ZORO. JAIRO ANIBAL NIÑO

Jun
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LIBRO ZORO. AUTOR JAIRO ANIBAL NIÑO

ZORO
y el niño abrió los ojos y lo primero que
vio fue el plumón azul cobalto del pecho
del pájaro tente. El ave, su fiel compañera.
la amiga incondicional de los niños de la
selva, estaba allí con él, a bordo de su canoa,
de su endeble caballito de agua.
La nave trotaba en las oscuras aguas del río.
El muchacho creyó oir su nombre. Zoro, gritaba
el aire; Zara, gritaba la voz melcochuda
de la selva. Pensó encontrar detrás de
la voz, la figura de su padre Zicorauta, o
la de su madre Mélide, o la de su gente
que minutos antes navegaba con él en busca
del país de los pastos verdes y de las
bestias apacibles. Pero su pueblo, montado
en las barcas, había desaparecido. Ahora recardaba
un confuso griterío y un estampido
de pólvora y un golpe en la cabeza que lo
había desvanecido. Su mano corrió tras ese
recuerdo y encontró un camino ensangrentado
en su cuero cabelludo, una costra de
sangre seca, como rastro de la detonación
que había salido de lo más oscuro del bosque
de chontaduros.
Tomó en sus manos el remo, silbó para alegrar
el corazón del ave tente , e impulsó su
caballito de agua hacia el lugar señalado
por su padre para alojar en sus tibios aires
a su tribu, que desde tiempo inmemorial
estaba caminando por todos los senderos
de la floresta, en busca ·de un lugar donde
fuera posible la vida.
Desechó la angustia de su corazón y se puso
a pensar en que su pueblo, ante el sorpresivo
ataque, había corrido veloz por el río, sin que
nadie se hubiera dado cuenta de que él había
caído sin sentido en el fondo de su barca.
Estaba convencido de que pronto les daría
alcance. Remó el resto de la tarde. El sol
cayó con resplandores de algodón y una bandada
de garzas rosadas pasó volando tan lentamente
que no parecía volar sino caminar
por las carreteras del cielo. Zoro dirigió su
barca a la orilla, la amarró cuidadosamente
a un palo de caimo y se quedo mirando
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los saltos húmedos y llenos de colores,los saltos húmedos y llenos de colores, de
un gallito de roca.
Hizo una cama de hojarasca y junto al ave
guardiana se quedó profundamente dormido.
Debía ser media noche porque cuando despertó
por los gritos nerviosos del tente, la luna
parecía despedir un polvo dorado, como si la
estuvieran sacudiendo y la luz cayera en forma
de motas luminosas sobre un’ piso de nubes.
El ave se agazapó en medio del acecho
y Zara vió al tigre de vidrio caminar con serenidad
en el sendero. Tenía los ojos fosforescentes
y el cuerpo transparente, y avanzaba
con paso majestuoso. El niño se quedó quieto,
conteniendo la respiración, mientras el felino
marchaba hacia él, en línea recta, sin desviarse,
saltando matorrales, zanjas y vallados, y al
hacerlo era como si dejara de ser tigre y se
convirtiera en criatura voladora. Llegó a su
lado y Zoro ocultó su cara entre las manos,
esperando el zarpazo que le quitara la vida,
Oía el resuello caliente, el ronroneo de quinientos
gatos, el crujir de la hierba seca bajo el
peso enorme del animal de vidrio. De repente,
el tigre comenzó a cantar. Era una canción sin
palabras, con musiquita que semejaba las palabras,
con la cadencia del que quiere decir algo
a otro y descubre que habla un idioma extranjero.
Sin embargo, el niño le entendió.
El tigre
le decía que había visto navegar a su pueblo
río abajo, que acampaban a pocas millas de
ahí y que su padre y su madre lo estaban buscando
por los caños de La Buenaventura, que
quedan cerca de la  de la madriguera  de las sirenas
del río.
Zoro levantó la cara, miró al tigre y vio
reflejada en sus ojos la historia del día de la
fiera ..La vio allí, levantarse por la mañana,
ocultarse entre los pastizales y lanzarse en una
carrera eterna contra un rebaño de toros de
monte, hacer la siesta bajo un cielo de calor,
y vio su propio retrato navegar por el río, atar
su caballito flotante a un palo de calmo, dormir,
vislumbrar la polvareda de la luna, ver al
tigre ~n el ojo del tigre, y cubrir su rostro con
las manos del pánico, El tigre de vidrio dio
un salto enorme, y el niño lo vio brincar tras
el aleteo sudoroso de un pato ciego que no
encontraba la tierra para posar su agotado
cuerpo, Vio desaparecer al pato entre la boca
del tigre y luego vio desaparecer al tigre
entre unas nubes negras.
