Poesía y Novela en Colombia en la Década del 80: Algunas Tendencias. Juan Gustavo Cobo Borda

Poesía y Novela en Colombia en la Década del 80: Algunas Tendencias

 

Juan Gustavo Cobo Borda

 

Poesía colombiana

La institucionalización de la poesía

 

 

También la poesía en Colombia padece los desajustes que han afectado el país durante esta época. También ella busca, en vano muchas veces, dar razón de ser a procesos vertiginosos que la sobrepasan y anulan.

Quizás también ella como tantos otros elementos de la vida nacional, ha perdido su rumbo y busca con angustia los nuevos horizontes. Es una poesía en crisis.

Un primer dato significativo, con el fin de intentar comprenderla, es el que pudiera denominarse institucionalización de la poesía. Tal paradoja consiste en la asignación de una zona de influencia legalizada y específica para ejercer su dominio, que contrasta con la anterior errancia, contestataria y bohemia, ejemplarizada en los años 60 por un grupo como el nadaísta, antiejemplar por excelencia.

La poesía se concentra en espacios prefijados como la Casa de Poesía Silva de Bogotá, fundada en mayo de 1986, a la cual se añade ahora la Casa de Poesía Fernando Mejía de Manizales, inaugurada en julio de 1990, auditorios universitarios, revistas especializadas como Golpe de Dados, fundada en enero de 1983 y que sobrepasa los 100 números o premios como el que otorga la Universidad de Antioquia en forma ininterrumpida a partir de 1979, el cual ofrece un buen balance36. A esto conviene añadir la página de poesía publicada por el “Magazín Dominical” del diario El Espectador y el panorama anual que ofrece “Lecturas Dominicales” de El Tiempo. Quizás también ella se ha beneficiado, en alguna forma, del auge editorial colombiano que en 1989 exportó libros por 61 millones de dólares. Pero son minoritarias ediciones como las de la “Fundación Guberek” o “Museo Rayo” las que mejor reflejan su curso.

Otra forma de institucionalización, más interesante por cierto, radica en haber perfilado su tradición inmediata de modo cada vez más preciso. Así lo señala un joven poeta, Ramón Cote (1963) al escribir:

“Para los escritores jóvenes, para aquellos que nacieron entre los cincuenta y los sesenta y han empezado a publicar a finales de los setenta o en los ochenta, la situación con respecto al pasado literario se torna esclarecedora: se ha confirmado la figura de Aurelio Arturo; se ha producido una evaluación del nadaísmo tanto a nivel general como particular; se observa la mayoría de edad de la generación del Frente Nacional, cuyos poetas han visto publicadas en esta década antologías de sus libros -María Mercedes Carranza, Darío Jaramillo Agudelo, J. G. Cobo Borda, Juan Manuel Roca, José Manuel Arango.

En Colombia nunca ha existido una tradición rupturista, y esto se comprueba nuevamente con los autores más jóvenes”37.

Las líneas centrales de la poesía colombiana escrita en los últimos años se ubican dentro de tal marco: el de una tradición también institucionalizada, que partiendo de José Asunción Silva abarca nombres como los de Guillermo Valencia, Porfirio Barba Jacob, Luis Carlos López, León de Greiff, Luis Vidales, Aurelio Arturo, Eduardo Carranza, Fernando Charry Lara, Alvaro Mutis, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Jaime Jaramillo Escobar, o Mario Rivero. Lo comprueban los homenajes profanaciones, pero homenajes al fin, que un iconoclasta como Jaime Jaramillo Escobar le ha rendido a Guillermo Valencia y Porfirio Barba Jacob. Sus lecturas, por más irreverentes que parezcan, terminan por formar parte de una tradición establecida.

Un consenso más o menos democrático al respecto certifica entonces cómo estos nombres integran el canon de la poesía colombiana en este siglo. Son los poetas que los jóvenes leen, que las universidades estudian, que los críticos revisan. Son los poetas que quizás los jóvenes debieran asesinar38.

Institucionalizada la poesía, como dijimos, sea a través de casetes como los que produce la emisora cultural HJCK, con 40 años de actividad, o ampliada en su radio de acción con eventos como “La poesía tiene la palabra”, que logró reunir 5.000 y 8.000 personas respectivamente en Bogotá (1987) y Medellín (1989) vienen ahora los riesgos de cada escritura.

 

Los riesgos de la escritura

 

La muerte de Eduardo Carranza (1913-1985) cerraba medio siglo de poesía colombiana, el cual comenzó en 1936, cuando publicó Canciones para iniciar una fiesta. Poesía esbelta y emotiva, de aireado lirismo, ella había cambiado el clima verbal con sus metáforas de jóvenes muchachas y paisaje tropical dentro de una exaltación nacionalista de los valores hispánicos. Romántica, en definitiva, y seguidora tanto de Bolívar como de Rubén Darío, la obra de Carranza proyectó al poeta como figura pública. Y se convirtió en los últimos años, con libros como Epístola mortal y otras alucinaciones (1975) en una honda meditación temporal, capaz de conciliar la relación erótica con el afán de sobrevivir, fiel a algunos de sus poetas preferidos: Manrique, Quevedo, Machado.

Por su parte la generación siguiente a “Piedra y cielo” agrupada en torno a la revista Mito, ha encontrado en la obra de Alvaro Mutis (1923) una de sus expresiones más definidas. Sus últimos libros  Caravansary (1981);  Los emisarios (1984);Crónica regia y alabanza del reino (1985) y Un homenaje y siete nocturnos (1986), muestra una entonación más amplia, dentro de la cual, como es habitual en su obra, prosa y verso conviven en torno a la figura de Maqroll el Gaviero, incrementada ahora por una reflexión acerca del papel de la monarquía, a través de la figura de Felipe II, el legado árabe, mediante La Alhambra y una subjetividad, más evidente, explícita en sus Lieder y en los motivos hispánicos, Compostela, Valdemosa, como desencadenantes de una reconciliación consigo mismo, que más allá de la nada inexorable unen la historia y al hombre que la revive, en una resignada aceptación de su destino:
“en esta calle de Córdoba, donde el milagro ocurre, así, de pronto como cosa de todos los días,-como un trueque del azar que le pago gozoso con las más negras horas de miedo y mentira-, de servil aceptación y de resignada desesperanza, que han ido jalonando hasta hoy la apagada noticia de mi vida”.

(De Crónica regia, p. 31).

 

La poesía de Mario Rivero (1935) reunida en diversos números de la revista Golpe de Dados (No. LVII, 1982, No. LXI, 1983, No. LXVII 1984, No. LXXIV 1985, No. LXXVII, 1985, No. LXXXIII, 1986, No. LXXXVII, 1987), vuelve a contarnos las pequeñas historias de gentes que vinieron del campo a la ciudad, y allí comprobaron cómo su energía desfallece, escabulléndose el triunfo, o de jóvenes que se vuelven más dulces cuando se exasperan y saben “hacer girar el cuchillo en el vientre del adversario”.

En otra serie, “los poemas del invierno” la voz se ha hecho plateada e íntima, de regreso a todos los arrebatos, oyéndose a sí misma en el coloquio de una soledad amiga. De un dolor compartido: las casas en ruinas, los recuerdos vivos, manos que separan y se unen.

En la poesía Rivero ha encontrado la luz necesaria “para no amedrentarse ante sus propios pozos de sombra”. Para convertir el duelo en serena alegría.

Por su parte José Manuel Arango (1937) ha publicado Cantiga (1987), un libro donde la calamitosa barbarie que aqueja a Colombia es vista con inusual entereza poética.

Habla allí, por ejemplo, de quien se halla en una lista de posibles víctimas, del simulacro de fusilamiento por parte de unos soldados, pero lo hace desde la poesía. Desde el propio miedo que la poesía percibe. Sin énfasis, con liviana aprensión, y muy consciente de eso terrible que allí se respira: “Una apariencia mansa  y un fondo de desasosiego -las cosas- su fantasmagoría”. Incluso las cosas mismas se han vuelto inquietantes, cargadas de oscuros presagios, capaces de herir en la desnudez equívoca de su uso.

