JOSE MANUEL ARANGO. BIOGRAFIA Y POESIAS.

JOSE MANUEL ARANGO. POESIA.

José Manuel Arango (1937 - 2002)

José Manuel Arango (1937 – 2002)

José Manuel Arango nació en Carmen de Viboral, Antioquia, en 1937. Fue profesor de Lógica simbólica en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Antioquia durante casi tres décadas. Cofundador y coeditor de las revistas Acuarimántima y Poesía, de Medellín, e Imago de Copacabana. Premio Nacional de Poesía por reconocimiento Universidad de Antioquia, en 1988.
Escribe una poesía rigurosa y elaborada. En sus primeros libros la temática se centró en el erotismo. “Es el precursor de una poesía erótica de alto aliento, no frecuentada en Colombia con tanta intensidad”, escribe Fernando Ayala Poveda. Y agrega: “Su exploración metafísica no cae en la gratuidad: aproxima al hombre frente a los interrogantes de la noche: madre nodriza de la muerte, el recuerdo, lo nocturnal del alma humana. Se emparenta aquí con Novalis. Su lírica breve tiene un universo por construir con ahínco”. Casi toda su obra se compone de poemas cortos que recogen, de un lado, un enorme acervo cultural, y de otro, una sensibilidad que se expresa en monólogos y en alusiones herméticas.

Sobre su obra, el escritor Luis Germán Sierra escribió: “La poesía de José Manuel Arango, como toda obra auténtica, nace de la pretensión casi inexistente de escribir una gran obra y tiene su asentamiento primordial en las pequeñas cosas que rodean una vida cualquiera en cualquier lugar del mundo. Ello le da, además de autenticidad, un valor universal a su arte, reservándonos la complejidad —además de manido tópico— de ese término, pero entendiendo sin complejos que esta obra ya va muy lejos de un alcance meramente local y sobrevuela con soltura aires de otros territorios, pluralísimas significaciones”.

a obra de José Manuel Arango no encaja dentro de ninguna de las tendencias bien definidas de la tradición poética colombiana e incluso tiendo a pensar que se previene de algunas de ellas. Esta impresión se justifica más aún si consideramos que Arango publicó su primer libro en 1973, a los 36 años, cuando poetas coetáneos suyos consolidaban su influyente estilo durante la década anterior. Su demora en darse a conocer le permitió sopesar con maduro detenimiento las renovadoras propuestas de sus compañeros de generación para, en una minuciosa actitud crítica, aprovecharlas en la medida que las trasformaba o matizaba. En este sentido, su poesía se aparta tanto del realismo conversacional, por entonces en boga, como de ensoñadoras evanescencias líricas, muy apreciadas hoy.
Sus auténticos derroteros creativos lo llevan a Emily Dickinson y William Carlos Williams entre otros autores. De la primera recoge la dosis justa de ambigüedad y silencio, perceptible, sobre todo, en sus dos primeros libros (cuyos poemas rara vez titula) y del segundo, la precisión objetiva de la imagen, rasgo que contrapesa el ensimismamiento de la norteamericana. Ambos enfoques coinciden en la atmósfera de poetas chinos de la dinastía Tang como Han-Shan, a quien Arango, junto a los estadounidenses mencionados, tradujo a partir del inglés en entrañable correspondencia con su propia búsqueda. La poesía de Arango comparte con la de Han-Shan un sutil acuerdo entre el tono introspectivo y la mirada objetiva en el trato delicado, casi a pinceladas, con las cosas y la naturaleza. Sin embargo, a diferencia del mundo interior del chino, el del colombiano es más inquietante y perplejo, aunque adopte parecida aceptación estoica ante la existencia.
Esta aceptación hace de él un poeta morosamente contemplativo y lo lleva a reconocer la imposibilidad del conocimiento, quedándose entre la admiración y la extrañeza:

Lección

Y nos mostró en la palma un huesecillo de pájaro
como si en él hubiera alguna lección

El poema consta sólo de dos líneas, consecuente con lo poco que puede decirse sobre algo en última instancia. La copulativa inicial subraya su carácter incompleto e insatisfactorio y el paradójico título le infunde una fina y resignada ironía.

Selección de poemas

VIII
HOLDERLIN

Quizá la locura

es el castigo.

para el que viola un recinto secreto.

y mira los ojos de un animal

terrible

.

 XXVIII

la casa que reduce la noche a límites

y la hace llevadera

cuando el ruido de una bestia en el sueño

o las palabras que sin sentido

despiertan con todo ese extraño temor

surgen como restos de una oscura lengua

que desvela el origen y la amenaza.

el techo que cubría un fuego manso

arderá.

y entonces nada habrá seguro

y será necesario de nuevo cavar

hacer.

.XLVI.

ESCRITURA.

la noche, como animal

dejó su vaho en mi ventana.

por entre las agujas del frío

miro los árboles.

y en el empañado cristal

con el índice, escribo

esta efímera palabra.

.X.

como para cruzar un río

me desnudo junto a su cuerpo.

riesgoso

como un río en la noche

.

.

CANTIGA DE AMIGO.

Y tras la incertidumbre de un instante

frente al desconocido

que luego por virtud del gesto recordado

vuelve a ser el amigo que después de la lluvia

llama a la puerta.

lo ayudamos a desnudarse

colgamos sus ropas a secar junto al fuego.

y oímos el relato de su viaje

reconociéndonos en sus maneras

de náufrago.

.EN CAMINO.

Para Gustavo Zuluaga.

1

Y, a lado y lado del camino,

ralos matojos

de helechos,

en este mes del año requemados,

resecos.

.2

Un alud, en invierno,

en el lomo del monte

dejó algo así como una dentellada

de barro rojo..

Ahí queda por meses,

tal vez por años.

Es una cicatriz

bermeja..

3

O manchones

—aquí y allá—

de un pardo rojizo.

Allí donde la pobre

vegetación de zarzas

y malezas se agosta,.

como si un terco mal

de la tierra, un matiz

del rojo de la tierra

subiera por sus tallos

y se mezclaran al bruno

de la maleza ardida..

4

Un ronroneo de colmena:

lo oye el caminante..

Más allá,

entre musgos,

hay un nacimiento..

5

Que el caminante baje

hasta aquella hondonada donde el verde

se hace más oscuro..

Encontrará, entre piedras,

un hilo de agua fría,

podrá beber un puño de agua fría

para la sed..

6

Y después el camino

se pierde en un paraje

arbolado de búcaros

y más allá reaparece

para trepar por un costillar mondo..

Sólo un camino: una delgada

incisión en el lomo

de la montaña: un arañazo

o la huella de un arañazo..

7

Ese huevo sonrosado entre la maleza.

El caminante lo alza para

remirarlo contra la luz..

8

y, por fin, una redondez.

Pero de ningún modo la redondez de un seno..

Más bien

algo como un muñón,

como el esbozo

de un cráneo..

Quizá una giba,

sí: una giba rocosa..

9

Y otra cumbre.

Otra hermosa perspectiva

de despeñaderos..

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ROGELIO ECHAVARRIA. BIOGRAFIA Y POESIAS.

ROGELIO ECHAVARRIA. POESIA.

Rogelio Echavarria

Poeta nacido en Santa Rosa de Osos, Antioquia, en 1926. Se desempeñó a lo largo de toda su vida como periodista, ejerciendo esta actividad por muchos años en el diario El Tiempo de Bogotá. Ha llevado una vida discreta y reservada. Integrante de la notable generación que surgió en la vida literaria de Colombia entre los años 40 y 50 (conocida con los nombres de Cántico, o también Mito). Se considera una de las figuras más destacadas de la poesía colombiana contemporánea.
La poesía de Rogelio Echavarría, escrita con un tono sencillo, cercano al lenguaje coloquial, se ocupa de la vida cotidiana y registra también la presencia de cierto erotismo. Darío Jaramillo Agudelo escribió que “es un poeta original en la poesía colombiana porque fue el primero que abrió los ojos a la poesía de lo cotidiano y de la ciudad: y lo hizo sin abandonar el misterio esencial de la poesía. Es el precursor de una vertiente de la poesía colombiana que incorporó sin pudores el mundo circundante y la autobiografía al poema”.

EL TRANSEUNTE

Todas las calles que conozco

son un largo monólogo mío,

llenas de gentes como árboles

batidos por oscura batahola.

O si el sol florece en los balcones

y siembra su calor en el polvo movedizo,

las gentes que hallo son simples piedras

que no sé por qué viven rodando.

Bajo sus ojos —que me miran hostiles

como si yo fuera enemigo de todos—

no puedo descubrir una conciencia libre,

de criminal o de artista,

pero sé que todos luchan solos

por lo que buscan todos juntos.

Son un largo gemido

todas las calles que conozco.
 

LUGAR COMUN

Ya que no todos podemos ser

poetas

comprender lo sensible

o exaltar lo sencillo

hablemos francamente

confesemos nuestro fracaso

de hombres sin alas

de hojas muertas en el estío

nuestros empeños ciegos

sin metáforas vanas

nuestra identificación con todos

o con casi todos

y si alguien nos entiende

y fecunda nuestra impotencia

eso también es poesía

o por lo menos una gota

en la sed del infierno

cotidiano.

LA FELICIDAD

Hay miríadas de seres en el Universo

que son felices —y no te conocen.

Millones de personas en la Tierra

son felices —e ignoran que existes.

Muchos también te han visto

y son felices sin amarte.

Y algunos que te amaron

disfrutan de un feliz olvido.

¿Por qué, pues, soy yo el único hombre

para quien tú eres toda la felicidad en el mundo?

POETICA

¿Qué es poesía? preguntas.

Hago luz y —discreta

y sorprendida— huye

la poesía: ¡esa sombra!

EPITAFIO

Al fin voy a dormir

despacio

y solo.

EDUARDO COTE LAMUS. POESIA

EDUARDO COTE LAMUS. POESIA

 

Nació el 18 de agosto de 1928. Algunos biógrafos sostienen que es oriundo de Pamplona, Norte de Santander, Colombia; pero en la obra “Eduardo Cote Lamus 30 años de ausencia”, confirman su nacimiento en Cúcuta, en la casa ubicada en la calle 13 con avenida 3a.

Su primera obra, “Preparación para la muerte“, fue publicada en 1950. Después vinieron: “Salvación del recuerdo” (1953); “Los sueños” (1956), “La vida cotidiana” (1959), “Diario del Alto San Juan y del Atrato“(1958)y Estoraques” (1963).

Murió en un accidente automovilístico el 3 de agosto de 1964, a los 36 años de edad. Muy corta fue su vida, pero le alcanzó para ser abogado, parlamentario, diplomático, catedrático, cuentista, poeta y gobernador  del Norte de Santander.

 

 

OBRAS

ESTORAQUES
EDUARDO COTE LAMUS

… y llamaré la sequía sobre esta tierra
y sobre los montes y sobre el trigo
y sobre el aceite y sobre cuanto produce la tierra
y sobre los hombres y sobre las bestias
y sobre todo trabajo de vuestras manos.

(Ageo. 1:11)

 

Aquí no puede uno ni pararse, ni acostarse, ni sentarse.
No hay ni silencio siquiera en las montañas
Sino el seco estéril trueno sin lluvia.

No hay ni soledad siquiera en las montañas,
Sino ceñudos rostros rojos que gruñen entre dientes
Desde los umbrales de casas de tierra apisonada.
Si hubiese agua…

(T. S. Eliot. La tierra baldía)

Díme sequía, piedra pulida por el tiempo sin dientes,
por el hambre sin dientes,
polvo molido por dientes que son siglos,
por siglos que son hambres,
díme cántaro roto caído en el polvo, díme
¿la luz nace frotando hueso contra hueso,
hombre contra hombre, hambre contra hambre,
hasta que surja al fin la chispa, el grito, la palabra,
hasta que brote al fin el agua y crezca el árbol
de anchas hojas de turquesa?

(Octavio Paz. El cántaro roto)


El viento que viene y el viento que va
no son nada, en realidad, del tiempo.
El tiempo en otro sitio donde el hombre,
capaz de su destino, trazó el aire,
el arma de sus sueños, y la tierra
labró para guardarse en ella.

Esto fue en el terreno de los hombres.
Una ciudad allí cumplió la vida
si en grandeza se quiere más arriba
de los propicios cielos fulgurantes
donde el dominio de los dioses todos
hizo imperios, circunvaló las sienes
de las colinas, encontró las leyes,
convivió con lo humano dando aliento
sin para a la victoria.

Esa colina es hija de los nobles
pensamientos del dios. Y si miramos
desde la cumbre del año más alto
vemos la loba alimentando a Rómulo
y la ciudad que fue surgiendo al mundo
coronada de hazañas y de templos.

El Palatino, cierto, es diferente.
Toda la historia cabe en la mirada
y las ruinas así nos lo demuestran.
De modo que podemos ver las piedras
puntualmente ordenadas por Augusto
quien también entendió que los poetas
eran la gloria y prez de su gobierno,
fue amigo de Virgilio, el que hizo cantos
a la reforma agraria:
otra no es la intención de la Geórgicas
en donde están aún los surcos frescos
y los trigos germinan todavía,
y en donde están medidas las cosechas,
la necesaria fuerza para el brazo que lanza la semilla,
la propiedad, la ley de los viñedos
para que el vino estalle como luz,
embriague como luz aunque su llama sea roja.
Y por ahí también anduvo Horacio,
dominador de numerosos metro,
que afiló como a un hacha el epigrama
y cultivó palabras como nadie.

El Palatino está dentro del tiempo.
Su mole es como un puño alzado al cielo
en su ruina imprecando por los días
antiguos. El tramonto le golpea
su soberbia, y su piel, presa de luz
se incendia cada tarde en el crepúsculo.

Aquí el asunto es muy distinto.
Una que otra columna, cauces solos,
tierra como de sol sin sombra, sombras
como ascuas: los árboles no existen. Sólo sed
y un pueblo que da vueltas a la plaza
para ir hasta el cementerio o hasta río
sin agua. Del otro lado una muralla
con cruz, y del otro también, con cruces
donde la muerte sueña con los muertos.

El viento que viene y el que va
saben algo de todo esto: el tiempo, nó.
El tiempo está en Sumeria, en Babilonia,
en Tebas, en Nínive, en Egipto, en Creta,
en el Partenón, en los museos, en Jenofonte,
en los muros, en las ideas, en la política:
huesos de la civilización.

Aquí hay un reino de tierra y arenisca
maravillosamente sediento.

Tampoco es esto Xochimilco, Chichen-Izá
o Machu Pichu, ni la obra
de los antiguos nativos de nuestro continente porque
una piedra bajo el sol es como un cuervo en llamas.
Su piel contiene apenas
la soledad necesaria para el odio.
En su ley nada la conmueve:
ni el dominio igual que su baldón
de impotencia, ni la ignominia de saberse
sin rostro, resuelta en el orgullo.
Pero no es la derrota.
Todo lo contrario es el viento:
lo mezquino es el cuervo, porque
el cuervo es una hoguera negra.

Una piedra es ascuas bajo el sol:
el fuego en su piel es el castigo.
Acaso la sombra transitoria del cuervo
pueda hacerse solaz o carne de los dioses.
Pero, adentro, reside la batalla.
¿Quién puede pensar que en su interior
algún animal petrificado
hunda sus pezuñas atravesando la tierra?

Encallada, muchas veces en la cima de un monte,
aparece grandiosa en su caudal de templo:
el músculo amputado al dios,
el gesto de un rostro desaparecido,
la huella de un pie gigantesco,
el pensamiento redondo,
el labio que exige sacrificios,
el falo soberbio de las vírgenes
que bajan de una lúbrica estrella,
el cuenco de la mano, la macana, la mueca, el pánico, el odio…

¡Ahora viene el hombre caminando!
El hombre sellado como una piedra.
La inscripción a cincel fue deslabrada
y un borrón por nombre conmemora su libertad.
Si su silencio se midiera en islas
habría mar. Por eso la ceniza
en la frente es camino para continuar.
El tiempo nada más en la piel del estoraque,
el tiempo como un perro que nunca llega al hueso,
el tiempo ladrando como perro,
como un perro derrotado por los sueños.
En la superficie el tiempo: Heráclito el Oscuro
hubiera aquí encontrado que su río es la sed,
hubiese aquí encontrado que es mejor
el limo que los días, el cristal que las imágenes,
la rueda del molino igual agua.

