CARLOS OBREGON. POESIA

CARLOS OBREGON. POESIA

Carlos ObregónOBRA POÉTICA DE CARLOS OBREGÓN

(Bogotá, 1929 – Madrid, 1965) Poeta colombiano perteneciente a la generación de la revista Mito. Su personalidad estuvo férreamente marcada por la educación religiosa. Viajó a Estados Unidos, donde culminó estudios de física y matemáticas en la Universidad de Michigan; a su regreso a Colombia, se trasladó a la costa Atlántica para sembrar algodón, y luego fue docente universitario de matemáticas. Antes de residir definitivamente en Madrid, hizo estancias parciales en París, Ibiza y Mallorca, perseguido por las carencias y la soledad.

Su poesía, globalmente breve pero de una sostenida eficacia, podría definirse como la búsqueda casi delirante de sí mismo. Un sentimiento de místico desgarramiento perdura a todo lo largo y ancho de su obra: un erotismo de la salvación y la condena, del ascenso y la caída a través de una última instancia encarnada en la palabra. Sus únicos libros publicados en vida fueron Distancia destruida (1956) y Estuario (1961), reunidos póstumamente con otros poemas inéditos en Obra poética (1985).

OBRA

EL TIEMPO CONTEMPLADO

I
Vibraba el cielo. El río en cada tallo
aguazaba un silbo lunar de lento vuelo.
Lejos, la noche rezaba un salmo de madera
entre flores calcinadas y aspas de molino.
Por la tierra azotada tres caballos tres caballos
de exilio galopaban, ágil fuga
de aire ennegrecido y ceniza volandera.
Una llama profunda hincaba su fulgor
contra los ojos. El tiempo estaba entre
filos de luz y estrellas desplomadas
y un viento sin origen hendía el mundo.
Polvo y esparto. Muros blancos. Trigo.

II
Surgen densas las horas en la cala desierta.
Desde lejos me llaman otras islas voraces
y los peces arrastran el latido del tiempo
entre rocas y espuma. Cielo adverso, combado
sobre el mar del exilio. Las olas con ahínco
bambolean un barco fondeado a pocas brazas.
Mortal cae en el día la honda luz del silencio.
El sol clava su fuego sobre el cuerpo desnudo
y en los guijarros brilla más antiguo que ellos.
Soledad en las rocas, en los ojos que esperan.
Con el viento maduro tras el recuerdo emigro
por rutas interiores hacia un incendio verde
de islas y centauros. Un golpe de alcatraces
llega desde la noche y abandona su huella
en la playa caldeada. No es el tiempo insaciable
lo que inunda los ojos, es el mar combatiendo
la violencia del odio que desgarra su seno
y allí trama el temblor de los dioses malditos.

 

 

CANTO III

Toda la luz sobra si la fe que nos guía

no colma nuestro viaje. Más allá de la nieve

está el fuego que en el fondo crepita, tutelar,

para los ojos que miran hacia adentro

con el anhelo de las aves caídas.

Después de las palabras queda el eco

de un fervor ignorado que se pierde en la fronda

que tejen nuestras tardes de contemplar callado

y hacia donde existimos renace nuestro olvido.

No un simple paraíso donde el cuerpo fuese

el dios de sus placeres, sino un estar dentro

de lo que siempre es río, la delicia misma

que desde el centro estalla, florece y se despliega.

No otra cosa perdimos y ahora sólo quedan

cenizas y ascuas en las manos del ángel

que desde un nuevo umbral nos invita a gustar del misterio,

y vivir es avanzar en su reclamo y esperar el retorno

en las horas desiertas que caen hacia la noche.

¡Si siempre nos golpeara el amplio murmullo

de las alas eternas! Porque no sólo faltan

palabras de mar, hogueras bajo el viento,

sino una intensidad más cerca de los labios

que aún después de que las ascuas los ungieron

no pueden proclamar lo que han gustado.

¿Quién, más allá del rostro que iluminó la Noche,

se atrevería a avanzar su soledad

hasta el fondo del vientre y allí rescatar

todo el olvido? Pero aun si la gran bóveda

sólo fuese esto: un vientre -hay algo más

de raíz y de ángel que en la carne progresa

hacia la plenitud de otro fruto celeste.

La criatura es pregunta: la espera,

el vuelo pensativo de alguna hoja que cae

en la visión dorada, dejando más acá de los ojos

lo imposible y lo arcano; y que no sea

la puerta estrecha que se abre y nos despide,

porque aquí, con la paciencia de la tierra,

está la misión de nuestras horas.

Dios cubre de eternidad nuestra pupila

y su silencio de fuego posee nuestro lenguaje,

mas el hombre, en tensión rebelde,

sólo espera que los ojos, cual pájaros de exilio,

se adentren voraces en la hondura del viento

tras los astros que queman su plegaria en la noche.

Hontanar de auroras fue el éxtasis ardiente

del alma por los poros; luego, el tiempo,

el nuestro, el que en la carne late,

hincó de nuevo el ojo en la simiente

y un insecto solemne agonizó en las grutas

con las flores marchitas y los frutos sedientos,

y el río y su transcurso de dios ebrio

fue de nuevo avidez y lamento. El mundo se apaga,

huye con el humo y nada queda en las manos

si lo que ellas palpan no es algo más antiguo

que el terror o el deseo: incendio estelar

que a veces nos llega como rito que en el tacto florece,

gratuito y ungido, desde un fondo remoto.

Pero nada sabemos: sentir sólo es primicia.

Poems
Destroyed Distance V
Destroyed Distance XII
As the rose contains its stillness
Passenger of the wind
Deeply resounds the solitude of the valley
On the hillock that falls as far as the rocks
Night guided him to a summit
Silence runs over all things
Prayer of the bones
At the time that the accursed die
Towards the future I go broadly speaking

DISTANCIA DESTRUIDA V
Tu voz se desploma, se sumerge y se pierde
en el ocaso de los dioses.
Ahora eres tú entre las columnas sagradas
que erigió el proceso del sueño y el gigante.
Escucha la canción alta que habló bajo la lluvia.Eres entre mi pulso enloquecido por la noche
y el ángel de tu voz nunca cede
el poder ni el horror de sus manos.
Ahora eres como pilar entre los días
porque nunca ha habido palabra tan grande como siempre,
porque en Viena te escucho cantando alucinada,
perdida allá entre las cosas tuyas.
Allá eres, vives, eres sombra de sombra de amor entre las sombras vivas,
voz y mano de diosa gravitando los seres.
Cada vez te encuentras más cerca de mi bosque:
perenne, esbelta en tu murmullo caes, danzas,
eres lo que entonces y siempre relatabas,
la palabra en el aire como una rosa alada,
eso eres en tu ausencia
y las estrellas esta noche me hablan de tus pasos.
Eres lejana y plena como torre de guerreros y ángeles,
¿y tu voz?, esa es tu alma: tus labios en los años,
esa eres tú, Marión, en el recuerdo,
esa es tu alma.

DESTROYED DISTANCE V
Your voice collapses, is submerged and lost
in the twilight of the gods.
Now you are among the sacred columns
erected by the dream process and the giant.
Listen to the high song that talked under the rain.You are in my pulse maddened by the night
and the angel of your voice never gives up
the power or the horror of your hands.
Now you are like a pillar among the days
because there has never been a greater word than always,
because in Vienna I listen to you singing, hallucinated,
lost there among your things.
There, you are, you live, you are a shadow of a shadow of love among living shadows,
the voice and the hand of a goddess rotating the beings.
More and more you are nearer my wood:
perennial, slender in your murmur you fall, you dance,
you are what then and always you used to relate,
the word in the air like a winged rose,
that’s what you are in your absence
and the stars tonight talk to me about your steps.
You are far away and full like a tower of warriors and angels,
and your voice? that is your soul: your lips over the years,
that is you, Marion,  as I remember you,
that is your soul.

DISTANCIA DESTRUIDA XII
Extranjero: esta es la pasión del ángel:
despertarse en la ribera del instante,
solitario entre las palabras y las piedras.
Cuando sólo existe el árbol de la noche,
nos basta lo que existe
y el tiempo son las torres que enfrente al mar esperan
el exilio nocturno de los viajes,
el silencio del claustro.Su voz son estas cosas, estas horas que hablan
con el sol del verano,
retornando en la tarde a su nombre duro y verdadero
como retorna en los oídos la violencia del viento
o el mar que  nos invade.
He aquí el tiempo de las manos
renovado en la noche cuando la palabra muere.
Escucha: entre la hierba, la santidad del mundo
y las preguntas hoy cantan la soledad de cada paso.

Vivir es ser su cuerpo, que la mirada viaje en su distancia
como una ave sin rumbo entre las rocas
y luego irse, exiliado, y más allá de la piel,
desde las torres, desde el mar hasta el ángel
ser la ruta del viento,
alejarse y perderse en el silencio que nos puebla.
Extranjero: el ruido del bosque es el poder de un sólo instante,
el nacimiento de las voces que te hablan.
Quien se habita es el desierto: su soledad es nuestra.

DESTROYED DISTANCE XII
Stranger: this is the passion of the angel:
to awake on the shore of the instant,
solitary among the words and the stones.
When only the tree of night exists,
what exists is enough for us
and time is the towers that wait facing the sea
for the nocturnal exile of your travels,
for the silence of the cloister.These things are his voice, those hours that speak
with the Summer sun,
returning in the evening to their hard and true name
as the violence of the wind or the sea that invades us
returns in the ears.
Here is the time of the hands
renewed at night when the word dies.
Listen: in the grass, the sanctity of the world
and the questions sing today of the solitude of each step.

To live is to be his body, so that the gaze travels in its distance
like an aimless bird among the rocks
and then goes, exiled, and beyond the skin,
from the towers, from the sea as far as the angel
to be the route of the wind,
to go away and to err in the silence that peoples us.
Stranger: the noise of the wood is the power of just one instant,
the birth of the voices that speak to you.
It is the desert that inhabits itself: its solitude is ours.

 
 

 
Como la rosa contiene su quietud
y el mar el tiempo,
el fuego, más que fuego, contiene en certidumbre
liturgia de sí mismo, silencio en el silencio,
desde adentro volcando en fulgurante idioma
hacia qué atmósfera libre de criaturas,
hacia qué santo rezo.
Instante ardiente: su fervor se engendra
en la pupila tutelar del ángel
y su sustancia es la noche misma.
 
As the rose contains its stillness
and the sea time,
fire, more than fire, contains in certainty
a liturgy of itself, silence in silence,
from inside out overturning in stunning language
towards what atmosphere free from creatures,
towards what saintly prayer.
Ardent instant: its fervor is begot
in the tutelary pupil of the angel
and its substance is the night itself.
 
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Pasajera del viento
la hoguera yergue su conjuro
de extático silencio
templa con acerado amor
el ser la eternidad que vibra
huidiza y desvelada
tensa es la noche donde Dios la enciende.
 
Passenger of the wind
the bonfire raises its incantation
of ecstatic silence
tempers with steely love
the essence the eternity that quivers
evasive and awake
tense is the night where God lights it.

© 1961, Carlos Obregón
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                                                 (Deyá, Agosto)Hondamente resuena la soledad del valle
poblada por las aves en su vuelo errabundo.
El sol reverbera bajo un sol inclemente
que despierta en las piedras un fulgor rojo y seco.
La torre de la iglesia domina vigilante
el mar y las colinas. En el hastío de agosto
el agua se desliza bañando con desidia
el cauce del invierno, mientras viejas esquilas
llaman, entre olivares, algún pastor ausente.
Por los huesos asciende el calor de la tierra,
fuego de lentas lenguas y de arcanas preguntas
que en los labios se encienden. No hay nada bajo el cielo,
sólo oquedad quemada por la luz del estío.
La espera está en la tierra, la carne está en el siglo.

Hacia las rocas vivas de los cerros del fondo
mi soledad se adentra mientras arden los ojos
en un mirar sediento. Calor de pocas horas
me queda entre las manos. Sumido en su añoranza,
por el Clot baja el tiempo huyendo con hondura
hasta el umbral del alma. El ojo mira y reza.
Quizás el ciego muere en la casa del río
y su perro, en el huerto, huele a Dios sin saberlo.

 
                                               (Deyá, August)Deeply resounds the solitude of the valley
peopled by the birds in their roving flight.
The soil shimmers under the inclement sun
that awakens in the stone a red and dry glow.
The tower of the church vigilantly dominates
the sea and the hills. In the August weariness
water slides down bathing with idleness
the riverbed of winter, while old little bells
call, in the olive groves, some absent shepherd.
Through the bones ascends the warmth of the earth,
fire of slow tongues and arcane questions
that are lighted in the lips. There is nothing under the sky
only hollowness burnt by the light of summer.
The wait is in the earth, the flesh is in the century.

Toward the living rocks in the hills in the background
my solitude withdraws into itself while my eyes burn
in a parched looking. The warmth of a few hours
remains in my hands. Plunged in its yearning
flows time in the Clot fleeing with depth
as far as the threshold of the soul. The eye looks and prays.
Maybe the blind man has died in the house by the river
and his dog, in the orchard, smells of God without knowing it

 
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                                             (Deyá: El Puig)En el collado que cae hasta las rocas
arraiga el olivar sus lentos años.
De la mar viene un viento tan profundo
y tan libre que en él perdura el día.
La fronda del verano exhala un gozo
renacido en la luz que se hace espacio
y en él huyen las horas con los ríos,
invisibles viajeras del olvido,
mientras campanas desde lo alto llaman
los hondos santos de esta tarde clara.

La iglesia sufre el sol como una roca.
El ciprés enciende la oración verde
de un antiguo rezo, y el cementerio
guarece paz canora, espigas, flores
que renacen bajo un rumor de fuentes
escondidas, de pájaros que duermen.

 
                                             (Deyá: El Puig)On the hillock that falls as far as the rocks
the olive grove settles down its slow years.
From the sea blows a wind so profound
and so free that the day endures in it.
The foliage of the summer emits a delight
reborn in the light that becomes space
and in it flee the hours with the rivers,
invisible travelers of oblivion,
while the bells from on high call
the deep saints of this bright afternoon.

The church suffers under the sun like a rock.
The cypress lights the green prayer
of an ancient orison, and the cemetery
gives shelter to a melodious peace, ears, flowers
that are reborn under the murmur of hidden
fountains, of birds that are sleeping.