Su texto, por ello mismo, nos despeja la vista para medir árboles, peces y aves, y gracias a dicha apertura permite comprender mejor a quienes limpian la sangre de las calles, “no sea que los primeros transeúntes la pisoteen”. Sí: “matar es fatigoso”, y por ello lo inmediato, de un cuerpo animado por el deseo o estremecido por el frío, debe preservarse en pocas líneas. Sin embargo, la pareja que avanza entre cuerpos caídos, no se sabe si muertos o borrachos, continúa “cantando una canción entre dientes”.

Nacidos después del 40

 

En primer lugar, y como respuesta inmediata a la época, podemos señalar una poesía que hace explícita su denuncia. Uno de sus más divulgados representantes, Juan Manuel Roca (1.946) por ejemplo, ha buscado compaginar su devoción por un romanticismo surrealista, de imágenes nocturnas, con el propósito de dibujar el perfil de un país dual y secreto; un país de sangre y muertos, de crímenes y desaparecidos, que sus textos reiteran una y otra vez, con enfática insistencia. “Los cuerpos otra vez bajando por el río -La subienda de muertos a orillas- Del nuevo y rojo día” (Señal de cuervos, 1979).

Su fascinación por la noche no es ajena al clima opresivo en que tantos colombianos se sienten inmersos. A ello se añade el interés por lo diabólico como valor en sí.

Atrapada en el ritmo de una sola voz, su poesía no alcanza a incorporar la multitud de hablantes que integran la realidad colombiana de hoy día. Continúa en todo caso manifestando su repudio a la violencia, una década después (Ciudadano de la noche, 1989). Buscando en vano, exorcizar un mal cada día menos definible y nítido. Esto, como es obvio, no excluye algunas punzantes intuiciones dentro de la fascinación por la imagen que le es propia:
Arenga de uno que no fue a la guerra

“Nunca fui a la guerra, ni falta que me hace,

Porque de niño siempre pregunté cómo ir a la guerra

Y una enfermera bella como un albatros,

Una enfermera que corría por largos pasillos

Gritó como graznido de ave sin mirarme:

Ya estás en ella, muchacho, ya estás en ella”.

(De Ciudadano de la noche  p. 13).

 

Otros poetas, por su parte, tienen una fe menos clamorosa en las virtudes de la palabra con intención explícita. Por el contrario, en su caso la poesía no sólo se halla corroída por la duda sino que tal interrogación acerca de su objetivo le depara felices aleaciones críticas; las de la ironía. Las del cuestionamiento del poema y de quien lo escribe.

Nos brindan así un humor cómplice donde se rearticulan nuestras certezas, rumbo al absurdo, pero ellas terminan por rearmarse en la red abierta de un juego azaroso y personal. Quizás demasiado personal. Si el poeta se halla implicado en la carencia de certezas únicas también el lector quedará atrapado por sus resbalones, caídas y traspiés. Un buen ejemplo de ello nos lo da Edmundo Perry (1945) quien también, como Roca, ha leído a Vallejo, pero desde un ángulo distinto. A partir del titulo mismo advertimos su intención:

Hombre al agua

“Soy un mentiroso de poca monta

y por eso me he acostumbrado a fingir accesos de tos

………………………………………………

abro un hueco pequeño

lleno de agua y me meto en él

sin la flauta mágica”.

(De El mundo sobre la mesa, 1988, p. 42).

Si Juan Manuel Roca inunda la página con el estruendo de sus caballos al galope, Perry la despuebla, hundiéndose en ella. Una intenta poblarla. Al otro la página lo devora. Sólo resta la mirada desconcertada de quien pudo haber sido engañado por el mundo pero debe asumir, por sí mismo, la respuesta. Roca afirma convencido. Perry se coloca entre paréntesis. De la fe política a la duda burlesca o metafísica, el terreno se diversifica.

Pero hay otra duda, menos hiriente en su formulación que aprovecha el encanto cinematográfico de la juventud ida, para elaborar su lento monólogo de imágenes.

Quien mejor lo ha encarnado es Víctor Manuel Gaviria (1955) también destacado cineasta. Comenzó diciéndolo en su primer libro, La luna y la ducha fría (1979) así:
“Un hombre antes de ser mayor se desilusiona de sí mismo

pero continúa pronunciando lo suyo

y en las pausas entre celos y envidias

aprovecha para cantar suavemente”.
Esa melodía se fija tanto en el mundo como en quien la emite, y continúa involucrando en su nostalgia la pérdida de la inocencia como la frescura renovada del barrio y los campos aledaños. En el mundo criminal de los sicarios de Medellín, al cual dedicó su película  Rodrigo D. (1986) la poesía de Gaviria actúa como el más estremecedor revulsivo: el de una dulce remembranza.

Igual sucedía con Darío Jaramillo (1947) quien en su primer libro, Historias (1974) formulaba su ambición en estos términos:
“Aquella noche

todos habíamos estado deseando regresar a la infancia;

en el fondo era cuestión de volver el corazón más pequeño

y echarse a llorar de contento”.

(De 77 poemas, p. 42).

Y que luego, entre sarcasmo y sentimentalismo, como en Tratado de retórica (1977) se depuró para llegar a ese logro indudable que fueron sus Poemas de Amor (1986). Allí donde la recuperación de lo que fue, a través de una limpia mirada, le permite reasumirse de este modo: “Alelado bajo el Sol, sobre la tapia, -soy un niño de cinco años narcotizado por la luz”.

Da paso entonces al exultante erotismo de quien descubre, por fin, su cuerpo en la voz del otro. Entra a formar parte de una corriente, cada vez más poderosa, que halla su centro magnético en el deseo explícito. En esa atracción que también es abismo.

En tal línea se destaca Raúl Gómez Jattin (1945) con su libro Retratos (1988). Exuberante en su vitalismo whitmaniano, su amor desmesurado y promiscuo recubre hombres y animales, mujeres y paisaje, con una sinceridad conmovedora. Tal sensualidad polimorfa se recrea en la naturaleza, trátese de un cuerpo o de una orilla del río Magdalena, e ignora cualquier culpa, salvo la del tiempo. Aquí la perspectiva se invierte y el autorretrato puede resultar demoledor:

De lo que soy

“En este cuerpo

en el cual la vida ya anochece

vivo yo

Vientre blando y cabeza calva

Pocos dientes

y yo adentro

como un condenado

Estoy adentro y estoy enamorado

y estoy viejo

Descifro mi dolor con la poesía

y el resultado es especialmente doloroso

voces que anuncian: ahí vienen tus angustias

Voces quebradas: pasaron ya tus días

La poesía es la única compañera

acostúmbrate a sus cuchillos

que es la única”.

(De Retratos, p. 133).
Resulta necesario señalar, en este rápido recuento de tendencias -lo social, la duda irónica, la nostalgia, el erotismo- como, en muchos casos, esta última inclinación, que al igual que las anteriores, no se da en estado puro, sino en íntima convivencia con las otras líneas, puede dar lugar a un alborozado rescate de la naturaleza. A una ecología del cuerpo mismo.

Gracias a ella, por ejemplo, Samuel Jaramillo (1950) en Selva que regresa (1988) logra extraer de las del Chocó la humedad intacta de su infancia y Jaime Jaramillo Escobar (1931) en sus  Poemas de tierra caliente (1985), elabora su más apetecible canto, con textos como “Alheña Azumbar”, donde la jugosa síntesis entre fruta y mujer no recorta el humor ni tampoco la reflexión. Por el contrario: las potencias hasta el delirio de una música verbal que recuerda los tambores de la poesía negra sin omitir los tajantes coletazos propios de su estilo: “Cuando mi negra se desnuda queda completamente desnuda. No como las blancas que aunque se desnuden siempre tienen algo que las cubre, aunque sea un concepto”.

De este modo, la apología eufórica del cuerpo retorna sobre sí misma, sea en el espejo crítico de la edad asumida o en su prolongación disolvente, en una tierra feraz y tibia. Sólo que otros abordajes del mismo cuerpo sugieren diferentes infinitos. Las mujeres lo saben y no temen decirlo.