Aquí las ruinas no están quietas
el viento las modela. Por ejemplo
lo que antes era escombro de palacio
lo convirtió en estatua la erosión
y lo que fue la sombra de la torre
es ahora la sombra del chalán.

Ese bote de lanza del jinete
contra algo inexistente, ese ademán
de contienda en esos ojos sin sueño,
ese violento paso del caballo
detenido por siempre, ese color,
fueron antes las bases de algún templo,
el comienzo de algún arco, el fin
de tanta fe entregada a un dios terrible.

Hoy es un rostro, máscara mañana,
sueño primero, luego ni recuerdo,
columna ardiendo en el viento en llamas,
tórridas manos sobre la garganta
del caballero ecuestre, río, ríos
de sombra al rojo blanco dominando
aquello que existencia fue sin duda.

En esta sucesión que nadie nota
algo que no se mueve ni transforma,
algo quieto a pesar de tanto caos,
algo que permanece sinembargo
aunque desaparezcan estoraques
y nazcan otros, aunque aquellos bosques
de serpientes de pie como escuchando
la flauta del encanto comprendieran
que nunca han existido.

Pero es que aquí, también, todo se queda.
Es que acaso ¿razón tenía Parménides?
En fundamento todo permanece,
los elementos son iguales siempre
y la materia siempre es inmutable,
inmóvil es el ser no se mueve
(ser y pensar son una cosa misma)
y todo esto que vemos y sentimos
es no más que un asunto incomprensible.

No más que la alta hoguera de la estrella
sobre este mundo. Nada más que el sueño
se pronto convertido en nada.  Nada
distinto al propio fuego en que se incendia
ebria, la luz, muy dentro de la tierra
o encima de la lámpara que lleva
todo nombre encendido. El estoraque
siempre tiene las luces apagadas.

Al polvo nada vuelve, todo queda
delante de los ojos y las manos
sin poder escoger huellas de arena,
sin poder encontrar en tanta forma
cosa distinta de nuestro fracaso.

Por esto Gorgias, Gorgias, yo te veo.
En la verdad te vi, en lo incomprensible
después de preguntar qué significan
esta vida, estos monstruos, estos sueños.

En llamas la ciudad y ardiente el viento
recorre enloquecido los recintos,
casas de citas, antiguos almacenes
de amor, fuego encendido, turbio fuego
que a los seres abrasa frente a frente
a la muerte. ¡Si fuese por lo menos
el fin, si por lo menos el comienzo!
Quiere quitarse llamas de la espalda
el viento. En la ciudad deshabitada
devastador ejército entra a saco:
aquí viola un recuerdo, allí un sueño
y más allá el estupro se convierte
en amo; dardos rompen el silencio
y cada sombra herida se hace grito
porque no hay sino sombras poseídas
por el viento, el que viene y el que va,
que nunca tiene paz, nunca sosiego.

La luz hierra los ojos como a un toro,
mueve entre brasas el herrete y marca
sin piedad en el monte un estoraque:
su cuño al rojo blanco cumple un fuego
lo que el destino castigó sin nombre,
sin consideración con esta tierra
para humillar al hombre que trabaja
el suelo y su existencia como nadie.

No hay mineral oculto en sus raíces
ni la vegetación sobre su lomo,
no hay árbol ni camino ni labranzas
y ni siquiera estrellas en lo alto:
huyó hasta el trueno, el rayo y el relámpago.
Nada queda de todo, todo es nada.
No se puede sentir la realidad
sino en los sueños. Tanto viaje humano
hasta el fondo del alma para verse
después de tanta huella igual que antes.

Sopla el viento la vida, la dirige
hasta la tierra, si, hasta la honda tierra
donde los muertos tienen la mirada
exactamente igual a la de muertos.
Hay que empezar a interpretar los actos
que nunca realizaron cuando vivos
y sus pasiones hoy desmoronadas
Igual que los amores repartidos
en tanto lecho muerto, en tanto vientre
hueco, en tanto vacío, en tanta nada.

Aquí los muertos que sembraron sólo
para dejarlos solos con sus muertos
se cansaron de estar muriendo muertos
y empezaron sus uñas a arañar
la dura tierra que les vino encima.
El trabajo empezó cuando su reino
prolongose debajo de los montes
luchando por el agua que bebieron
Hasta impedir que la humedad se fuera
por las hondas raíces de las hojas
a conocer los aires y los cielos.

Después se dieron cuenta de que el agua
no existe: una mentira del tamaño
de un río es comparable con la vida,
que tampoco existió. No hay sino sed.
Lo que existe es la sed y el resto es nada.

Hicieron los hombres el tiempo
para darle nombre a cosas
de las que poco sabían:
la vida, el amor y la muerte
y el destino de conocer
que los actos son las huellas,
los huesos, la piel, la conciencia.

Fue antes la montaña orgullo de la cordillera;
en su lomo retumbaban los relámpagos
como una crin de bronce en la nuca de un caballo.

El llano bebió el agua en la montaña
Y entonces, de un tajo, le cayó la sed:
fue un látigo con sevicia concebido:
las raíces se pudrieron y una lepra
roedora de piedras, amedrentó los fósiles
que dormían: a ellos también, a latigazos,
se les volvió al polvo y solamente
algo del olvido se escucha entre su sombra.

Antes la montaña invocaba la lluvia
pidiendo pan para su cuerpo estéril,
semen para su vientre,
pero implacable el cielo la condenó a su suerte:
hasta el propio cauce se bebió su río.

Primero fueron grietas, luego cayeron corredores, pasillos,
túneles se abrieron y un arado feroz
tirado por dos bueyes vengativos
la tierra roturó en laberintos.

Luego comenzó la guerra de las cosas:
chispas no sacaban las armas sino tierra;
las espadas, como labios, se rajaron de sed
contra relámpagos de sequía, contra la bota implacable
que caía, pero nunca la tregua. Fue la cal
contra el aire, el bario contra el infinito,
galope de tierra contra muros invisibles,
la desesperación contra las estrellas;
pájaros que hacían las veces de flechas
y los árboles de arcos;
plumas semejantes a las sombras, antorchas, danzas
luchando con innumerables pies; hormigas, larvas,
átomos contra energía y la gran diversidad
de  las especies esperando respirar aire de llamas.

La montaña en pedazos, cayó por fin vencida. 
Una ciudad creció en testimonio
de batalla. El viento se encargó de fabricar
el orgullo de la derrota.

Rotos por el destino, los castillos
están despedazados: de las torres solamente
el fundamento y las columnas despavoridas
tiemblan en la noche. Tienen el eco muerto
los grandes aldabones y las calles sin nombre
caminan torpemente. Altas eran las flechas
que culminaban la ojiva y más altas
las frentes de sus habitantes.

Las fuentes y los jardines, las alcobas por el amor cohabitadas,
los vientres sembrados clandestinamente y las generaciones
que apretaron su sed bajo tierra para seguir muriendo a gritos
¿Dónde se encuentran?
¿Dónde esta civilización inexistente?

El viento que viene y va sopla en la tarde
atravesado por la luz de mayo;
viene cantando de otras partes, canta
como si no volase por el mundo.

El viento suena, suena el viento.
El viento suena y en su frente
el tiempo, el tiempo de mañana,
el de hoy que es el de ayer: de siempre.
El viento en la ciudad, campana
de tiempo en el pasado, a fuego
lento el badajo, a pleno sol
el son por calles en derrota.

Se oye el rumor de muchos mundos,
de hombres que mueven sin sentido
los pasos, de huellas que cargan
peso de cuerpos sin destino;
se puede ver cómo ellos viven,
cómo pasan bajo las luces
de neón, cómo se transforman
de sombras iguales a sombras
iguales y a sombras de sombra.

Ahora un grito en la noche:
lamento mecánico sube
miedo, edificios arriba hasta
el alma, hasta el último piso
donde el viento y pavor lo arrastran
por ventanas, tejados, patios,
cortinas, muebles, huesos, nervios;
la sirena se mete dentro,
pasa veloz como sospecha
inquietando, metiendo el dedo
en la conciencia y cada vez
que suena llega hasta la boca
sabor de culpa porque todos
en la ciudad son los culpables:
por quien inquiere la sirena
con ojos de luz intermitente
y los demás, los que la escuchan.

La sirena persigue, clama,
es el anuncio de peligro,
es la voz de la soledad,
la flor de la angustia, palabra
igual en todos los idiomas
de la miseria, enfermedad,
del crimen.

Sobre un puente del río Main
está pasando una gaviota,
negra es el agua y blanco el barco
también de nombre La Gaviota.

Seguramente por allí
debió pasar cantando el río.

Y eso, que parece un castillo
sobre el muñón de los peñascos
¿no es el de Heidelberg?  Detrás
¿no estarán los muros de Córdoba?
y ¿no será una de aquellas
la Torre de San Juan  Abad?

Una campana entre ruinas
se revuelve en los campanarios,
como un caballo entre las llamas,
anunciando, sí, delirando
en pánico de bombardeo,
al borde de la misma muerte
tal relincho de fuego, como
feroz algara destruyendo.
allí está la Gedächtniskirche
que todavía es una llaga
de aquel Berlín bajo las bombas.

Eso que parece una calle
es el antiguo cauce del Támesis,
modesto río que cruzó
una ciudad de nombre Londres.
Nada en las ruinas tiene nombre.
Un árbol hubo aquí, ¿fue acaso
aquel maldito de Hiroshima,
monstruoso hijo del de la horca?
Será que aquí, en los Estoraques,
¿queda el lugar de punición
de las ciudades desaparecidas?


Ese mundo que se extinguió
tenía así que consumirse
porque al hombre le destruyeron
todo aquello que poseía:
la voluntad, la fe, el esfuerzo
de ser como su fantasía

la razón sobre su cabeza.

El viento suena, suena el viento.
El viento suena y la erosión
golpea en los ojos del tiempo
que aquí nunca vieron ciudades
sino a los árboles de arena.

Lejano todo, los países
extinguidos, el mismo tiempo;
lejano el día del exilio
como los pies sobre las uvas
cuando se bebe el vino. Lejos
del por qué  que nunca se supo,
del cuando, del ayer, del viento.

Si la peligrosa costumbre
de vivir sin destino, si
el descargar las propias culpas
nada más que sobre los actos,
si tanta nada descubrimos
y en tanta nada nos hallamos
¿en dónde poder encontrar
lo verdadero?

Aquí ya sucedió el juicio final.
lo demás son huellas, son restos,
testigos de lenguas cortadas
por las espadas de los ángeles.

Más aquello es otra cosa:
para nada cuenta el tiempo.
El hombre nunca estuvo, pero están sus sueños.
¿A dónde va la luz? ¿A dónde el viento?

La ciudad seguramente estaba amurallada.
Pero ¿quién hizo sus murallas?
Aquí el muñón de los castillos.
Mas la torre ¿de qué se defendía?
¿Qué fue lo que pasó?
¿Por qué esta ciudad es una tumba?

Dos columnas anuncian su reino.
Por la izquierda va subiendo el bosque
de ruinas. Al otro lado el vuelo de los pájaros
y por encima el sol casi crepúsculo.
¿Hubo aquí alguien?

Toda la montaña es estoraques:
los templos pretéritos -acaso sin Dios- donde la vida
no existió, las grandes pagodas, la rutilante cúpula,
el vuelo audaz del arquitrabe,
la complicada seriedad de la archivolta
y nada menos que el sueño, es decir, lo único
que de los hombres existe. Arriba el látigo
de los arcos cruzados, el surtidos de piedra, el arte
que innominado artesano cumplió, y abajo
el apoyo eficaz del arbotante, los muros con largos ventanales
y el pie de la columna resistiendo
el peso de siglos.

Aquí las columnas hacinadas
recuerdan no se sabe si los bosques de olivos
que uncidos a nudos arden como lámparas
o los dedos de innumerables manos enterradas
cuyas palmas el destino no escribió;
se puede pensar que son raíces
por entre las que pasa un dios
o sus bases las copas que se hunden
por respirar en tierra un cielo
de constelaciones de polvo.

En la hora del crepúsculo, en la cumbre,
se abren estoraques aún no concluidos.
La mano ágil del viento los modela todavía.
Pero nada de amor. La sed no existe.
Nada de vivir, la vida
no existe. ¿Y qué?
En este mundo los actos son columnas,
testimonios, materia de verdad.
El resto, es nulo.

Por si estuviera el dolo
¿quién lo permite?
Si el dolor o la razón o el sueño
¿se les ordenara?
Y los que piedra a piedra, brazo a brazo,
movidos por el látigo o el hambre
hicieron la muralla, ¿dónde se encuentran?
¿Ah de la ciudad! Y ¿quién lo dijo?

Entre el mañana y el ayer no más
que el rudo corazón dando la hora
y el paso de las nubes y los días
y el subfondo de actos enterrados.

Entre hierbas y templos y columnas
se recuerda: ¿quién no tuvo el sueño para huirse?
Y ¿quién no deseó en un instante
hacer con el olvido un arco
para matar lo sido?

Atrás, lo que de todo depende: un alma abierta
es decir, el otro cuerpo. El alma cae,
se abre, ilumina y cae.

¿Dónde el agua?
¿En qué civilización se encuentra el agua?

Por fuera, semejante al maíz es una llama
y por dentro el destino. Por fuera el hueso
y por dentro el castigo. ¿Qué vientre
los parió? Y ¿cuál fue el semen?

Se desprende del sueño algo así como ventana:
Fuego en las sienes, divinidad, silencio,
luz. Detrás comienza lo que somos
en el otro mundo.

Ese hueco, en verdad, por el que pasa
el tiempo no logra nunca espacio. Le pregunto
a lo que fue qué ha pasado,
a la piedra, al dolor, al propio nudo
del hombre.

Aquí no hay agua. Ni sed.
No hay nada. El tiempo se ha perdido:
el viento es aire de otro tiempo.

Empecé por abrir la soledad
como quien destapa una botella
y no encontré ningún camino;
di pasos atrás para buscar palabras y cantar
Y no vi nada;
volví por la ciudad y sólo el viento,
el que sube y el que va, como perdido,
como buscando a Dios, como arañando
los altos, los duros, los broncos estoraques.

(1961- 1963)

Cote Lamus, Eduardo, ESTORAQUES.
Bogotá, Ediciones del Ministerio de Educac
ión.
Imprenta Nacional, 1963.
Fotos Estoraques: William Claro Delgado
Foto pueblo: John León

FERNANDO CHARRY LARA. POESIA

FERNANDO CHARRY LARA. POESIA

(Fue un poeta colombiano nacido en Bogotá en 1920 y fallecido en Washington en 2004). Llevó una vida discreta y sencilla, como maestro y abogado. Fue director de la Radiodifusora Nacional de Colombia y director de extensión cultural en la Universidad Nacional de Colombia. Su obra se caracterizó por la brevedad, la lucidez crítica y la intensidad expresiva. Fundó con Mario Rivero y Aurelio Arturo la revista Golpe de Dados en 1972, publicación clave en la historia de la poesía colombiana. También colaboró con revistas de España, México, Argentina, Chile, Venezuela. En estas publicaciones y ensayos desarrolló una reconocida, rigurosa y precisa labor crítica. Sus poemas aparecen agrupados en diversas antologías nacionales y de hispanoamérica. Hizo parte de la llamada Generación Mito, agrupada alrededor de la revista homónima y el poeta Jorge Gaitán Durán. También se le clasificó en el grupo de “Cántico” o “Cuadernícolas” en su juventud. De su obra escribió en su momento el crítico Andrés Holguín: “Charry crea una poesía voluntariamente opaca, de vagas resonancias, de íntimos ecos emocionales. Su mundo está habitado de fantasmas, por borrosas figuras, perdidos aromas. Poesía esencialmente nocturna, jamás a plena luz, siempre en penumbra: es una exploración de la noche y el sueño. Poesía contenida, pura, auténtica, emanada de un temperamento hondamente sensible pero al mismo tiempo, realista y sencillo.” (Revista “Aleph”, Manizales. Pág. 33. número 97)

 Obra

  • Poemas (Colección Cántico, Bogotá, 1944)
  • Nocturno y otros sueños (Bogotá, 1949 – Prólogo de Vicente Aleixandre)
  • Los Adioses (1963)
  • Lector de Poesía (Ensayos críticos, Bogotá, 1975)
  • Pensamientos del amante (Bogotá, 1981)
  • Los poetas de Los Nuevos (Bogotá, 1984 – Estudio crítico)
  • Poesía y poetas colombianos (1986)
  • José Asunción Silva, vida y creación (Compilación de estudios críticos, Bogotá, 1986)
  • Llama de amor viva (Compilación de su obra poética, Bogotá, 1986)
  • José Asunción Silva (Ensayo, 1989)
  • Poésie colombienne du XXe siècle (Edición bilingüe, Tomo 4. Ginebra, 1990)
  • Antología de la poesía colombiana (Compilación y estudio crítico, 1996)
  • Poesía reunida. Editorial Pre-Textos. 2003. http://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=1341&osCsid=8u8ng4alntimj3qkkehc9e4a91

 Premios

  • Premio nacional de poesía José Asunción Silva, 2000.
  • Premio nacional de poesía por reconocimiento, Universidad de Antioquia, 2003.

