del ritmo y de las sensaciones. A Shakespeare le parecería nada poético hacer decir a lady Ann sobre el cadáver del rey Enrique:

“Mira, sobre tus heridas vierto mis lágrimas”, y prefiere traducir el hecho en términos de emoción extrema y dolor: “Mira, en estas ventanas que dejan escapar tu vida, vierto el bálsamo inerte de mis pobres ojos”. En su lenguaje puro y austero, José Manuel Arango sublima lo que un rudo técnico llamaría “información genética”, en:

“recuerdos
del polvo que repite
antiguas formas”.

Por eso la pareja de enamorados, que va contagiándose por las manos la fiebre de su amor, no es que se vea inclinada a sentir más que siempre la realidad del mundo, es que lleva:

“en el peso del corazón el llamado de la tierra”.

Unas cosas revelan a otras, la realidad que se ofrece a la mirada puede ser sólo el efecto de cosas que ignoramos:

“(la tempestad en el mar muestra de pronto las montañas)”.

José Manuel Arango es hoy uno de los más singulares poetas de la lengua castellana. Ha publicado Signos, Este lugar de la noche, Cantiga y Montañas, lo mismo que poderosas traducciones de Walt Whitman, de W.C. Williams, de Emily Dickinson y de Georg Trakl, en las que también prodiga su serena conjunción de emoción y de pensamiento. Ha cumplido cuarenta años de labor poética, alternada con su cátedra de lógica en la Universidad de Antioquia de Medellín, con la participación por años en la revista de poesía Acuarimántima, con su actual orientación de la revista de poesía DesHora, y con una presencia poderosa pero más tácita que visible en los círculos literarios de Colombia, donde se ha convertido sin proponérselo en maestro de una nueva generación de poetas y de traductores.

De cada poema suyo volvemos con la sensación de que algo que había estado allí siempre, a la vez en las cosas y en nosotros, nos acaba de ser revelado, y no de un modo evidente, sino como una insinuación que nos ha de seguir largamente.

Cuando dice, violentando nuestra tradición ornamental:

“Un gallinazo vuela siguiendo la curva del río”

traza sobre el río que se ahonda como un camino, otro camino para el ave negra por el cielo. Pero ante esas sinuosidades paralelas, algo en nosotros se pregunta qué es lo que va siguiendo sobre el río el ave carroñera. Y lo no dicho, lo apenas sugerido, se abre un lugar en nuestra sensibilidad. Sin que lo adivinemos plenamente, una forma, un cadáver de bestia o de humano se insinúa en la mente, y es la fuerza que mueve ese surco de palabras para mostrarnos el mundo en que vivimos. Esta poesía está hecha por un hombre que conoce el mundo, que lo ama y lo teme y sabe que a cada instante estamos en un escenario tremendo de belleza y tragedia, de grave y poderosa significación. Yo lo he visto desaprobando con vehemencia toda literatura meramente vistosa e injustificada, y es evidente que no sabría cómo transigir con una idea del arte frívola, negligente u ornamental. La vida es verdadera, y el arte saca a la luz esa verdad o al menos nos hace presentir su existencia.

Por eso los poemas de amor, que abundan en su obra, no son nunca poemas seductores o sentimentales: son apasionados, leales, conmovidos, a veces dolorosos. El amor nos enfrenta a nuestras mayores posibilidades y a nuestras mayores limitaciones, puede producir mágicas fusiones:

“Los que se amaron hasta el alba
van por un mismo sueño”.

Fuente:

Ospina, William. En: Por los países de Colombia. Fondo Editorial Universidad Eafit, Colección Antorcha y Daga.

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