 

Hablan las mujeres

 

Tal el caso, por ejemplo, de María Mercedes Carranza (1945) “Oidme bien, lo digo a gritos: Tengo miedo”. Soledad, desunión, amargura autista: su rostro, en el espejo, le brindara el plano irresoluto de una ciudad, Bogotá, que como la Buenos Aires de Borges o la Alejandría de Cavafis, apenas sí otorga “el cansancio y el tedio de la convivencia”. Igual modulación del fracaso nos la da Piedad Bonnet, con Círculo y Ceniza (1989) donde las calles rotas certifican una pasión transformada en vacío.

En otras como Liana Mejía (1960) el canto se abre con un golpe de feroces revelaciones: “Espoleada por el odio -mi rabia -Yegua de rojas crines- abriéndose paso a través de la noche”, como en su libro Extraña en mi memoria (1983).

Pero hay también aquí otra paradoja: la poesía escrita por mujeres, oscilante entre la soledad y la solidaridad, entre la disolución del ego y la adquisición de una voz propia, entre la invención y el rescate de una tradición que resulte propia y que abarca tanto Hispanoamérica como el mundo, también parece institucionalizarse en eventos como los “Encuentros de poetas colombianas”, realizados en número de seis en el Museo Rayo de Roldanillo, Valle, población de 50.000 habitantes.

La recopilación en varios volúmenes de los trabajos allí presentados no resulta demasiado atractiva. Voces débiles y previsibles, en su rutina apenas enumerativas de arrebato y olvido, pagan una cuota muy alta a los remanentes desuetos de una poesía entendida como profesionalmente femenina.

Sin embargo, las formulaciones teóricas llegan a ser más válidas que la praxis misma. Así habla Agueda Pizarro, principal animadora de dichos encuentros:
“La poesía de la mujer latinoamericana del siglo XX es testimonial contra la injusticia a todo nivel, en todo país. -Es ecológica- busca la relación antigua con la Tierra. Es solidaria con las víctimas de toda guerra, de toda tragedia. Está plenamente consciente de que la Tierra se viola y que todos sus hijos se trituran y contrarían los ritmos vitales de todos los días. Más que nada es consciente de que la voz poética es una voz heredada, una voz que contiene las palabras de siglos de hablantes de un idioma. La mujer es consciente de que esa voz colectiva vive en la conciencia de las madres. De que toda música del pueblo es origen de poesía39.

 

Busca, en consecuencia, un nuevo sagrado: sagrado de la vida, sagrado del cuerpo, sagrado de lo cotidiano y sagrado, porque no, del texto mismo, corroído por la tradición racional y científica. Lo arduo de la comunicación, la obsolescencia de los vocabularios, lo unívoco de ciertos códigos, la falta de espíritu, en definitiva, ante la mecanización inexorable, es la que hace de sus textos, tan desgarrados como poco “formales”, un asomo hacia verdades más íntimas. “Un espacio para lo auténtico”, como definió a la poesía Marianne Moore.

Ello le ha dado a lo que escriben las mujeres un tono valiente y urgido. Una sinceridad expuesta, y exenta de conformismo, salvo, quizás, los propios de una poesía que en general ignora la ruptura. El panorama, sin embargo, de María Mercedes Carranza a Anabel Torres (1948), de Mónica Gontovnick (1953) a Eugenia Sánchez Nieto (1953) resulta sugestivo.

Cuestiona el centro tradicional de poder desde una periferia disidente. Hace del útero, matriz donde se halla contenido todo el proceso de reproducción biológica, la base autónoma de una escritura que abarca tamizados muchos de los elementos que el feminismo ha expuesto a la luz. Ocluida durante tanto tiempo en el mutismo, comienza a expresarse. Así lo intenta Renata Durán (1948) con su Oculta ceremonia (1985) al partir de esa base que todo poeta sabe suya: “No pueden las palabras -con el peso- del mundo”. Así lo busca Eugenia Sánchez Nieto en su libro Con la venia de los heliotropos (1990): Lo importante es “perdurar en el lugar del combate. Amanecer cada uno con el corazón del otro”. Darle, en definitiva, lenguaje al desconocido que nos habita.

Silencios, fábulas y verdades

Otro tipo de poesía, más intelectual, mucho más reflexiva, puede partir de la imaginería entendida como poética: el caso de Jaime García Maffla (1944) y su libro Las voces del vigía (1986). Donceles, saudades y fuentes le permiten expresar definitivas advertencias sobre la pérdida de una interioridad en la cual el canto, como lo quería Rilke, reconstruya la morada humana, o reconocer las tentativas, más directas, de un poeta como Horacio Benavides (1952) afilándose a aquella milenaria tradición fabulista según la cual no hay nada mejor que las bestias para comprender a los hombres.
Deseo de viejo

Levantando la cabeza

y estirando el belfo

aspira profundo

ha percibido ese olor

que le renueva la sangre

Envalentonado

rengueando un poco

se acerca a la yegua

que le recibe

con una patada amorosa

El caballo viejo

pronto se olvida

y vuelve en paz

a su hierba

(De Agua de la Orilla, 1989, p. 51).
Demasiado abstracta en ocasiones -el caso de Gonzalo Márquez Cristo (1963) y su Apocalipsis de la rosa (1990); excesivamente realista en otras- el Libro de las crónicas (1989) de Jorge García Usta (1960) la poesía colombiana de estos últimos años puede mostrar logrados libros de autores jóvenes.

Como ejemplo: Hilo de arena (1986) de William Ospina (1954) también notable ensayista, Poemas para una fosa común(1984) de Ramón Cote, El desorden del viento (1989) de Jorge Bustamante García, El viento en el puente de Alvaro Rodríguez (1990), Glimpses de Mario Jursich Durán (1964), entre otros.

Manejan con solvencia variadas lecturas y la insistencia militante en una épica heroica ha dado paso, en la sobriedad, en el desencanto, a un nuevo paisaje, tanto formal como temático. Una subjetividad universal revalúa los eternos temas de amor y muerte con mayor carga simbólica, y dentro de un lenguaje terso y afectivo, que pareciera dejar atrás la aventura surrealista en aras de una prosodia más afín con referencias inglesas o norteamericanas. A una contemplación que supere las apariencias e impregne el mundo con la mirada escrita de quien lo recorre, lúcido y fervoroso a la vez. Lo vio bien Alvaro Rodríguez, en “Mi oración”:
“En la noche

la memoria arremolina las imágenes,

y en lo profundo de la sangre

alterna desdén y agradecimiento;

y yo ruego

-puesto que el hombre es más que pensamiento,

pasión es, y es negación apasionada

porque aún en el quebranto

sepa agradecer;

porque la arrogancia

no me empobrezca hasta el hueso”.

(De El viento en el puente, p. 37).

 

La poesía parece añorar, fatigada, un esplendor que antes, al ser imposible, la enriquecía. Ella se nutría con el júbilo apasionado de un canto apenas oído. Es obvio que esto el país ya no lo permite, pero también es sabido que en tiempos difíciles la poesía crece con mayor ímpetu. Solo que su vitalidad, diversidad y entusiasmo, la pluralidad democrática de sus voces múltiples, bien puede lograr que una cultura sana en un país enfermo (esa paradoja última) incida, de modo imperceptible, en la modificación de conciencias y sensibilidades retraídas por el miedo y replegadas ante los excesivos crímenes. Así con compartible coraje, lo pide Orlando Gallo (1959) en un poema de un libro cuyo título resulta revelador sobre estos mismos apuntes: los paisajes fragmentarios (1985). Fragmentos que no llegan a la plenitud y que, sin embargo, desde la zozobra la intuyen y algún modo colaboran a percibirla con mayor nitidez. Así estos poetas. Así este poema:
“sobre todo

aspiro a equivocarme una y otra vez

con la misma vehemencia

con la misma ciega fiebre;

a no hacerme hábil y oficioso

Porque no me basta el furor del victimario”.

(De Los paisajes fragmentarios, p. 81).

 

La novela en los años 80: algunas líneas

 

La novela colombiana, en la década del 80, se inicia con una nueva obra de Gabriel García Márquez (1927): Crónica de una muerte anunciada (1981). A ella seguirían  El amor en los tiempos del cólera (1985),  El General en su laberinto (1989) y su reportaje La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile (1985).