OBRA

 

A la poesía

Al ausente        

Blanca taciturna         

Ciudad

Como la ola

El exilio       

El lago

El verso llega de la noche

Fantasma

Jardín nocturno        

Llanura de Tuluá

Llegar en silencio

Madrugada     

Olvido

Pensamientos del amante

Testimonio      

Versos del anochecer        

Viajero

Puedes escuchar al poeta en: La voz de los poetas

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Poesía sensual

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A la poesía

Al soñar tu imagen,
bajo la luna sombría, el adolescente
de entonces hallaba
el desierto y la sed de su pecho.
Remoto fuego de resplandor helado,
llama donde palidece la agonía,
entre glaciales nubes enemigas
te imaginaba y era
como se sueña a la muerte mientras se vive.
Todo siendo, sin embargo, tan íntimo.
Apenas una habitación,
apenas el roce de un ala o un amor que atravesase noches,
con pausado vuelo lánguido,
con solamente el ruido, el resbalar
de la lluvia sobre dormidos hombros adorados.

Sí, dime de dónde llegabas, sueño o fantasma,
hasta mi propia sombra, dulce, tenaz, al lado.
Así asomas ahora,
silenciosa,
tal entre los recuerdos
el cuerpo amado avanza
y al despertar, a la orilla del lecho,
entre olvido y años,
al entreabrir los ojos a su deslumbramiento,
hoy es sólo
la gracia melancólica que huye,
invisible hermosura de otro tiempo.

No existe sino un día, un solo día,
existe un único día inextinguible,
lento taladro sin fin royendo sombras:
¡No soy aquel ni el otro,
y ayer ni ahora soy como soñaba!

Qué turbadora memoria recobrarte,
adorar de nuevo tu voracidad,
repasar la mano por tu cabellera en desorden,
brazo que ciñe una cintura en la oscuridad silenciosa.
Ser otra vez tú misma,
salobre respuesta casi sin palabras,
surgida de la noche
con tristes sonidos, rocas, lamentos arrancados del mar.

Tú sola, lunar y solar astro fugitivo,
contemplas perder al hombre su batalla
mas tú sola, secreta amante,
puedes compensarle su derrota con tu delirio.
Míralo por la tierra vagar a través de su tiniebla:
crúzalo con la espada de tu relámpago,
condúcelo a tu estación nocturna,
enajénalo con tu amor y tu desdén.
Y luego, en tu desnudez eterna,
abandóname tu cuerpo
y haz que sienta tibio tu labio cerca de mi beso,
para que otra vez, despierto entre los hombres,
te recuerde.

 De “Los adioses” 1963

 

Al ausente

                                                       Recuerdo de Jorge Gaitán Durán

Si tu desnudo gesto inmóvil
si tu rostro que estalló de pronto ante un espejo
Si tu voz mutilada por el árbol por la nube
Si tu paso callado por un sótano
Una obstinada selva carnicera
Piedras y hojas de inútil rocío
y sigo sigo despierto pensando
Silencio ahora duermes
Ahora eres
Un puñado de estrellas y de madrugadas

La lenta noche del mar vaga por la memoria
La alucinación de cuerpos y fiestas lejanas
El herido cansancio del oleaje a la espalda
La víspera de Colombia en el entresueño
El amor y el hastío el deseo indolente
La respiración el perfume de un pecho a oscuras
El labio adolescente que miras entre lunas
La palidez de los objetos a tu alrededor
El golpe del trueno en olas en espumas en rocas
No escuchas callas es más sordo el silencio
Está más cerca el silencio
Ya adviertes la tormenta los relámpagos
Entresacas otro huracán de tus recuerdos
Ronco de sombras y vientos yagonías

Si nunca aquella errante ráfaga huyendo
Salida del cielo morado a borbotones
Con un ruido de corazón destartalado
Riega el espacio de lágrimas y desperdicios
Es el inasible aullido del insomnio
Es un largo funeral por una calle a solas
Es un sollozo que silba perdido en las esquinas
Como el eco de un grito en una
Imprevista ciudad que sonámbulo:
Vislumbras ves desierta entre pesadillas

Porque inhumano el mundo se niega a ser eterno
Vuelas irrescatable de cenizas
En la medianoche de un bar te despides
Te rodean mutilaciones y senos y maderas
y ya no quieres escuchar
Mas es verdad que ya no me oyes
Y el traje con que andabas por la tarde
Y mujeres encinta llenas de besos
Caen también con precipitación
Desplomándose en estrechos invisibles corredores

Quedan la lluvia la conversación los recuerdos
Si no hubiese sido montaña sino mar sino llanura
Aquel que en mitad del camino de la noche
Buscando palabras el infinito tiempo medía
Sin olvidar la muerte al lado
Repentinamente entrado a su muerte
En el vértigo el asombro instantáneo del vacío
Palpando en el espacio tanta inmovilidad
Ahora te sé de aire y noche y nada

Eres tú el mismo que vivía
El mismo que regresaba
O era yo o era otro
O éramos me repito nuestros amigos
Estuvimos uno a uno al amanecer en Pointe a Pitre
O pudo no haber sido nadie sino
El sueño de algún huésped de mi memoria

Apenas los cabellos apenas el alba caída
En el vestido
Entre escombros inerte sin luz deshabitado
¿Qué raíces qué miradas lentamente
Despiertan junto a un cuerpo
Silenciosas y frías para reconocerlo?

De “Los adioses” 1963

 

 

Blanca taciturna

Qué día de silencio enamorado
vive en mi gesto vago y en mi frente.
Qué día de nostalgia suavemente
solloza amor al corazón cansado.

Alta, dulce, distante, se ha callado
tu nombre en mi voz fiel, pero presente
su turbia luz mi soledad lo siente
en todo lo que existe y ha soñado.

En la tarde vagando, voluptuoso
de horizontes sin fin, la lejanía
me envuelve en tu recuerdo silencioso.

Claros cabellos, cuerpo, ojos lejanos,
pálidos hombros. Oh, si en este día
tuviera yo tu mano entre mis manos.

 

Ciudad
 
Por el aire se escucha el alarido, el eco, la distancia.

Alguien con el viento cruza por las esquinas y es un
instante
su mirada como puñal que arañara la sombra.
Desde el desvelo se oyen sus pisadas alejarse en secreto
por la calle desierta tras un grito.

Una mujer o nave o nube por la noche desliza como río.
Junto al agua taciturna de los pasos
nadie le observa el rostro, su perfil helado
frente al silencio blanco del muro.

(Por el mar bajo la luna su navegación no sería
tan lenta y pálida,
como por los andenes, ondulante,
su clara forma en olas
avanza y retrocede.

Esos pasos, rozando el aire, se niegan a la tierra:
no es el repetido cuerpo que en hoteles de media hora
entre repentinos amantes y porteros
su desnudo deslumbra bajo manos y manos
y despierta soñoliento en un
apagado movimiento
mientras a la memoria
acuden en desorden lamentos.

En la oscuridad son relámpagos
la humedad en llamas de esos ojos
de oculta fiera sorprendida,
y algo instantáneo brilla,
la rebeldía del ángel súbito
y su desaparición en la tiniebla).

La noche, la plaza, la desolación
de la columna esbelta contra el tiempo.
Entonces, un ruido agudo y subterráneo
desgarra el silencio
de rieles por donde coches pesados de sueño
viajan hacia las estaciones del Infierno.

Duermevela el reloj, su campanada el aire rasga claro.
En el desierto de las oficinas, en patios,
en pabellones de enronquecida luz sombría,
el silencio con la luna crece
y, no por jardines, se estaciona en bocinas,
en talleres, en bares,
en cansados salones de mujeres solas,
hasta cuando, como con fatiga,
la sombra se desvanece en sombra más espesa.

Desde la fiebre en círculos de cielos rasos,
oh triste vagabundo entre nubes de piedra,
el sonámbulo arrastra su delirio por las aceras.
El viento corre tras devastaciones y vacíos,
resbala oculto tal navaja que unos dedos acarician,
retrocede ante el sueño erguido de las torres,
inunda desordenadamente calles como un mar en derrota.
Siguen por avenidas sus alas, su vuelo lúgubre por
                                                           suburbios:
se ahonda la eternidad de un solo instante
y por el aire resuena el alarido, el eco, la distancia.

Muerte y vida avanzan
por entre aquella oscura invasión de fantasmas.
Los cuerpos son uniformemente silenciosos y caídos.
Un cuerpo muere, más otro dulce y tibio cuerpo apenas
                                                                  duerme
y la respiración ardiente de su piel
estremece en el lecho al solitario,
llegándole en aromas desde lejos, desde un bosque
de jóvenes y nocturnas vegetaciones.

De “Los adioses” 1963 
 

 

Como la ola

Con llegada de espuma hasta la playa triste,
oscura ola de esplendor lunar extendido,
tú cruzas, tú cruzas
con remoto ardor despertando mi beso
en el mar delirante de la noche.

En fuga siempre, llena de reflejos,
reconstruyendo a solas lo amargo y lo distante,
o recostada un poco a la luz de los crepúsculos,
así mejor dibujo la melancolía de su retrato:
junto al piano, a la ventana
de irrespirables sueños, a la música de súbito callada,
esperando una voz que llega como el eco a las zonas
desiertas.

Nocturna entonces,
como la piel,
como lo profundo de los besos,
como la noche de los árboles,
como el amor sería junto a su cabellera.

Luego, sin sonido,
espuma silenciosa tras la sombra,
entre el rumor apagado de los pasos,
desnuda huyes, pálida ola,
no se te reconoce.

 


 

El exilio

El hombre entristecido mira
caer vehemente la luz a su ventana:
distraído contempla la distancia
de espumas como olas, lejanías.

Leves despiertan a su nostalgia
los reflejos de otros días,
y es ocio y congoja de una tarde
por gracia de este cielo,
que a su imagen
es mar azul, playas doradas, islas,
regresar desde la claridad de unas nubes
en el desmayo ávido del instante
hacia la antigua soledad remota.

Mas no puede la frente melancólica
soñar con esperanza sus recuerdos.
Volver a la tierra perdida
sería también deslumbramiento amargo:
un sol ajeno se levanta
como espada en mano enemiga.
Y su deseo es apenas
la pasión lánguida de la adolescencia en olvido,
un indolente jardín o una calle,
su deseo es apenas un aire,
si nocturno, de borrosas estrellas,
si de fulgor o nieve,
si de sol sangriento en el ocaso.

Sin testigo,
la obscuridad del rostro en los cristales,
bajo la luz que anochece punzante a la ventana
sus miradas entonces se obstinan,
frías, tenaces de silencio,
más allá,
entre vagas nubes o mares.

Puñal siempre en el pecho es la memoria.
Callar consuelo ha sido.
Mejor será
morir secretamente a solas.

De “Los adioses” 1963

 

 

El lago

                                              By the waters of Leman I sat down and wept
                                                                                                                        T. S. Eliot

Érase entre la luz de la mañana
Alta y desierta nube de otro tiempo
Me mirabas llegar desconocido
Aire írio cristal pálido día
Llovía luego un agua verde entre el paisaje
Un agua azul y plata por el lago
Un agua ronca con sollozo a mares
Despedazándose rota en ventanales
Me veías llegar desconocido me veías
Amante que perdió su memoria el rostro amado
Me veías ráfaga de huracanadas
Olas de luz y viento y tempestades

Dejabas penetrado de relámpagos
Al extranjero corazón a oscuras
La ciudad que rodea de verdor el lago
Cuando a la hora última la tarde
Dejabas tu desolación en las esquinas
Cuerpo insinuándose al recuerdo
Dejabas tus sedosas violetas esparcidas

El mundo extraño apenas prodigando
Leves fulgores perlas por el aire
Frágil contra la sombra el muro el árbol
La viuda cabellera de las luces
De noche tiernas lunas
Sobre los pavimentos y las lluvias

Cuando eres tú y a tu lado impalpable
Una joven cintura entredormida
O femenino cráter insospechado ardiendo
Ebrio de tristes pasos cuando el eco
Por soledades vagas como espejos
Como calles por nadie nunca recorridas
Que hace más años tú ya presentías
Ser el desconocido
De súbito al encuentro

El rugido del viento en las orillas
Ecos de ahogados flotan sordamente en insomnio
La oscuridad el cielo inmóvil
Las aguas que noche y día son tu pensamiento
Lago tal corazón desbordado
Bajo la madrugada sollozando
A solas su imagen tan desierta
Un momento le creíste
palpitación o llamarada
Como tú
De amor y luz y tiempo ausentes
Contemplar aún su claro pecho irisado
Mientras la vastedad del agua amaneciendo
Lago era entonces sin furor
Invisible al deseo
Cuello jazmín apenas
Solitario de silenciosa blancura
Muslos apenas grises de nácares helados

Alejándose entonces la presencia y el sueño
Borrando al alba en cansancio su latir obstinado
Llegar por fin a ti la vida en secreto
La vida ahora que asoma entre tus labios
Tus mudos labios volviendo a tu vida
Aquel desconocido
De siempre a tu encuentro
El cuerpo del pensamiento de ti mismo
Aquel
Amante que perdió su memoria el rostro amado
Huésped del laberinto y la nada.

 

 

El verso llega de noche

En la ciudad de bruma la fiesta
de las noches es un bosque
de cabelleras oscuras y de estrellas.

Turbándome con sus pálidos dedos de rocío
como entre los amantes sorpresivas palabras,
su silencio enloquece las plazas solitarias,
las calles, los ámbitos callados
por donde pasa el aire misterioso de siempre.

Es el rumor, las alas
como ala anochecer la sombra
de una cabellera en las manos.
Es el rumor vagando entre vientos,
entre lúgubres vientos
en que sollozan luces
y espejos de la ciudad nocturna.

Es el rumor, las sílabas
que nacen y llevan una canción
al corazón que sueña,
una canción, las sílabas
creciendo en medio de la niebla
o tal flor desnuda bajo la lluvia,
(nunca hemos amado tanto, nadie
sabrá decir que hemos amado tanto
en una noche.
En nuestro corazón resuenan los horizontes
y resuena también la vecindad de la tierra.)

El verso silencioso fue en la noche,
el verso claro fue el instinto
bajo ruda corteza o piel amarga.
El verso, palabras ceñían los cuerpos
delgados de las mujeres,
sus claros cuerpos bajo la luna
suspendidos en la música,
sílabas ceñían sus cuerpos
como voces ardientes, como llamas.

En un árbol de lluvia que gime al viento
sus canciones,
sube la sangre en río sollozando ligera
y soporto encendida la tristeza de un grito
largamente tendido en medio de la noche.

De la noche sedienta, de la innúmera noche,
de la noche que guarda
los deseos como sombras,
de las dolorosas, mudas sombras amadas,
sombras de los deseos
sombras de un antiguo amargo silencio.
Amargo, sí, errante silencio en que no queda
sino el poema en la noche,
como recuerdo herido por el filo de un beso.

 

 

 

Fantasma

Esbelta sombra dulce, sombra con ademán de entrega,
cuerpo en forma de cielo y sueño, reposas en el aire,
rompes el silencio con el corazón a borbotones,
pero me dejas en suspenso, extraña.
sólo palpitación, sólo deseo,
hallazgo imprevisto de mi destino ignorado.

Como distancia enlunada y desierta,
así de soledad y palidez te imagino, así
te construye mi pensamiento, me llegas, te amo.
Lo impenetrable de mi ser creas a tu imagen misma,
mas sólo existes
en el temblor y fascinación ante tu llamarada oscura,
en esta nube en desvelo o cárcel solitaria de mi frente,
y en el recuerdo también
de aquel salón con alas en que duerme el hermano muerto
y un vuelo repentino esas alas, esa ráfaga fría.