© 1961, Carlos Obregón
From: Estuario
 

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                                             (La soledad sonora)La noche lo guió hasta una cima
de amor en soledad gozada,
libre el alma, el tacto ardiendo
en fuego de entregado hallazgo.
Supo irse al alba de su viaje,
los ojos llenos de un mar vivo.
Supo ser noche y perdurar de hondura.
Su rezo estuvo en las montañas
abierto al difícil silencio
de los astros. Fue su transcurso
armonía pura, ágil llama
en vuelo sin medida. Cruzó el mar
de par en par el viento poseído,
en soledad sonora halladas
las riberas. Fue el cuerpo su morada,
el alba nuevo umbral en el amor
vivido. Sombra fue el día, las horas
labradas por la espiga y el silencio
dormido en el desierto: esperaba
fervor de incendio en cada instante,
esperaba que el fuego fuera noche
para cantar la fuente que escuchaba.

Ya no había distancia en su pupila.
Supo ser noche y perdurar de hondura.

 
                                             (The sonorous solitude)Night guided him to a summit
of love in enjoyed solitude,
the soul free, the tact burning
in the fire of devoted discovery.
He was able to go to the dawn of his journey,
his eyes full of a living sea.
He knew how to be night and to endure in depths.
His prayer was in the mountains,
open to the difficult silence
of the stars. The passing of his days
was pure harmony, an agile flame
in measureless flight. He crossed the sea:
the possessed wind wide open,
the shores found in sonorous
solitude. The body was his dwelling,
the dawn a new threshold in love
lived. A shadow was the day, the hours
embroidered by ears of wheat and silence
sleeping in the desert: he expected
a burning fervor in each moment,
he expected the fire to be night
to sing the fountain that he listened to.                                                          

There was no longer distance in his pupil.
He knew how to be night and to endure in depths.

© 1961, Carlos Obregón
From: Estuario
 
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                                             (Claustro)Se recorre  el silencio en cada cosa,
mano ardiente en la sombra, fuente pura.
El río apenas suena entre la fronda,
el agua breve en un hablar callado,
las hojas pardas y el verano huido.
Lento se pliega el día como un ave
cuando el salmo talar enciende cada
cirio y en el lenguaje de los ritos,
las cisternas guardan el eco casto
del viento y de los siglos. La ribera
de la voz fue despojada de todo
vestigio de fogatas y bajeles.
El tiempo gime quebrado en los arcos,
tiempo de claustro y oración de ojiva.
Entre pilares y espigas doradas,
las diminutas manos de la lluvia
trazan y cantan la canción transida
que arrulla la rosa y baña el recuerdo.
Exilio fue la voz desde las torres:
Solo queda este espacio que es ausencia,
floración impalpable de cenizas.

 
                                             (Cloister)Silence runs over all things,
hand burning in the shadow, pure fountain.
The river hardly sounds through the foliage,
the water brief in its quiet talk,
the hours brownish-grey, the summer fled.
Slow, the day folds up like a  bird
when the ankle-length psalm lights every
wax candle and in the language of the rites,
the cisterns keep the chaste echo
of the wind and the centuries. The shore
of the voice was stripped of every
vestige of  bonfires and vessels.
Time wails broken in the arches, wails,
time of the cloister and prayer of the ogive.
Among pillars and golden ears,
the minute hands of the rain
trace and sing the torn song
that lulls the rose and bathes memory.  
Exile was the voice from the towers:
Only this space remains which is absence,
an impalpable flowering of ashes.

© 1961, Carlos Obregón
From: Estuario
Publisher: Ediciones de los Papeles de Son Armadans – Colección Juan Luis, VII, Palma de Mallorca, 1961

 
 
 
 
© Translation: 2005, Nicolás Suescún

 
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Plegaria de los huesos  
Tiempo de claustro y oración de ojiva
Insecto simultáneo
Ovario que adolece y que vigila
Pupila entre la sangre
Estrella primordial en la pupila
Noche arcana de fuego
Incienso en el vocablo del olvido
Alabanza de lluvia
Eco de cisterna en la luz perdido
Cristal ciego en el viento
Instante intemporal entre los cirios
Salmo de piedra y río
Padre nuestro de pan y manos limpias
Escala en el desierto
Madre del pan, abeja de maitines
Hontanar de primicias
Paso lunar y bóveda infinita
Lenguaje sumergido
Colmena abandonada del olvido
Trinar temprano y ágil
Espiga verde bajo el viento ungido
Campana del silencio
Hosanna vesperal en el vacío
Fervor tenso del fuego
Torre yerma del alma, altar cumplido
Huída entre los árboles
Noche, ceniza y estación dormida
Fuente en los labios, lámpara ofrecida
 
Prayer of the bones
Time of cloister and prayer of ogive
Simultaneous insect
Ovary that is ill and watches
Pupil in the blood
Primordial star in the pupil
Arcane night of fire
Incense in the vocable of oblivion
Praise of rain
Echo of cistern lost in the light
Blind crystal in the wind
Timeless instant among the wax candles
Psalm of stone and river
Our Father of bread and clean hands
Scale in the desert
Mother of bread, bee of matins
Springs of first fruits
Lunar step and infinite dome
Submerged language
Abandoned hive of oblivion
Early and nimble trills
Virgin ear under the anointed wind
Bell of silence
Vesperal hosanna in the void
Tense fervor of fire
Uninhabited tower of the soul, perfect altar
Flight among the trees
Night, ash and sleeping season
Fountain of the lips, lamp offered

© 1961, Carlos Obregón
From: Estuario
Publisher: Ediciones de los Papeles de Son Armadans – Colección Juan Luis, VII, Palma de Mallorca, 1961

 

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                                             (En la cárcel)Es la hora en que mueren los malditos
los huesos lanzan un vasto grito de ceniza
mientras gime el viento bonachón y enorme
con un hosanna blanco de rebeldes palomas.
Quieta noche, del aire apenas viene
un sonido cansado de barcos que se alejan
y hogares donde se ama, un sonido
que crece hacia adentro hasta tocar el alma.
Giran las sombras, voy hasta mí mismo,
me persigno y elevo las palabras.
Esta noche de ascuas enlutadas, me  basta
la pupila en la celda donde fumo
una pipa de hartura y de deseo
y luego, respirar un hondo espacio,
salir del tiempo, estar bajo otro cielo.

Basta el viento y poser su origen.
Aquí, sin nadie, entre estos muros.

 
                                             (In jail)At the time that the accursed die,
bones let loose a vast cry of ashes
while the easygoing and enormous wind wails
with a white hosanna of rebel doves.
Still the night,  from the air only comes
a tired sound of ships that sail away
and homes where they love, a sound
that grows inward till it touches the soul.
The shadows turn round, I go inside myself,
I cross myself and raise the words.
In this night of embers in mourning, enough
is the pupil in the cell where I smoke
a pipe of satiety and desire
and then, to breathe a deep space,
to go out of time, to be under another sky.

Enough is the wind and to possess its origin.
Here, without anybody, within these walls.

© 1961, Carlos Obregón
From: Estuario
Publisher: Ediciones de los Papeles de Son Armadans – Colección Juan Luis, VII, Palma de Mallorca, 1961

 
 
 
 

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© Translation: 2005, Nicolás Suescún
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Hacia mañana voy a grandes rasgos
con el humo del sol y las gaviotas.
Tuerce la noche otro recodo
y agoniza una luna inverosímil
como blanco conjuro que me acecha.  
En los muelles se aleja una campana
con un doble lamento de distancia
que tiende alas de mar sobre los ojos.
La flor emigra y adolece.
Reverbera la noche entre las olas
dejando en los oídos
su vigilia de astros y amapolas.
Desde el olvido sube hasta los labios
un  turbio olor de gleba y polen de cereales.
Muerde el estío los frutos más remotos
y el ojo de un caballo los mira y los desea.¡Tanto mundo sin cuerpo ni habitante,
tanta huella mortal en esta noche!

 
Towards the future I go broadly speaking
with the smoke of the sun and the seagulls.
The night twists another bend
and an implausible moon is dying
like a white charm that stalks me.
On the pier a bell withdraws
with a double lament of distance
that spreads sea wings on the eyes.
The flower migrates and is ill.
Night shimmers in the waves
leaving in the ears
its vigil of stars and poppies.
From oblivion comes up to the lips
a dim smell of clods and cereal pollen.
The summer bites the most remote fruits
and a horse’s eye looks at them and covets them.So much world without body or inhabitant,
so many mortal footsteps tonight.

© 1961, Carlos Obregón
From: Estuario
Publisher: Ediciones de los Papeles de Son Armadans – Colección Juan Luis, VII, Palma de Mallorca, 1961
 
 
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EDUARDO CARRANZA. POESIA

EDUARDO CARRANZA. POESIA

 

Januario Eduardo Carranza Fernández (Villavicencio, Colombia, 23 de julio de 1913Bogotá, Colombia, 13 de febrero de 1985) fue un poeta colombiano. Se desempeñó como periodista, catedrático, diplomático. Promovió varias publicaciones culturales y dirigió con gran éxito la Biblioteca Nacional de Colombia. Empezó a ser conocido en el campo literario por la publicación de sus poesías en 1934, se le conoce como precursor del movimiento Piedra y cielo.

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Biografía

Nace en el hogar de Januario Carranza Barragán y Mercedes Fernández Rojas, hacienda ” La Esperanza ” en Apiay (Llanos Orientales, Colombia).

Vivió sus años de infancia en pueblos del centro de Cundinamarca entre otros Caqueza hasta 1925, cuando su familia decide trasladarse a Bogotá, donde recibió el título de docente y trabajó como Profesor. Entre las publicaciones que dirigió están la gaceta literaria Altiplano (junto con Jorge Rojas y Carlos Martín1938), la Revista del Rosario, la Revista de las Indias, la Revista de la Universidad de los Andes y el “Suplemento Literario” de El Tiempo en Bogotá, donde fue columnista, así como en los diarios ABC en Madrid y El Nacional en Caracas. Encabezó la fundación el grupo “Piedra y Cielo” en 1939. En 1942 ingresó en la Academia Colombiana de la Lengua.

Hacia 1945 fue agregado cultural de Colombia en Chile, donde se relacionó con Pablo Neruda, V. Huidobro y N. Parra; dirigió la Biblioteca Nacional de Colombia en 1948 y fue consejero de cultura de Colombia en España en 1951. Desarrolló su labor docente como profesor de Literatura Hispánica en el instituto Pedagógico de Chile.Él tuvo una hija, Maria Mercedes Carranza, que también escribió algunas poesías.Ella luego se suicidó con antidepresivos el 11 de julio de 2003.

Murió en Bogotá el 13 de febrero de 1985, sepultado en el cementerio de Sopó, Cundinamarca.

La Poesía

En su poesía, de tendencia clasicista, surge el mundo de la infancia enriquecido con nuevas experiencias en el marco del paisaje americano. Su poesía evoluciona de la celebración de la vida, del amor, de la ilusión y del encanto de la existencia, al reconocimiento, ya en la madurez, del desencanto, de la desilusión del vivir, cambio que se refleja formalmente en el paso de la inicial profusión de la palabra al despojamiento y a la sencillez posterior.

Su poesía muestra cuatro temas fundamentales: patria, muerte, amor y tierra.

 Publicaciones

  • Canciones para iniciar una fiesta, 1936.
  • Seis elegías y un himno, 1939.
  • La sombra de las muchachas, 1941.
  • Azul de ti, 1944.
  • Canto en voz alta, 1944.
  • Éste era un rey, 1945.
  • Ellas, los días y las nubes, 1945.
  • Diciembre azul, 1947.
  • El olvidado, 1949.
  • Alhambra, 1957.
  • Los pasos cantados, 1973.
  • Los días que ahora son sueños, 1973.
  • Hablar soñando y otras alucinaciones, 1974.
  • Epístola mortal y otras soledades, 1975.
  • Leyendas del corazón y otras páginas abandonadas, 1976.
  • Una rosa sobre una espada, 1985.
  • El corazón escrito.
  • Canto en voz alta.
  • La encina y el mar.
  • El insomne.
  • La poesía del heroísmo y la esperanza.
  • Tú vienes por la calle.
  • Soneto con una salvedad(poema)

Reconocimientos

Obtuvo el Premio Internacional de Poesía de Venezuela (1945), la Medalla de Honor de Cultura Hispánica y la Gran Cruz de Isabel la Católica.

En 1990 el gobierno colombiano crea el premio Eduardo Carranza de Literatura que en su primera edición gana el escritor español José Antonio Gabriel con la novela Muchos años después.

OBRAS

 

 

A veces cruza mi pecho dormido…  

Azul de ti

El insomne

El olvidado

Elegía pura            

Elegía suspirante 

Es melancolía

Galope súbito           

Imagen casi perdida

Madrigal con un río, una rosa, una hamaca…  

Madrigal con un trébol

Muchacha  

Soneto a la rosa

Soneto insistente 

Soneto sediento  

Tema de fuego y mar

Tema de mujer y manzana   

Tema de sueño y vida 

Puedes escuchar al poeta en: La voz de los poetas

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A veces cruza mi pecho dormido…

A veces cruza mi pecho dormido
una alada magnolia gimiendo,
con su aroma lascivo, una campana
tocando a fuego, a besos,
una soga llanera
que enlaza una cintura
una roja invasión de hormigas blancas,
una venada oteando el paraíso
jadeante, alzado el cuello
hacia el éxtasis,
una falda de cámbulos
un barco que da tumbos
por ebrio mar de noche y de cabellos,
un suspiro, un pañuelo que delira
bordado con diez letras
y el laurel de la sangre,
un desbocado vendaval, un cielo
que ruge como un tigre,
el puñal de la estrella fugaz
que sólo dos desde un balcón han visto,
un sorbo delirante de vino besador
una piedra de otro planeta silbando
como la leña verde cuando arde,
un penetrante río que busca locamente
su desenlace o desembocadura
donde nada la Bella Nadadora,
un raudal de manzana y roja miel
el arañazo de la ortiga más dulce
la sombra azul que baila en el mar de Ceilán,
tejiendo su delirio,
un clarín victorioso levantado hacia el alba
la doble alondra del color del maíz
volando sobre un celeste infierno
y veo, dormido, un precipicio súbito
y volar o morir…

A veces cruza mi pecho dormido
una persona o viento,
un enjambre o relámpago,
un súbito galope:
es el amor que pasa en la grupa de un potro
y se hunde en el tiempo hacia el mar.