No pudo volver a conciliar el sueño. Llegaron
en bandada, como tropel de animales de pradera,
los recuerdos de su pueblo, la búsqueda
de un lugar donde pudieran vivir en paz, bajo
un cielo que oliera a limpio y en una tierra que
les diera frutos perfumados y carnosos para
llenar de dulce la existencia. Recordó las lar-
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gas jornadas, las salidas precipitadas cuando
tenían que abandonar las tierras ante el ataque
de hombres con armas de candela, los
combates, y los sueños que alimentaban la
esperanza de una tierra feliz.
El sol no pareció subir sino bajar entre un
parloteo de loros y un chapoteo de caimanes
cogidos por el día. Zara vagó un rato por la
selva, se hartó de mangos maduros y subió
otra vez a su canoa, regalo de su padre en el día
de las tres lunas, el día en que en lugar del
sol salen tres lunas y se ponen a bailar en el
aire y dejan caer un polen de vida, como una
llovizna tibia y dulce. Quien ese día no es tocado
por el polen de las tres lunas, pierde la
facultad de reir para siempre jamás y ésa es
una de las mayores desgracias que le pueden
ocurrir a un hombre en la tierra, según decía
con su voz perfumada, de  Mélide, su madre.
El río había amanecido calmado. Sus ondas,
como lomo de animal domesticado, se sacudían
entre encajes de espuma producidos por
el golpe de los remos.
Al medio día, el río se partió en dos brazos y
estuvo pensando largamente por cuál enrum-
. bar su canoa. Decidió hacerlo por el brazo derecho
del cual venía un aroma de agua de
olor. De trecho en trecho, navegaba sobre una
alfombra de jacintos, sobre un río vestido de
hierba, sobre un camino de rosas flotantes
que no eran rosas sino animales con caras de
flor que formaban bandadas a la espera de lagartijas
atraídas por las corolas tornasoladas.
Las lagartijas saltaban al corazón del iris y las
flores cerraban sus jetas con tal velocidad, que
el salto fulgurante de los reptiles quedaba
atrapado definitivamente entre masticaciones
aromadas.
En un recodo del río varó su barca y decidió
descansar a la sombra de un árbol. El ave
tente extendió sus alas negras y se rascó con
sus patas amarillas. La modorra lo estaba cogiendo
al descuido cuando el suelo se estremeció
y apareció un animal que nunca había
visto. Colosal, con grandes orejas y una nariz
larguísima que enrollaba y desenrollaba con
vigor, y dos dientes enormes, curvados, dos
dientes de hueso amarillo que hendían el aire
amenazadoramente.
La bestia se metió al
agua y retozó en medio de la dicha. De pronto,
lanzó un silbido de espanto y trató de salir
rápidamente. Se derritió antes de que alcanzara
la orilla y se fue río abajo convertida en
una mancha aceitosa del color de las glicinias.
Estaba recogiendo cerezas silvestres cuando
una red cayó sobre él y el ave guardiana. El
tente lleno de furor se lanzó contra los hilos
que los aprisionaban, pero pronto se’ cerro
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la boca de la chuspa y fueron izados a la rama
de un árbol. Encogidos, vieron salir de la
espesura una banda de hombres que los miraban
con curiosidad. Uno de ellos, que parecía
ser el jefe, dijo: – No es más que un muchacho
de doce años -.
– De algo va a servir el cachorro – exclamó
otro, flaco, de barba de oro y con un ojo viole-:
ta y otro amarillo.
– ¿Qué hacemos con el ave? – exclamó el
hombre que parecía ser el jefe.
– Es un tente. Cuida a los niños de la selva
mejor que un perro – farfulló un hombre rollizo,
esférico, con un vientre repolludo, con un
rostro redondo y liso y brillante de sudor de
manteca.
– ¿Así que este es un animal cuida niños?
– indagó el hombre que parecía ser el jefe.
– Sí – contestó un hombre apoyado en su rifle.
y agregó:- Son de una gran fidelidad. No conozco
a un animal que quiera más a los niños
que un tente-
– Pues esta vez – dijo el flaco – se fregaron el
buchiverde y el cuidandero.
El gordo inmovilizó al ave con sus manazas
adiposas y lo echó en ‘una talega que llevaba
atada a la cintura.
– De algo va a servir este pajarraco – observó
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el hombre flaco, de barba de oro y con un
ojo violeta y otro amarillo.
Caminaron por una trocha de arcilla, mientras
el aire traía el inconfundible olor a sudor de
caimanes. Los ojos de Zoro se toparon con un
peladera en medio de la selva. Todo parecía
ser de barro rojo. Los arbustos, unas carretas
destartaladas, la barcaza anclada en el río, el
aire, el agua que hervía en los tubos de bambú.