Yo no sé descender sino a ti misma, viva,
sin hallar jamás la huella bajo tus pies de otra música
sino solamente el trote,
la desesperación de desencadenados caballos nocturnos.

¿Es sólo un lamento que huye
ese cuerpo tuyo por el que sueño y muero?
¿La luz que te ciñe y persigue
en esa sombra por la que vaga desierta mi caricia?
Sin embargo tu desnuda sombra es dulce,
fantasma, como yo, ¡de polvo y nostalgia!
y si aparte de esta avidez en llamas
fueras leve criatura al lado,
junto a ti el aire a tu paso como ángeles serían blancas, blandas espadas,
un diluvio, a lo lejos, un caer de invisibles, inmóviles relámpagos.

Yo no sé, yo no sé por qué mi mano anhelante,
por qué la obstinación de mi mano como un mar de noche y sin reposo,
no te encuentra finalmente, o mi beso, al rozar esta sombra,
al contemplarte a solas, oh tú creada de pensamiento mío,
si no en el atardecer de un desdeñoso juego de espejos,
rodeada por la música del día y soles y avenidas,
pero de pronto la evidencia
de no ser ni haber sido,
de no ser silencio,
solamente vacío.

De “Los adioses” 1963

 

 

Jardín nocturno

La mancha del cielo azul, sombras de árboles, sombras de nubes,
y alrededor muros, ruinas, piedras que en el silencio
son frío, si la mano, si el pensamiento las roza.
De noche, retraído y apasionado,
contemplar desde allí lo lejano.
Olvidado de sí, hambriento del mundo,
vagar entre luces, ciudades, veranos. Mas luego como
cuando uno, sin saberlo,
extiende por mares su corazón
y regresa al solo sitio en que sueña:
                                                               ha pasado
el tiempo, y sin embargo
está el fulgor lunar sobre la vida. Así ilumina,
así entristece viril
al hombre la soledad de su delirio.

De “Los adioses” 1963

 

 

Llanura de Tuluá

Al borde del camino, los dos cuerpos
uno junto del otro,
desde lejos parecen amarse.
Un hombre y una muchacha, delgadas
formas cálidas
tendidas en la hierba, devorándose.
Estrechamente enlazando sus cinturas
aquellos brazos jóvenes,
se piensa:
soñarán entregadas sus dos bocas,
sus silencios, sus manos, sus miradas.
Mas no hay beso, sino el viento
sino el aire
seco del verano sin movimiento.
Uno junto del otro están caídos,
muertos,
al borde del camino, los dos cuerpos.
Debieron ser esbeltas sus dos sombras
de languidez
adorándose en la tarde.
Y debieron ser terribles sus dos rostros
frente a las
amenazas y relámpagos.
Son cuerpos que son piedra, que son nada,
son cuerpos de mentira, mutilados,
de su suerte ignorantes, de su muerte,
y ahora, ya de cerca contemplados,
ocasión de voraces negras aves.

De “Los adioses” 1963

 

Llegar en silencio

Despierto en la noche lleno de palabras
como envuelta entre las llamas de la música
se levanta una casa en la distancia.
Un perfume hay, un valle de silencio,
un lento roce o beso se aproximan, callando,
si llega el delirio, el fulgor solitario del insomnio.

Quiero entonces una silenciosa figura humana,
quiero un rostro hasta mí llegar, quedarse lento,
quiero unas manos, un pecho, unos devoradores labios,
todo lo que un nocturno cuerpo nos entrega.

Hasta mi habitación podría llegar
con un paso de ola o lenta nave,
prolongado el deseo, espina de las noches.

Extendería entre los terciopelos húmedos de los besos
sus cálidos brazos,
hasta no ser sino un cuerpo
abandonado calladamente sobre otro.

Hasta morir así, hasta juntar los labios, los pasos
que con los pasos míos
recorren, como también el viento de la noche,
desiertos corredores donde se oye
llorar el escondido amor entre las sombras.

 

 

Madrugada

Ciudad de los adioses, invernal, cilo gris
donde la hora impalpable amanece
con un monótono color ya repetido.
Hay quien intenta, junto a los muros
de sus turbias esquinas silenciosas,
descubrir la hermosura secreta por el aire
ante la madrugada en el recuerdo
de un día que no ha sido.

Así, un momento, ligera, alada
te vi en embeleso cruzar.
Déja que la memoria reviva en llamas.
Ahora, mientras mi mano escribe,
o entonces, cuando
el amanecer sobre tu imagen era
no si de realidad o beso, sino de luz, sino de sueño.

Si en otra lívida alborada atravesaras
un nuevo escalofrío,
si regresaras en otra claridad desierta,
tú misma, cuerpo o ráfaga desnuda
de otro espacio no mío, cálido y solar.
Borrosas calles y llovizna oscura.
Nada sino mi sed, mi desvelo,
nadie sino la voz del entresueño,
nada, final, sino
un eterno encantamiento frío:
terror que lentamente
se entreabre, gesto, belleza cruel
que pasa apenas, fugitiva, sólo al lado un instante,
por entre los adioses,
oh tánta luz en nubes de otro invisible mundo.

De “Los adioses” 1963

 

 

Olvido

                                   Los días que uno tras otro son la vida…
                                                                                      Aurelio Arturo

La trémula sombra ya te cubre.
Sólo existe el olvido,
Desnudo,
Frío corazón deshabitado.
Y ya nada son en ti las horas
Las taciturnas horas que son tu vida.
Ni siquiera como ceniza
Oculta que trajeran
Los transparentes
Silencios de un recuerdo.
Nada. Ni el crepúsculo te envuelve,
Ni la tarde te llena de viajes,
Ni la noche conmueve tu obstinada
Nostalgia del amor, cuando
Una tácita doncella surge de la sombra.
Oh corazón, cielo deshabitado de los sueños.

 

 

Pensamientos del amante

Ya que la intimidad la noche la criatura
El hombre que la sueña y al sol con sangre de
la tarde
Cuando por corredores de azulada piedra
Los pasos que ahora esperas
En vasto espacio enardeciendo callan

(Es más hondo el amor que nadie nombra
Más amarga la desdicha de un espejo
Cuando de pronto lo empaña el lento vaho
De una tristeza a lo lejos de alguien
Que ignorado cruza errante el vacío)

El arco de las cejas encendiéndose
La multitud del oro los hombros en reposo
Un río subterráneo entre su pecho
Los muslos firmemente dueños de la tierra
La mirada que en un duelo trémula estallaba

Vencida por el tiempo la esperanza
Un caminar perpetuo entre la lluvia
Una ciudad de nubes y agonías
Contra todo y sin fin seguirte siempre
Oh roce frío de invisible llama

(¿Por qué retrocedías y callabas
Te pensabas temblando como un niño
Lamento entrecortado en tu garganta
Devorado en la red de una tiniebla
Entristecido por tu propio sueño?)

Luego por yertas calles la alborada
Trajo al azar indescifrable un rostro
Rubio fulgor y el frágil embeleso
De en otro paraíso hallarte vivo
Lejos del sol occidental ensangrentado

Mas te persiguen la sed y el pensamiento
La ausencia te la invade sólo un cuerpo
Ese convulso perfil del deseo volando
Hacia nubes donde son verdes los ojos
Donde implacables son verdes aún y sombríos

Confusos giran grises en sucesión los días
Pálidos de lloviznas e incertidumbres
Cuando junto al anochecer existes
Con penumbra de seres a tu alrededor
Su desdeñosa sordera impenetrable

Enrojece delira Bogotá como un incendio
La multiplicidad de luces gentes bullicios
Luego el aire nocturno abriendo lunas
Y escondido en lo oculto de un afán
Oh tú que ignorada rodeas y estrechas y amas.

(Sólo dentro de tu corazón pasan las cosas
Solamente oyes una ronca bocina por tu sangre
El tiempo acumulándose en cenizas
Vuelves a mirar las luces en el atardecer
en la noche te adormecen otra vez mudos labios)

Cuerpo que no camina sino
Por constelaciones de incandescente destierro
Trae tus pies acostumbrados a la aurora
A pisar esta isla de nadie esta puerta
Donde el amor golpea con fantasmas.

(No es el sueño sino somos nosotros
Como el destino es áspero y contrario
La desierta esperanza sin sustento
En duermevela fluyen días y pensamientos
Cadáveres de sol y lluvia en la memoria)

Tras sigilosos pasos voces ecos
Eterna eterna ven
Gestos callando sombra que sospecha el aire
Pero al desvanecerse de nuevo tus huellas
Como al final el cuerpo será noche
Otra vez insondable tu luz fuera del tiempo

 

 

Testimonio

Eran vísperas del crimen el empedrado,
la tarde,
el sol caído violentamente hacia el oeste,
cuando, desde balcón a la plaza,
vaías
negros jinetes cruzar.

Remotos, pálidos, silenciosos,
iban
en lento paso morado,
en procesión de monstruos fugitivos,
y su vacilación el sitio a donde
llevar duelo.

Cayendo crepúsculo a sus alrededor,
con pisadas secas,
con aturdimiento, entre el polvo,
podías creerles
sonámbulos que cruzaran con cuchillos
su sombra.

Los recuerdas, arroces de frío
y de noche, caer
sobre frágiles chozas
entregadas
como el desnudo de sus vírgenes,
quebrar cuerpos, manchar de sangre muros
y luego perderse,
tigres sin pesadillas,
tras el aullido del aire y los muertos.

En todo lugar la huella solitaria:
los harapos, el filo de sus dientes, la tiniebla.

De “Los adioses” 1963

 

 

Versos del anochecer

Cuando la nube del anochecer definitivamente se borra
oyes girar
leves árboles verdes por la espesura
de hojas que son lentas respiraciones amorosas.

El aire como vaga sucesión de montañas
que de noche confunden con su peso
tibias lámparas encendidas por no se sabe
qué mano dulce resbalada en la sombra.

Cuando a solas el anochecer te cerca
amor a la ventana de amante solitario
navega soñolienta la nube por la frente,
visos de luz, brisa, presencia insistente
que existe, ya sin cuerpo, desnuda en la memoria.

Cuando hacia el anochecer hubieras querido
en triste cansancio, ser otro,
ser una nueva imagen distinta de ti mismo,
volvería del tiempo pasado, su cielo,
la mariposa sonámbula que viva aletea
dentro del pecho, tuya, sin fin,
aunque en vano, callando, la destierres.

De “Los adioses” 1963

 

 

Viajero

La extrañeza del lugar aunque
lo imaginaba. Lo interminable del instante
y lo áspero. Un comedor vasto como el hastío,
Mas aquí, en reposo,
el mudo mantel, el atardecer
junto a la sombra
de los recuerdos en el rostro.
Obstinada la hora
le encierra, solitario, y al hermano
que llora bajo sus pensamientos.

Un sitio siempre ajeno como el amor, un lento salón
que a los fantasmas del viaje, en bandadas,
aparece de súbito con lámparas y memorias.
Conversaciones, alas, palabras apenas,
rumor en tomo. Una cucharada
a los labios con un remordimiento
y sobre la mesa, inmóvil, desconocida;
la silenciosa blancura de sus manos.

Quisiera despertar de entre los muertos
mientras la hora sórdidamente huye.

Lo piensa mientras a su alrededor
la mosca del sueño, el periódico,
el volumen ardiente de una falda,
no importa,
qué cuerpos o miradas, la tenaz
ola de melancolía también
les llega,
y en procesiones nocturnas
los huéspedes no duermen sino avanzan
con equipajes, entre espejos y blancos uniformes,
sonrientes, solos, sonámbulos,
por carrileras, a pie, enlunados,
al subterráneo final de los trenes sin nadie.

De “Los adioses” 1963

EDUARDO CARRANZA. POESIA

EDUARDO CARRANZA. POESIA

 

Januario Eduardo Carranza Fernández (Villavicencio, Colombia, 23 de julio de 1913Bogotá, Colombia, 13 de febrero de 1985) fue un poeta colombiano. Se desempeñó como periodista, catedrático, diplomático. Promovió varias publicaciones culturales y dirigió con gran éxito la Biblioteca Nacional de Colombia. Empezó a ser conocido en el campo literario por la publicación de sus poesías en 1934, se le conoce como precursor del movimiento Piedra y cielo.

Contenido

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Biografía

Nace en el hogar de Januario Carranza Barragán y Mercedes Fernández Rojas, hacienda ” La Esperanza ” en Apiay (Llanos Orientales, Colombia).

Vivió sus años de infancia en pueblos del centro de Cundinamarca entre otros Caqueza hasta 1925, cuando su familia decide trasladarse a Bogotá, donde recibió el título de docente y trabajó como Profesor. Entre las publicaciones que dirigió están la gaceta literaria Altiplano (junto con Jorge Rojas y Carlos Martín1938), la Revista del Rosario, la Revista de las Indias, la Revista de la Universidad de los Andes y el “Suplemento Literario” de El Tiempo en Bogotá, donde fue columnista, así como en los diarios ABC en Madrid y El Nacional en Caracas. Encabezó la fundación el grupo “Piedra y Cielo” en 1939. En 1942 ingresó en la Academia Colombiana de la Lengua.

Hacia 1945 fue agregado cultural de Colombia en Chile, donde se relacionó con Pablo Neruda, V. Huidobro y N. Parra; dirigió la Biblioteca Nacional de Colombia en 1948 y fue consejero de cultura de Colombia en España en 1951. Desarrolló su labor docente como profesor de Literatura Hispánica en el instituto Pedagógico de Chile.Él tuvo una hija, Maria Mercedes Carranza, que también escribió algunas poesías.Ella luego se suicidó con antidepresivos el 11 de julio de 2003.

Murió en Bogotá el 13 de febrero de 1985, sepultado en el cementerio de Sopó, Cundinamarca.

La Poesía

En su poesía, de tendencia clasicista, surge el mundo de la infancia enriquecido con nuevas experiencias en el marco del paisaje americano. Su poesía evoluciona de la celebración de la vida, del amor, de la ilusión y del encanto de la existencia, al reconocimiento, ya en la madurez, del desencanto, de la desilusión del vivir, cambio que se refleja formalmente en el paso de la inicial profusión de la palabra al despojamiento y a la sencillez posterior.

Su poesía muestra cuatro temas fundamentales: patria, muerte, amor y tierra.

 Publicaciones

  • Canciones para iniciar una fiesta, 1936.
  • Seis elegías y un himno, 1939.
  • La sombra de las muchachas, 1941.
  • Azul de ti, 1944.
  • Canto en voz alta, 1944.
  • Éste era un rey, 1945.
  • Ellas, los días y las nubes, 1945.
  • Diciembre azul, 1947.
  • El olvidado, 1949.
  • Alhambra, 1957.
  • Los pasos cantados, 1973.
  • Los días que ahora son sueños, 1973.
  • Hablar soñando y otras alucinaciones, 1974.
  • Epístola mortal y otras soledades, 1975.
  • Leyendas del corazón y otras páginas abandonadas, 1976.
  • Una rosa sobre una espada, 1985.
  • El corazón escrito.
  • Canto en voz alta.
  • La encina y el mar.
  • El insomne.
  • La poesía del heroísmo y la esperanza.
  • Tú vienes por la calle.
  • Soneto con una salvedad(poema)

Reconocimientos

Obtuvo el Premio Internacional de Poesía de Venezuela (1945), la Medalla de Honor de Cultura Hispánica y la Gran Cruz de Isabel la Católica.

En 1990 el gobierno colombiano crea el premio Eduardo Carranza de Literatura que en su primera edición gana el escritor español José Antonio Gabriel con la novela Muchos años después.