 

 

 

Azul de ti

Pensar en ti es azul, como ir vagando
por un bosque dorado al mediodía:
nacen jardines en el habla mía
y con mis nubes por tus sueños ando.

Nos une y nos separa un aire blando,
una distancia de melancolía;
yo alzo los brazos de mi poesía,
azul de ti, dolido y esperando.

Es como un horizonte de violines
o un tibio sufrimiento de jazmines
pensar en ti, de azul temperamento.

El mundo se me vuelve cristalino,
y te miro, entre lámparas de trino,
azul domingo de mi pensamiento.

 

 

 

El insomne

                                                               A Alberto Warnier

A alguien oí subir por la escalera.
Eran -altas- las tres de la mañana.
Callaban el rocío y la campana
… Sólo el tenue crujir de la madera.

No eran mis hijos. Mi hija no era.
Ni el son del tiempo en mi cabeza cana.
( Deliraba de estrellas la ventana. )
Tampoco el paso que mi sangre espera…

Sonó un reloj en la desierta casa.
Alguien dijo mi nombre y apellido.
Nombrado me sentí por vez primera.

No es de ángel o amigo lo que pasa
en esa voz de acento conocido…
… A alguien sentí subir por la escalera…

 

 

 

El olvidado

                                                         A Jorge Gaitán Durán


Ahora tengo sed y mi amante es el agua.
Vengo de lo lejano, de unos ojos oscuros.
Ahora soy del hondo reino de los dormidos;
allí me reconozco, me encuentro con mi alma.

La noche a picotazos roe mi corazón,
y me bebe la sangre el sol de los dormidos;
ando muerto de sed y toco una campana
para llamar el agua delgada que me ama.

Yo soy el olvidado. Quiero un ramo de agua;
quiero una fresca orilla de arena enternecida,
y esperar una flor, de nombre margarita,
para callar con ella apoyada en el pecho.

Nadie podrá quitarme un beso, una mirada.
Ni aún la muerte podrá borrar este perfume.
Voy cubierto de sueños, y esta fosforescencia
que veis es el recuerdo del mar de los dormidos.

 

 


 

Elegía pura

Aún me dura la melancolía.
Allá por el sinfín cantaba un gallo
agrandando el silencio perla y malva
en que el lucero azul se disolvía.

Olía a cielo, a ella, a poesía.
Sin volver a mirar me fui a caballo.
Maduraban las frutas y sus frutas.
A ella y a jardín secreto, olía.

Me fui, me fui como por un romance
donde fuera el doncel que nunca vuelve…
la casa se quedó con su ventana,

hundida entre la ausencia, al pie del alba.
Flotó su mano y yo me fui a caballo.
Aún me dura la melancolía.

 

 

 

Elegía suspirante

El amor enlazaba nuestros pasos, ¿recuerdas?

Hacia mi corazón con indolente gracia
caía tu cabeza, ¿recuerdas?, como cae
sobre el hombro del viento una rama de acacia.

Nos tendía sus brazos desnudos el aroma
de las frutas; tu alma se iba y regresaba
como si por instantes entreabriera los párpados.
Entre los dos estaba como un cuento el silencio.

Balbuceaba el agua lo que los dos callábamos.
la sombra de las hojas pasaba por tu rostro,
como suele el silencio pasar entre la música.
Desleía la tarde su pétalo en tus ojos.

Tu corazón se ha ido, ahora, con la fuente.
El viento habrá borrado los pasos en la arena,
borrado habrá el olvido mi huella por tu frente,
como borra el crepúsculo la luz con que te escribo.

 

 

 

Es melancolía

Te llamarás silencio en adelante.
Y el sitio que ocupabas en el aire
se llamará melancolía.

Escribiré en el vino rojo un nombre:
el tu nombre que estuvo junto a mi alma
sonriendo entre violetas.

Ahora miro largamente, absorto,
esta mano que anduvo por tu rostro,
que soñó junto a ti.

Esta mano lejana, de otro mundo
que conoció una rosa y otra rosa,
y el tibio, el lento nácar.

Un día iré a buscarme, iré a buscar
mi fantasma sediento entre los pinos
y la palabra amor.

Te llamarás silencio en adelante.
Lo escribo con la mano que aquel día
iba contigo entre los pinos.

 

 

 

Galope súbito
 
A veces cruza mi pecho dormido
una alada magnolia gimiendo,
con su aroma lascivo, una campana
tocando a fuego, a besos,
una soga llanera
que enlaza una cintura,
una roja invasión de hormigas blancas,
una venada oteando el paraíso
jadeante, alzado el cuello
hacia el éxtasis,
una falda de cámbulos,
un barco que da tumbos
por ebrio mar de noche y de cabellos
un suspiro, un pañuelo que delira
bordado con diez letras
y el laurel de la sangre,
un desbocado vendaval, un cielo
que ruge como un tigre,
el puñal de la estrella fugaz
que sólo dos desde un balcón han visto,
un sorbo delirante de vino besador,
una piedra de otro planeta silbando
como la leña verde cuando arde,
un penetrante río que busca locamente
su desenlace o desembocadura
donde nada la Bella Nadadora,
un raudal de manzana y roja miel,
el arañazo de la ortiga más dulce,
la sombra azul que baila en el mar de Ceilán,
tejiendo su delirio,
un clarín victorioso levantado hacia el alba,
la doble alondra del color del maíz
volando sobre un celeste infierno
y veo, dormido, un precipicio súbito
y volar o morir…

A veces cruza mi pecho dormido
una persona o viento,
un enjambre o relámpago,
un súbito galope:
es el amor que pasa en la grupa de un potro
y se hunde en el tiempo hacia el mar y la muerte.

 

 

 

Imagen casi perdida

Eres como la luz alta y delgada.
Como el viento eres clara sin saberlo.
Vacila tu actitud como la tarde
suavemente inclinada sobre el mundo.

Eres hecha de sueños olvidados
y te olvido de pronto, como a un sueño;
mi corazón te busca como el humo
busca la altura y hacia ella muere.

Como una tibia flor te lleva el día
prendida entre sus labios. Eres alta,
azul, delgada, y recta como un silbo.
Te recuerdo de pronto como a un sueño.

 

 

 

Madrigal con un río, una rosa, una hamaca…

Tú, mi amor, que caminas como un beso,
andando vas por entre mis palabras:
es como si avanzaras separando
las ramas azuladas de un jardín,
las verdes hojas trémulas de donde sale el viento.
Recorres el papel con mi escritura.
Y cuando escribo río
tú lo cruzas nadando
y llegas y te extiendes en la arena
dorada de otras sílabas radiantes
que en la orilla te esperan;
y cuando escribo rosa, la rosa que has besado
da su forma a tus dos manos unidas,
si escribo sed te acercas a mis labios
si cascada, aparece tu cintura,
si nido azul, palpita tu garganta,
y si palmera escribo, descansas a su sombra
y si escalera, ruedas por tu risa
donde tu corazón relampaguea,
y si escribo paloma anida en ti
partida en dos magnolias temblorosas.
Apoya tu cabeza en esta luz,
en este pecho de hombre, en este verso
de plumas desveladas y febriles
y quédate dormida
tronchada y extendida en esta hamaca
mecida por el sueño que sale de mi mano
cuando te escribo, o, lento, te acaricio.

Si alguien quiere tocar la brasa pura
del amor en los años venideros
que toque estas palabras donde brilla
nuestro quemante beso para siempre.

 

 

Madrigal con un trébol

Corté en tu sangre un trébol de cuatro hojas
y desleí un lucero en tus cabellos.
Por ti dejé mi reino tenebroso.
Por ti me fui a la guerra y con tu cifra,
y una ráfaga azul sobre la frente
entrando en el futuro como el viento
a conquistar la luz y una sortija.
( El día como un leopardo en una red
de flores y relámpagos me vio ).
Por ti me fui a libertar el agua
para hacer en la alcoba un surtidor
y fundar en tu pecho una campana.
Por ti me fui cantando y suspirando
a cortar una rama
del mirto amanecido en la ventana.
Mi corazón te sigue como un león,
como un perro o el cielo, un río. el sol…
como camina, absorta, la esperanza.

 

 

 

Muchacha

                                                     A Gerardo Diego

1
Dos mariposas de seda,
detenidas en su pelo.
La mañana, como un velo,
atrás flotando se queda.

El sol en su red enreda
esa presencia de vuelo.
Saetas de luz, en rueda,
cautiva la dan al cielo.

En el aire y en los sueños
deja dos nidos pequeños
sostenidos por sus venas.

Tacto del mundo, su traje.
Su voz, aéreo paisaje
vago de nubes-sirenas.


2
Alzado arroyo viajero.
Espacio de uva y rosa.
Gajo de sal anhelosa.
Largo beso prisionero.

Alto lugar de lucero,
la frente maravillosa,
entre mimos de mimosa
y silbos de cocotero.

Manos en sol modeladas.
Tibia presión de miradas,
muchacha, playa sin huellas.

Tierra del desvelo. Rada
de deseos limitada.
Dibujo blanco de estrellas.

 

 

 

Soneto a la rosa

En el aire quedó la rosa escrita.
La escribió, a tenue pulso, la mañana.
Y, puesta su mejilla en la ventana
de la luz, a lo azul cumple la cita.

Casi perfecta y sin razón medita
ensimismada en su hermosura vana;
no la toca el olvido, no la afana
con su pena de amor la margarita.

A la luna no más tiende los brazos
de aroma y anda con secretos pasos
de aroma, nada más, hacia su estrella.

Existe, inaccesible a quien la cante,
de todas sus espinas ignorante,
mientras el ruiseñor muere por ella.

 

 

Soneto insistente

La cabeza hermosísima caía
del lado de los sueños; el verano
era un jazmín sin bordes y en su mano
como un pañuelo azul flotaba el día.

Y su boca de súbito caía
del lado de los besos; el verano
la tenía en la palma de la mano,
hecha de amor, ¡ Oh, qué melancolía!

A orillas de este amor cruzaba un río;
sobre este amor una palmera era:
agua del tiempo y cielo-poesía.

Y el río se llevó todo lo mío;
la mano y el verano y mi palmera
de poesía. ¡Oh, qué melancolía!

 

 

 

Soneto sediento

Mi tú. Mi sed. Mi víspera. Mi te-amo.
El puñal y la herida que lo encierra.
La respuesta que espero cuando llamo.
Mi manzana del cielo y de la tierra.

Mi por -siempre jamás. Mi agua delgada,
gemidora y azul. Mi amor y seña.
La piel sin fin. La rosa enajenada.
El jardín ojeroso que me sueña.

El insomnio estelar. Lo que me queda.
La manzana otra vez. La sed. La seda.
Mi corazón sin uso de razón:

me faltas tanto en esta lejanía,
en la tarde, a la noche, por el día,
como me faltaría el corazón.

 

 

 

Tema de fuego y mar

Sólo el fuego y el mar pueden mirarse
sin fin. Ni aún el cielo con sus nubes.
Sólo tu rostro, sólo el mar y el fuego.
Las llamas, y las olas, y tus ojos.

Serás de fuego y mar, ojos oscuros.
De ola y llama serás, negros cabellos.
Sabrás el desenlace de la hoguera.
Y sabrás el secreto de la espuma.

Coronada de azul como la ola.
Aguda y sideral como la llama.
Sólo tu rostro interminablemente.
Como el fuego y el mar. Como la muerte.


 

 

 

Tema de mujer y manzana

                                                                       A Nicanor Parra

Una mujer mordía una manzana.
Volaba el tiempo sobre los tejados.
La primavera con sus largas piernas,
huía riendo como una muchacha.
Bajo sus pies nacía el agua pura.
Un sol, secreto sol, la maduraba
con su fuego alumbrándola por dentro.
En sus cabellos comenzaba el aire.
Verde y rosa la tierra era en su mano.
La primavera alzaba su bandera
de irrefutable azul contra la muerte.
Una mujer mordía una manzana.
Subiendo, azul, una vehemente savia
entreabría su mano y circulaban
por su cuerpo los peces y las flores.
Gimiendo desde lejos la buscaba
-bajo el testuz de azahares coronado-
el viento como un toro transparente.
La llama blanca de un jazmín ardía.
Y el mar, la mar del sur, la mar brillaba
igual que el rostro de la enamorada.
Una mujer mordía una manzana.
Las estrellas de Homero la miraban.
Volaba el tiempo sobre los tejados.
Huía un tropel de bestias azuladas.
Desde el principio, y por siempre jamás,
una mujer mordía una manzana.
Mi corazón sentía oscuramente
que algo brillaba en esos dientes.
Mi corazón que ha sido y será tierra.

 

 

 

Tema de sueño y vida

Suéñame, suéñame, entreabiertos labios.
Boca dormida, que sonríes, suéñame.
Sueño abajo, agua bella, miembros puros,
bajo la luna, delgadina, suéñame.

Despierta, suéñame como respiras,
sin saberlo, olvidada, piel morena;
suéñame amor, amor, con el invierno
como una flor morada sobre el hombro.

Oh delgado jardín cuya cintura
delgada yo he ceñido largamente;
oh llama de ojos negros, amor mío;
oh transcurso de agua entre los sueños.

 

JORGE ROJAS. POESIA

JORGE ROJAS. POESIA

Jorge Rojas

(Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, 1911 – Bogotá, 1995) Poeta colombiano que fue el animador y editor de los cuadernos de Piedra y Cielo, que dieron nombre al grupo poético por él fundado. Fue el primer director del Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura), y miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

En su primer poemario, La forma de su huida (1939), es patente la influencia de algunos poetas españoles contemporáneos, como Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas. La influencia de Juan Ramón Jiménez se prolongó en el volumen La ciudad sumergida (1939), primero de una colección de cuadernos poéticos impulsada por Rojas que tomó el nombre de un libro de Juan Ramón (Piedra y cielo, 1918) y a cuyo alrededor se formó el grupo poético Piedra y Cielo, en el que participaron jóvenes poetas como Tomás Vargas, Darío Samper, Arturo Camacho, Gerardo Valencia, Eduardo Carranza y Carlos Martín.