De pronto, detrás de una nube rojiza, apareció
la casa grande. Era una casa desmedida. Tan
grande, que se metía entre la espesura, y en
su interior, por cuartos y corredores, pasaban
ríos tormentosos y algunas de las salas albergaban
extrañas lagunas de aguas quietas, y
para ir de una pared a otra de una alcoba había
que hacerlo a caballo. Y tenía balcones
que se extendían hasta montañas cubiertas
de nieve, y despensas tan grandes como plazas
de mercado.
A este lado, junto al río, se amontonaban unas
casitas de techo de lata y dos o tres galpones
de grandes dimensiones, que desaparecían
por momentos, tragados por la polvareda.
Zara fue encerrado en una de las casuchas.
Los hombres se alejaron y el niño ayo los gritos
iracundos del tente, dentro de la bolsa del
gordo.
El polvo rojo fue tocado por el sol de los ve-
nados y empezó a anochecer.
Zoro escuchó todo el tiempo sonidos extraños,
gritos que parecían provenir de alguno de los
galpones, tempestades que se desataban en
algunas de las habitaciones de la casa grande,
galopar de fieras, y el polvo que parecía gemir
bajo el helado viento nocturno.
A la mañana siguiente, fue conducido a un patio
donde un centenar de personas, atadas a
gruesas cadenas, sorbían café en tazas de lata.
Fue empujado cerca de una olla grande y uno
de los guardias puso una vasija en su mano,
la cual fue colmada por un café humeante.
– Gracias – dijo Zara.
– Silencio. – rugió uno de los guardias-o No
puede pronunciar una sola palabra. Está prohibido
hablar-.
Uno de los prisioneros, harapiento, cubierto
por una capa de polvo encarnado, se le acercó
y susurró: – Calma muchacho -.
Zara lo miró a los ojos y sonrió.
Fueron conducidos encadenados hasta un lugar
de barro escarlata que bordeaba la selva.
Allí, los guardias armados se distribuyeron por
la zona y los prisioneros fueron desatados.
– A trabajar – rezongó uno de los guardias.
– ¿QUé es lo que tengo que hacer? – dijo Zara.
– Silencio – chilló un guardia.
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– Pero es que …
Las palabras del niño fueron cortadas por un
latigazo. El gol pe lo lanzó a tierra y el dolor le
congeló la piel. No tuvo fuerzas ni para gritar.
Ya el zurriago empezaba a mover su cola en
el aire, cuando uno de los prisioneros sacó un
pedazo amarillento de papel y garrapateó velozmente
unas palabras. El quardia leyó con
atención el mensaje.- No es mala idea – dijo.
y añadió:- ¿Por qué lo hace?-. El hombre escribió
otras palabras y se las entregó al guardia.
– Bueno. Usted se encargará de instruirlo.
Como es un caso especial se le concederá el
uso de diez palabras. Si excede ese número,
aunque sea en una palabra pequeñita, lo llevaremos
al calabozo de castigo. ¿Entendido?
– Sí – dijo el prisionero.
– Lleva una – barbotó el guardia
El hombre se acercó al niño y le dijo: – Arrancar
– barro -llevarlo – sacos -lavaderos – allá -y
señaló con el dedo un lugar cerca al río.
– Lleva siete – aulló el guardia.
– Entendido – dijo Zoro.
– Al mocoso nadie le ha dado autorización
para hablar. Se la cargamos a la cuenta. Lleva
ocho -.
Durante el día no gastaron más palabras. Zara
transportaba sacos de barro que eran lavados
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en busca de piedras preciosas. Al terminar la
jornada, le dolían todos los huesos y estaba
exhausto.
En el mismo patio donde se reunieron en la
mañana a beber el café, les repartieron la cena
compuesta de arroz y plátanos. En las tazas
de lata les dieron agua dulce hirviendo. Cuando
le servían al amigo de Zoro, parte del líquido
mojó su mano y el hombre emitió un agudo
quejido y soltó la vasija que cayó al suelo.
– Lleva nueve – gruñó el guardia.
Se acostaron en un silencio sepulcral. Antes
de dormir, el hombre colocó un papel en la
mano de Zoro. Este lo abrió y leyó: “Me llamo
Amadeo”.
El niño, con un gesto, le pidió el lápiz y escríbió
debajo: “Me llamo Zara”,
Durante varios días, el niño, junto con sus compañeros
de infortunio, trabajó en el acarreo
del barro a los lavaderos. Una tarde, regresaron
más temprano que de costumbre. Fueron
conducidos al pie de una cascada que salía
por una de las ventanas de la casa grande. Los
prisioneros se metieron bajo la refrescante catarata.