No fue ya la explosión contagiosa de Cien años de soledad (1967) sino la habilidad de un artífice que revela el crimen desde el comienzo y no reduce el interés hasta 156 páginas más tarde. Novela policial -¿Quién la deshonró?- la Crónicaera también el apretado manojo de una historia sentimental, con sus 2.000 no leídas cartas de amor.

Centrada en el triángulo de Santiago Nasar, Angela Vicario y Bayardo San Román, se abre sobre un pueblo de la costa colombiana, y las rígidas convenciones de su moral tradicional, revelando “La índole mojigata de su mundo” y los “prejuicios de origen”.

Diferencias de raza y desigualdades de clase contribuyen a producir la más divulgada de las tragedias, en torno a una recién casada. Perfecta en su precisión, todo el microsomos de una sociedad era develado a través de una sabia mezcla de periodismo y ficción.

Un narrador que brinda o sustrae información, reconstruye, años después, este sacrificio contra un (aparente) inocente, en el cual, Como en La Hojarasca o La Mala Hora también todo el pueblo es culpable, por acción u omisión.

El resultado final, como lo señaló Angel Rama, es pura literatura:

“Ese tejido de palabras y de estratégicas ordenaciones de la narración para transmitir un determinado significado, que sea cuales fueren sus fuentes, no es otra cosa que una invención del escritor”39.

El amor en los tiempos del cólera

 

Si en El amor en los tiempos del cólera las cartas de amor subsisten, como metáforas de la escritura, también allí perduran “los prejuicios de una sociedad ensimismada” (p. 25). Y si Angela Vicario escribiendo cartas “a nadie”, “se volvió lúcida, imperiosa, maestra de su albedrío, y volvió a ser virgen solo para él, y no reconoció otra autoridad que la suya ni más servidumbre que la de su obsesión” (p. 122) continuando en ese delirio por 17 años, también en el nuevo triángulo de Florentino Ariza, Fermina Daza y Juvenal Urbino, las cartas de amor configuran el destino de estos seres.

Los modifican, con su ingenuidad o su firmeza y logran, codificadas por el primero de ellos en su Secretario de los enamorados, alterar la realidad a su antojo y unir a los que no saben bien que se buscan. Así Florentino Ariza nos resulta, también, un escritor de paciencia inverosímil que espera 51 años, 9 meses y 4 días para encontrarse con su primera corresponsal, soñada a pulso. Logrará unirse con Fermina Daza, ya viejos los dos, y serán las cartas, hasta el final, el tolerado canal de comunicación.

La férrea tenacidad de Gabriel García Márquez, en el control de su vocación de escritor, se transparenta aquí, dando paso a un novelista libre, romántico y exagerado, que rinde homenaje a su ciudad amada, Cartagena de Indias, explorándola en los recovecos de su historia durante el siglo XIX, para narrar así las peripecias de una pasión individual que vence al tiempo, las pestes, e incluso a la muerte misma, en la recurrencia final de un viaje de novios por el río Magdalena. Un viaje inmóvil para siempre gracias a su escritura definitoria y a sus diálogos tajantes.

La batalla final para conjurar la resistencia tardía de una mujer ya vieja es planeada, a través de las cartas, como un triunfo propio de la ficción.

Una lectora crítica, de 72 años, que ha obligado a volverse real a ese opaco enamorado de su juventud, bajándolo de la retórica y obligándolo a enfrentarse con los estragos de la vejez. Aún así el impulso creador perdura en este fiel redactor epistolar:

“Tenía que ser una ilusión desatinada, capaz de darle el coraje que haría falta para tirar a la basura los perjuicios de una clase que no había sido la suya original, pero que había terminado por serlo más que otra cualquiera. Tenía que enseñarle a pensar en el amor como un estado de gracia que no era un medio para nada, sino un origen y un fin en sí mismo” (p. 381).

Lo que dice Florentino Ariza bien puede referirse al amor o a la poesía. Y si es él quien propone, es la libertad intuitiva de las mujeres, en esa larga cadena de nombres que constituyen su educación sexual y sentimental, la que termina por forjarlo, más allá de las inseguridades de ser hijo natural, hasta hacerlo digno de quien ha esperado tantos años esa mujer que parecía imposible y era semejante a él.

El general en su laberinto

 

Cuando su tío León XII se retira de su cargo en la empresa naviera, recuerda un acontecimiento providencial: “El libertador lo había cargado en sus brazos, en la población de Turbaco, cuando iba en su viaje desdichado hacia la muerte” (p. 350). También el encuentro de García Márquez con “El General Simón José de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios” será memorable: una encarnizada meditación sobre el poder, vista a través de los catorce días previos a su muerte.

Revisión crítico-imaginativa de la literatura histórica al respecto, rellenando con la ficción los huecos en la cronología, e impregnada toda ella con la recurrente obsesión de García Márquez por los entresijos del mando y la soledad inherente al mismo. Ya no se trata de un dictador imaginario, síntesis de muchos, como en El otoño del patriarca (1975). Se trata de un Bolívar, en los puros huesos, vencido en cierta forma, pero sin embargo firme en su delirio.

Mucho más concentrada y reveladora que El amor, El general en su laberinto se decanta ahora de las polémicas que saludaron su aparición -fidelidad histórica- fueros del narrador, pugnas entre bolivarianos y santanderistas, cuestionamiento, a través de un habla gruesa, de un Bolívar de mármol -para entregarnos el auténtico meollo del hombre que forjó estas naciones, a su modo.

La base para ello serán, una vez más, las cartas. “Desde la carta de Veracruz hasta la última que dictó días antes de su muerte, el general escribió por lo menos diez mil, unas de su puño y letra, otras dictadas a sus amanuenses, otras redactadas por éstos de acuerdo con instrucciones suyas. Se conservaron poco más de tres mil cartas y unos ocho mil documentos firmados por él” (p. 226).

Las viejas fobias de García Márquez -contra los cachacos Bogotanos, contra la política exterior norteamericana, contra la incomprensión absolutista europea, ya mencionada en su discurso de aceptación del Nobel- vuelven a surgir, contaminado con empatía autobiográfica esta lúcida recreación de unas postrimerías melancólicas, cuando el balance son “veinte años de guerras inútiles y desengaños del poder” (p. 13).

Aquí, como en las obras anteriores, “los prejuicios de la beata comunidad local” (p. 14) intentan mantener las apariencias, pero es también una mujer, Manuela Sáenz, la que durante 8 años de amores ardientes, sacude y pone en duda tan fingida pacatería. Con ella, y el fiel José Palacios, quien nos transmite atisbos del carácter de Bolívar y en definitiva, de su impenetrabilidad: “Lo que mi señor piensa, solo mi señor lo sabe”, medimos el hastío de un final y la desolación de quien se mira en el espejo de lo incumplido y la traición. El fracaso de una gesta entre los caudillos locales y los intereses particulares, y la paulatina disolución de un sueño recurrente, el de la integración americana.

Como lo señaló Hernando Valencia Goelkel la novela terminaba por producir un efecto inverso al buscado: Santificaba a Bolívar, eximiéndolo de toda responsabilidad humana, en aras de ese propósito grandilocuente. La conclusión de su nota resulta válida como balance del libro:
“Para los países de América Hispana, El Sueño (de integración) es tan dañino y tan perverso como un mal amor: su no cumplimiento es causa de todas nuestras desdichas, su eventual realización es pretexto para todas las retóricas y asidero para sucesivas utopías de pacotilla.  El que la figura de Bolívar gire en torno a esa tesis no logra deteriorar los logros de la novela. Pero la tesis es, en el mejor de los casos, superflua: el buen amor que resuma de El General en su laberinto hubiera bastado de sobra para la creación de ese Bolívar necesario y entrañable”41.

 

La ficción de la historia

 

Dos años antes otro novelista colombiano, Fernando Cruz Kronfly (1943) había tratado el mismo tema y abarcado los mismos días con similares personajes en el triste viaje final hacia su muerte en Santa Marta42 .