Jorge Rojas

La estética de Jorge Rojas y sus compañeros “piedracielistas” postulaba la recuperación de una literatura neosimbolista, plagada de sutilezas verbales y basada en el legado recibido de la mejor lírica española, desde el Siglo de Oro hasta la Generación del 27. Dentro del formalismo, su tendencia a seguir la tradición clásica les condujo a recuperar el gusto por la metáfora barroca y el lenguaje recargado (de amplias resonancias gongorinas), que en la producción particular de Jorge Rojas se tiñó además de un neorromanticismo depurado (muy propio de la primera etapa de Juan Ramón Jiménez), visible en su tendencia a la confidencia sentimental.

La eclosión del piedracielismo coincidió en Colombia con un despegue económico del país, que progresaba por un sendero opuesto al que habían comenzado a transitar estos poetas. Los poetas del grupo se alejaron del racionalismo y el practicismo surgidos al amparo del proceso de modernización para volver los ojos al pasado y a su propio interior, y ahondar en los matices del sentimiento, en temas más etéreos que terrenales. Se dio la paradoja de que estos poetas tuvieron éxito entre los lectores, que recitaban de memoria sus versos. Pero la falta de espíritu renovador fue una grave limitación que, a la postre, dejó reducida a anécdota la aventura de los piedracielistas.

Dentro de su predilección por los temas y los moldes clásicos, Jorge Rojas cultivó el soneto en su siguiente entrega poética, Rosa de agua (1941), iniciando una evolución hacia un tono más sensual e intimista y una línea temática americanista. Dos de las series de sonetos que conforman este poemario (las tituladas “Momentos de la doncella” y “Sonetos elementales”) fueron traducidas al francés por el narrador, ensayista y crítico literario Reims Roger Caillois. En Soledades I (1948), recogió una serie de composiciones elaboradas entre 1936 y 1945. Se trata de poemas extensos que, concebidos como cantos de meditación amorosa, exaltan la figura de la mujer en relación con la Naturaleza, dentro de esa corriente de panamericanismo literario que convirtió en materia poética los campos, las ciudades, los hombres y, en definitiva, la geografía y la historia del continente. Soledades II (1965) se compone de piezas similares escritas entre 1950 y 1964.

El resto de su producción poética, en la que cada vez cobró más peso específico la descripción del paisaje colombiano, se completa con Cárcel de amor (1976) y Soledades III (1985). Su último libro, Huellas (1993), retoma sus temas predilectos (el paso del tiempo, el amor, la muerte) con versos de precisión y factura admirable. Rojas brilló también por sus traducciones en verso (como la del Cementerio marino, de Paul Valéry) e incursionó en el teatro con La doncella de agua (1948), pieza de teatro poético más pensada para la lectura que para la representación.

 

OBRAS

 

Acción de gracias por el beso

Aire de entonces 

Angustia del amor

Confidencia 

Crepúsculo     

Cuerpo en la oscuridad

Declaración de amor

El agua  

El amor  

Ella  

En su clara verdad

Epístola moral a mí mismo         

Fragante soledad

La soledad

La última forma de su huída

Las islas de tu imagen

Lección del mundo   

Momentos de la doncella

Mujer cerrada

Narciso

Niña

Nocturno de Adán

Preludio de soledad

Razón de ti

Retozo       

Salmo de la triste desposada

Si quieres acércate más…        

Sitio de sueño y vida

Verdad de ti       

Vida

Puedes escuchar al poeta en: La voz de los poetas
Puedes escuchar su poesía en:
De viva voz

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Poesía sensual

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Acción de gracias por el beso

Gracias, amor, de nuevo tu criatura
se inclina al vasallaje de tu peso.
Encadenado estoy, me tienes preso
entre la red sin par de tu hermosura.

Gracias, amor, por esta cosa pura
que a través de la carne te alza ileso.
poder la boca convertirse en beso
es ser el fruto sólo la dulzura.

No importa, amor, que el labio ante el abismo
del gozo haya quedado silencioso
si es casi el pasmo como el verso mismo.

Gracias, pues tu lenguaje me ha enseñado
que en el silencio todo es más hermoso
y lo callado es más que lo cantado.

 

 

 

Aire de entonces

El aire de un abrazo de ríos sin deseo.
Los árboles, un aire vegetal de palomas.
La tarde era un ligero movimiento del párpado,
y la escarcha, la espuma fácil de tu sonrisa.

La veleta era el viento clavado en una espina.
Tu niñez, la distancia que había entre los lirios.
Orilla de tu sueño y pestañas de música
era entonces el ojo limpio de la mañana.

Venías de más lejos que un hombre de un olvido.
En tu lejana sangre había brumas y mástiles.
Entonces yo era triste y miraba el silencio
creyendo que el silencio era la oscuridad.

Todo mi afán de viajes ancló sobre tu piel
que iba bajo el sol sosteniendo la luz;
proa, el pecho hendía dulcemente los días
y el corazón sabía cómo es de azul el mar.

Por cada rosa un sitio en el aire tus hombros
dejaban redondeado por dónde tú pasabas,
y el viento en tus cabellos era sólo un pañuelo
estampado de aromas y soplos de colores.

Tus ojos no tenían color que yo pudiera
decir como palabras: «saúz»  o  «golondrina».
corrías como el agua y el agua de tu risa
subía a los tejados a hacer la tarde clara.

Hoy que ni los espejos saben cómo mirabas
cuando tu edad de lino te daba a las rodillas;
yo te recuerdo y digo simplemente las cosas
como si las sacara de una gota de agua.

Era entonces el tiempo dulce de nuestro encuentro.
La saeta era un rumbo sin ¡ay! en la llegada.
El jazmín, un recuerdo de olor en tu memoria.
Y el bronce era una brisa con olor de campana.

 

 

 

Angustia del amor

Bajo mi piel, ¡qué viento enloquecido,
por valles de la sangre y sus colinas,
estremece un rosal, de más espinas
que de fragantes rosas florecido!

¡Qué agreste furia, qué hórrido sonido
de árbol cayendo y ciegas golondrinas
convoca su ulular entre las ruinas
de un efímero beso consumido!

¡Qué amargo mar su desatado llanto
encrespa entre mi ser! ¡Qué tolvanera
de angustia envuelve el hálito del canto!

¡Amor, fugaz Amor! Sin ti no fuera,
dentro de mí, un vértice de espanto
la hora, en cada instante pasajera.

 

 

 

Confidencia

Somos el uno para el otro, ¡mujer!
Nuestros corazones se encuentran
en la misma palabra del libro que leemos,
va nuestra mano trémula,
en busca de una misma rosa.

A veces no me atrevo a mirarte
pues tus ojos límpidos
no soportarían el resplandor que me ciega.
Y de repente nuestros labios se juntan
y no los separa ni el rayo.

Y nuestra propia muerte tiene que esperar
hasta que nuestros cuerpos
den paso a cualquier otro designio.

 

 

 

Crepúsculo

Intuyo tu presencia.
Silencio de tu voz.
Vives en el paisaje.
Pura prolongación.

Nos llaman. Despertamos.
Van tus cabellos sueltos
-estandartes de sol-
comandando los vientos.

Los caballos galopan
y la tarde agoniza.
¿Brisa? Ciclón al frente
de rosas amarillas.

 

 

 

Cuerpo en la oscuridad

Te adivino tendida
bajo la leve túnica
de aroma que te cubre,
mientras el sueño mide
el espacio profundo
que hay del párpado al alma.

Respiración y nieve
hacen bajo el perfume
invisibles colinas;
la oscuridad me llena,
la ansiedad de tus formas:
montes de lilas pálidas,
desmayadas palomas.

Trino de amanecer,
sombra de arbusto fresco,
eres nueva en mis manos
sólo por el milagro
del mundo en las tinieblas.

¡Qué rosas de tu cuerpo
florecen al hallazgo
múltiple de mis dedos!
Te palpo y eres mía
y mis manos son cestas
para el fruto del tacto
maduro ya, en la rama
trémula del deseo.

 

 

 

Declaración de amor

¡Oh! mi enemiga,
a medida que me cuentas tu vida
cómo hierve dentro de mí un veneno dulce,
un humor amargo, una uva terrible.
No he debido saber ni de dónde venías.
¿Qué más daba, un remoto país
o un reciente amante?
Quiero exterminar todos los sitios
donde estuvo tu corazón o tu piel.

Mas, oh encadenado, sólo puedo volver añicos
este mapa de colores que pinté cuando niño.
¿Qué más debo destruir? ¿Nada más?

Sí, también, cada día, morderé en tus labios
todos los besos que ahí han quedado
junto a los nombres de las ciudades.

 

 

 

El agua

Beso sin labio, novia en tu desvelo
esperando una boca que te beba;
y niña aún si un cántaro te lleva
arrullada en los brazos bajo el cielo.

Llueve, y el mundo goza de tu vuelo;
danza la espiga, ábrese la gleba
y es más dulce cantar cuando se prueba
tu líquido que sabe a nuestro suelo.

Saltando entre los juncos extraviada
en busca de la sed, corza ligera,
has quedado en mi mano aprisionada.

No importa que quien te haga prisionera
te dé su forma, corre alborozada
persiguiendo tu forma verdadera.

 

 

 

El amor

Estar nuestro querer
gozándose en sí mismo
al pasmo de un instante
no soñado. Vivido.

Sin pedir ni dar nada
ver mi fondo en tu fondo.
Ser objeto e imagen
como el agua del pozo.

Beatitud de lo cierto:
aquiescencia de Dios.
Nescencia de la duda:
presencia de tu amor.

 

 

 

Ella

Poma en sazón. Y el tallo estremecido
de la vida se alza tan ileso
que parece tan sólo el claro peso
de la luz el volumen florecido.

Nada más dulcemente sometido
que el aire a su existir, hay algo en eso,
como de pulpa prodigando el beso
de aroma su contorno diluido.

El aroma no es más que la distancia
entre la fruta y ella. Si muriera,
¿ya para qué el perfume? Sin fragancia,

¿para qué la manzana? Si pudiera
ella ocultar su cálida sustancia
el cuerpo de las frutas no existiera.

 

 

 

En su clara verdad

                            “…porque había derramado mi alma sobre la arena,
                                         amando a un mortal como si no fuera mortal”.
                                                           San Agustín, Confesiones. IV-VIII-13

Perdóneme el Amor haberlo amado
en el cuajado sol de los racimos;
en la pronta vendimia de los labios;
en el cristal en fuga de los días.

Perdóneme el Amor haberlo amado
sobre la rosa que meció su vida
pendiente de la luz
y en pétalos de sombra se deshizo.

Perdóneme el Amor haberlo amado
en el azoro de pupilas húmedas:
en fáciles paréntesis de abrazo;
sobre entregados hombros me llevaron
sin devoción el peso de mi sangre.
Perdóneme el Amor, siendo tan puro,
haberlo amado en la caída sombra
que limita la piel de las criaturas,
y haber vertido en sus oscuros ríos
mi sangre de campanas navegantes
y mi gozo que abría las mañanas
azules, en los ojos del rocío,
para fundar la luz sobre la hierba.

Y le ofrezco al Amor el tierno tallo
de sollozo en mi cuello florecido.
Y la semilla de mi sal doblando
la espiga horizontal de las pestañas.
Y mi verdad tan claramente mía,
oscurecida por buscarla blanda
hechura de materias derrumbables.
Y le ofrezco al amor haber tenido
un transparente corazón de agua
y haberlo dado pródigo en mis manos
a la sed de los otros, y dejado
sólo a mi sed la piedra de su cauce.
Y le ofrezco al Amor volver al ancho
lugar de soledad donde me espera
y dice su silencio, sin garganta
para expresar su voz que no limita
ni acento, ni palabra, ni sentido.

Y prometo borrar bajo mis ojos
el rostro de mujer que pintó el sueño
en los lienzos purísimos del alba;
y su cuerpo de ardidas geometrías
con su sombra de lirio entre mis brazos;
y la callada curva de su alma
que en el maduro instante del encuentro
pesaba blandamente contra el hombro.

Y prometo arrancar del leve tacto
la sensación de fruta que me daba
la tierna pelusilla de la carne,
cuando pasaba yo sobre su cuerpo
la cóncava frecuencia de mis manos;
y su oculta tibieza y sobresalto,
y el casi pensamiento de los senos
en la quietud redonda de sus mieles.

Y prometo también que los pequeños
cálices que florecen en su lengua,
y los racimos de viscosos jugos
que cogen los sabores y los hacen
una insistente flora submarina
donde recuerda el beso los corales,
no me darán su hiel de verde espada,
ni sus dulces violines derretidos,
ni las rendidas sales de su llanto,
ni el limón sorprendente a que sabía
la piel bajo los vellos que ocultaban
su minuciosa red de escalofríos.

Y prometo arrojar sobre una playa
-a orillas del silencio y del sollozo-
el caracol sin mar de mis oídos,
para olvidar su voz entrecortada
por sirenas de música y espumas
de risa en las riberas de su labio.

Y prometo que el aire que la envuelve
no dejará que yo bajo la noche,
pueda medir, basado en el aroma,
el alto sueño y el profundo abrazo
de su cuerpo entreabierto dulcemente,
ni que sus muslos como dos rosales
en perfumada laxitud me digan
el olor de sus sangre enamorada.

Y prometo también no ver la noche
para abolir la sombra de su sexo;
y destruir el fondo de mí mismo
donde crecen columnas en mis huesos
y el silencio se comba como un templo
sobre el arco tendido de la sangre.

Y qué rumor de lienzos desgarrados
rodará del recuerdo. Qué vitrales
de partido color mostrará el ojo
caídos bajo el polvo de las lágrimas.
Y cuánta dura arista habrá en la dulce
huida redondez de las imágenes.
Y cuánta soledad contra los muros
donde estuvo mi lámpara alumbrando.
Y cuánto corazón bajo las ruinas
de tantos corazones destrozados.

De tal destrozo quedaré yo solo
de pie, pero tendidos en el alma,
cuántos alzados ríos de voz clara,
cuánto dolor caído de mi gozo,
cuántas vidas marchitas en mi vida,
cuánta perdida fe y oscura grieta,
del odio en los cimientos quebrantados.