El amigo de Zoro, dijo: – Hoy podemos hablar
cinco minutos. Es domingo -.
El niño se metió bajo el salto de agua y descubrió
que su amigo era un anciano, negro
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como el carbón, y con una brillante y ensortijada
cabellera blanca,
Chapoteando en el agua espumosa, Zara se
le acercó y le susurró:
– Debemos escapar-.
– Imposible – musitó Amadeo
-¿Por qué?
– Nadie lo ha logrado-,
– Podríamos ser los primeros-,
– Eres un niño; no resistirías el rigor de la
selva -,
– Se equivoca, Soy un niño, pero conozco la
selva y la selva me conoce a mí -.
– No te entiendo-,
– ¿ Por qué?
– Hablas con la seguridad de un vleJo-,
– ¿Los viejos hablan con seguridad?
Amadeo se rascó la cabeza y no respondió,
Desde un balcón, por el cual salía la ramazón
de una ceiba, el hombre flaco, de barba de
oro y con un ojo violeta y otro amarillo, rugió:
– Se acabó s-.
Los días siguientes transcurrieron exactamente
como los precedentes, con el baño y los
cinco minutos de charla de los domingos.
Zoro estaba hundiendo su pala en la arcilla
cuando un chillido familiar hizo que levantara
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la cabeza. Allí estaba el tente, amarrado a una
soga, de la mano del hombre de la barriga colosal.
El ave brincó hacia su amo, pero el gordo
haló la cuerda y el pájaro quedó aleteando
en mitad de su salto cariñoso. El hombre soltó
una carcajada de aceite, acezando, ahogándose
con la risa que le estremecía el vientre.
Un día, Zara descubrió al pie de la cascada
un bosquecillo de árboles de la negrura. Sus
semillas eran bolitas de terciopelo rojo que al
ser mezcladas con sal, si se ponían al sol, estallaban
y dejaban escapar una gigantesca humareda
negra y espesa. Empezó a recolectarlas.
Los guardias pensaron que el niño las
guardaba para jugar. A la hora de la cena,
Zara se las ingeniaba para vaciar uno o dos
saleros y esconder el precioso elemento en
una bolsa que había confeccionado con un
trozo de su propia camisa.
Un domingo, a la hora del baño, Zara le comunicó
su plan a Amadeo.
– ¿ y sí resultará? – preguntó el viejo.
– Lo sabremos mañana – respondió el niño.
– ¿ La cosa es para mañana?
– Sí. Las semillas estallarán cuando el sol esté
más caliente; cuando haya llegado a lo alto
de su camino. Ese será el momento de escapar.
Bueno, dijo el viejo. Nada perdemos con
intentarlo.
Al otro día, los prisioneros trabajaron con entusiasmo.
El hombre que parecía ser el jefe
salió de la casa grande montado en una mula
blanca y recorrió los lugares de trabajo. Llamó
al hombre flaco, de barba de oro y con un ojo
violeta y otro amarillo, que brotó de la casa
grande bajo una sombrilla de plumas de ave
y le dijo: – Redoble la guardia. Noto.Noto algo raro.
– ¿ Raro? – contestó el hombre flaco.
– Sr. parece que están trabajando con alegría
yeso no me gusta.
El hombre flaco se rascó la cabeza como haciendo
esfuerzos para comprender lo que estaba
pasando y llamó al hombre gordo y le
dijo: – Que los guardias pongan mucho cuidado:
porque hay mucha alegría por ahí -.
El hombre gordo abrió de par en par sus ojllos
y sonrió estúpidamente.
Zoro miraba el caminado del sol. Los prisioneros
observaban con orsrmulo al muchacho
que les prometra ese dfa la libertad.
Cuando el sol llegó a su cenit, las semillas estallaron
con estruendo. El aire se llenó de una
negrura de tinta y los guardias. aterrorizados,
Se quedaron convertidos en estatuas de sombra.
Los prisioneros se deslizaron hacia el río,
hacia la selva. hacia la cordillera. y se perdie-
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ron en el medio día más oscuro del monte. El
hombre que parecía ser el jefe, el flaco de barba
de oro, el gordo y los guardias, chillaban
desesperados.
Zara caminaba tanteando el sendero, con su
mano en la mano del viejo negro.
De pronto, Amadeo se paró y dijo:-¿Adonde
vamos?
– A la casa grande – exclamó Zara
– ¿Está loco?
– Tengo que encontrar al ave tente. No la
puedo abandonar. La tiene el gordo.
– Nos matarán – musitó el viejo.
– Yo iré solo – dijo el niño.