OBRAS

 

 

A veces cruza mi pecho dormido…  

Azul de ti

El insomne

El olvidado

Elegía pura            

Elegía suspirante 

Es melancolía

Galope súbito           

Imagen casi perdida

Madrigal con un río, una rosa, una hamaca…  

Madrigal con un trébol

Muchacha  

Soneto a la rosa

Soneto insistente 

Soneto sediento  

Tema de fuego y mar

Tema de mujer y manzana   

Tema de sueño y vida 

Puedes escuchar al poeta en: La voz de los poetas

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A veces cruza mi pecho dormido…

A veces cruza mi pecho dormido
una alada magnolia gimiendo,
con su aroma lascivo, una campana
tocando a fuego, a besos,
una soga llanera
que enlaza una cintura
una roja invasión de hormigas blancas,
una venada oteando el paraíso
jadeante, alzado el cuello
hacia el éxtasis,
una falda de cámbulos
un barco que da tumbos
por ebrio mar de noche y de cabellos,
un suspiro, un pañuelo que delira
bordado con diez letras
y el laurel de la sangre,
un desbocado vendaval, un cielo
que ruge como un tigre,
el puñal de la estrella fugaz
que sólo dos desde un balcón han visto,
un sorbo delirante de vino besador
una piedra de otro planeta silbando
como la leña verde cuando arde,
un penetrante río que busca locamente
su desenlace o desembocadura
donde nada la Bella Nadadora,
un raudal de manzana y roja miel
el arañazo de la ortiga más dulce
la sombra azul que baila en el mar de Ceilán,
tejiendo su delirio,
un clarín victorioso levantado hacia el alba
la doble alondra del color del maíz
volando sobre un celeste infierno
y veo, dormido, un precipicio súbito
y volar o morir…

A veces cruza mi pecho dormido
una persona o viento,
un enjambre o relámpago,
un súbito galope:
es el amor que pasa en la grupa de un potro
y se hunde en el tiempo hacia el mar.

 

 

 

Azul de ti

Pensar en ti es azul, como ir vagando
por un bosque dorado al mediodía:
nacen jardines en el habla mía
y con mis nubes por tus sueños ando.

Nos une y nos separa un aire blando,
una distancia de melancolía;
yo alzo los brazos de mi poesía,
azul de ti, dolido y esperando.

Es como un horizonte de violines
o un tibio sufrimiento de jazmines
pensar en ti, de azul temperamento.

El mundo se me vuelve cristalino,
y te miro, entre lámparas de trino,
azul domingo de mi pensamiento.

 

 

 

El insomne

                                                               A Alberto Warnier

A alguien oí subir por la escalera.
Eran -altas- las tres de la mañana.
Callaban el rocío y la campana
… Sólo el tenue crujir de la madera.

No eran mis hijos. Mi hija no era.
Ni el son del tiempo en mi cabeza cana.
( Deliraba de estrellas la ventana. )
Tampoco el paso que mi sangre espera…

Sonó un reloj en la desierta casa.
Alguien dijo mi nombre y apellido.
Nombrado me sentí por vez primera.

No es de ángel o amigo lo que pasa
en esa voz de acento conocido…
… A alguien sentí subir por la escalera…

 

 

 

El olvidado

                                                         A Jorge Gaitán Durán


Ahora tengo sed y mi amante es el agua.
Vengo de lo lejano, de unos ojos oscuros.
Ahora soy del hondo reino de los dormidos;
allí me reconozco, me encuentro con mi alma.

La noche a picotazos roe mi corazón,
y me bebe la sangre el sol de los dormidos;
ando muerto de sed y toco una campana
para llamar el agua delgada que me ama.

Yo soy el olvidado. Quiero un ramo de agua;
quiero una fresca orilla de arena enternecida,
y esperar una flor, de nombre margarita,
para callar con ella apoyada en el pecho.

Nadie podrá quitarme un beso, una mirada.
Ni aún la muerte podrá borrar este perfume.
Voy cubierto de sueños, y esta fosforescencia
que veis es el recuerdo del mar de los dormidos.

 

 


 

Elegía pura

Aún me dura la melancolía.
Allá por el sinfín cantaba un gallo
agrandando el silencio perla y malva
en que el lucero azul se disolvía.

Olía a cielo, a ella, a poesía.
Sin volver a mirar me fui a caballo.
Maduraban las frutas y sus frutas.
A ella y a jardín secreto, olía.

Me fui, me fui como por un romance
donde fuera el doncel que nunca vuelve…
la casa se quedó con su ventana,

hundida entre la ausencia, al pie del alba.
Flotó su mano y yo me fui a caballo.
Aún me dura la melancolía.

 

 

 

Elegía suspirante

El amor enlazaba nuestros pasos, ¿recuerdas?

Hacia mi corazón con indolente gracia
caía tu cabeza, ¿recuerdas?, como cae
sobre el hombro del viento una rama de acacia.

Nos tendía sus brazos desnudos el aroma
de las frutas; tu alma se iba y regresaba
como si por instantes entreabriera los párpados.
Entre los dos estaba como un cuento el silencio.

Balbuceaba el agua lo que los dos callábamos.
la sombra de las hojas pasaba por tu rostro,
como suele el silencio pasar entre la música.
Desleía la tarde su pétalo en tus ojos.

Tu corazón se ha ido, ahora, con la fuente.
El viento habrá borrado los pasos en la arena,
borrado habrá el olvido mi huella por tu frente,
como borra el crepúsculo la luz con que te escribo.

 

 

 

Es melancolía

Te llamarás silencio en adelante.
Y el sitio que ocupabas en el aire
se llamará melancolía.

Escribiré en el vino rojo un nombre:
el tu nombre que estuvo junto a mi alma
sonriendo entre violetas.

Ahora miro largamente, absorto,
esta mano que anduvo por tu rostro,
que soñó junto a ti.

Esta mano lejana, de otro mundo
que conoció una rosa y otra rosa,
y el tibio, el lento nácar.

Un día iré a buscarme, iré a buscar
mi fantasma sediento entre los pinos
y la palabra amor.

Te llamarás silencio en adelante.
Lo escribo con la mano que aquel día
iba contigo entre los pinos.

 

 

 

Galope súbito
 
A veces cruza mi pecho dormido
una alada magnolia gimiendo,
con su aroma lascivo, una campana
tocando a fuego, a besos,
una soga llanera
que enlaza una cintura,
una roja invasión de hormigas blancas,
una venada oteando el paraíso
jadeante, alzado el cuello
hacia el éxtasis,
una falda de cámbulos,
un barco que da tumbos
por ebrio mar de noche y de cabellos
un suspiro, un pañuelo que delira
bordado con diez letras
y el laurel de la sangre,
un desbocado vendaval, un cielo
que ruge como un tigre,
el puñal de la estrella fugaz
que sólo dos desde un balcón han visto,
un sorbo delirante de vino besador,
una piedra de otro planeta silbando
como la leña verde cuando arde,
un penetrante río que busca locamente
su desenlace o desembocadura
donde nada la Bella Nadadora,
un raudal de manzana y roja miel,
el arañazo de la ortiga más dulce,
la sombra azul que baila en el mar de Ceilán,
tejiendo su delirio,
un clarín victorioso levantado hacia el alba,
la doble alondra del color del maíz
volando sobre un celeste infierno
y veo, dormido, un precipicio súbito
y volar o morir…

A veces cruza mi pecho dormido
una persona o viento,
un enjambre o relámpago,
un súbito galope:
es el amor que pasa en la grupa de un potro
y se hunde en el tiempo hacia el mar y la muerte.

 

 

 

Imagen casi perdida

Eres como la luz alta y delgada.
Como el viento eres clara sin saberlo.
Vacila tu actitud como la tarde
suavemente inclinada sobre el mundo.

Eres hecha de sueños olvidados
y te olvido de pronto, como a un sueño;
mi corazón te busca como el humo
busca la altura y hacia ella muere.

Como una tibia flor te lleva el día
prendida entre sus labios. Eres alta,
azul, delgada, y recta como un silbo.
Te recuerdo de pronto como a un sueño.

 

 

 

Madrigal con un río, una rosa, una hamaca…

Tú, mi amor, que caminas como un beso,
andando vas por entre mis palabras:
es como si avanzaras separando
las ramas azuladas de un jardín,
las verdes hojas trémulas de donde sale el viento.
Recorres el papel con mi escritura.
Y cuando escribo río
tú lo cruzas nadando
y llegas y te extiendes en la arena
dorada de otras sílabas radiantes
que en la orilla te esperan;
y cuando escribo rosa, la rosa que has besado
da su forma a tus dos manos unidas,
si escribo sed te acercas a mis labios
si cascada, aparece tu cintura,
si nido azul, palpita tu garganta,
y si palmera escribo, descansas a su sombra
y si escalera, ruedas por tu risa
donde tu corazón relampaguea,
y si escribo paloma anida en ti
partida en dos magnolias temblorosas.
Apoya tu cabeza en esta luz,
en este pecho de hombre, en este verso
de plumas desveladas y febriles
y quédate dormida
tronchada y extendida en esta hamaca
mecida por el sueño que sale de mi mano
cuando te escribo, o, lento, te acaricio.

Si alguien quiere tocar la brasa pura
del amor en los años venideros
que toque estas palabras donde brilla
nuestro quemante beso para siempre.

 

 

Madrigal con un trébol

Corté en tu sangre un trébol de cuatro hojas
y desleí un lucero en tus cabellos.
Por ti dejé mi reino tenebroso.
Por ti me fui a la guerra y con tu cifra,
y una ráfaga azul sobre la frente
entrando en el futuro como el viento
a conquistar la luz y una sortija.
( El día como un leopardo en una red
de flores y relámpagos me vio ).
Por ti me fui a libertar el agua
para hacer en la alcoba un surtidor
y fundar en tu pecho una campana.
Por ti me fui cantando y suspirando
a cortar una rama
del mirto amanecido en la ventana.
Mi corazón te sigue como un león,
como un perro o el cielo, un río. el sol…
como camina, absorta, la esperanza.

 

 

 

Muchacha

                                                     A Gerardo Diego

1
Dos mariposas de seda,
detenidas en su pelo.
La mañana, como un velo,
atrás flotando se queda.

El sol en su red enreda
esa presencia de vuelo.
Saetas de luz, en rueda,
cautiva la dan al cielo.

En el aire y en los sueños
deja dos nidos pequeños
sostenidos por sus venas.

Tacto del mundo, su traje.
Su voz, aéreo paisaje
vago de nubes-sirenas.


2
Alzado arroyo viajero.
Espacio de uva y rosa.
Gajo de sal anhelosa.
Largo beso prisionero.

Alto lugar de lucero,
la frente maravillosa,
entre mimos de mimosa
y silbos de cocotero.

Manos en sol modeladas.
Tibia presión de miradas,
muchacha, playa sin huellas.

Tierra del desvelo. Rada
de deseos limitada.
Dibujo blanco de estrellas.

 

 

 

Soneto a la rosa

En el aire quedó la rosa escrita.
La escribió, a tenue pulso, la mañana.
Y, puesta su mejilla en la ventana
de la luz, a lo azul cumple la cita.

Casi perfecta y sin razón medita
ensimismada en su hermosura vana;
no la toca el olvido, no la afana
con su pena de amor la margarita.

A la luna no más tiende los brazos
de aroma y anda con secretos pasos
de aroma, nada más, hacia su estrella.

Existe, inaccesible a quien la cante,
de todas sus espinas ignorante,
mientras el ruiseñor muere por ella.

 

 

Soneto insistente

La cabeza hermosísima caía
del lado de los sueños; el verano
era un jazmín sin bordes y en su mano
como un pañuelo azul flotaba el día.

Y su boca de súbito caía
del lado de los besos; el verano
la tenía en la palma de la mano,
hecha de amor, ¡ Oh, qué melancolía!

A orillas de este amor cruzaba un río;
sobre este amor una palmera era:
agua del tiempo y cielo-poesía.

Y el río se llevó todo lo mío;
la mano y el verano y mi palmera
de poesía. ¡Oh, qué melancolía!

 

 

 

Soneto sediento

Mi tú. Mi sed. Mi víspera. Mi te-amo.
El puñal y la herida que lo encierra.
La respuesta que espero cuando llamo.
Mi manzana del cielo y de la tierra.

Mi por -siempre jamás. Mi agua delgada,
gemidora y azul. Mi amor y seña.
La piel sin fin. La rosa enajenada.
El jardín ojeroso que me sueña.

El insomnio estelar. Lo que me queda.
La manzana otra vez. La sed. La seda.
Mi corazón sin uso de razón:

me faltas tanto en esta lejanía,
en la tarde, a la noche, por el día,
como me faltaría el corazón.

 

 

 

Tema de fuego y mar

Sólo el fuego y el mar pueden mirarse
sin fin. Ni aún el cielo con sus nubes.
Sólo tu rostro, sólo el mar y el fuego.
Las llamas, y las olas, y tus ojos.

Serás de fuego y mar, ojos oscuros.
De ola y llama serás, negros cabellos.
Sabrás el desenlace de la hoguera.
Y sabrás el secreto de la espuma.

Coronada de azul como la ola.
Aguda y sideral como la llama.
Sólo tu rostro interminablemente.
Como el fuego y el mar. Como la muerte.


 

 

 

Tema de mujer y manzana

                                                                       A Nicanor Parra

Una mujer mordía una manzana.
Volaba el tiempo sobre los tejados.
La primavera con sus largas piernas,
huía riendo como una muchacha.
Bajo sus pies nacía el agua pura.
Un sol, secreto sol, la maduraba
con su fuego alumbrándola por dentro.
En sus cabellos comenzaba el aire.
Verde y rosa la tierra era en su mano.
La primavera alzaba su bandera
de irrefutable azul contra la muerte.
Una mujer mordía una manzana.
Subiendo, azul, una vehemente savia
entreabría su mano y circulaban
por su cuerpo los peces y las flores.
Gimiendo desde lejos la buscaba
-bajo el testuz de azahares coronado-
el viento como un toro transparente.
La llama blanca de un jazmín ardía.
Y el mar, la mar del sur, la mar brillaba
igual que el rostro de la enamorada.
Una mujer mordía una manzana.
Las estrellas de Homero la miraban.
Volaba el tiempo sobre los tejados.
Huía un tropel de bestias azuladas.
Desde el principio, y por siempre jamás,
una mujer mordía una manzana.
Mi corazón sentía oscuramente
que algo brillaba en esos dientes.
Mi corazón que ha sido y será tierra.

 

 

 

Tema de sueño y vida

Suéñame, suéñame, entreabiertos labios.
Boca dormida, que sonríes, suéñame.
Sueño abajo, agua bella, miembros puros,
bajo la luna, delgadina, suéñame.

Despierta, suéñame como respiras,
sin saberlo, olvidada, piel morena;
suéñame amor, amor, con el invierno
como una flor morada sobre el hombro.

Oh delgado jardín cuya cintura
delgada yo he ceñido largamente;
oh llama de ojos negros, amor mío;
oh transcurso de agua entre los sueños.

 

JORGE ROJAS. POESIA

JORGE ROJAS. POESIA

Jorge Rojas

(Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, 1911 – Bogotá, 1995) Poeta colombiano que fue el animador y editor de los cuadernos de Piedra y Cielo, que dieron nombre al grupo poético por él fundado. Fue el primer director del Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura), y miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

En su primer poemario, La forma de su huida (1939), es patente la influencia de algunos poetas españoles contemporáneos, como Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas. La influencia de Juan Ramón Jiménez se prolongó en el volumen La ciudad sumergida (1939), primero de una colección de cuadernos poéticos impulsada por Rojas que tomó el nombre de un libro de Juan Ramón (Piedra y cielo, 1918) y a cuyo alrededor se formó el grupo poético Piedra y Cielo, en el que participaron jóvenes poetas como Tomás Vargas, Darío Samper, Arturo Camacho, Gerardo Valencia, Eduardo Carranza y Carlos Martín.

Jorge Rojas

La estética de Jorge Rojas y sus compañeros “piedracielistas” postulaba la recuperación de una literatura neosimbolista, plagada de sutilezas verbales y basada en el legado recibido de la mejor lírica española, desde el Siglo de Oro hasta la Generación del 27. Dentro del formalismo, su tendencia a seguir la tradición clásica les condujo a recuperar el gusto por la metáfora barroca y el lenguaje recargado (de amplias resonancias gongorinas), que en la producción particular de Jorge Rojas se tiñó además de un neorromanticismo depurado (muy propio de la primera etapa de Juan Ramón Jiménez), visible en su tendencia a la confidencia sentimental.

La eclosión del piedracielismo coincidió en Colombia con un despegue económico del país, que progresaba por un sendero opuesto al que habían comenzado a transitar estos poetas. Los poetas del grupo se alejaron del racionalismo y el practicismo surgidos al amparo del proceso de modernización para volver los ojos al pasado y a su propio interior, y ahondar en los matices del sentimiento, en temas más etéreos que terrenales. Se dio la paradoja de que estos poetas tuvieron éxito entre los lectores, que recitaban de memoria sus versos. Pero la falta de espíritu renovador fue una grave limitación que, a la postre, dejó reducida a anécdota la aventura de los piedracielistas.