Tú solo, Amor, me prestarás tu nuevo
labio perennemente preparado;
tu estambre de cristal que clarifica
con azúcar de soles la mañana,
tu espacio de milagro donde flota,
perdido el peso y dolorosamente.
el corazón del hombre como un barco
de sollozo en un agua de saetas.
Te buscaré en el quieto movimiento
de mi ansiedad que espera tu llegada;
bajo el caído párpado del sueño
donde guardas tus luces esenciales;
en el follaje de la interna noche
pugnando por cubrir tu inmensidad.
Sabré de tu presencia, sin sentidos
que te tiendan espacios, ni volumen
para medir tu aliento imponderable.
En el cambio ordenado de las cosas
el llanto será mar o enredadera,
vendrás amor, y encontrarás más limpia
y oreada mi voz en los collados
de mi eterna esperanza que se abre
de par en par al  «aire de tu vuelo»”.

Tú solo, Amor, me plantarás la rosa
fuerte, que, con sus pétalos de instante
temblorosa de júbilo y de esfuerzo,
detenga y pasme en mágico equilibrio
la inminente llegada de la muerte.

 

 

 

Epístola moral a mí mismo

                                                              …tal soy llevado
                                       al último suspiro de mi vida
                                                     Anónimo. Siglo XVII

Que fácil es vivir: un ascenso continuo
sin que nos turbe el viento, la llovizna, las hojas
que mueven dulcemente los aires del camino,
e impasibles seguir la cuesta rumorosa.

Que fácil es vivir: marchar siempre adelante
dejando los jirones del sueño entre las zarzas;
no regresar al sitio donde el trino de un ave
traspasaba la luz virgen de la mañana.

Que fácil es vivir: no beber del arroyo
que calmaba mi sed y contuvo sus labios;
no hallar entre su linfa nuestro antiguo contorno
y amar más lo presente que todo lo pasado.

Que fácil es vivir: si al galope del transcurso
los árboles amados cayeron en el bosque,
no indagar por los nidos, ni buscar el dibujo
que en su tronco trazamos de nuestros corazones.

Que fácil es vivir: no tornar las pupilas
para ignorar dónde cayeron nuestras lágrimas,
callar que a nuestro paso quedan sólo cenizas,
cenizas de minutos, de besos, de manzanas.

Que fácil es vivir: no vagar en la noche
solo, bajo las frondas, mientras cae la lluvia
con un verso insistente en los labios o un nombre
de mujer que tal vez no conocimos nunca.

Que fácil es vivir: decir súbitamente
“Cuan tibia está mi casa” “qué hermosos mis caballos”
mostrar como los trigos y los honores crecen
y saber desde ahora qué viene cada año.

Que fácil es vivir: no perder un instante
tendido sobre el césped contemplando las nubes
ni extasiarse mirando la estrella de la tarde
mientras del campo suben las sombras y el perfume.

Que fácil es vivir: tallar el pensamiento
como frío diamante y hacer de las facetas
puras de la razón, un conjunto perfecto
más por número y orden que por su iridiscencia.

Que fácil es vivir: buscar solo la luna
cuando es noche de luna. Y la perla y la rosa
tenerlas en la mano. Desechar la locura
de ambicionar las gracias perdidas o remotas.

Que fácil es vivir: deshacer las estatuas
de sal que alzó el recuerdo a espaldas de la vida.
No dar un paso atrás. Ni una simple palabra
repita cuanto ayer pudo ser nuestra dicha.

Que fácil es vivir: llegar a lo más alto
de la vida y mirar la prometida tierra,
y ver por fin, o vida, los soles del ocaso
dorar las yertas torres donde la muerte espera.

 

 

 

Fragante soledad

                                              “Huelen hasta tus ojos
                                      celestes de cristal…” J.R.J.

Qué fragante soledad ha dejado tu cuerpo
en este anochecer.

Regusto el aire.
Olisqueo la almohada
donde se desató tu pelo
Busco tu olor de rosa estrujada,
me hundo en el recuerdo de tu axila,
de tu pubis, donde -eterno Narciso-
persigo la imagen de mis labios.

Ya es inútil buscarte en el lecho,
en el vano de las ventanas,
entre el marco de los espejos,
entre el dogal de mis brazos.

Qué fragante soledad.
Huelo mi propio olfato.

Deambulo por los senderos crujientes
detrás del taconeo de la lluvia
viendo gotas como estrellas
entre los gajos de las acacias.

A cada paso
siento tu nombre debajo de la lengua
como un granito de azúcar.
Tu nombre que huele a ti
hecho de letras como pétalos.

¡Aquí no, pienso, todavía no!
Salgo a la vastedad del campo,
encuentro lo más redondo del silencio,
me sitúa en su centro,

y entonces te llamo a gritos
para que tu nombre
se deshoje
y mi voz se rompa al unísono
contra cada uno de los puntos
que limitan el círculo de mi soledad.

 

 

 

La soledad

Siempre la soledad está presente
donde estuvo la voz y fue la rosa,
en todo lo de ayer su pie se posa
y le ciñe su sombra dulcemente.

El recuerdo que está bajo la frente
tuvo presencia. Fuente rumorosa
fue su paso en la tierra, cada cosa
lleva su soledad tras su corriente.

Es soledad la miel que dora el seno
y soledad la boca que conoce
su entregado sabor de fruto pleno.

Cada instante que pasa, cada roce
del bien apetecido, queda lleno
de soledad, al tránsito del goce.

 

 

 

La última forma de su huida

El humo de mi pipa ya no es humo
sino la fuga azul de mi cerebro
hacia la orilla última del mundo
y hacia el último mundo en que te pierdo.

Acabando en el mundo del recuerdo,
sin olanes de límite en los brazos,
no nos definen términos los cuerpos,
y tan solo mi pie mueve tu paso.

Ya no hay brisa que pase entre el abrazo
ni mi sangre suspira por tus venas.
No hay beso que separe nuestros labios,
ni punteros de instante mientras juegas.

No hay sombra para dos cuando a mí llegas
en el desvelo de la madrugada,
porque el límite interno de mi esencia
es el límite externo de tu alma.

Fuiste la desazón, y eres la calma.
Eras el horizonte, y en el filo
de mi partida anulas mi llegada.
De tanto que eras mía te he perdido.

El humo de mi pipa ya se ha ido
confundiendo a la niebla del pasado;
desnuda estabas, de humo te he vestido
y el humo que te viste te ha llevado.

 

 

 

Las islas de tu imagen

¿Vuelves a mí tal vez?
Dejemos el dolor,
vámonos a pasear por tus retratos.
¡Cómo hay allí de azules!
Cielos de azules claros
que fueron con nosotros de la mano.
Vientos que no se ven y te despeinan.
Carreras detenidas en el aire
te suben los vestidos.
Y mi gozo
temblando en los azules, en tu pelo,
en la sombra de ti,
sobre las piedras
mientras tú las pisabas.

Las horas se quedaron sorprendidas
como en relojes muertos.
Como vuelos de pájaros sin alas,
como un amor delante de mujeres
que no existieran  nunca. Se quedaron
echadas cara al cielo
en mi álbum de estampillas de las islas
borradas de tu imagen.
Todo quedó allí quieto:
el movimiento
desertó de su fin.
El columpio en el aire bien pudiera
sin momento de apoyo ni llegada
devolverse al cenit de tu capricho.
La cinta que me diste, ecuadora
la levedad del oro en tu cabeza.
Estos retratos tuyos te devuelven
en un itinerario de jardines,
de la rosa al botón,
y quedas niña,
con tu verdad primera,
con tus trajes de holán adolescente,
con tu dolor negándose a venir.
¿Vuelves a mí tal vez?
Dejemos el dolor,
vámonos a pasear por tus retratos.
¡Estos retratos tuyos!
Los de ver con los ojos,
los que tienen tamaño y se colocan
en una extensión cierta entre dos vidrios,
como cruzando un cuerpo entre dos aires,
conciben el espacio sólo tuyo.
Aquel espacio,
que contuvo tu cuerpo una mañana
al moverte, quedaba esclarecido,
preciso, limitado, diferente,
y era extensión sin cuerpo en el espacio
ese claro dolor de no seguirte,
como claro dolor de no seguirlo
los vidrios sin retrato.
¿Vuelves a mí tal vez?
Dejemos el dolor,
vámonos a pasear por tus retratos.
El otro que atestigua que en el tiempo
fuiste potencia y acto
y rebelde a la gloria en que te vivo,
te muestra de dos años.
O el de vientos grumetes que te cercan
y de tus ojos verdes en el lago,
el del retrato aquel de las sirenas
sacado a la memoria de las barcas,
el de faldas veleras que te ciñen,
retrato de los lagos.
Este otro, el preferido, con su fondo
de silencios llamando,
con el tren que se va y el alma en tierra
al borde de las vidas como rieles;
el de lágrima al fondo, donde escala
el corazón el muro de los ojos,
el de la blusa clara
de telas primordiales que te llevan
y tu almita lavada de quince años.
Las horas se quedaron sorprendidas
como en relojes muertos.
Como vuelos de pájaros sin alas.
Como un amor delante de mujeres
que no existieran nunca. Se quedaron
echadas cara al cielo
en mi álbum de estampillas, de las islas,
borradas de tu imagen.

 

 

 

Lección del mundo

Este es el cielo de azulada altura
y este el lucero y esta la mañana
y esta la rosa y ésta la manzana
y esta la madre para la ternura.

Y esta la abeja para la dulzura
y este el cordero de la tibia lana
y estos: la nieve de blancura vana
y el surtidor de líquida hermosura.

Y esta la espiga que nos da la harina
y esta la luz para la mariposa
y esta la tarde donde el ave trina.

Te pongo en posesión de cada cosa,
callándote tal vez que está la espina
más cerca del dolor que de la rosa.

 

 

 

Momentos de la doncella

1. El sueño

Dormida así, desnuda, no estuviera
más pura bajo el lino. La guarece
ese mismo abandono que la ofrece
en la red de su sangre prisionera.

Y ese espasmo fugaz de la cadera
y esa curva del seno que se mece
con el vaivén del sueño y que parece
que una miel tibia y tácita lo hinchiera.

Y esa pulpa del labio que podría
nombrar un fruto con la voz callada
pues su propia dulzura lo diría.

Y esa sombra de ala aprisionada
que de sus muslos claros volaría
si fuese la doncella despertada.

2. El espejo

Retrata el agua dura su indolencia
en la quietud sin peces ni sonidos;
y copian los arroyos detenidos
sus rodillas sin mancha de violencia.

Sumida en esa fácil transparencia,
ve sus frutos apenas florecidos,
y encima de su alma endurecidos
por curva miel y cálida presencia.

Con un afán de olas, blandamente,
cada rayo de luz quiere primero
reflejarla en la estática corriente.

Y el pulso entre sus venas prisionero
desata su rumor y ella se siente
a la orilla de un río verdadero.

3. La muerte

Igual que por un ámbito cerrado
donde faltara el aire de repente,
volaba una paloma por su frente
y por su sexo apenas sombreado.

Y por su vientre de cristal -curvado
como un vaso de lámpara- caliente
el óleo de su sangre dulcemente,
quedó de su blancura congelado.

Sus claras redondeces abolidas,
bajo la tierra al paladar del suelo,
entregaron sus mieles escondidas.

Y alas y velas sin el amplio cielo
de su mirada azul, destituidas
fueron del aire y fueron de su vuelo.

 

 

 

Mujer cerrada

Plena mujer. La siesta diluía,
en sus huesos de flauta melodiosa,
frutos y miel. La arteria rumorosa
bajo la piel sus cálices corría.

Un zumbido de abejas circuía
sus oídos. El vaho de la rosa,
la movible nariz, en mariposa
de alillas agitadas convertía.

Se desvelaba el sueño entre su frente
cuando el ala del lino le rozaba
el cuerpo de pereza y de serpiente.

la sangre la mordía, y si lloraba,
virgen de abrazos, yerma de simiente,
con besos de sí misma se besaba.

 

 

 

Narciso

Ojos de mar y senos como olas;
largos muslos de río, y cabellera
fluvial bajo la espalda, ella era
toda de agua y líquidas corolas.

buena para la sed; y verdes colas
de sirena cruzábanle la esfera
de la pupila; el sueño se volviera
delfín para gozar su amor a solas.

Sexo y canción, yo estuve de rodillas,
doblado, como un junco, aún me veo
sobre sus transparentes maravillas.

El agua se entreabrió y un aleteo
de cristales cruzó por sus orillas
y allí cayeron cántico y deseo.

 

 

 

Niña

Niña en el tacto de la luz te siento
diluida en palabras, gesto, risa,
levemente agitada por la brisa
que dan las alas de mi pensamiento.

Niña que pasas con el movimiento
sin curso de la flor, lleva tu prisa
un amoroso tiempo de sonrisa
en cada eternidad de tu momento.

Niña que traspasándome la frente,
como flechas de sol un claro río,
haces pensar en ti tan dulcemente.

Está tu voz en el espacio mío,
salvándome el instante, como un puente
hecho sobre una gota de rocío.

 

 

 

Nocturno de Adán

Estoy desde hace siglos despierto sobre el mundo
mirándote, tendida a mi lado, extenuante
hoguera de perfumes, de sonrisas, de frutos,
y si busco tu sombra me vigilan los ángeles.

La forma de tu rostro es la misma que engendra
órbitas y estaciones sobre sus claros ejes
y da normas al sol, la luna y las estrellas,
y gobierna el transcurso de la rosa y la nieve.

Te cobija el arbusto de la sabiduría;
y convocas la luz y te besa la luna
los pies; y los luceros te forman una cinta
de claridad que ciñe, temblando, tu cintura.

Tus ojos escaparon al mandato divino
que puso en el azul señales de la noche,
y estás sobre la tierra entre Dios y el rocío,
turbando con miradas el sosiego del orbe.

Oh sellada mujer. Hecha del mismo grano
de mi profundo sueño y mi pobre sustancia
yo sé que la ternura se reclina en tus brazos
y el lirio, mientras duermes, con su sombra te guarda.

Muerdes jugosos frutos que compartes conmigo
y en su pulpa me das tu saliva y tu aliento;
y estamos entre el agua, y las ondas del río
arrastran tu temblor para abrazar mi cuerpo.