Soltó la mano de Amadeo y echó a andar. Se
detuvo cuando escuchó en la oscuridad la voz
del viejo: – Espere, espere.¿ Dónde está?
– Aquí – susurró Zoro.
Alargó su mano y tomó otra vez la mano arrugada
y dura del anciano.
Marcharon sigilosamente.
Amadeo exclamó: – Estaba muy equivocado
si creía que lo iba a dejar solo entre tantos
peligros -.
Zara no dijo nada. Le estrechó la mano en
forma de sonrisa dicha con los dedos.
A tientas, guiados por la maravillosa memoria
de Zoro, encontraron la puerta principal de la
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casa grande. Entraron en los oscuros, desolados
e inmensos corredores. Sus habitantes estaban
afuera, tratando de encontrar un hueco
de luz para meter un disparo.
Al abrir una de las puertas de un cuarto que
era un bosque de frutales, quedaron estupefactos.
En el centro, sobre una mesa de mármol,
en un nido de hilos de oro, como huevo
de ave de sueño, brillaba con resplandores de
sol azul, el diamante más grande y hermoso
de la selva.
– Tómalo -exclamó el viejo-o Es el diamante
más bello del universo -.
Zara cogió la piedra preciosa. Pensó guardarla
dentro de sus bolsillos, pero cambió de idea.
La alzó en su mano y como si fuera una antorcha
iluminó el camino de la búsqueda.
Avanzaron por extensos salones, por intrincadas
escaleras, por un dormitorio ubicado en un
puente que atravesaba una laguna de aguas
grises. corrieron por balcones que se asomaban
hacia abismos de ríos subterráneos, atravesaron
cocinas que parecían exorbitantes y
solitarias plazas de mercado, alcobas matrimoniales
sobre cúpulas donde caía la nieve, cuartos
de niños con juguetes extraños, un salón
de juegos con figuras mecánicas tan altas como
montañas, un cuarto de San Alejo donde
estaba arrumado un tren con veinticinco vago-
nes cargados de baratijas, una sala donde había
una chimenea que consumiría fácilmente
un bosque entero.
Por ftn, llegaron a un cuarto que parecía una
ilimite despensa, o a una despensa que parecía
un cuarto, y encontraron al ave tente.
Cuando Zoro la desató, bordó en el aire una
exquisita maroma de alegría,
– Aquí es donde vive el gordo, – dijo el viejo.
y añadió:-todo es comida. Fíjese; las paredes
son de queso y los armarios de caramelo, y
las repisas de chocolate, y duerme sobre una
cama de jamones -El niño exclamó: – De
esta fuente no sale agua sino naranjada-
– Vámonos de aquí – dijo el viejo.
Ya en la puerta, exclamó: – El gordo vive comiéndose
su propia casa.
., A propósito de comida, es mejor que nos
llevemos esto – dijo el niño.
– Es una buena idea – contestó Amadeo.
Zoro. cogió entonces una mesita de cerezas y
la echó sobre sus hombros.
-Ahora no hay ningún problema-dijo el niño.
– ¿ Ninguno?- contestó con sorna Amadeo.
Y agregó: – Nada menos que encontrar la salida
y escapar de aquí -.
– No se preocupe – dijo Zara – A esta ave
tente, el abuelo le enseñó a ver con claridad
en medio de la noche-.
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Guiados por el tente y por los resplandores de
la piedra preciosa. abandonaron la casa grande,
después de cruzar al trote por una desolada
habitación matrimonial que era un desierto
de arena. Al centro, en un oasis. una cama
blanca cubierta de velos temblorosos. se deshizo
en polvo cuando Amadeo acarició un en
caJe tan tibio como una piel.
Poco a poco. a medida que se alejaban. el
aire se fue aclarando y serían las cinco de la
tarde cuando se detuvieron para mirar un hongo
ceniciento que se diluirá a lo lejos, a la orilla
del río.
Reanudaron la marcha hasta que les llegó un
perfume dorado. Al descender a un pequeño
valle, descubrieron a la madre de las naranjas.
Un árbol garrafal, de hojas verde esmeralda y
con unas pomas llenas de dulzura.
Se acercaron
a uno de los frutos, tan grande como un
caballo. y arrancaron parte de su cáscara y
comieron parte de su pulpa, mientras la noche
aromada extendía sus alas de olor.
Improvisaron un lecho de flores secas y decidieron
que mientras uno dormita, el otro vigilaba.
Amadeo se ofreció como voluntario para
hacer el primer turno de la guardia. Zoro se extendió
en su nido y se quedó dormido. De
pronto fue despertado por unos ruidos extraños
y amenazadores. Abrió sus ojos hacia la
oscuridad de la selva y descubrió el origen del
estruendo. Amadeo dormía a pierna suelta y
roncaba con el ruido de cien cataratas juntas.