Dentro de su predilección por los temas y los moldes clásicos, Jorge Rojas cultivó el soneto en su siguiente entrega poética, Rosa de agua (1941), iniciando una evolución hacia un tono más sensual e intimista y una línea temática americanista. Dos de las series de sonetos que conforman este poemario (las tituladas “Momentos de la doncella” y “Sonetos elementales”) fueron traducidas al francés por el narrador, ensayista y crítico literario Reims Roger Caillois. En Soledades I (1948), recogió una serie de composiciones elaboradas entre 1936 y 1945. Se trata de poemas extensos que, concebidos como cantos de meditación amorosa, exaltan la figura de la mujer en relación con la Naturaleza, dentro de esa corriente de panamericanismo literario que convirtió en materia poética los campos, las ciudades, los hombres y, en definitiva, la geografía y la historia del continente. Soledades II (1965) se compone de piezas similares escritas entre 1950 y 1964.

El resto de su producción poética, en la que cada vez cobró más peso específico la descripción del paisaje colombiano, se completa con Cárcel de amor (1976) y Soledades III (1985). Su último libro, Huellas (1993), retoma sus temas predilectos (el paso del tiempo, el amor, la muerte) con versos de precisión y factura admirable. Rojas brilló también por sus traducciones en verso (como la del Cementerio marino, de Paul Valéry) e incursionó en el teatro con La doncella de agua (1948), pieza de teatro poético más pensada para la lectura que para la representación.

 

OBRAS

 

Acción de gracias por el beso

Aire de entonces 

Angustia del amor

Confidencia 

Crepúsculo     

Cuerpo en la oscuridad

Declaración de amor

El agua  

El amor  

Ella  

En su clara verdad

Epístola moral a mí mismo         

Fragante soledad

La soledad

La última forma de su huída

Las islas de tu imagen

Lección del mundo   

Momentos de la doncella

Mujer cerrada

Narciso

Niña

Nocturno de Adán

Preludio de soledad

Razón de ti

Retozo       

Salmo de la triste desposada

Si quieres acércate más…        

Sitio de sueño y vida

Verdad de ti       

Vida

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De viva voz

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Poesía sensual

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Acción de gracias por el beso

Gracias, amor, de nuevo tu criatura
se inclina al vasallaje de tu peso.
Encadenado estoy, me tienes preso
entre la red sin par de tu hermosura.

Gracias, amor, por esta cosa pura
que a través de la carne te alza ileso.
poder la boca convertirse en beso
es ser el fruto sólo la dulzura.

No importa, amor, que el labio ante el abismo
del gozo haya quedado silencioso
si es casi el pasmo como el verso mismo.

Gracias, pues tu lenguaje me ha enseñado
que en el silencio todo es más hermoso
y lo callado es más que lo cantado.

 

 

 

Aire de entonces

El aire de un abrazo de ríos sin deseo.
Los árboles, un aire vegetal de palomas.
La tarde era un ligero movimiento del párpado,
y la escarcha, la espuma fácil de tu sonrisa.

La veleta era el viento clavado en una espina.
Tu niñez, la distancia que había entre los lirios.
Orilla de tu sueño y pestañas de música
era entonces el ojo limpio de la mañana.

Venías de más lejos que un hombre de un olvido.
En tu lejana sangre había brumas y mástiles.
Entonces yo era triste y miraba el silencio
creyendo que el silencio era la oscuridad.

Todo mi afán de viajes ancló sobre tu piel
que iba bajo el sol sosteniendo la luz;
proa, el pecho hendía dulcemente los días
y el corazón sabía cómo es de azul el mar.

Por cada rosa un sitio en el aire tus hombros
dejaban redondeado por dónde tú pasabas,
y el viento en tus cabellos era sólo un pañuelo
estampado de aromas y soplos de colores.

Tus ojos no tenían color que yo pudiera
decir como palabras: «saúz»  o  «golondrina».
corrías como el agua y el agua de tu risa
subía a los tejados a hacer la tarde clara.

Hoy que ni los espejos saben cómo mirabas
cuando tu edad de lino te daba a las rodillas;
yo te recuerdo y digo simplemente las cosas
como si las sacara de una gota de agua.

Era entonces el tiempo dulce de nuestro encuentro.
La saeta era un rumbo sin ¡ay! en la llegada.
El jazmín, un recuerdo de olor en tu memoria.
Y el bronce era una brisa con olor de campana.

 

 

 

Angustia del amor

Bajo mi piel, ¡qué viento enloquecido,
por valles de la sangre y sus colinas,
estremece un rosal, de más espinas
que de fragantes rosas florecido!

¡Qué agreste furia, qué hórrido sonido
de árbol cayendo y ciegas golondrinas
convoca su ulular entre las ruinas
de un efímero beso consumido!

¡Qué amargo mar su desatado llanto
encrespa entre mi ser! ¡Qué tolvanera
de angustia envuelve el hálito del canto!

¡Amor, fugaz Amor! Sin ti no fuera,
dentro de mí, un vértice de espanto
la hora, en cada instante pasajera.

 

 

 

Confidencia

Somos el uno para el otro, ¡mujer!
Nuestros corazones se encuentran
en la misma palabra del libro que leemos,
va nuestra mano trémula,
en busca de una misma rosa.

A veces no me atrevo a mirarte
pues tus ojos límpidos
no soportarían el resplandor que me ciega.
Y de repente nuestros labios se juntan
y no los separa ni el rayo.

Y nuestra propia muerte tiene que esperar
hasta que nuestros cuerpos
den paso a cualquier otro designio.

 

 

 

Crepúsculo

Intuyo tu presencia.
Silencio de tu voz.
Vives en el paisaje.
Pura prolongación.

Nos llaman. Despertamos.
Van tus cabellos sueltos
-estandartes de sol-
comandando los vientos.

Los caballos galopan
y la tarde agoniza.
¿Brisa? Ciclón al frente
de rosas amarillas.

 

 

 

Cuerpo en la oscuridad

Te adivino tendida
bajo la leve túnica
de aroma que te cubre,
mientras el sueño mide
el espacio profundo
que hay del párpado al alma.

Respiración y nieve
hacen bajo el perfume
invisibles colinas;
la oscuridad me llena,
la ansiedad de tus formas:
montes de lilas pálidas,
desmayadas palomas.

Trino de amanecer,
sombra de arbusto fresco,
eres nueva en mis manos
sólo por el milagro
del mundo en las tinieblas.

¡Qué rosas de tu cuerpo
florecen al hallazgo
múltiple de mis dedos!
Te palpo y eres mía
y mis manos son cestas
para el fruto del tacto
maduro ya, en la rama
trémula del deseo.

 

 

 

Declaración de amor

¡Oh! mi enemiga,
a medida que me cuentas tu vida
cómo hierve dentro de mí un veneno dulce,
un humor amargo, una uva terrible.
No he debido saber ni de dónde venías.
¿Qué más daba, un remoto país
o un reciente amante?
Quiero exterminar todos los sitios
donde estuvo tu corazón o tu piel.

Mas, oh encadenado, sólo puedo volver añicos
este mapa de colores que pinté cuando niño.
¿Qué más debo destruir? ¿Nada más?

Sí, también, cada día, morderé en tus labios
todos los besos que ahí han quedado
junto a los nombres de las ciudades.

 

 

 

El agua

Beso sin labio, novia en tu desvelo
esperando una boca que te beba;
y niña aún si un cántaro te lleva
arrullada en los brazos bajo el cielo.

Llueve, y el mundo goza de tu vuelo;
danza la espiga, ábrese la gleba
y es más dulce cantar cuando se prueba
tu líquido que sabe a nuestro suelo.

Saltando entre los juncos extraviada
en busca de la sed, corza ligera,
has quedado en mi mano aprisionada.

No importa que quien te haga prisionera
te dé su forma, corre alborozada
persiguiendo tu forma verdadera.

 

 

 

El amor

Estar nuestro querer
gozándose en sí mismo
al pasmo de un instante
no soñado. Vivido.

Sin pedir ni dar nada
ver mi fondo en tu fondo.
Ser objeto e imagen
como el agua del pozo.

Beatitud de lo cierto:
aquiescencia de Dios.
Nescencia de la duda:
presencia de tu amor.

 

 

 

Ella

Poma en sazón. Y el tallo estremecido
de la vida se alza tan ileso
que parece tan sólo el claro peso
de la luz el volumen florecido.

Nada más dulcemente sometido
que el aire a su existir, hay algo en eso,
como de pulpa prodigando el beso
de aroma su contorno diluido.

El aroma no es más que la distancia
entre la fruta y ella. Si muriera,
¿ya para qué el perfume? Sin fragancia,

¿para qué la manzana? Si pudiera
ella ocultar su cálida sustancia
el cuerpo de las frutas no existiera.

 

 

 

En su clara verdad

                            “…porque había derramado mi alma sobre la arena,
                                         amando a un mortal como si no fuera mortal”.
                                                           San Agustín, Confesiones. IV-VIII-13

Perdóneme el Amor haberlo amado
en el cuajado sol de los racimos;
en la pronta vendimia de los labios;
en el cristal en fuga de los días.

Perdóneme el Amor haberlo amado
sobre la rosa que meció su vida
pendiente de la luz
y en pétalos de sombra se deshizo.

Perdóneme el Amor haberlo amado
en el azoro de pupilas húmedas:
en fáciles paréntesis de abrazo;
sobre entregados hombros me llevaron
sin devoción el peso de mi sangre.
Perdóneme el Amor, siendo tan puro,
haberlo amado en la caída sombra
que limita la piel de las criaturas,
y haber vertido en sus oscuros ríos
mi sangre de campanas navegantes
y mi gozo que abría las mañanas
azules, en los ojos del rocío,
para fundar la luz sobre la hierba.

Y le ofrezco al Amor el tierno tallo
de sollozo en mi cuello florecido.
Y la semilla de mi sal doblando
la espiga horizontal de las pestañas.
Y mi verdad tan claramente mía,
oscurecida por buscarla blanda
hechura de materias derrumbables.
Y le ofrezco al amor haber tenido
un transparente corazón de agua
y haberlo dado pródigo en mis manos
a la sed de los otros, y dejado
sólo a mi sed la piedra de su cauce.
Y le ofrezco al Amor volver al ancho
lugar de soledad donde me espera
y dice su silencio, sin garganta
para expresar su voz que no limita
ni acento, ni palabra, ni sentido.

Y prometo borrar bajo mis ojos
el rostro de mujer que pintó el sueño
en los lienzos purísimos del alba;
y su cuerpo de ardidas geometrías
con su sombra de lirio entre mis brazos;
y la callada curva de su alma
que en el maduro instante del encuentro
pesaba blandamente contra el hombro.

Y prometo arrancar del leve tacto
la sensación de fruta que me daba
la tierna pelusilla de la carne,
cuando pasaba yo sobre su cuerpo
la cóncava frecuencia de mis manos;
y su oculta tibieza y sobresalto,
y el casi pensamiento de los senos
en la quietud redonda de sus mieles.

Y prometo también que los pequeños
cálices que florecen en su lengua,
y los racimos de viscosos jugos
que cogen los sabores y los hacen
una insistente flora submarina
donde recuerda el beso los corales,
no me darán su hiel de verde espada,
ni sus dulces violines derretidos,
ni las rendidas sales de su llanto,
ni el limón sorprendente a que sabía
la piel bajo los vellos que ocultaban
su minuciosa red de escalofríos.

Y prometo arrojar sobre una playa
-a orillas del silencio y del sollozo-
el caracol sin mar de mis oídos,
para olvidar su voz entrecortada
por sirenas de música y espumas
de risa en las riberas de su labio.

Y prometo que el aire que la envuelve
no dejará que yo bajo la noche,
pueda medir, basado en el aroma,
el alto sueño y el profundo abrazo
de su cuerpo entreabierto dulcemente,
ni que sus muslos como dos rosales
en perfumada laxitud me digan
el olor de sus sangre enamorada.

Y prometo también no ver la noche
para abolir la sombra de su sexo;
y destruir el fondo de mí mismo
donde crecen columnas en mis huesos
y el silencio se comba como un templo
sobre el arco tendido de la sangre.

Y qué rumor de lienzos desgarrados
rodará del recuerdo. Qué vitrales
de partido color mostrará el ojo
caídos bajo el polvo de las lágrimas.
Y cuánta dura arista habrá en la dulce
huida redondez de las imágenes.
Y cuánta soledad contra los muros
donde estuvo mi lámpara alumbrando.
Y cuánto corazón bajo las ruinas
de tantos corazones destrozados.

De tal destrozo quedaré yo solo
de pie, pero tendidos en el alma,
cuántos alzados ríos de voz clara,
cuánto dolor caído de mi gozo,
cuántas vidas marchitas en mi vida,
cuánta perdida fe y oscura grieta,
del odio en los cimientos quebrantados.

Tú solo, Amor, me prestarás tu nuevo
labio perennemente preparado;
tu estambre de cristal que clarifica
con azúcar de soles la mañana,
tu espacio de milagro donde flota,
perdido el peso y dolorosamente.
el corazón del hombre como un barco
de sollozo en un agua de saetas.
Te buscaré en el quieto movimiento
de mi ansiedad que espera tu llegada;
bajo el caído párpado del sueño
donde guardas tus luces esenciales;
en el follaje de la interna noche
pugnando por cubrir tu inmensidad.
Sabré de tu presencia, sin sentidos
que te tiendan espacios, ni volumen
para medir tu aliento imponderable.
En el cambio ordenado de las cosas
el llanto será mar o enredadera,
vendrás amor, y encontrarás más limpia
y oreada mi voz en los collados
de mi eterna esperanza que se abre
de par en par al  «aire de tu vuelo»”.

Tú solo, Amor, me plantarás la rosa
fuerte, que, con sus pétalos de instante
temblorosa de júbilo y de esfuerzo,
detenga y pasme en mágico equilibrio
la inminente llegada de la muerte.

 

 

 

Epístola moral a mí mismo

                                                              …tal soy llevado
                                       al último suspiro de mi vida
                                                     Anónimo. Siglo XVII

Que fácil es vivir: un ascenso continuo
sin que nos turbe el viento, la llovizna, las hojas
que mueven dulcemente los aires del camino,
e impasibles seguir la cuesta rumorosa.

Que fácil es vivir: marchar siempre adelante
dejando los jirones del sueño entre las zarzas;
no regresar al sitio donde el trino de un ave
traspasaba la luz virgen de la mañana.

Que fácil es vivir: no beber del arroyo
que calmaba mi sed y contuvo sus labios;
no hallar entre su linfa nuestro antiguo contorno
y amar más lo presente que todo lo pasado.

Que fácil es vivir: si al galope del transcurso
los árboles amados cayeron en el bosque,
no indagar por los nidos, ni buscar el dibujo
que en su tronco trazamos de nuestros corazones.

Que fácil es vivir: no tornar las pupilas
para ignorar dónde cayeron nuestras lágrimas,
callar que a nuestro paso quedan sólo cenizas,
cenizas de minutos, de besos, de manzanas.

Que fácil es vivir: no vagar en la noche
solo, bajo las frondas, mientras cae la lluvia
con un verso insistente en los labios o un nombre
de mujer que tal vez no conocimos nunca.

Que fácil es vivir: decir súbitamente
“Cuan tibia está mi casa” “qué hermosos mis caballos”
mostrar como los trigos y los honores crecen
y saber desde ahora qué viene cada año.

Que fácil es vivir: no perder un instante
tendido sobre el césped contemplando las nubes
ni extasiarse mirando la estrella de la tarde
mientras del campo suben las sombras y el perfume.

Que fácil es vivir: tallar el pensamiento
como frío diamante y hacer de las facetas
puras de la razón, un conjunto perfecto
más por número y orden que por su iridiscencia.

Que fácil es vivir: buscar solo la luna
cuando es noche de luna. Y la perla y la rosa
tenerlas en la mano. Desechar la locura
de ambicionar las gracias perdidas o remotas.

Que fácil es vivir: deshacer las estatuas
de sal que alzó el recuerdo a espaldas de la vida.
No dar un paso atrás. Ni una simple palabra
repita cuanto ayer pudo ser nuestra dicha.