Y en este vivo espacio de cristales y lianas
también he visto tu desnudez rotunda,
y en el vaivén del juego, llenar de curvas blancas
el lugar de las olas hecho para la espuma.

Parece que del fondo de tu carne naciera
el sol, con su encendida muchedumbre de rayos,
y el espacio rutila donde tu piel empieza
a derrotar las sombras con un temblor dorado.

Tendida en la ribera, van quedando tus miembros
inmóviles y tibios a la orilla del agua,
y sube de ti un vaho y un calor de tus pechos
que dulcemente doran la piel de las manzanas.

A veces la mirada he posado en tus muslos,
y he visto lentamente sobre tu piel cernirse
la palidez, quedabas igual que un cuarzo húmedo
cuando el sol va secando su dura superficie.

Tus cabellos revueltos azotan mis costados;
y me hieren tus uñas de joven bestezuela,
entonces en mi espalda crecen flores de espasmo,
igual a cuando cae sobre el agua una piedra.

Me turban tus preguntas y prefiero estar solo;
yo que nombré las cosas que sobre el mundo caben,
me quedo sin palabras delante de tus ojos
y si te vas no acierto con qué nombre llamarte.

Tus hombros que descienden firmemente del cuello,
dejan caer tus brazos en redonda cascada,
hombros donde se posan tu mejilla y mi sueño
con un párpado de humo y una rosa tronchada.

Qué arco, que compás va a medir tu cadera,
que la forma construye rica de proporciones
y en donde el crecimiento de la curva semeja
el flanco tembloroso de una llama en la noche.

Tus muslos poderosos como horqueta de árbol,
fuertes como tenazas, atraen como el abismo;
y allí el desvelo muestra tu sexo enamorado,
sus profundos infiernos, sus altos paraísos.

Qué redondo tu vientre, cuyo límite ordena
todo cuanto fue caos en torno de su centro;
la noche lo circunda, y el horizonte queda
con el cielo encerrando su círculo perfecto.

Soledad de tu pubis en inmensa blancura
de la creación sin mancha. Miro su breve vida
de rosa no deshecha. Su potencia desnuda,
su acto por llegar de furor y delicia.

¿Qué espero que no caigo como un pesado fruto,
si siento derrumbarse mis hombros en tus hombros?
¿Si cada rosa escucha un llamado profundo
y hasta los astros caen de un cielo a otro más hondo?

Llámame con tu voz de paloma y colmena,
con tu voz de resuello, de grito, de palabras.
Llámame con tu silbo que en el aire me espera
y hace salir los peces encima de las aguas.

Oscura, ciegamente, voy llegando a tu boca,
donde la lengua emerge como un maligno estambre,
sítiame con tus dientes. Tómame gota a gota.
Caigan por fin los ángeles malditos de mi sangre.

II

                                “…echémosle de aquí no sea que
                                                       viva para siempre…”.
                                                                    Génesis, III, 22

Como un terrible vendaval en el bosque,
aún tiemblan mis raíces. He caído; un silencio
igual a la distancia que hay entre Dios y el hombre
agranda esta tremenda soledad en que muero.

La destrucción me rinde con su implacable sitio,
la he visto en las pupilas de palomas y peces
y en el tiempo y el agua. Mis brazos en el río
no pueden detener ni su dulce corriente.

Todo muere. Los besos han quedado en el suelo
igual que tibios nidos o recientes retoños.
¿Tanta palpitación, tanto hermoso deseo
cómo puede quedar convertido en escombros?

Todo el azul le he dado por tu sexo sombrío.
La rosa de indecisos aromas la he cambiado
por tu piel de agrio clima. Manzano de exterminio
donde la muerte clava su diente cotidiano.

Tuve la frente alta, levantada a la pura
proximidad de Dios. Mis ojos alcanzaban
a contar las estrellas. Hoy de sus luces últimas
sólo queda mi rostro salpicado de lágrimas.

En vano alzo los ojos. Inútilmente clamo.
La soledad opone su muro silencioso.
¡Soy libre!, me repito, y detrás de mis pasos
un ruido de cadenas agoniza en el polvo.

Bajo la inmensa noche en la lucha con el cuerpo,
el alma como un ángel invisible aletea,
vástago del azul quisiera alzar el vuelo
mas ¡oh contienda inútil!  ¡Oh condición terrena!

Ya todas las criaturas saben que llevo expuesta
la sangre como un hilo que pudiera romperse,
y el hierro me persigue y la espina me acecha,
y en cada instante un poco de mi vida perece.

De la inmortal estirpe del cielo me separo,
por batallar mi pan y beber mi amargura.
Vengo a enterrar mis alas porque sólo mis brazos
anuden el amor y desaten la lucha.

Si ahora es necesario morir, si tuve en vano
contra mi cuerpo un día desnudo el paraíso,
¿qué importa? fueron mías las mieles del pecado,
antes que labio alguno lo hubiese conocido.

Mujer que te apareces ondulante y erguida,
igual que una serpiente cubierta de manzanas.
Enemiga del cielo. En tus claras rodillas
conviven dulcemente el pecado y el alma.

Tu desnudez en balde se rescató en la higuera
y desde entonces nada puede ocultar tus pechos;
más altas son tus formas debajo de la seda,
y en la noche más brilla tu piel bajo el deseo.

Brota en ti la mentira que embellece tus labios,
como el pezón en lo alto de la tensa blancura.
suma de imperfecciones y tesoro de halagos,
inagotable fuerza donde todo se muda.

Tu sexo que me enturbia el correr de la sangre
diluye su negrura más allá de la noche,
allá donde los sueños súbitamente saben
cuanto la luz del día ni siquiera conoce.

Pago en pequeñas muertes tu galope nocturno.
Eva. Dispensadora del amor y el desmayo,
mientras el paraíso que compartimos juntos
otra vez nos destierra de su estéril espacio.

Huyo de ti deshecho y mi cuerpo disfruta
su libertad sin rosas y su amor sin cadenas;
pero siempre el anillo duro de tu cintura
me encierra en su mandato y a tu ley me regresa.

Ofréceme el infierno nuevamente en tu mano.
Déjame tembloroso de pavor sobre el mundo.
Materia de la llama. Criatura de relámpagos.
Soy tu rehén de guerra y el pasto de tus triunfos.

A pesar de que eres dadora de la vida,
madre de los humanos, por ti todo perece
y acatas el designio del polvo y la ceniza.
El ser que de ti nace sólo hereda la muerte.

Condéname a buscar nuestra alianza en los huesos
si te esposó el oficio con sortija que daña
y te lanzó a la muerte como a profundo hueco
donde el ardiente labio para el beso se acaba.

Como fruta caída que se pudre en el suelo
es amargo este beso que me llevo a los labios.
Cuanto ansiamos es triste y cuanto poseemos
y más que lo perdido nos da pena lo hallado.

Aunque el amor no muera con espadas de olvido,
de cada abrazo un ángel de tedio nos expulsa.
Con todo, de ti vengo y a ti voy, azar mío,
oh mujer, dulce monstruo de placer y amargura.

Destino de mi tacto, claridad de mis ojos,
aspiro tus axilas y me bebo tus lágrimas,
y mi oído en la noche recoge tus sollozos
igual que un caracol en la orilla del alma.

La sal mide tus labios y la sed te convida
con su insaciable arena a darme el beso último,
el que más sabe a llanto, porque toda caricia
es triste como sombra de un antiguo infortunio.

Oh criatura de espanto, cómo te pertenezco;
siendo mi propia hija me señalan tu esposo
y eras también mi madre. Maldición de mis huesos
en donde estaban todos los linajes monstruosos.

También eres yo mismo, por eso cuando te amo
me miras como un pozo que copiara mi angustia,
y por borrar mi imagen te deshaces en llanto.
¡Oh soledad de amor! ¡Oh imposible ventura!

III

                                       “Ella quebrantará tu cabeza…”
                                                                        Génesis, III, 15

Con todo, de ti nace la doncella sin mancha:
blancura del cordero, misterio de la harina,
pasmo de la pureza, surtidor de la gracia
en quien el pacto tiene su esperanza cumplida.

Oh Eva, señalada por la muerte y el ángel,
venga el divino pie a posarse en la tierra,
su huella te sostenga y el amor te levante
mientras que a la serpiente quebranta la cabeza.

 

 

 

Preludio de soledad

Vagaré bajo la sombra y las estrellas
que conocen mi frente y sus desvelos,
contaré como pétalos sus rayos
sin pedir al azar su vaticinio.

Quiero con mis pisadas
recorrer hacia atrás,
horas que se quedaron extasiadas
en el reloj que el sol eternizaba,
y repetir: ¡Dios mío! ¡Cuántos nombres!

Criaturas, norte, sur, sólo viento y ceniza,
ebrios itinerarios que extraviaron mis brújulas.

Hay algo indefinible entre el follaje,
un olor de mujer que no regresa.
Ya las palabras no tienen el deleite del labio,
se borran en el aire como saetas de humo,
caen en la hojarasca
ajenas a su rumbo y su herida.

En una escondida copa,
el alma ha guardado todas las caricias
y cuando la luna me alarga los brazos
por sobre los senderos
y no encuentro a nadie vivo
acerco sus bordes a mi sed.

Sin olvidar que un gran silencio
soporta otros silencios,
y así se levanta la torre
donde habitó la soledad.

 

 

 

Razón de ti

Fuiste sol, fuiste llama, fuiste lumbre,
canto en la soledad, como un concierto
de cristales celestes que no puedo
fingir en los recuerdos del espacio.
Cerca de ti también germen y fruto,
el alma floreció como un retorno
de eterna eternidad en el minuto,
y se hizo gozo en el dolor del fruto,
y se hizo canto en la embriaguez del gozo.

Y razón suficiente de la vida,
norma, fin y principio confundidos,
eras eternidad.
Y cómo ahora,
siendo que estabas hecha de presentes,
podré decir: “¿Tú fuiste”?

 

 

 

Retozo

Escucha, no importa que te lo diga
por teléfono,
de todos modos son palabras
a tu oído.

Te amo.

¿Por qué somos así?

Mientras tú hueles una rosa
yo gusto un vino.

Porque somos así
iguales cada uno
en la plenitud de su destino.

Me amas como soy
si no sería equivocarte.

Te amo, y me equivoco
y vuelvo a amarte.

¡Cómo te amo!

 

 

Salmo de la desposada

                                    “Narrabo omnia mirabilia tua”.
                                                            David, Psalmo IX-2

Por la dulzura que hallaste en mi soledad
te alzaré de los hombros con mi voz de colmena
                                                        abandonada.

Arrancaré de tus dedos todo lo que te encadena,
todo signo que oscurezca tu piel
y no habrá más sortijas que tus venas.

Entonces vendrás a mí tan nueva
como si nunca hubieras sentido peso sobre
                                                          tus hombros.

Y empujaré tu sangre hacia atrás
para verte de quince años y comiendo cerezas.

Yo soy el que tú, de niña,
habías oído navegar entre los caracoles.

El que refería cuentos de azúcar a las naranjas
cuando volvías de jugar al aro.

el que hacía los sueños de lino y ángeles
sobre las sábanas limpias.

El que en el día de tu primer espanto
puso amapolas en tu lecho.

Yo aún no era poeta
pero los naranjos ya tenían idea del azahar; y
                                                                 pensaba:

«Cuando te encuentre
te seguiré buscando día a día.

te besaré a distinta hora
para cambiar la llegada de la noche.

Abandonarás tus ropas con olor de mujer sobre
                                                                    los surcos
para que la tierra sepa que ha de florecer.

Cuando sea el tiempo de las orquídeas, las prenderé
                                                                    de tu pelo
y tus orejas pequeñitas confundirán la cosecha.

Comeremos frutas silvestres y andaremos descalzos
para que nos sepan los labios a rocío.

No entraremos a las ciudades y a los templos
para que no haya hechura de hombre entre la piel
                                                                       y Dios.

Serás el regreso para aquel hijo mío
que está perdido desde el principio del mundo.

Cuando acunes los brazos y te doble el arrullo
el mimbre pensará que sobra en las riberas.

Y tu blancura propiciará la onda
donde el molino sueña la flor de sus harinas.

Y cuando haya necesidad de velar por el cocimiento
                                                                        del pan
me llenarás la boca de granizo para apagar los besos.

Escamparás la lluvia dentro de un caracol
y mi mano cogerá tu canción y la alzará a mi oído.

Te arrojarás al fondo de los ríos
para pasar sin caer de una nube a otra.

Hundirás las manos en la tierra llovida
para indicar el sitio de los lirios.

El primer día que cantes talaremos los árboles
porque ese día serán inútiles los nidos.

Y al oír tu voz se verán defraudados los panales
y no creerán más en las abejas».

Esto te lo digo yo.
Ahora escucha esto que sí te digo yo.

Canta, hasta que sientas
que te duelen los párpados.

Piénsame, hasta que el sueño
te vaya llenando de golondrinas.

Suéñame hasta que la noche
tenga que refugiarse en las campanas.

Quiéreme, hasta que los ojos
se te llenen de lágrimas.

Llora, hasta que las lágrimas
hagan huir los pájaros.

Llámame hasta que crezcan
espinas en mi oído.

Espérame hasta que los peces
se hayan bebido todos los ríos y canten.

Porque un día ha de ser.

 

 

 

Si quieres acercarte más a mi corazón…

Si quieres acercarte más a mi corazón
rodea tu casa de árboles.

Y sentirás el júbilo de la flor incipiente
mientras menos lograda más lejos de la muerte.

Escucharás las cosas pequeñas que yo escucho
cuando cae la tristeza sobre los campos húmedos.

El grillo que devana su pequeña madeja
de soledad y extiende su música en la hierba.

Y verá tu pupila la aventura del vuelo,
la fatiga del ala bajo el plumaje trémulo.

Planta delgados álamos, donde sus sombras midan
el césped silencioso y el agua cantarina,

y el quieto surtidor verde de los sauces
para que la tristeza caiga en tus ojos dulces.

El huso de los pinos donde la sombra crece
que hile la blandura de los atardeceres.

Y cuando esté maduro el silencio del bosque
pártelo como un fruto, pronunciando mi nombre.