El niño se levantó, cubrió al viejo con un haz
de hierbas, y se recostó en un tronco de carbonero.
La luna blanca navegaba en un cielo de viento
y Zara trajo otra vez a su corazón la imagen
de su madre Mélide, de su padre Zicorauta,
de la abuela Artelia, de su amigo Roca. Todos
llegaron del recuerdo y su mirada se encamino
hacia el río. hacia ese camino recorrido por
su pueblo en su incesante búsqueda del país
de la justicia y la felicidad.
Estaba aspirando sus remembranzas cuando
vio un desfile de lucecitas, como hormigas luminosas
que se acercaban a la madre de las
naranja golpe, el desfile pareció desbandarse,
salirse de su camino de chiribita. La causa parecía
ser una sombra que se balanceaba con
caminado de animal de caucho. Sacó su piedra
preciosa y le lanzó un rayo de luz. Descubrió
la larga y azucarada lengua de un oso
hormiguero. Avanzó hacia él y lo hizo retroceder
a voces. El oso huyó cuando sintió los picotazos
del tente. Zara prorrumpió en sonoras
carcajadas cuando ayo el fragoroso camino
de la huída del oso hormiguero.
Vio cuando
otra vez las luces caminaban en formación
y se percató de que pasaban al lado de la naranja
que escurría sus mieles y sus perfumes
y se dirigían hacia él. Pronto se vio rodeado
por millares de puntos de luz.
Miró
con atención y descubrió a unos hombrecillos
diminutos, con cascos luminosos. Pegó
su oído a tierra y escuchó unas palabras
apenas audibles. Uno de los hombrecillos le
daba las gracias y lo invitaba esa noche a
su casa. El niño preguntó si podía llevar al
anciano y uno de los hombrecillos dijo que
lo sentían, pero que en su ciudad sólo había
lugar para un gigante.
Zoro le encargó al ave tente el cuidado de
Amadeo y siguió, en medio de la espesura,
el iluminado caminito de candela. Marcharon
un largo rato hasta que se detuvieron
al lado de una corpulenta ceiba. El hombrecito
le dijo a Zara que avanzara hasta
que encontrara una especie de alfombra de
hojas rojas, que buscara un bejuco en el
centro y que lo halara con fuerza. Zara cumplió
con todas las instrucciones y al tirar
del bejuco descubrió una trampa y unos escalones
que se perdían en la sombra. Descendió,
no sin dejar en su lugar otra vez
la tapa que ocultaba la entrada. La escalera
era de caracol. Mientras bajaba, paula
tinamente se iluminaban más los escalones,
hasta que de improviso fue bañado por una
luz intensa y descubrió una pared de cristal
y, tras ella, una ciudad poblada por personas
no más grandes que una hormiga.
Esas
gentes se lanzaron hacia balcones refulgentes
y levantaban sus manitas y parecían sonreir.
Zara observó esa ciudad fantástica,
con tasas de colores¡ calles rectas, bosques,
y enjambres de insectos que eran utilizados
en los más diversos oficios y trabajos. Allí,
un cucarrón empujaba un furgón cargado de
comestibles; allá, varias hormigas arrastraban
lo que parecía un carro de flores; al fondo,
unas lombrices araban la tierra. Estaba contemplando
esos prodigios cuando escuchó
una voz perfectamente audible: – Bienvenido.
Ha salvado a muchos de nuestros hermanos.
Le damos las gracias.
Zara contestó: – Estoy muy agradecido con
ustedes. Tienen una linda ciudad-.
– Tú debes ser Zara – dijo la voz.
– Sí. ¿ Cómo saben mi nombre?
– Lo suponíamos. Tu pueblo te ha estado
buscando -.
– ¿Conocen a mi gente?
– Sí. Conocemos todo lo que pasa en la selva.
y a tu pueblo, especialmente, le tenemos
mucho afecto y respeto.
– ¿Por qué?
– Porque están buscando el país de la felicidad
y la justicia. Y han sido perseguidos
pero jamás han perdido la esperanza-o
– Es cierto – corroboró Zoro.
– Hay mucha injusticia en la selva-.
-Sí-o no…
– Pero también muchas posibilidades de felicidad
-.
– Lo creo – exclamó Zoro.
– Estamos en deuda contigo-.
– No me deben nada-.
– ¿Qué podemos hacer por tí?
– ¿ Me pueden ayudar a encontrar a mi
pueblo?
– Es posible. De un momento a otro deben
llegar. unos mensajeros -.
– Los esperaré -.