Que fácil es vivir: llegar a lo más alto
de la vida y mirar la prometida tierra,
y ver por fin, o vida, los soles del ocaso
dorar las yertas torres donde la muerte espera.

 

 

 

Fragante soledad

                                              “Huelen hasta tus ojos
                                      celestes de cristal…” J.R.J.

Qué fragante soledad ha dejado tu cuerpo
en este anochecer.

Regusto el aire.
Olisqueo la almohada
donde se desató tu pelo
Busco tu olor de rosa estrujada,
me hundo en el recuerdo de tu axila,
de tu pubis, donde -eterno Narciso-
persigo la imagen de mis labios.

Ya es inútil buscarte en el lecho,
en el vano de las ventanas,
entre el marco de los espejos,
entre el dogal de mis brazos.

Qué fragante soledad.
Huelo mi propio olfato.

Deambulo por los senderos crujientes
detrás del taconeo de la lluvia
viendo gotas como estrellas
entre los gajos de las acacias.

A cada paso
siento tu nombre debajo de la lengua
como un granito de azúcar.
Tu nombre que huele a ti
hecho de letras como pétalos.

¡Aquí no, pienso, todavía no!
Salgo a la vastedad del campo,
encuentro lo más redondo del silencio,
me sitúa en su centro,

y entonces te llamo a gritos
para que tu nombre
se deshoje
y mi voz se rompa al unísono
contra cada uno de los puntos
que limitan el círculo de mi soledad.

 

 

 

La soledad

Siempre la soledad está presente
donde estuvo la voz y fue la rosa,
en todo lo de ayer su pie se posa
y le ciñe su sombra dulcemente.

El recuerdo que está bajo la frente
tuvo presencia. Fuente rumorosa
fue su paso en la tierra, cada cosa
lleva su soledad tras su corriente.

Es soledad la miel que dora el seno
y soledad la boca que conoce
su entregado sabor de fruto pleno.

Cada instante que pasa, cada roce
del bien apetecido, queda lleno
de soledad, al tránsito del goce.

 

 

 

La última forma de su huida

El humo de mi pipa ya no es humo
sino la fuga azul de mi cerebro
hacia la orilla última del mundo
y hacia el último mundo en que te pierdo.

Acabando en el mundo del recuerdo,
sin olanes de límite en los brazos,
no nos definen términos los cuerpos,
y tan solo mi pie mueve tu paso.

Ya no hay brisa que pase entre el abrazo
ni mi sangre suspira por tus venas.
No hay beso que separe nuestros labios,
ni punteros de instante mientras juegas.

No hay sombra para dos cuando a mí llegas
en el desvelo de la madrugada,
porque el límite interno de mi esencia
es el límite externo de tu alma.

Fuiste la desazón, y eres la calma.
Eras el horizonte, y en el filo
de mi partida anulas mi llegada.
De tanto que eras mía te he perdido.

El humo de mi pipa ya se ha ido
confundiendo a la niebla del pasado;
desnuda estabas, de humo te he vestido
y el humo que te viste te ha llevado.

 

 

 

Las islas de tu imagen

¿Vuelves a mí tal vez?
Dejemos el dolor,
vámonos a pasear por tus retratos.
¡Cómo hay allí de azules!
Cielos de azules claros
que fueron con nosotros de la mano.
Vientos que no se ven y te despeinan.
Carreras detenidas en el aire
te suben los vestidos.
Y mi gozo
temblando en los azules, en tu pelo,
en la sombra de ti,
sobre las piedras
mientras tú las pisabas.

Las horas se quedaron sorprendidas
como en relojes muertos.
Como vuelos de pájaros sin alas,
como un amor delante de mujeres
que no existieran  nunca. Se quedaron
echadas cara al cielo
en mi álbum de estampillas de las islas
borradas de tu imagen.
Todo quedó allí quieto:
el movimiento
desertó de su fin.
El columpio en el aire bien pudiera
sin momento de apoyo ni llegada
devolverse al cenit de tu capricho.
La cinta que me diste, ecuadora
la levedad del oro en tu cabeza.
Estos retratos tuyos te devuelven
en un itinerario de jardines,
de la rosa al botón,
y quedas niña,
con tu verdad primera,
con tus trajes de holán adolescente,
con tu dolor negándose a venir.
¿Vuelves a mí tal vez?
Dejemos el dolor,
vámonos a pasear por tus retratos.
¡Estos retratos tuyos!
Los de ver con los ojos,
los que tienen tamaño y se colocan
en una extensión cierta entre dos vidrios,
como cruzando un cuerpo entre dos aires,
conciben el espacio sólo tuyo.
Aquel espacio,
que contuvo tu cuerpo una mañana
al moverte, quedaba esclarecido,
preciso, limitado, diferente,
y era extensión sin cuerpo en el espacio
ese claro dolor de no seguirte,
como claro dolor de no seguirlo
los vidrios sin retrato.
¿Vuelves a mí tal vez?
Dejemos el dolor,
vámonos a pasear por tus retratos.
El otro que atestigua que en el tiempo
fuiste potencia y acto
y rebelde a la gloria en que te vivo,
te muestra de dos años.
O el de vientos grumetes que te cercan
y de tus ojos verdes en el lago,
el del retrato aquel de las sirenas
sacado a la memoria de las barcas,
el de faldas veleras que te ciñen,
retrato de los lagos.
Este otro, el preferido, con su fondo
de silencios llamando,
con el tren que se va y el alma en tierra
al borde de las vidas como rieles;
el de lágrima al fondo, donde escala
el corazón el muro de los ojos,
el de la blusa clara
de telas primordiales que te llevan
y tu almita lavada de quince años.
Las horas se quedaron sorprendidas
como en relojes muertos.
Como vuelos de pájaros sin alas.
Como un amor delante de mujeres
que no existieran nunca. Se quedaron
echadas cara al cielo
en mi álbum de estampillas, de las islas,
borradas de tu imagen.

 

 

 

Lección del mundo

Este es el cielo de azulada altura
y este el lucero y esta la mañana
y esta la rosa y ésta la manzana
y esta la madre para la ternura.

Y esta la abeja para la dulzura
y este el cordero de la tibia lana
y estos: la nieve de blancura vana
y el surtidor de líquida hermosura.

Y esta la espiga que nos da la harina
y esta la luz para la mariposa
y esta la tarde donde el ave trina.

Te pongo en posesión de cada cosa,
callándote tal vez que está la espina
más cerca del dolor que de la rosa.

 

 

 

Momentos de la doncella

1. El sueño

Dormida así, desnuda, no estuviera
más pura bajo el lino. La guarece
ese mismo abandono que la ofrece
en la red de su sangre prisionera.

Y ese espasmo fugaz de la cadera
y esa curva del seno que se mece
con el vaivén del sueño y que parece
que una miel tibia y tácita lo hinchiera.

Y esa pulpa del labio que podría
nombrar un fruto con la voz callada
pues su propia dulzura lo diría.

Y esa sombra de ala aprisionada
que de sus muslos claros volaría
si fuese la doncella despertada.

2. El espejo

Retrata el agua dura su indolencia
en la quietud sin peces ni sonidos;
y copian los arroyos detenidos
sus rodillas sin mancha de violencia.

Sumida en esa fácil transparencia,
ve sus frutos apenas florecidos,
y encima de su alma endurecidos
por curva miel y cálida presencia.

Con un afán de olas, blandamente,
cada rayo de luz quiere primero
reflejarla en la estática corriente.

Y el pulso entre sus venas prisionero
desata su rumor y ella se siente
a la orilla de un río verdadero.

3. La muerte

Igual que por un ámbito cerrado
donde faltara el aire de repente,
volaba una paloma por su frente
y por su sexo apenas sombreado.

Y por su vientre de cristal -curvado
como un vaso de lámpara- caliente
el óleo de su sangre dulcemente,
quedó de su blancura congelado.

Sus claras redondeces abolidas,
bajo la tierra al paladar del suelo,
entregaron sus mieles escondidas.

Y alas y velas sin el amplio cielo
de su mirada azul, destituidas
fueron del aire y fueron de su vuelo.

 

 

 

Mujer cerrada

Plena mujer. La siesta diluía,
en sus huesos de flauta melodiosa,
frutos y miel. La arteria rumorosa
bajo la piel sus cálices corría.

Un zumbido de abejas circuía
sus oídos. El vaho de la rosa,
la movible nariz, en mariposa
de alillas agitadas convertía.

Se desvelaba el sueño entre su frente
cuando el ala del lino le rozaba
el cuerpo de pereza y de serpiente.

la sangre la mordía, y si lloraba,
virgen de abrazos, yerma de simiente,
con besos de sí misma se besaba.

 

 

 

Narciso

Ojos de mar y senos como olas;
largos muslos de río, y cabellera
fluvial bajo la espalda, ella era
toda de agua y líquidas corolas.

buena para la sed; y verdes colas
de sirena cruzábanle la esfera
de la pupila; el sueño se volviera
delfín para gozar su amor a solas.

Sexo y canción, yo estuve de rodillas,
doblado, como un junco, aún me veo
sobre sus transparentes maravillas.

El agua se entreabrió y un aleteo
de cristales cruzó por sus orillas
y allí cayeron cántico y deseo.

 

 

 

Niña

Niña en el tacto de la luz te siento
diluida en palabras, gesto, risa,
levemente agitada por la brisa
que dan las alas de mi pensamiento.

Niña que pasas con el movimiento
sin curso de la flor, lleva tu prisa
un amoroso tiempo de sonrisa
en cada eternidad de tu momento.

Niña que traspasándome la frente,
como flechas de sol un claro río,
haces pensar en ti tan dulcemente.

Está tu voz en el espacio mío,
salvándome el instante, como un puente
hecho sobre una gota de rocío.

 

 

 

Nocturno de Adán

Estoy desde hace siglos despierto sobre el mundo
mirándote, tendida a mi lado, extenuante
hoguera de perfumes, de sonrisas, de frutos,
y si busco tu sombra me vigilan los ángeles.

La forma de tu rostro es la misma que engendra
órbitas y estaciones sobre sus claros ejes
y da normas al sol, la luna y las estrellas,
y gobierna el transcurso de la rosa y la nieve.

Te cobija el arbusto de la sabiduría;
y convocas la luz y te besa la luna
los pies; y los luceros te forman una cinta
de claridad que ciñe, temblando, tu cintura.

Tus ojos escaparon al mandato divino
que puso en el azul señales de la noche,
y estás sobre la tierra entre Dios y el rocío,
turbando con miradas el sosiego del orbe.

Oh sellada mujer. Hecha del mismo grano
de mi profundo sueño y mi pobre sustancia
yo sé que la ternura se reclina en tus brazos
y el lirio, mientras duermes, con su sombra te guarda.

Muerdes jugosos frutos que compartes conmigo
y en su pulpa me das tu saliva y tu aliento;
y estamos entre el agua, y las ondas del río
arrastran tu temblor para abrazar mi cuerpo.

Y en este vivo espacio de cristales y lianas
también he visto tu desnudez rotunda,
y en el vaivén del juego, llenar de curvas blancas
el lugar de las olas hecho para la espuma.

Parece que del fondo de tu carne naciera
el sol, con su encendida muchedumbre de rayos,
y el espacio rutila donde tu piel empieza
a derrotar las sombras con un temblor dorado.

Tendida en la ribera, van quedando tus miembros
inmóviles y tibios a la orilla del agua,
y sube de ti un vaho y un calor de tus pechos
que dulcemente doran la piel de las manzanas.

A veces la mirada he posado en tus muslos,
y he visto lentamente sobre tu piel cernirse
la palidez, quedabas igual que un cuarzo húmedo
cuando el sol va secando su dura superficie.

Tus cabellos revueltos azotan mis costados;
y me hieren tus uñas de joven bestezuela,
entonces en mi espalda crecen flores de espasmo,
igual a cuando cae sobre el agua una piedra.

Me turban tus preguntas y prefiero estar solo;
yo que nombré las cosas que sobre el mundo caben,
me quedo sin palabras delante de tus ojos
y si te vas no acierto con qué nombre llamarte.

Tus hombros que descienden firmemente del cuello,
dejan caer tus brazos en redonda cascada,
hombros donde se posan tu mejilla y mi sueño
con un párpado de humo y una rosa tronchada.

Qué arco, que compás va a medir tu cadera,
que la forma construye rica de proporciones
y en donde el crecimiento de la curva semeja
el flanco tembloroso de una llama en la noche.

Tus muslos poderosos como horqueta de árbol,
fuertes como tenazas, atraen como el abismo;
y allí el desvelo muestra tu sexo enamorado,
sus profundos infiernos, sus altos paraísos.

Qué redondo tu vientre, cuyo límite ordena
todo cuanto fue caos en torno de su centro;
la noche lo circunda, y el horizonte queda
con el cielo encerrando su círculo perfecto.

Soledad de tu pubis en inmensa blancura
de la creación sin mancha. Miro su breve vida
de rosa no deshecha. Su potencia desnuda,
su acto por llegar de furor y delicia.

¿Qué espero que no caigo como un pesado fruto,
si siento derrumbarse mis hombros en tus hombros?
¿Si cada rosa escucha un llamado profundo
y hasta los astros caen de un cielo a otro más hondo?

Llámame con tu voz de paloma y colmena,
con tu voz de resuello, de grito, de palabras.
Llámame con tu silbo que en el aire me espera
y hace salir los peces encima de las aguas.

Oscura, ciegamente, voy llegando a tu boca,
donde la lengua emerge como un maligno estambre,
sítiame con tus dientes. Tómame gota a gota.
Caigan por fin los ángeles malditos de mi sangre.

II

                                “…echémosle de aquí no sea que
                                                       viva para siempre…”.
                                                                    Génesis, III, 22

Como un terrible vendaval en el bosque,
aún tiemblan mis raíces. He caído; un silencio
igual a la distancia que hay entre Dios y el hombre
agranda esta tremenda soledad en que muero.

La destrucción me rinde con su implacable sitio,
la he visto en las pupilas de palomas y peces
y en el tiempo y el agua. Mis brazos en el río
no pueden detener ni su dulce corriente.

Todo muere. Los besos han quedado en el suelo
igual que tibios nidos o recientes retoños.
¿Tanta palpitación, tanto hermoso deseo
cómo puede quedar convertido en escombros?

Todo el azul le he dado por tu sexo sombrío.
La rosa de indecisos aromas la he cambiado
por tu piel de agrio clima. Manzano de exterminio
donde la muerte clava su diente cotidiano.

Tuve la frente alta, levantada a la pura
proximidad de Dios. Mis ojos alcanzaban
a contar las estrellas. Hoy de sus luces últimas
sólo queda mi rostro salpicado de lágrimas.

En vano alzo los ojos. Inútilmente clamo.
La soledad opone su muro silencioso.
¡Soy libre!, me repito, y detrás de mis pasos
un ruido de cadenas agoniza en el polvo.

Bajo la inmensa noche en la lucha con el cuerpo,
el alma como un ángel invisible aletea,
vástago del azul quisiera alzar el vuelo
mas ¡oh contienda inútil!  ¡Oh condición terrena!

Ya todas las criaturas saben que llevo expuesta
la sangre como un hilo que pudiera romperse,
y el hierro me persigue y la espina me acecha,
y en cada instante un poco de mi vida perece.

De la inmortal estirpe del cielo me separo,
por batallar mi pan y beber mi amargura.
Vengo a enterrar mis alas porque sólo mis brazos
anuden el amor y desaten la lucha.

Si ahora es necesario morir, si tuve en vano
contra mi cuerpo un día desnudo el paraíso,
¿qué importa? fueron mías las mieles del pecado,
antes que labio alguno lo hubiese conocido.

Mujer que te apareces ondulante y erguida,
igual que una serpiente cubierta de manzanas.
Enemiga del cielo. En tus claras rodillas
conviven dulcemente el pecado y el alma.

Tu desnudez en balde se rescató en la higuera
y desde entonces nada puede ocultar tus pechos;
más altas son tus formas debajo de la seda,
y en la noche más brilla tu piel bajo el deseo.

Brota en ti la mentira que embellece tus labios,
como el pezón en lo alto de la tensa blancura.
suma de imperfecciones y tesoro de halagos,
inagotable fuerza donde todo se muda.

Tu sexo que me enturbia el correr de la sangre
diluye su negrura más allá de la noche,
allá donde los sueños súbitamente saben
cuanto la luz del día ni siquiera conoce.