La obra, titulada La Ceniza del Libertador (1987) estaba sobrecargada de recursos literarios -cartas, apartes líricos, narradores interpuestos- pero la rememoración compungida de un pasado esplendor, terminaba por concentrarse en el cuerpo enfermo de un hombre que vomita bilis como quien busca expulsar de sí los fantasmas de su mal: desunión, apatía, ingratitud.

Se iba perfilando, en el análisis que la novela histórica propone, una recreación crítica de nuestro pasado, como si las formas de reinterpretación global de la ficción fuesen mucho más válidas que las de la especialización. A través de su personaje central marcaba Cruz Kronfly el fin del período independentista así:

“Otra lógica se impone de ahora en adelante. Intuye que, terminadas las guerras, la estirpe de los héroes comienza a ser desplazada por la raza de los legisladores, hombres puntilludos de las íes. Raza novedosa, engominada, cargada de arabescos en la lengua. Sigilosa, atenta al brillo de la hebilla y dispuesta a morir si es necesario por un extraño ser: La Ley” (p. 202).

Apoyada en el documento, socializada a través de la alfabetización, la novela histórica ya no proyecta ideales compartidos de comunidades en busca de identidad como en la época romántica. Ahora, participando de “una generalizada ansiedad por el presente”, como dice Noé Jitrik, revisa lo estatuido, se complace en el encanto de lo anacrónico y contribuye a la recreación imaginativa de lo que se halla olvidado o reprimido. No es extraño entonces que dos de las novelas más leídas del período: La tejedora de coronas  (1982) de Germán Espinosa (1938) y Los pecados de Inés de Hinojosa (1986) de Próspero Morales Pradilla (1920-1991) utilicen materiales históricos comprobados potenciándolos con fervor erótico e ímpetu libertario.

Espinosa por ejemplo, recobrará la herencia dejada por Germán Arciniegas en su  Biografía del Caribe (1945) y extraía de la Cartagena de finales del siglo XVII, “una ciudad tan inculta y mercantil” (p. 41), con sus filibusteros de la Tortuga y sus gobernadores españoles, la figura de Genoveva Alcocer, una mujer que le servirá, durante casi cien años, y erudición abrumadora, para reflejar todo el proceso de la Ilustración. Pasa así desde el contrapunto colonia española -Europa de Voltaire, hasta ser juzgada como bruja por la inquisición, en la rapsodia de un estilo envolvente.

El monólogo interior se convierte en voz omnisciente que todo lo sabe y recuerda utilizando el texto de la cultura como base de una fantasía que intenta abarcar, en amplísimo arco y promiscua sexualidad, desde Sor Juana Inés de la Cruz hasta las logias masónicas. Como lo señaló Alvaro Pineda Botero: “Carpentier, en El siglo de las luces, había abordado un propósito similar al de Espinosa: reseñar la llegada de la ilustración al Nuevo Mundo, preámbulo de nuestra independencia. Por eso, desde la perspectiva americana, ambas novelas constituyen un aporte significativo al dialogo universal de la cultura” (p. 168).

Próspero Morales Pradilla, por su parte, se apoya en un texto canónico -El Carnero, de Rodríguez Freyle- para entrelazar, en la Tunja de la Colonia, los conocidos dramas de crímenes y adulterios que alborotaron a la sociedad de la época, con su ir y venir entre lo chismoso y lo sacrílego, convirtiendo los seres históricos -Venero de Leyva, Juan de Castellanos- en entes de ficción.

De este modo, lenguajes arcaicos y deseos eternos vuelven a dinamizar ficciones contemporáneas, para intentar cautivar de nuevo a lectores que en muchos casos llegan a ellas luego de verlas adaptadas para la televisión.

Las novelas de Mutis – Maqroll

 

La idea de El general en su laberinto proviene de un cuento de Alvaro Mutis (1923) titulado “El último rostro” (1978). La obra de Mutis, el más distinguido poeta de su generación se había concentrado en la lírica, con ocasionales incursiones en el relato, pero es a partir de 1986 cuando ella experimentó un viraje decisivo. De entonces a la fecha, lleva publicadas cinco novelas: La nieve del almirante  (1986); Ilona llega con la lluvia  (1987); Un bel morir  (1988);  La última escala del Tramp Steamer   (1989) y Amirbar  (1990).

Teniendo como eje a su personaje central, Maqroll el Gaviero, quien recorre los mares del mundo en marginales aventuras, cada obra lo confronta consigo mismo y su memoria inconsolable, en un escenario distinto. Un viaje por río a través de la selva, en pos de un aserradero. La fundación en Panamá de un burdel con azafatas disfrazadas. Un contrabando de rifles, por los riscos de la cordillera. Testigo mudo, ante un barco en ruinas, de una arrasadora historia de amor que culmina en los raudales del Orinoco. Y gambusino, buscando en el agua o en las minas, el oro evasivo. Lo acompañan en tales empresas, siempre insensatas, mujeres que restablecen su comunicación con el mundo a través de la dicha de los sentidos.

Aun cuando el esquema de esos encuentros se reitera en cada libro, la intensidad de una naturaleza tropical es hábilmente captada por el narrador otorgándole una exaltación final a sus dolores y lacerías. Esta postrera revelación sobre sí mismo es más válida que otra peculiaridad de Mutis: su afán de confrontar tales peripecias con capítulos de la historia europea, leídos por Maqroll en planchones y tugurios, los cuales actúan como espejo oblicuo sobre sus actuales fracasos.

De todos modos, la exuberancia de un paisaje atrapado con pulso firme, “desde las tierras bajas de clima ardiente y vegetación desorbitada, hasta las cumbres de la sierra, recorridas por nieblas desbocadas y vientos helados, con una vegetación enana y atormentados árboles de flores vistosas e inquietantes” (Amirbar) termina por relegar a un esotérico segundo plano la gesta de la Vendée o el asesinato del Duque de Orleans. Los vasos comunicantes entre Europa y América, entre presente y pasado, confieren, sin embargo, un aura legendaria a este singular personaje, uno de los más atrayentes dentro de la narrativa colombiana de los últimos años. Alguien que ha hecho carne propia los versos de Mallarme en su “Brisa Marina” : “Je Partirai ¡Steamer Balancant Ta Mature, Léve L’ancre pour une exotique nature! / Un Ennui, Désolé par les cruels Espoirs, /Je Croit encore A L’Adieu Supreme Des Mouchoirs /”.

 

Caballero, Vallejo, González: de Bogotá a Medellín sin retorno

 

Esta conciencia de la novela sobre sí misma, que Mutis ejemplariza al final de Amirbar dando la lista de los libros preferidos por Maqroll: Simenon, Celine, Chateaubriand, puede extenderse también a la siguiente generación, como es el caso de Antonio Caballero (1945) y su obra Sin remedio (1984).

Su protagonista, Ignacio Escobar, lo que quiere es escribir un poema. Ante ello no importa demasiado ni su relamida familia bogotana ni sus igualmente convencionales compañeros de izquierda ni tampoco las apetecidas amigas, caleñas o bogotanas, que entre el alcohol y la droga vuelven más flagrante su cinismo. Las 500 páginas son un exceso pero hay algo tan certero en sus diálogos exasperantes y algo tan atroz de las descripciones nocturnas de Bogotá que es, por cierto, el absurdo máximo del poema lo que contribuye a darle algo de frescura a esa caída en la nada. Al humor feroz de ese grotesco desmesurado. Sin embargo, detrás de todo ello brilla el dolor.

“Bogotá es triste, sí, pero de otra manera. Una tristeza fría, de atmósfera aciaga, de ciudad aplastada por el peso del cielo en lo más alto de la cordillera, en lo más lejos. Una tristeza rencorosa, torva, de muchedumbre silenciosas que en la calle tropiezan con otras muchedumbres, como un río con el mar, bajo la lluvia”
(p. 254).

Pero si la mirada de Caballero sobre Bogotá es dura, la de Fernando Vallejo (Medellín, 1942) es implacable. Hay mayor distancia. “Bogotá, fría y sucia tiritaba en su mugre” (p. 88). Así la describe en  El fuego secreto (1986) una diatriba contra el país y sus males, formulada dentro del recuento que un joven homosexual antioqueño hace de su iniciación, tanto a la bohemia como a las drogas.