– Bien. Mientras tanto, queremos brindarte
un espectáculo para regocijar tu corazón-o
Zoro se acomodó en su estrecho observatorio
y quedó maravillado cuando aparecieron
hombrecillos voladores sobre colibríes enjoyados,
y hombres graciosos con trajes de
lianas y hojas, y una cantante con una voz
tan dulce que lo llenaba a uno de recuerdos.
Es decir, detrás de cada palabra cantada,
saltaban como chispas, el rostro de la
madre, un amanecer flotando en garzas rosadas,
la palabra del padre, y el canturrear
de la abuela inventando historias.
Aparecía
también el pez dorado estremecido en una
red de espuma, la mariposa verdidorada que
se elevaba hasta el ojo del sol, y el sabor
jugoso del melón cuando el calor hace chisporrotear
la sed entre los labios.
Se iluminó una parte de los innumerables
pisos en los que estaba dividida la ciudad
subterránea y presenció el aleto de valor del
domador de escorpiones.
Luego, surgió un
espectáculo de agua y crearon ríos, lagos,
cascadas que bordaban figuras, figuras de
espuma que bordaban cuentos y, finalmente,
músicas cantadas por los líquidos, gorgoritos
de linfa, melodías de cristal.
Después, unas mujercitas con trajes amarillos,
montadas en mariposas, surcaron el cielo
subterráneo con piruetas y maromas de aire.
Las jinetes se desvanecieron y surgió otra
vez la voz: – Acaban de llegar los mensajeros.
Dicen que tu pueblo ~e encuentra acam pado
a diez y seis jornadas de aquí, junto al
bosque de animales-.
– ¿El bosque de animales? – preguntó Zoro.
– Sí. Y debes tener cuidado. Allí son los árboles
los que se mueven de un lugar a otro
y los animales han echado raíces, se han
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sembrado en la tierra y han crecido alargándose
hacia el cielo. No te acerques al
árbol del jaguar, ni a las lianas de las anacondas,
ni a la enredadera de las tarántulas.
– Tendré mucho cuidado – dijo Zoro.
– Marcha hacia el oriente, sin perder de vista
la montaña de la nariz de hielo. Ascenderás
a ella y desde allí verás los bosques de
maderas de olor. Desciende hasta el valle
refulgente. Allí está tu pueblo.
– Gracias – exclamó Zoro.
– Gracias a tí – dijeron millares de vocecitas.
Al salir a la superficie, encontró un gran paquete,
regalo de sus diminutos amigos. Contenía
comida, prendas de vestir para él y
para el viejo Amadeo, tejidas primorosamente
con sustancias vegetales, miel y un recipiente
con jugo de frutas.
Cuando llegó al sitio donde habían acampado,
encontró a Amadeo, profundamente
dormido. El tente lo recibió batiendo sus
alas con entusiasmo. Se recostó y se durmió.
Muy pronto, brotó el sol de la selva. El negro
Amadeo lo sintió arañándole la cara y
se despertó sobresaltado. Sonrió cuando vio
amodorrados, .al niño y al ave tente. Se sorprendió
al ver el paquete con provisiones.
Se acercó temeroso y empezó a destaparlo.
26
Dio un brinco, asustado, cuando el tente emitió
su grito de alarma.
Zoro, con un salto, quedó atento y alerta.
– No se preocu pe, no pasa nada – dijo Amadeo
-. He estado vigilante y alerta toda la
noche -.
– ¿Toda la noche? – preguntó Zara.
– Bueno … casi toda la noche.
Zoro soltó una carcajada. El negro lo secundó
y hasta el tente parecía retorcerse
de la risa.
– ¿ Qué es esto? – preguntó Amadeo,
– Un regalo-.
– ¿ Un regalo? – exclamó incrédulo el viejo.
– Sí. Un regalo de unos amigos.
– ¿ Qué amigos?
– Un pueblo de personas diminutas.
El viejo iba a seguir con sus preguntas,
pero observó que Zara dormía apaciblemente
en su lecho de flores.
Sacó las prendas vegetales y cuando se dio
cuenta que había un vestido exactamente
a su medida, se lo puso y sintió un
bienestar repentino en todo su cuerpo. Era
un vestido encantado. No sentía ni frío ni
calor. Sonrió cuando un pajarillo de plumas
rojas se posó en su hombro y se puso a
cantar.
27
Caminaron ese día y el siguiente por los
enmarañados senderos de la selva. Al tercer
día, en un claro, se toparon con una vaca
enorme, de ojos color de aceituna y con una
piel blanca y brillante.