Pago en pequeñas muertes tu galope nocturno.
Eva. Dispensadora del amor y el desmayo,
mientras el paraíso que compartimos juntos
otra vez nos destierra de su estéril espacio.

Huyo de ti deshecho y mi cuerpo disfruta
su libertad sin rosas y su amor sin cadenas;
pero siempre el anillo duro de tu cintura
me encierra en su mandato y a tu ley me regresa.

Ofréceme el infierno nuevamente en tu mano.
Déjame tembloroso de pavor sobre el mundo.
Materia de la llama. Criatura de relámpagos.
Soy tu rehén de guerra y el pasto de tus triunfos.

A pesar de que eres dadora de la vida,
madre de los humanos, por ti todo perece
y acatas el designio del polvo y la ceniza.
El ser que de ti nace sólo hereda la muerte.

Condéname a buscar nuestra alianza en los huesos
si te esposó el oficio con sortija que daña
y te lanzó a la muerte como a profundo hueco
donde el ardiente labio para el beso se acaba.

Como fruta caída que se pudre en el suelo
es amargo este beso que me llevo a los labios.
Cuanto ansiamos es triste y cuanto poseemos
y más que lo perdido nos da pena lo hallado.

Aunque el amor no muera con espadas de olvido,
de cada abrazo un ángel de tedio nos expulsa.
Con todo, de ti vengo y a ti voy, azar mío,
oh mujer, dulce monstruo de placer y amargura.

Destino de mi tacto, claridad de mis ojos,
aspiro tus axilas y me bebo tus lágrimas,
y mi oído en la noche recoge tus sollozos
igual que un caracol en la orilla del alma.

La sal mide tus labios y la sed te convida
con su insaciable arena a darme el beso último,
el que más sabe a llanto, porque toda caricia
es triste como sombra de un antiguo infortunio.

Oh criatura de espanto, cómo te pertenezco;
siendo mi propia hija me señalan tu esposo
y eras también mi madre. Maldición de mis huesos
en donde estaban todos los linajes monstruosos.

También eres yo mismo, por eso cuando te amo
me miras como un pozo que copiara mi angustia,
y por borrar mi imagen te deshaces en llanto.
¡Oh soledad de amor! ¡Oh imposible ventura!

III

                                       “Ella quebrantará tu cabeza…”
                                                                        Génesis, III, 15

Con todo, de ti nace la doncella sin mancha:
blancura del cordero, misterio de la harina,
pasmo de la pureza, surtidor de la gracia
en quien el pacto tiene su esperanza cumplida.

Oh Eva, señalada por la muerte y el ángel,
venga el divino pie a posarse en la tierra,
su huella te sostenga y el amor te levante
mientras que a la serpiente quebranta la cabeza.

 

 

 

Preludio de soledad

Vagaré bajo la sombra y las estrellas
que conocen mi frente y sus desvelos,
contaré como pétalos sus rayos
sin pedir al azar su vaticinio.

Quiero con mis pisadas
recorrer hacia atrás,
horas que se quedaron extasiadas
en el reloj que el sol eternizaba,
y repetir: ¡Dios mío! ¡Cuántos nombres!

Criaturas, norte, sur, sólo viento y ceniza,
ebrios itinerarios que extraviaron mis brújulas.

Hay algo indefinible entre el follaje,
un olor de mujer que no regresa.
Ya las palabras no tienen el deleite del labio,
se borran en el aire como saetas de humo,
caen en la hojarasca
ajenas a su rumbo y su herida.

En una escondida copa,
el alma ha guardado todas las caricias
y cuando la luna me alarga los brazos
por sobre los senderos
y no encuentro a nadie vivo
acerco sus bordes a mi sed.

Sin olvidar que un gran silencio
soporta otros silencios,
y así se levanta la torre
donde habitó la soledad.

 

 

 

Razón de ti

Fuiste sol, fuiste llama, fuiste lumbre,
canto en la soledad, como un concierto
de cristales celestes que no puedo
fingir en los recuerdos del espacio.
Cerca de ti también germen y fruto,
el alma floreció como un retorno
de eterna eternidad en el minuto,
y se hizo gozo en el dolor del fruto,
y se hizo canto en la embriaguez del gozo.

Y razón suficiente de la vida,
norma, fin y principio confundidos,
eras eternidad.
Y cómo ahora,
siendo que estabas hecha de presentes,
podré decir: “¿Tú fuiste”?

 

 

 

Retozo

Escucha, no importa que te lo diga
por teléfono,
de todos modos son palabras
a tu oído.

Te amo.

¿Por qué somos así?

Mientras tú hueles una rosa
yo gusto un vino.

Porque somos así
iguales cada uno
en la plenitud de su destino.

Me amas como soy
si no sería equivocarte.

Te amo, y me equivoco
y vuelvo a amarte.

¡Cómo te amo!

 

 

Salmo de la desposada

                                    “Narrabo omnia mirabilia tua”.
                                                            David, Psalmo IX-2

Por la dulzura que hallaste en mi soledad
te alzaré de los hombros con mi voz de colmena
                                                        abandonada.

Arrancaré de tus dedos todo lo que te encadena,
todo signo que oscurezca tu piel
y no habrá más sortijas que tus venas.

Entonces vendrás a mí tan nueva
como si nunca hubieras sentido peso sobre
                                                          tus hombros.

Y empujaré tu sangre hacia atrás
para verte de quince años y comiendo cerezas.

Yo soy el que tú, de niña,
habías oído navegar entre los caracoles.

El que refería cuentos de azúcar a las naranjas
cuando volvías de jugar al aro.

el que hacía los sueños de lino y ángeles
sobre las sábanas limpias.

El que en el día de tu primer espanto
puso amapolas en tu lecho.

Yo aún no era poeta
pero los naranjos ya tenían idea del azahar; y
                                                                 pensaba:

«Cuando te encuentre
te seguiré buscando día a día.

te besaré a distinta hora
para cambiar la llegada de la noche.

Abandonarás tus ropas con olor de mujer sobre
                                                                    los surcos
para que la tierra sepa que ha de florecer.

Cuando sea el tiempo de las orquídeas, las prenderé
                                                                    de tu pelo
y tus orejas pequeñitas confundirán la cosecha.

Comeremos frutas silvestres y andaremos descalzos
para que nos sepan los labios a rocío.

No entraremos a las ciudades y a los templos
para que no haya hechura de hombre entre la piel
                                                                       y Dios.

Serás el regreso para aquel hijo mío
que está perdido desde el principio del mundo.

Cuando acunes los brazos y te doble el arrullo
el mimbre pensará que sobra en las riberas.

Y tu blancura propiciará la onda
donde el molino sueña la flor de sus harinas.

Y cuando haya necesidad de velar por el cocimiento
                                                                        del pan
me llenarás la boca de granizo para apagar los besos.

Escamparás la lluvia dentro de un caracol
y mi mano cogerá tu canción y la alzará a mi oído.

Te arrojarás al fondo de los ríos
para pasar sin caer de una nube a otra.

Hundirás las manos en la tierra llovida
para indicar el sitio de los lirios.

El primer día que cantes talaremos los árboles
porque ese día serán inútiles los nidos.

Y al oír tu voz se verán defraudados los panales
y no creerán más en las abejas».

Esto te lo digo yo.
Ahora escucha esto que sí te digo yo.

Canta, hasta que sientas
que te duelen los párpados.

Piénsame, hasta que el sueño
te vaya llenando de golondrinas.

Suéñame hasta que la noche
tenga que refugiarse en las campanas.

Quiéreme, hasta que los ojos
se te llenen de lágrimas.

Llora, hasta que las lágrimas
hagan huir los pájaros.

Llámame hasta que crezcan
espinas en mi oído.

Espérame hasta que los peces
se hayan bebido todos los ríos y canten.

Porque un día ha de ser.

 

 

 

Si quieres acercarte más a mi corazón…

Si quieres acercarte más a mi corazón
rodea tu casa de árboles.

Y sentirás el júbilo de la flor incipiente
mientras menos lograda más lejos de la muerte.

Escucharás las cosas pequeñas que yo escucho
cuando cae la tristeza sobre los campos húmedos.

El grillo que devana su pequeña madeja
de soledad y extiende su música en la hierba.

Y verá tu pupila la aventura del vuelo,
la fatiga del ala bajo el plumaje trémulo.

Planta delgados álamos, donde sus sombras midan
el césped silencioso y el agua cantarina,

y el quieto surtidor verde de los sauces
para que la tristeza caiga en tus ojos dulces.

El huso de los pinos donde la sombra crece
que hile la blandura de los atardeceres.

Y cuando esté maduro el silencio del bosque
pártelo como un fruto, pronunciando mi nombre.

Que sostengan los árboles la lluvia entre sus ramas
con la misma dulzura con que se toca un arpa.

Y hasta en la oscura noche, cada tallo en aroma
te entregue la delicia de las futuras pomas.

Y las redondas bayas -madurez y deseo-
pendan de los flexibles gajos de los ciruelos.

Y decoren de plata sus hojas las acacias
como si amaneciera la luna entre las ramas.

Que la flor del magnolio, al alto mediodía,
un loto te recuerde bajo la luz tranquila.

Y la savia palpite si grabas en los robles
el contorno perfecto de nuestros corazones.

El laurel, aun sin frente que aprisionar, recuerde
a tus manos la ausente materia de mis sienes.

Y el mimbre que se doble tierno sobre el estanque
como si en él quisiera ver el vuelo de un ave.

Despertarán entonces al vaivén de las ramas
más pájaros que cantos caben en la mañana.

Y la luz será lira sostenida en el aire,
iniciación del alba, límite de la tarde.

Acércate al rumor del viento entre los árboles,
amada, y sentirás el rumor de mi sangre.

 

 

 

Sitio de sueño y vida

¡Devuélveme la estrella
donde nos encontrábamos!
La de los dos, aquella
con mordisquillos tiernos
de cielo entre las puntas,
que una noche inventamos.
Donde tú me esperabas
a las nueve, saltando
de una luz a un reflejo
o asegurando el vértice
total de nuestros ángulos

¿Y mi vida? ¿En dónde está mi vida?
¿Por qué miraré atrás para encontrarla?
En la muerte delante
la que marca el camino.
Lo último que queda.
La solución del grito.
Con una estrella roja iré más frío
-yo mismo haré mi frío-
que el alma de los hielos
por la noche del sueño irremediable.
¿Ya para qué la estrella?

Hacíamos del mirar
maromas, y nos íbamos,
tú por los hilillos verdes,
yo por cuerdas oscuras
a sus playas; de súbito,
gozosos, con la mano
puesta aún en el álbum,
de todos tus retratos
yo, y en los labios tú,
la oración de la noche
porque yo fuera bueno.

¿Ya para qué ser bueno si me odio?
¿Si quiero hundirme donde nunca encuentre
ni la estrella, ni el sueño, ni la absurda
compañía de mí mismo?
¿Y para qué ser bueno?

Tal como si te fueras
por tu sueño en la alcoba,
te ibas con el pijama
azul de hilos marinos
que guardaba en sus redes
peces -los de tu piel-
sueños de rosas tiernas.

Junto a tu cuello como junto al mío,
los minutos se aprietan desollados.
buscan su piel de instante.
¿No sientes cómo gritan?

¿Y para qué tu piel de rosas tiernas?

Hoy he vuelto a la estrella
a las nueve, y no estabas.
He llamado por todos
los golfos de la isla,
-isla de ensueños náufragos
sobre los caballetes
de oro  donde cuelgan
los columpios que mecen
el vuelo de los ángeles,
y era como el desierto
sin bocas en el aire
para decir el eco.

¿Y para qué una voz si nadie escucha?
¿Si perdiste tu voz?
¿si ni la mía puedo ahora encontrar?
¿Y para qué una voz?

He vuelto y ya no estaba
más que tu ausencia ancha,
como una nada extensa,
en donde fracasaran
los aros de la luz
y negaran la estrella
donde nos encontrábamos.
Di, ¿tal vez la llevaste
y la tienes debajo
de la almohada escondida
con mis versos? ¡Devuélvela!,
devuélveme la estrella
donde nos encontrábamos!

¿Y para qué la estrella
si no te iré a buscar?
Ya no me encontrarás. ¿O acaso puedo
interrogar yo mismo lo que he sido?

¿Hubo acaso una estrella?

¡Pensar que era mentira!

 

 

 

Verdad de ti

Aquí quedó la forma de tu huida.
Como la flor tronchada, en el vacío
queda erguida en perfume, el canto mío
te levanta en el aire, florecida.

El tallo de mi voz tiene tu vida
en su rama invisible, como un río
levísimo de llanto o de rocío
la más lejana estrella sostenida.

Como el mar que se fue queda evidente
en el empuje manso de la ola
dibujada en la arena, dulcemente

te me vas y te quedas -forma sola
de tu no ser- presente en mi presente
como erguida en perfume la corola.

 

 

 

Vida

Vivir como una isla,
lleno por todas partes
de ti, que me rodeas
ya presente o distante

con un temblor de luz
primera, sin pulir,
sin arista de tarde,
ni sombra de jardín.

Y ángeles en espejos
guardando tu mirada
para hacerse verdades
y noches estrelladas.

LUIS VIDALES. POESIA

LUIS VIDALES. POESIA

 

(Calarcá, 1900 – Bogotá, 1990) Poeta colombiano autor de Suenan timbres (1926), el mejor y casi único poemario vanguardista en Colombia, cuya índole innovadora se manifiesta en la ruptura con los esquematismos y en la búsqueda de nuevas formas expresivas de la sensibilidad contemporánea.

Luis Vidales

Luis Vidales estudió en Bogotá y en París, en la Sorbona y la Escuela de Altos Estudios. En sus años jóvenes colaboró con diversas publicaciones literarias y políticas y residió en Génova, con el cargo de cónsul. De regreso a Colombia, fue uno de los fundadores del partido comunista y su secretario general. Por su actividad política fue detenido treinta y siete veces y expulsado de su cátedra de la Universidad Nacional en 1945. Entre 1953 y 1960 se estableció en Chile.

Vidales se inició en la poesía muy joven, componiendo versos modernistas al modo de Rubén Darío; en las reuniones del grupo de Los Nuevos entabló una amistad que sería decisiva con Luis Tejada, el cual le incitó a escribir algo más que sonetos. Cuando Vidales leyó algunos versos de su obra Suenan timbres en el café Windsor, lugar de reunión de Los Nuevos, Luis Tejada colmó de elogios la obra. Las composiciones de Suenan timbres, aparecidas en 1926, le valieron el honor de ser incluido por Borges, Huidobro y Alberto Hidalgo en su Índice de la nueva poesía americana (1926), en la que Vidales fue el único colombiano de los sesenta y dos poetas hispanoamericanos seleccionados.

Suenan timbres fue la única obra poética estrictamente vanguardista escrita en Colombia en aquella época; de ahí el escándalo y la incomprensión con que fue recibida en su país. No había medida en los versos, ni rima, ni ritmo; sus temas no eran sentimentales, ni su lenguaje el que habitualmente se encontraba en obras poéticas. En su lugar, el poemario trata temas cotidianos, con el lenguaje del pueblo de la calle; se trataba de una poesía de ideas, expresada en un tono juguetón y humorístico. Vidales cedió a la intuición renovadora de José Asunción Silva y se apropió con sagacidad de las grueguerías de Ramón Gómez de la Serna. Con él irrumpió en el país esa antipoesía que cobija lo feo y lo cotidiano. Su afán de soberanía expresiva recuerda a Vicente Huidobro y su osadía, a Picasso. El influjo del libro en el desarrollo posterior de la literatura en Colombia fue considerable, especialmente en las recientes voces líricas nacionales.

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En 1978 Luis Vidales volvió a la poesía con obras de temática política como La Obreriada (1978) y Poemas del abominable hombre del barrio Las Nieves (1985). Otras obras en verso que deben citarse son su Antología poética (1985) y El libro de los fantasmas (1986). Cultivó además el ensayo en Tratado de estética (1945), La insurrección desplomada (1948), La circunstancia social en el arte (1973) e Historia de la estadística en Colombia (1978). En 1982 la Universidad de Antioquia le otorgó el Premio Nacional de Poesía en reconocimiento a su obra y, en 1983, la Unión Soviética le concedió el Premio Lenin de la Paz.