Hijo de un senador, los nombres propios y la exacta topografía urbana de Medellín -calle Junín, barrio Guayaquil, cárcel de La Ladera- conviven con disquisiciones lingüísticas y teóricas acerca de la propia novela y, lo cual es decisivo, con la pregunta acerca de cuánta potencia irracional encierra la lengua.

Apelando a figuras como las de Fernando González, otro iconoclasta, y oscilando en ese terreno que va de la fascinación por el lumpen al rechazo de las facciosas sectas de la intelectualidad marxista, la novela termina por armarse en torno a un yo espasmódico. Alguien que bien puede desechar con rabia lo que fue como expresar, con el mismo lirismo con que Barba Jacob enumeró a sus muchachos casados con la muerte, sus apetitos.

El texto, ardiente exorcismo, culmina con un rechazo a la figura de Bolívar. La violencia de sus páginas presagia una Colombia en la cual las masacres llegaron a ser demasiado cotidianas y la impersonalidad de las cifras no dejaba de resultar estremecedora. El balance resultaba desolador dentro del propio texto de la novela:

“¿Y qué veo? Que los bosques ya los talaron, los ríos ya se secaron, las montañas no eran arables y la capa vegetal de los inmersos llanos era tan mísera, tan ínfima, tan mínima que daba, si acaso, lástima y para alimentar matorrales y culebras. Sueño de ingenuo, ilusión de pobre, Colombia nada tiene: sólo el partido conservador y el liberal, o sea tampoco tiene futuro. Pero Colombia que nada tiene es lo único que tenemos. No es un consuelo?” (p. 172).

El cierre del horizonte y la clausura de falsas expectativas es, quizás, un alivio: Termina por enfrentar a los seres con ellos mismos. Quizás sea ésta la razón que lleva a otros jóvenes como Elena y J., a dejar Envigado e irse a Turbo, en una de las más logradas novelas recientes: Primero estaba el mar (1983) de Tomás González (1950) sobrino del mencionado filósofo de “Otra parte”: Fernando González.

Terminarán en una playa remota, queriendo, en vano, poner a funcionar una ganadería, un sembradío, una tienda o un aserradero, pero nada de ello tiene dimensiones míticas. Son apenas ocupaciones a las que se entregan, con fervor primero, con desinterés luego, mientras su relación personal se deteriora, en el laconismo de unos diálogos perfectos. Pero lo singular no es tanto ello sino el saber, desde el comienzo mismo y en forma progresiva, que estos serán los últimos días de un hombre. Que sus reflexiones sobre el mar o las palmas, y su vitalismo antiintelectualista, no es un programa. Es la sencillez inmediata de la vida misma en contrapunto con su anterior aturdimiento estruendoso. Es la elementalidad aparente de sus relaciones con seres tan complejos como él mismo.

“Esa mezcla de literato, anarquista, izquierdista, negociante, colono, hippie, y bohemio no tenía ningún chico de sobrevivir. Mucho que haya llegado a los treinta y cuatro años a que llegó” (p. 68) escribirá un corresponsal amigo, pero la brevedad de su existencia, como la del libro mismo, no es por ello menos intensa, y su sobriedad no carece, en ningún momento, de una eficaz poesía: La misma de El coronel no tiene quien le escriba o la que logró Luis Fayad (1945) en Los parientes de Ester (1978). La parábola de un hombre, a la vez sensible y consciente, “que cada vez llegaba a sitios en que se encontraba más solo y se hacía más vulnerable y libre” (p. 100). En el cual cariño y lejanía conviven, y quien asume su soledad final como la carga y el alivio que en definitiva es. Por ello se opone, y se resigna luego a que Elena cerque un pedazo de playa, celosa de su intimidad: El paraíso, si existe, está en uno mismo:
“Venía huyendo de cierta racionalidad oprobiosa, esterilizadora, como la gasolina, el arribismo y el asfalto. Por eso, precisamente, odiaba el cerco de Elena, pues era la caricatura de una caricatura, una lamentable muestra de lo que puede llegar a ser la actividad humana; por eso se exasperaba cuando cortaban mal la madera, porque era como doblar innecesariamente una locura -la muerte del árbol- sumergiéndolo a él en un torbellino ridículo de insensatez y muerte. Cuando se perdía un animal no se ofuscaba tanto por la plata que valía, y solo en menor medida porque la finca, como negocio, no avanzara; sencillamente soñó alguna vez con tener los potreros llenos de ganado saludable, un sueño natural, al fin y al cabo, de querer que las cosas crezcan y se multipliquen” (pp. 96-97).

 

Mujeres y diplomacia

 

Rafael H., Moreno Durán (1946) publicó en esta década una trilogía titulada “Femina Suite” compuesta por tres novelas”Juego de Damas (1977); El toque de Diana (1981) y Finale capriccioso con Madonna (1983) en las cuales una prosa enrarecida por lo intelectual profana y a la vez exalta a la mujer, cuestionándola en su ascenso social a través del sexo y mitificándola en el hermetismo de su cuerpo. Juegue con las categorías de “Matriarcas”, “Mandarinas” o “Meninas”, o utilice combativas metáforas guerreras, para la interminable batalla de los sexos, siempre hay en ellas una inteligente acumulación verbal que satura el tema hasta el exceso, trátase de los -salones galantes- literarios, de la estrategia militar, o de la arquitectura con connotaciones simbólicas. También se da allí una parodia culta, que si en Antonio Caballero proviene de su admiración por Nabokov en Moreno Durán recuerda su interés por narradores como Musil.

Luego, con Los felinos del Canciller (1987) Moreno Durán dirige sus dardos, hacia la diplomacia, contando los avatares de tres miembros de una misma familia, los Barahona, que usufructúan, a lo largo del tiempo, cargos en el exterior, uniendo política con filosofía y legalidad jurídica con hablar bien. El tan vapuleado mito de la Atenas Suramericana se trueca en un irónico “apenas sudamericana”, mientras intrigas y maniobras cubren el período que va desde los presidentes gramáticos hasta el año de 1949, en Nueva York. El paso de los tecnicismos griegos a la pedestre oralidad, como ha señalado Raymond Williams, hace que algunas de las dificultades de lectura de la anterior trilogía sean reemplazadas por:

“humor e ingenio, y el lenguaje, en cambio de constituirse en muralla a la comprensión, es utilizado sutilmente por Moreno Durán como vehículo del humor”.

 

“En camino largo hay desquite”: Manuel Mejía Vallejo

 

 

Nacido en 1923, Mejía Vallejo ha publicado 15 libros antes de La casa de las dos palmas (1988) la novela con la que obtuvo el premio Rómulo Gallegos. Retorna en ella a esa región del Suroeste antioqueño, en límites con el Chocó, donde situó su primera obra:   La tierra éramos nosotros (1945), y en ese territorio cruzado por el río San Juan y circundado por los farallones del Cítara, vuelve a contarnos sus historias de fatalidad familiar. Pueblos reales como Jericó y Jardín se han convertido en su mítico Balandú y allí una maldición ancestral vuelve a marcar, con su látigo de fuego, a seres recios y perfilados con fuerza: Una ciega, un patriarca erguido que vive con la amante de su hijo, una mujer encadenada a causa de los celos, un Sacerdote, un tallador de madera. Pero ahora el largo recorrido vital de Mejía Vallejo puebla el recuento con la copla y la música, con su capacidad para transfigurar la voz de la naturaleza y asimilar, potenciados, los elementos de la cultura popular. También por una sabiduría escueta y proverbial, que concentra la anécdota en sentencias incontrovertibles: “nadie más se merece la muerte de uno”.

Esos pueblos llenos de vecinos obligaron a edificar un paraíso con relentes incestuosos, allí en el páramo, a un hombre que se apresta a morir entre los caídos signos de su perdido esplendor. Final de una saga creativa y de una fidelidad irrevocable por una región, que ha seguido en sus transformaciones dolorosas, de El día señalado (1964) a  Aire de tango(1973), Fernando Cruz Kronfly ha resumido así sus méritos:

“Mejía Vallejo, con esta novela realmente sorprendente y profunda, donde se observa un trabajo literario de orfebre y sensible al extremo, hasta el más insignificante detalle, cierra en nuestro país un tipo de literatura. Y lo cierra en un doble sentido: final predominio de la naturaleza en su relación de conflicto con la racionalidad tecnológica, y personal ajuste de cuentas con los antecedentes incluso personales mediante un esfuerzo de totalización frente a la memoria personal y nacional que sobrecoge. La historia de Efrén Herreros, de su estirpe, es al mismo tiempo la historia de una cultura que se levanta radical y contestataria respecto del poder del confesionario. Un pensamiento radical en extinción, que un día quiso fundar en nuestro medio una república secular y moderna pero fracasó después de los triunfos políticos, económicos y culturales de la gran hacienda”43.