Que sostengan los árboles la lluvia entre sus ramas
con la misma dulzura con que se toca un arpa.

Y hasta en la oscura noche, cada tallo en aroma
te entregue la delicia de las futuras pomas.

Y las redondas bayas -madurez y deseo-
pendan de los flexibles gajos de los ciruelos.

Y decoren de plata sus hojas las acacias
como si amaneciera la luna entre las ramas.

Que la flor del magnolio, al alto mediodía,
un loto te recuerde bajo la luz tranquila.

Y la savia palpite si grabas en los robles
el contorno perfecto de nuestros corazones.

El laurel, aun sin frente que aprisionar, recuerde
a tus manos la ausente materia de mis sienes.

Y el mimbre que se doble tierno sobre el estanque
como si en él quisiera ver el vuelo de un ave.

Despertarán entonces al vaivén de las ramas
más pájaros que cantos caben en la mañana.

Y la luz será lira sostenida en el aire,
iniciación del alba, límite de la tarde.

Acércate al rumor del viento entre los árboles,
amada, y sentirás el rumor de mi sangre.

 

 

 

Sitio de sueño y vida

¡Devuélveme la estrella
donde nos encontrábamos!
La de los dos, aquella
con mordisquillos tiernos
de cielo entre las puntas,
que una noche inventamos.
Donde tú me esperabas
a las nueve, saltando
de una luz a un reflejo
o asegurando el vértice
total de nuestros ángulos

¿Y mi vida? ¿En dónde está mi vida?
¿Por qué miraré atrás para encontrarla?
En la muerte delante
la que marca el camino.
Lo último que queda.
La solución del grito.
Con una estrella roja iré más frío
-yo mismo haré mi frío-
que el alma de los hielos
por la noche del sueño irremediable.
¿Ya para qué la estrella?

Hacíamos del mirar
maromas, y nos íbamos,
tú por los hilillos verdes,
yo por cuerdas oscuras
a sus playas; de súbito,
gozosos, con la mano
puesta aún en el álbum,
de todos tus retratos
yo, y en los labios tú,
la oración de la noche
porque yo fuera bueno.

¿Ya para qué ser bueno si me odio?
¿Si quiero hundirme donde nunca encuentre
ni la estrella, ni el sueño, ni la absurda
compañía de mí mismo?
¿Y para qué ser bueno?

Tal como si te fueras
por tu sueño en la alcoba,
te ibas con el pijama
azul de hilos marinos
que guardaba en sus redes
peces -los de tu piel-
sueños de rosas tiernas.

Junto a tu cuello como junto al mío,
los minutos se aprietan desollados.
buscan su piel de instante.
¿No sientes cómo gritan?

¿Y para qué tu piel de rosas tiernas?

Hoy he vuelto a la estrella
a las nueve, y no estabas.
He llamado por todos
los golfos de la isla,
-isla de ensueños náufragos
sobre los caballetes
de oro  donde cuelgan
los columpios que mecen
el vuelo de los ángeles,
y era como el desierto
sin bocas en el aire
para decir el eco.

¿Y para qué una voz si nadie escucha?
¿Si perdiste tu voz?
¿si ni la mía puedo ahora encontrar?
¿Y para qué una voz?

He vuelto y ya no estaba
más que tu ausencia ancha,
como una nada extensa,
en donde fracasaran
los aros de la luz
y negaran la estrella
donde nos encontrábamos.
Di, ¿tal vez la llevaste
y la tienes debajo
de la almohada escondida
con mis versos? ¡Devuélvela!,
devuélveme la estrella
donde nos encontrábamos!

¿Y para qué la estrella
si no te iré a buscar?
Ya no me encontrarás. ¿O acaso puedo
interrogar yo mismo lo que he sido?

¿Hubo acaso una estrella?

¡Pensar que era mentira!

 

 

 

Verdad de ti

Aquí quedó la forma de tu huida.
Como la flor tronchada, en el vacío
queda erguida en perfume, el canto mío
te levanta en el aire, florecida.

El tallo de mi voz tiene tu vida
en su rama invisible, como un río
levísimo de llanto o de rocío
la más lejana estrella sostenida.

Como el mar que se fue queda evidente
en el empuje manso de la ola
dibujada en la arena, dulcemente

te me vas y te quedas -forma sola
de tu no ser- presente en mi presente
como erguida en perfume la corola.

 

 

 

Vida

Vivir como una isla,
lleno por todas partes
de ti, que me rodeas
ya presente o distante

con un temblor de luz
primera, sin pulir,
sin arista de tarde,
ni sombra de jardín.

Y ángeles en espejos
guardando tu mirada
para hacerse verdades
y noches estrelladas.

LUIS VIDALES. POESIA

LUIS VIDALES. POESIA

 

(Calarcá, 1900 – Bogotá, 1990) Poeta colombiano autor de Suenan timbres (1926), el mejor y casi único poemario vanguardista en Colombia, cuya índole innovadora se manifiesta en la ruptura con los esquematismos y en la búsqueda de nuevas formas expresivas de la sensibilidad contemporánea.

Luis Vidales

Luis Vidales estudió en Bogotá y en París, en la Sorbona y la Escuela de Altos Estudios. En sus años jóvenes colaboró con diversas publicaciones literarias y políticas y residió en Génova, con el cargo de cónsul. De regreso a Colombia, fue uno de los fundadores del partido comunista y su secretario general. Por su actividad política fue detenido treinta y siete veces y expulsado de su cátedra de la Universidad Nacional en 1945. Entre 1953 y 1960 se estableció en Chile.

Vidales se inició en la poesía muy joven, componiendo versos modernistas al modo de Rubén Darío; en las reuniones del grupo de Los Nuevos entabló una amistad que sería decisiva con Luis Tejada, el cual le incitó a escribir algo más que sonetos. Cuando Vidales leyó algunos versos de su obra Suenan timbres en el café Windsor, lugar de reunión de Los Nuevos, Luis Tejada colmó de elogios la obra. Las composiciones de Suenan timbres, aparecidas en 1926, le valieron el honor de ser incluido por Borges, Huidobro y Alberto Hidalgo en su Índice de la nueva poesía americana (1926), en la que Vidales fue el único colombiano de los sesenta y dos poetas hispanoamericanos seleccionados.

Suenan timbres fue la única obra poética estrictamente vanguardista escrita en Colombia en aquella época; de ahí el escándalo y la incomprensión con que fue recibida en su país. No había medida en los versos, ni rima, ni ritmo; sus temas no eran sentimentales, ni su lenguaje el que habitualmente se encontraba en obras poéticas. En su lugar, el poemario trata temas cotidianos, con el lenguaje del pueblo de la calle; se trataba de una poesía de ideas, expresada en un tono juguetón y humorístico. Vidales cedió a la intuición renovadora de José Asunción Silva y se apropió con sagacidad de las grueguerías de Ramón Gómez de la Serna. Con él irrumpió en el país esa antipoesía que cobija lo feo y lo cotidiano. Su afán de soberanía expresiva recuerda a Vicente Huidobro y su osadía, a Picasso. El influjo del libro en el desarrollo posterior de la literatura en Colombia fue considerable, especialmente en las recientes voces líricas nacionales.

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En 1978 Luis Vidales volvió a la poesía con obras de temática política como La Obreriada (1978) y Poemas del abominable hombre del barrio Las Nieves (1985). Otras obras en verso que deben citarse son su Antología poética (1985) y El libro de los fantasmas (1986). Cultivó además el ensayo en Tratado de estética (1945), La insurrección desplomada (1948), La circunstancia social en el arte (1973) e Historia de la estadística en Colombia (1978). En 1982 la Universidad de Antioquia le otorgó el Premio Nacional de Poesía en reconocimiento a su obra y, en 1983, la Unión Soviética le concedió el Premio Lenin de la Paz.

RAFAL MAYA. POESIA

RAFAL MAYA. POESIA

 

 

 
   
   
   
   
   
   
   
   
   

Rafael Maya fue poeta, periodista, ensayista, escritor, crítico, abogado y diplomático colombiano. Nació en Popayán, marzo de 1897 y murió en Bogotá, el 22 de julio de 1980. Hijo del matrimonio de Tomás Maya Manzano y doña Laura Ramírez Caicedo, quedo huérfano a temprana edad y fue criado por Tomas Maya Manzano padre del siervo de dios Toribio Maya Sarmiento. Inició su formación literaria bajo la tutela del padre, pedagogo y hombre de letras, y realizó estudios en el Seminario Menor de Popayán, a cargo de los sacerdotes lazaristas, notable comunidad europea. En 1914 ingresó a la Universidad del Cauca, para finalizar sus estudios secundarios y comenzar la carrera jurídica. Entonces, ya Maya era conocido como poeta. En 1916 se celebró en Popayán un concurso literario para conmemorar el sacrificio de los próceres, y Maya obtuvo el primer premio con siete sonetos titulados “Mártires”. En 1917 publicó sus primeros versos en la revista titulada Liras Hermanas. Cumplidos los veinte años, se trasladó a Bogotá para continuar su carrera de Derecho en la Universidad Nacional. Allí sus compañeros fueron Rafael Bernal Jiménez, Augusto Ramírez Moreno, Primitivo Crespo y Germán Arciniegas. Alrededor de 1920, Miguel Santiago Valencia fundó en Bogotá la revista Cromos. Su sede reunió a los más prestigiosos intelectuales del país. Maya conoció entonces a Miguel Rasch Isla, Roberto Liévano, Eduardo Castillo, Armando Solano, Luis Eduardo Nieto Caballero, León de Greiff y José Umaña Bernal. Formó parte del grupo de Los Nuevos, fundado en 1925. La importante agrupación de escritores estaba integrada no sólo por poetas sino también por periodistas, entre los cuales figuran Juan Lozano y Lozano, Jorge Zalamea, Luis Tejada, Felipe y Alberto Lleras Camargo, Germán Arciniegas, Luis Vidales, Germán Pardo García y muchos otros.

 

 Vida Publica

Al lado de sus intereses literarios, Maya desempeñó también diferentes cargos públicos. Fue el primer secretario de aviación en el Ministerio de Guerra, bajo la dirección del coronel Guichard, oficial francés, quien en 1922 fundó la aviación militar colombiana. Entre 1924 y 1930 trabajó en la sección de contabilidad de la Tesorería Nacional y en el Ministerio de Comunicaciones. En 1929 ocupó la rectoría de la Escuela Nacional de Bellas Artes en Bogotá. Maya realizó una intensa labor de difusión de la cultura nacional, como director de la crónica literaria de El País, en la cual realizaron sus primeras publicaciones los piedracielistas, a partir de 1936. En 1940 se vinculó como profesor al Colegio Mayor del Rosario, reemplazando en la cátedra de Literatura Colombiana a Antonio Gómez Restrepo. En ese mismo año, Eduardo Santos le impuso la Cruz de Boyacá, en la ciudad de Popayán. El poeta recibirá posteriormente varias condecoraciones.

En 1944 fue representante a la Cámara por el partido conservador. Su desempeño en el citado cargo fue muy breve, por la ausencia evidente de vocación política. En el mismo año la Academia Colombiana de la Lengua lo exaltó como miembro de número. Maya se recibió con un discurso titulado “Los tres mundos de Don Quijote”. En 1946 contrajo matrimonio con doña Nelly Gallego Norris, de cuya unión nacieron Clara, Cristina y Ricardo. En 1948 fue rector de la Escuela Normal Superior de Bogotá, hoy Universidad Pedagógica, y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional en el año de 1953. Ocupó la dirección de la Radiodifusora Nacional de Colombia en 1949, y en 1951; la de la Revista Bolívar, órgano de difusión del Ministerio de Educación Nacional. En 1953, Maya realizó su primer viaje a Europa, comisionado por la Universidad Nacional para asistir a la conmemoración del séptimo centenario de la Universidad de Salamanca. Pronunció en Madrid un discurso titulado “La lección de Salamanca”. Recorrió varios países, especialmente Italia y Francia. En París conoció al célebre escritor Ventura García Calderón, amigo personal de Rubén Darío. En 1956 Maya fue nombrado delegado permanente de Colombia ante la Unesco, en París.

Este segundo viaje le dio oportunidad de establecer importantes relaciones con literatos e intelectuales residentes por ese entonces en la Ciudad Luz. El maestro recordaba con especial entusiasmo su amistad con el hispanista Claudio Couffon, y sus tertulias con el gran novelista argentino Eduardo Mallea, con el historiador venezolano Parra Pérez, con el poeta ecuatoriano Jorge Carrera Andrade y con el escritor Zerega Fombona. Visitó, por otra parte, a Valery Larbaud, a quien tiempo atrás le enviara uno de sus primeros libros de poemas, que el escritor comentó elogiosamente. En el Instituto de Altos Estudios Hispanoamericanos de La Sorbona, dictó un ciclo de conferencias sobre literatura colombiana. En 1958, antes de su regreso a Colombia, permaneció algunos meses en Nueva York, donde ofreció con éxito algunos recitales. Entre los años 1960 y 1980, Maya dedicó su tiempo por entero a la literatura y al ejercicio de la cátedra en: La Universidad Javeriana, La Universidad de los Andes, en el Instituto Caro y Cuervo y en la Escuela Militar de Cadetes. En 1972 obtuvo el Premio Nacional de Poesía, y el año siguiente fue nombrado miembro de la Academia Colombiana de Historia. En 1979, el Banco de la República publicó su obra poética completa. Rafael Maya murió el martes 22 de julio de 1980, en la ciudad de Bogotá.

Obras

  • La vida en la sombra (1925)
  • Coros del mediodía (1930)
  • Después del silencio (1935)
  • Final de romance y otras canciones (1940)
  • Alabanzas del hombre y de la tierra (1941)
  • Consideraciones críticas sobre la literatura colombiana (1944)
  • Tiempo de luz (1945)
  • Los tres mundos de Don Quijote y otros ensayos (1952)
  • La musa romántica en Colombia (1954)
  • Navegación nocturna (1955)
  • Estampas de ayer y retratos de hoy (1958)
  • Los orígenes del modernismo en Colombia (1961)
  • La tierra poseída (1965)
  • El retablo del sacrificio y de la gloria (1966)
  • Escritos literarios (1968)
  • El rincón de las imágenes (1972)
  • El tiempo recobrado (1974)
  • De perfil y de frente (1975)
  • Letras y letrados (1976)
  • Poesía completa (1979)
  • Obra Crítica (Dos volumenes, póstumo, 1982)

 Premios y distinciones

  • Gran Cruz de Boyacá en reconocimiento a su obra poética, 1940
  • Premio nacional de poesía (1972)
  • Homenaje póstumo a su vida y obra, HJCK, El Mundo en Bogotá, 1980
  • Homenaje a su memoria, Academia Colombiana de la Lengua, Bogotá, 1981
  • En Homenaje a su memoria se nombro asi una biblioteca de la Caja de Compensación familiar del Cauca (Comfacauca)

LEON DE GREIFF. POESIA

LEON DE GREIFF. POESIA

File:León de Greiff.jpg

Vida

León de Greiff a la edad de un año. La fotografía fue tomada por Melitón Rodríguez en 1896.

León de Greiff era hijo del dirigente político Luis de Greiff Obregón (1869 – 1944) y de Amelia Haeusler Rincón (1869 – 1947), cuyo padre era alemán. El bisabuelo de León fue un célebre ingeniero sueco Carlos Segismundo von Greiff quien se radicó en Colombia en 1826. El musicólogo, poeta e ingeniero Otto de Greiff fue su hermano menor. Su medio-hermano, Carlos Daniel de Greiff, cayó en una profunda depresión cuando perdió a su novia y comenzó a consumir drogas.

Su hijo Hjalmar hace la siguiente aclaración respecto a los antepasados del poeta: “Tanto sus padres como tres de sus abuelos y cuatro de sus bisabuelos eran colombianos, y curiosamente su abuelo alemán y bisabuelos suecos (llegados al país en 1839 y 1826 respectivamente) vivieron en Antioquia más tiempo que en sus respectivas patrias originarias.”[1]

Tuvo 4 hijos: Astrid, Boris, Hjalmar, Y Axel

Por parte de su abuela materna, Teopista Rincón de Velásquez, su genealogía se remonta hasta el Inca Huayna Capac. León de Greiff sería decimocuarto nieto del Inca Huayna Capac (undécimo soberano de la dinastía del Imperio Incaico que se inició con Manco Capac hacia el siglo XII en el Perú precolombino.[2]

El Liceo de la Universidad de Antioquia le otorgó el título de Bachiller.

En la Escuela de Minas de Antioquia (Hoy Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín) hizo algunos estudios de Ingeniería, los cuales abandonó para hacer unas cuantas semanas en la Facultad de Derecho de la Universidad Republicana de Bogotá, en 1914.

[editar] Autobiografía

León de Greiff escribió en su “Registro de Personal”:

“Estado Civil: Casado, bígamo y aún trigémino; Salud: Muy buena, gracias; Estudios que ha hecho: Filosofía y Letras – Un año de Ingeniería – Veinte años de tanteos sin rumbos; Escuela o colegio en que los hizo: Universidad de Antioquia – Escuela Nacional de Minas – Calle, alcobas, bibliotecas y cafetines; Grado o título que posee: Opifex Verborum – Extractor de esencias – quintas – Musúrgico – Acontista, etc. -Relapso y contumaz hereje; Habilidad especial: Tergiversante, signista, navegador de nubes, tocador de fagot, contabilista y estadístico, domesticación de culebras; (para los empleados de manejo). Clase de fianza: hipoteca sobre sus minas de Condoto (platino) y Netupiromba (peridotos y crisoprasas) y sus pesquerías de perlas en Beba-Beba y sus destilerías de Ginebra en idem; Número y fecha de la escritura: (no recuerdo); Notaría en que fue otorgada: usted notaría que no recuerdo ni el número ni la fecha: tampoco la notaría. (…)

En una entrevista el novelista Jaime Ibáñez le preguntó: “Diga usted, Maestro, ¿qué experimentó cuando sintió el deseo de escribir poesía?” Respuesta:

“En realidad, joven Ibáñez, creo no recordar cuando sentí tal deseo ni menos aún qué experimenté en tal momento crucialísimo… Hace tanto de ello. Tengo mis sospechas de que no experimenté nada especial y hasta que no sentí tal deseo. Mis primeros -como mis últimos- versos los hice y los haré casi que sin el propósito de lograrlos y sin que ningún afán acúcieme. La primera vez que incurrió en delito poético tendría el chico sus diez y seis años. Ello ocurrió en la Villa de la Candelaria. ¿Motivo, tema de la primera poesía? -Si lo sé mas no lo digo”.

[editar] Fundación de Los Panidas

Artículo principal: Los Panidas.

De Greiff hizo sus primeros estudios en el Liceo Antioqueño y después comenzaría la carrera de ingeniería en la Escuela de Minas de la Universidad Nacional de Medellín de donde sería expulsado junto a otros estudiantes en 1913 por “subversivos y disociadores”.[3] Ese mismo año fue secretario privado del general Rafael Uribe Uribe, amigo personal de su padre, hasta poco antes de su asesinato.

Su nombre también figura entre los muchachos liberales que se enfrentaron en batalla campal e incruenta contra los muchachos conservadores del sacerdote español Cayetano Sarmiento en la Plazuela de San Ignacio el 11 de mayo de 1913. El jefe improvisado del bando rojo era el jovencito León de Greiff.[3]

En febrero de 1915 Los Panidas, que eran trece muchachos, publican su revista literaria con dicho nombre, de la cual los tres primeros números tienen como director a de Greiff y los siete números restantes a Félix Mejía Arango. Es en esta revista en donde publica su primer poema, La Balada de los Búhos Extáticos, en el cual ya se manifiestan el léxico poco usual, la ironía, el humor, el intenso lirismo entre arcaico y novísimo que caracteriza su poesía.

El poeta antioqueño definió así el propósito del movimiento literario:

“Nos animaba, ante todo, un propósito de renovación. Por aquellos tiempos la poesía (y el arte, añade el cronista actual) se había hecho demasiado académica. Nos parecía una cosa adocenada, contra la cual debíamos luchar. Fue esencialmente ese criterio de generación lo que nosotros tratamos de imponer”, León de Greiff.[4]

Pero la vida del primer movimiento literario y artístico modernista de Colombia duró sólo seis meses. En junio de 1915 se editó el último número de la revista y ese mismo mes León de Greiff se trasladó a la ciudad de Bogotá.

[editar] Los Nuevos

Comienza derecho en la Universidad Libre de Bogotá, pero tampoco termina esa profesión.

En 1925 participa en la fundación de un nuevo grupo literario, “Los Nuevos“, en el que participarían entre otros: Luis Vidales, Alberto Lleras Camargo, Rafael Maya y Germán Arciniegas. Este grupo edita la revista con ese mismo nombre siguiendo las tendencias modernistas más en boga en Europa.[5] La “sede” de Los Nuevos es el Café El Automático.

En 1925 publicó también su primera obra, “Mamotretos“, un título que utilizaría con frecuencia para darle un nombre a sus trabajos con el toque de ironía que lo caracterizaba.

Dos años después de la aparición de los primeros “Mamotretos“, es decir, en 1927, el joven poeta contrajo matrimonio con Matilde Bernal Nichols, a quien conociera en 1911 y de cuya unión nacieron cuatro hijos: Astrid (arquitecto) Boris (maestro internacional de ajedrez), Hjalmar (musicólogo), y Axel.

En 1930 publicó su segundo “Mamotreto”. Recorrió varios países latinoamericanos y europeos, trabajó en los Ferrocarriles de Antioquia y se dedicó el resto de su vida a escribir.

En 1965 tuvo un accidente que lo mandó al hospital. Murió en 1976 entre un gran reconocimiento nacional.

[editar] Como empezaron sus obras

Su pasión por la estadística y la contaduría le permitió ocupar cargos medios en diversas oficinas públicas durante décadas, mientras se empezaba a consolidar como uno de los intelectuales y bohemios más conocidos del país. Así mismo se desempeñó como profesor de literatura y redacción de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional (19401945) y de historia de la música en el Conservatorio de esta misma institución. Tras su fallecimiento, la universidad le rendiría perenne homenaje al darle su nombre al Auditorio Central.

Su obra fue intensamente polémica, debido a la experimentación permanente en cuanto a la forma, el estilo y el vocabulario que solía utilizar. Esta se encuentra condensada en volúmenes a los que llamó “Mamotretos“. Es así como sólo llegó a ejercer un modesto cargo diplomático en Suecia a fines de la década de 1950. En 1970 se le concedió el Premio Nacional de Poesía y fue postulado al Premio Nobel de Literatura, infructuosamente.[6]

[editar] Obras

  • Tergiversaciones (1925)
  • Cuadernillo poético (1929)
  • Libro de Signos (1930)
  • Variaciones alrededor de nada (1936)
  • Prosas de Gaspar (1937)
  • Semblanzas y comentarios (1942)
  • Fárrago (1954)
  • Bárbara Charanga (1957)
  • Bajo el signo de Leo (1957)
  • Nova et vetera (1973)
  • Libro de relatos (1975)
  • La noche negra

[editar] Mamotretos

  • Primer Mamotreto Tergiversaciones (1925)
  • Segundo Mamotreto Libro de Signos (1930)
  • Tercer Mamotreto Variaciones alrededor de nada (1936)
  • Cuarto Mamotreto Prosas de Gaspar (1937)
  • Quinto Mamotreto Fárrago (1954)
  • Sexto Mamotreto Bárbara Charanga (1957)
  • Séptimo Mamotreto Bajo el signo de Leo (1957)
  • Octavo Mamotreto Nova et vetera (1973)

[editar] Reconocimientos

(Medellín, Colombia; 22 de julio de 1895Bogotá, Colombia, 11 de julio de 1976), fue uno de los más destacados poetas del siglo XX en Colombia. Su nombre completo era Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Häusler y utilizó diferentes seudónimos para firmar sus obras, entre los cuales “Leo Le Gris” y “Gaspar de la Nuit” son los más conocidos. De Greiff fue de los primeros impulsores del movimiento literario. Los Panidas de Medellín en 1915, grupo de 13 intelectuales de ideas modernistas en literatura y arte que iniciarían las nuevas tendencias en dichas disciplinas en Colombia. En ese movimiento participaron, además, personajes como el filósofo Fernando González y el caricaturista Ricardo Rendón. La poesía de León de Greiff busca la sonoridad y es rica en propuestas lingûísticas asimiladas por otros al culteranismo o neobarroco poético. De una amplia cultura, de Greiff utilizó un vocabulario y giros del castellano antiguo, no siempre fáciles de comprender así como profundos conceptos filosóficos inspirados en el modernismo de los autores a los que acudió desde su juventud.

LUIS CARLOS LOPEZ. POESIA

LUIS CARLOS LOPEZ. POESIA

fue un poeta colombiano (18791950).

Biografía

Luis Carlos López Escauriaza nació en Cartagena de Indias el 11 de junio de 1879, el mayor de once hermanos, en una familia de comerciantes, distinguida pero de escasos recursos económicos. Estudió en escuelas locales hasta el bachillerato (escuela secundaria), a los que añadió estudios de dibujo y pintura. Inició estudios de medicina que tuvo que abandonar con motivo de la Guerra de los Mil Días, cuando fue apresado por el ejército conservador. Posteriormente se dedicó al comercio, en el familiar Almacén López Hermanos, actividad que nunca le satisfizo. Se casó en 1909 con Áurea Marina Cowan, con la que tuvo tres hijos. Tuvo una activa carrera periodística, siendo fundador del periódico La Unión Comercial, de fugaz existencia. Colaboró en diversas revistas como las literarias Líneas y Rojo y Azul, así como en los periódicos La Juventud y La Patria. Abandonado el negocio familiar vivió momentos difíciles desde el punto de vista económico. Ejerció cargos diplomáticos como Cónsul en Múnich desde 1928 y posteriormente, desde 1937, y durante siete años, en Baltimore. Siempre estuvo vinculado a los ambientes literarios de su ciudad natal, donde formó parte de varias tertulias. Muchos de sus contemporáneos le decían “El Tuerto” por su ojo con el que decía no poder ver, aunque en realidad era simplemente estrábico. Falleció en su Cartagena el 30 de octubre de 1950. Su ciudad le dedicó en 1957 como homenaje la escultura Los zapatos viejos esculpida por Tito Lombana, inspirada en su poema A mi ciudad nativa.

Obra poética

Publicó los siguientes libros de poesía:

  • De mi Villorio (Madrid, 1908),
  • Posturas Difíciles (Madrid, 1909),
  • Por el Atajo (1920),
  • Versos (1946)
  • También parte del libro Varios a Varios (1910) en colaboración con Abraham López Penha y Manuel Cervera.

Se pueden mencionar algunos de sus poemas: A mi Ciudad Nativa, Toque de Oración, A un Bodegón, Hongos de Riba, Se murió Casimiro, Canción Burgués, Campesina no dejes, Sepelio”…

Perteneció a la generación centenarista del postmodernismo hispanoamericano al igual que Porfirio Barba Jacob, José Eustasio Rivera, Eduardo Castillo y Leopoldo de la Rosa, llamados así por publicar sus primeros escritos desde 1910, año en el cual se conmemoraron 100 años de la independencia de Colombia.

Su poesía suele clasificarse como parte de la reacción post-modernista, más concretamente en la línea de reacción hacia la ironía sentimental y también tropical . Se trata de un poeta manifiestamente antirromántico, que no idealiza nada de cuanto toca, ni la mujer ni el amor ni la patria.

Por el contrario, Luis Carlos López se burla de sí mismo y de los demás. En sus escritos hay un melancólico tono de desilusión ante la vida, de mirar ante todo la fragilidad pasional del hombre. Escribe poemas sobre su natal Cartagena de Indias y siente simpatía por sus personas y cosas humildes: el cura, el juez, el barbero, el bollo limpio, la batea, su abuela, la tía, etc. Escribe también sobre la flora de su ciudad: el matarratón, la guanábana, el mango, entre otros. En su mundo plástico sobresalen los colores plata, ceniza, amarillo y pardo. Pero todo se contempla a través de la ironía, como sus descripciones perfectamente pictóricas de pueblos o de su misma ciudad, vistos con un aire irónico de ilustración.

Utiliza formas métricas clásicas, sobre todo endecasílabos, formando frecuentemente sonetos.