Voces múltiples: Ambitos diversos

 

Como es obvio, el mapa de la actual novela colombiana, en la década del 80, es mucho más vasto. Allí deben tomarse en cuenta obras como las de Elisa Mujica (1918) cuyo Bogotá de las nubes (1984) sobre la formación de una niña de provincia, en la Bogotá de los años 30, con su ingreso al trabajo en las oficinas públicas y a la universidad, trae consigo la modernización, con ímpetus sociales, del período. O el exuberante mural barroco de Héctor Rojas Herazo (1921) quien con  Celia se pudre (1986) logra que su memoria de pintor recobre, uno a uno, todos los elementos míticos de un pueblo de la costa vistos desde el intrascendente hoy de un empleado público hundido en la burocracia bogotana. Puede pensarse, entonces, que todos los provincianos anclados en la capital mantienen vivas sus raíces.

Pero esto no es generalizable. Otros, desde la costa caribe, se hunden en intransferibles mundos propios. Así Marvel Moreno publica En diciembre llegaban las brisas (1987) donde tres mujeres definen sus vidas, a partir de la Barranquilla de los años 40, en la progresiva conciencia con que van asumiendo, desde la voz narrativa instalada en París, los condicionamientos del medio.

O Ramón Illán Bacca, ingenioso cronista, quien con  Deborah Cruel (1990) incursiona en la novela, divirtiéndose en la reconstrucción de un nido de espías nazis en la Barranquilla de la segunda guerra.

Roberto Burgos Cantor (1948), por su parte, logra con el Patio de los vientos perdidos (1984) integrar una polifonía de voces, boxeador, prostituta, seres anacrónicos de la ya vetusta Cartagena, en la renovadora intensidad de sus monólogos críticos.

David Sánchez Juliao (1945) con obras como Pero sigo siendo el rey (1983) o  Mi sangre aunque plebeya (1986) mantiene un oído alerta para la música popular, más allá de los enredos de la trama, o cultiva, en la segunda, una sátira puntual sobre el arribismo y la nueva clase ejecutiva.

Su rapidez inmediatista se hace mucho más morosa en casos como el de Jaime Manrique Ardila (1949) quien con Oro colombiano (1985) vuelve a establecer el contrapunto Barranquilla-Bogotá en torno al auge marimbero, siendo resueltos, de modo más feliz, los primeros personajes y el proverbial carnaval de la ciudad que la segunda parte, con sus pretenciosas elucubraciones en torno al poder central.

Bogotá, en cambio, es captado por José Luis Díaz Granados (1946) en Las Puertas del infierno (1985) con toda su sordidez prostibularia, que no excluye el humor, a través de la paradójica novela de formación de un escritor, José Kristian, que mezcla mujeres y libros con singular desparpajo.

Juan José Hoyos (1953) inicia con Tuyo es mi corazón (1984) la nueva saga del Medellín moderno, entremezclando música y adolescencia dentro del escenario que se volverá proverbial: el barrio. El mismo que años más tarde Víctor Gaviria (1955) con El pleito que no duró nada (1991) abordara, en otro estrato social, sustituyendo balada por rock y diálogo por violencia indiscriminada.

De este modo la novela contemporánea en Colombia, de Oscar Collazos a Marco Tulio Aguilera Garramuño, de Alba Lucía Angel a Gustavo Alvarez Gardeazábal, y de Eduardo García Aguilar a Evelio Rosero Diago, confirma su innegable vitalidad. Sus múltiples propuestas son las mismas de un país cada vez más complejo y polifacético. Cada día más crítico, en su tensión creativa.

Nota del autor

 

Las notas anteriores, mediante algunos pocos ejemplos, buscan mostrar tendencias de la novela colombiana en la última década.

Un panorama general puede encontrarse en el libro de Alvaro Pineda Botero: Del mito a la posmodernidad. La novela colombiana de finales del siglo XX. Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1990, 212 p. y en el libro de Raymond Williams sobre la novela en Colombia, 1844-1987, que Tercer Mundo publicó en su versión española: Novela y poder en Colombia. Bogotá, 1991, p. 273.

Nota bibliográfica novela

Libros

COBO Borda, J.G., La narrativa colombiana después de García Márquez. Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1989, 343 p.

Incluye comentarios a las obras de Eduardo Caballero Calderón, Manuel Mejía Vallejo, Gabriel García Márquez, Pedro Gómez Valderrama, Alvaro Mutis, Gustavo Alvarez Gardeazábal, R.H. Moreno Durán, Juan Gossain, Umberto Valverde, Helena Araujo, Marvel Moreno, Roberto Rubiano, Antonio Morales, Amílcar Osorio, Andrés Caicedo, Jaime Manrique Ardila, María Elvira Bonilla, Julio Olaciregui.

PINEDA Botero, Alvaro, Del mito a la posmodernidad, La novela colombiana de finales de siglo XX. Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1990, 212 p.

Centrado en la producción posterior a Cien años de Soledad (1967), y dividido en 8 capítulos, con exhaustiva bibliografía final sobre las novelas de la década del 80, el libro “señala, más bien, las tendencias posgarciamarquianas, cada vez más alejadas de las concepciones míticas y más acordes con lo que se ha denominado la posmodernidad”. Analiza así núcleos temáticos de interés como el paso “de la arcadia a la neurosis”, “utopía”, “la solemnidad burlada”, “la estructura abismal”, “la historia en la literatura”, y dos enclaves regionales: la costa y Antioquia-Caldas.

WILLIAMS, Raymond  L., Novela y porter en Colombia. 1844-1987. Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1981. 268 p.

Este intento por historiar la novela colombiana desde el punto de vista regional, dedica su capítulo 7: “La novela moderna y posmoderna” (1965-1987) a dos narradores básicamente: García Márquez y Moreno Durán, con breves referencias a otros autores. Para el debate que ha suscitado ver “Magazín Dominical”, El Espectador, Bogotá, No. 426, junio 23 de 1.991, pp. 6-13.

Entrevistas

AYALA Poveda, Fernando,  Novelistas colombianos contemporáneos. Bogotá, Fundación Universidad Central, s.f. 209 p.

Aun cuando sus referencias bibliográficas llegan hasta 1980,. el volumen, más que por sus análisis críticos, tiene interés por los novelistas entrevistados: Pedro Gómez Valderrama, Plinio Apuleyo Mendoza, Fernando Cruz Kronfly, Jorge Eliécer Pardo, Carlos Perozzo, Rodrigo Parra Sandoval, Luis Fayad, Rafael Humberto Moreno Durán.

RAMIREZ, Ignacio; Turriago, Olga Cristina, Hombres de Palabra. Bogotá, Cosmos, 1989, 339 p.

Muy útil libro de entrevistas que incluye los nombres de Benhur Sánchez, Pedro Gómez Valderrama, Carlos Perozzo, Humberto Tafur, Manuel Mejía Vallejo, Darío Ruiz, Julio Olaciregui, Alvaro Medina, Rodrigo Parra, Arturo Alape, Jairo Aníbal Niño, Helena Araújo, Consuelo Triviño, Marvel Moreno, Héctor Rojas Herazo, Manuel Giraldo -Magil-, R.H. Moreno Durán, Luis Fayad, Ricardo Cano, Oscar Collazos, Héctor Sánchez, Carlos O. Pardo, Hugo Ruiz, Fernando Soto Aparicio, Germán Cuervo, Fabio Martínez, Gustavo Alvarez Gardeazábal.

SPITALETTA, Reinaldo; Escobar Velásquez, Mario, Reportajes a la literatura colombiana. Medellín, Universidad de Antioquia-Biblioteca Pública Piloto, 1991. 145 p.

Interesantes reportajes con narradores como Gustavo Alvarez Gardeazábal, Fernando Cruz Kronfly, Mario Escobar Velásquez, José Luis Garcés, Harold Kremer y Manuel Mejía Vallejo.

Volúmenes colectivos

WILLIAM, Raymond (Compilador), Ensayos de literatura colombiana. Bogotá, Plaza y Janés, 1985.

Fruto del primer encuentro de colombianistas norteamericanos, este volumen agrupa, entre otros, trabajos sobre la narrativa de Manuel Mejía Vallejo, Manuel Zapata Olivella, Gabriel García Márquez, Fanny Buitrago, Gustavo Alvarez Gardeazábal y Darío Jaramillo Agudelo.

CANO, Ricardo; Araújo, Helena; Valencia, César, Tres ensayos incluidos en el   Manual de Literatura Colombiana. Tomo II. Bogotá, Planeta, 1988, pp. 353-510.

Los tres trabajos ofrecen un exhaustivo panorama de la narrativa colombiana después de García Márquez, abarcando la actividad novelística de los años setenta y ochenta, el aporte de las mujeres (Rocío Vélez de Piedrahíta, Elisa Mujica, Alba Lucía Angel, Flor Romero, Fanny Buitrago, Amparo Suárez, Marvel Moreno) y la modernidad del género, a través de variados ejemplos.

TITLER, Jonathan (Editor), Violencia y literatura en Colombia. Madrid, Orígenes, 1989.

Recopilación, como el primero, de las ponencias presentadas en el cuarto encuentro de colombianistas norteamericanos, 1987, reúne entre otros, trabajos sobre la novela de la violencia, Gabriel García Márquez, Eduardo Caballero Calderón, Pedro Gómez Valderrama y Alvaro Cepeda Samudio.

PINEDA Botero, Alvaro; Williams, Raymond (Editores). De ficciones y realidades. Bogotá, Tercer Mundo Editores
-Universidad de Cartagena, 1989.

Trabajos presentados al Quinto Congreso de Colombianistas, 1988, las ponencias sobre narrativa se refieren a Alvaro Cepeda Samudio, Héctor Rojas Herazo, Marvel Moreno, Roberto Burgos Cantor, Gabriel García Márquez y Rafael H. Moreno Durán.

Artículos en revistas

SANCHEZ Jiménez, Francisco, Críticas y Ficciones, Gradiva, Bogotá, No. 2, julio-agosto 1987, pp. 51-61.

Un narrador glosa las obras de sus colegas, y los problemas de la narrativa en el país. Entre los comentados: Manuel Mejía Vallejo, Héctor Rojas Herazo, Gabriel García Márquez, Germán Espinosa y Rafael H. Moreno Durán.

COBO Borda, J.G.; Palacios, Marco; Martínez, Fabio; Nadheza Truque, Sonia, Diversos artículos aparecidos en el Boletín Cultural y Bibliográfico, Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá. Vol. XXV, No. 14, 1988. P. 3-49.

Estudian la obra de narradores como Eduardo Caballero Calderón, Manuel Mejía Vallejo, Gabriel García Márquez, Pedro Gómez Valderrama, Alvaro Mutis, Gustavo Alvarez Gardeazábal, Rafael H., Moreno Durán, Fernando Vallejo y Marvel Moreno.

JARAMILLO Zuluaga, J.E.,  Alta tradi(c)ión de la narrativa colombiana de los 80, Boletín Cultural y Bibliográfico, Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá. Vol. XXXV, No. 15, 1988.

Interesante análisis de obras de Gabriel García Márquez, Alvaro Mutis, Manuel Zapata Olivella, Fernando Vallejo, Darío Jaramillo Agudelo, Carlos Perozzo, Roberto Burgos Cantor, José Luis Díaz Granados, Germán Espinosa, Fanny Buitrago, Marvel Moreno, Rafael H. Moreno Durán.

ARAUJO, Helena, De 1900  a hoy. Sitio en Colombia. Sitio a la “Atenas Suramericana”, Hispamérica. Gaithersburg, Año XVIII, No. 53-54, agosto-diciembre 1989, pp. 35-62.

Si bien el análisis arranca desde La Vorágine de Rivera sus observaciones sobre narradores recientes son dignos de tomarse en cuenta. Estudia las obras de Héctor Sánchez, Arturo Alape, Alba Lucía Angel, Fanny Buitrago, Manuel Mejía Vallejo, Darío Ruiz, Luis Fayad, Oscar Collazos, Rafael H. Moreno Durán, Antonio Caballero, Marvel Moreno, Manuel Zapata Olivella, Alvaro Mutis.

MEDINA, Federico,  La novela reciente en Colombia, Con-textos. Medellín, Revista de Semiótica Literaria No. 5, Universidad de Medellín, 1990, pp. 59-82.

Considera, entre 1950 y 1980, la existencia de dos generaciones de escritores en Colombia. La primera integrada por nombres como García Márquez y Alvaro Cepeda Samudio. La segunda por Policarpo Varón, Darío Ruiz, Fernando Cruz Kronfly, Nicolás Suescún, Oscar Collazos, Luis Fayad, Roberto Burgos, Rafael H. Moreno Durán, Germán Santamaría, Héctor Sánchez y otros. Aun cuando no se detiene en el análisis de obras específicas, sus caracterizaciones generales contribuyen a delinear el Horizonte del período.

JIMENEZ, Panesso, David, “Poesía y Narrativa“. Gaceta Colcultura No. 5, Bogotá, enero-febrero 1990, pp. 25-27. Se refiere a poetas como Jaime Jaramillo Escobar, José Manuel Arango, Juan Manuel Roca y a narradores como Alvaro Mutis, Fernando Vallejo, Roberto Burgos, R.H. Moreno Durán, Marvel Moreno, Germán Espinosa.

Revistas

Revista de estudios colombianos, No. 1: 1986, No. 8: 1990. Bogotá, Tercer Mundo Editores, con diversos estudios, reportajes y reseñas de novelas aparecidas en estos años.

Nota bibliográfica

Poesía

O’HARA, Edgar, Agua de Colombia. Notas sobre poetas colombianos. Bogotá, Fundación Simón y Lola Guberek, 1988, p. 205.

De Silva y Barba Jacob a poetas jóvenes como David Jiménez y José Libardo Porras, el libro reúne veinte notas sobre poetas colombianos, escritas por un poeta peruano, que es también buen conocedor de la tradición poética latinoamericana. Si bien le merece especial atención la obra de Alvaro Mutis, también las de Jaime Jaramillo Escobar, José Manuel Arango, María Mercedes Carranza y Darío Jaramillo, suscitan agudas lecturas.

SOBRE HAROLD ALVARADO TENORIO, Camorra. Monografías. Bogotá, Ediciones La Rosa Roja, 1991. 118 p.

Poemas, entrevistas y notas críticas sobre su obra y sus traducciones, permiten una variada aproximación al trabajo de Harold Alvarado Tenorio (1945) y al clima de su generación.

VELEZ Correa, Roberto, La nueva poesía de Caldas -De cara a la posmodernidad- Manizales, Casa de Poesía Fernando Mejía Mejía -Ediciones Vellón de Nubes- 2, s.f., p. 28.

Util análisis de los poetas caldenses nacidos después de 1950, que va del hermetismo poético, a la diafanidad lírica, pasando por la necesidad de estilo.

BEDOYA, Luis Iván, Poetas en Antioquia (1966-1826). Medellín, Biblioteca Pública Piloto, 1991, p. 201.

Aunque sólo presenta dos poemas por poeta, es ésta una muy útil antología de la poesía antioqueña, que actualiza las referencias al incluir treinta autores nacidos después de 1950.

ORAMAS, María Cristina, Postal de fin de siglo. Poesía colombiana actual. Kolibro Editores, Bogotá, 1991, p. 61.

Antología de siete nacidos después de 1950: Fernando Linero, Armando Rodríguez, Rafael del Castillo, Eugenia Sánchez, Gustavo Adolfo Garcés, Jorge Mario Echeverry y Julio Daniel Chaparro.

 

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