Se sorprendieron de
que junto al vientre del animal hubiera una
escalera de mármol. Subieron por ella y
cuando llegaron al último escalón, se abrió
una puerta en la barriga de la vaca. Descubrieron
entonces que el animal, en su interior,
era una casa. Penetraron a una sala
que tenía un tapete rojo con flores bordadas
en las orillas, cojines de raso) y un dormitorio
con un colchón de plumas de garza.
Del techo pendían varios bejucos transparentes
y pronto descubrieron que, al oprimirlos
soltaban un chorro de leche cremosa y fresca.
Como estaban muy fatigados, se tendieron
en los cojines y durmieron mecidos por
el ronroneo y las respiraciones del animal.
En su interior, la noche se cubrió de un titilante
color rosado y aparecieron cinco lunas
girando lentamente en un cielo dorado
de piel.
El ave tente fue quien despertó primero. Luego
lo hizo Zara y, finalmente, Arnadeo. Bebieron
una buena cantidad de leche y comieron
con entusiasmo pulpas de frutas en
conserva. Sacudieron sus vestidos y se prepararon
para reanudar la marcha. Cuando
28
bajaron por la escalera de mármol, descubrieron
a unos hombres altísimos, delgados,
vestidos con pieles atigradas. En contraste
con sus cuerpos descarnados, sus pies eran
enormes, como troncos de árbol viejo. Sus
pies y tobillos estaban envueltos en láminas
de madera labrada.
– ¿ Quiénes son ustedes? preguntó Zoro.
Los gigantes de cuerpo de alambre no contestaron.
El niño comprendió que habían
caído en una trampa. El viejo Amadeo empezó
a temblar cuando vio que la vaca se
había transformado en un puma que lo miraba
con ojos de niebla.
Los obligaron a marchar por una húmeda
trocha. Zara se estremeció al ver que se alejaban
de la montaña de la nariz de hielo.
Después de medio día de marcha, llegaron
a una ciénaga de aguas irisadas. De trecho
en trecho, flotaban colosales flores acuáticas
de metal. Fueron llevados en una balsa de
troncos hasta una de esas flores. Los desembarcaron
sobre la corola flotante y se alejaron
hacia la orilla. Allí, los hombres sacaron
un paquetico y lo fueron desenvolviendo
y salía del paquetico una tela plateada con
la cual hicieron el toldo más grande que
Zoro y Amadeo habían visto en su vida. Cuando
la carpa de plata estuvo perfectamente
29
instalada, emergieron de la ciénaga, montado en manatíes, una centena de mujeres
y niños. Eran como los hombres,’ altísimos
y delgados, y tenían como ellos los pies
de troncos de ceiba.
Llegó el crepúsculo y en un paisaje de arreboles
pasó una bandada de peces voladores.
La noche ya estaba crecida cuando a Zara
le pareció ver la inconfundible figura del gordo
de las minas de piedras preciosas. Llamó
a Amadeo y le mostró la imagen. Sí; efectivamente,
era él. No había ninguna duda.
Lo reconocieron cuando avanzó un poco y
miró hacia la flor flotante donde estaban
prisioneros.
– ¿ Dónde tiene el diamante? – interrogó Amadeo.
– Aquí, en el bolsillo-.
– Es mejor ocultarlo-.
– ¿ Dónde?
-Entre la carne de este melón-,-.
El gordo movía sus manos como aspas. Parecía
discutir con los flacos gigantescos. Estos,
por lo visto, eran sordos, puesto que el
gordo hacía señas desesperadas con los brazos
y con sus amorcillados dedos. De pronto,
sacó un puñado de esmeraldas que brillaron
en medio de la noche.
Los gigantes
de patas de tonel, hicieron señas negativas
con la cabeza. El gordo fue sacando más
piedras de bolsillos secretos y las fue amontonando
en el suelo. Al fin, cuando dejó escurrir
entre sus dedos el contenido de una
bolsa de oro, los hombres flacos asintieron.
El gordo les estrechó la mano y se marchó:
– Estamos perdidos – dijo Amadeo. Y agregó:
– Parece que nos han vendido.
– Parece que nos han comprado – contestó
Zara.
El ave tente se puso a gruñir.
– Tenemos que irnos de aquí – dijo Zara.
– Estas ciénagas son traicioneras. Nos ahogaríamos
si intentáramos salir nadando – reflexionó
Amadeo.
– Hay que pensar en algo, rápido – dijo el
niño -. Los del campamento seguramente no
demorarán en Ilegar-.
– Si nos agarran, nos van a torcer el pescuezo-
dijo el viejo.
– Creo que nos debemos arriesgar – exclamó
el niño. Y añadió: – Prepárese a nadar-
– Es una locura-dijo el viejo.
El ave tente estiró una de sus largas patas
amarillas, como si quisiera probar la temperatura
del agua y casi desaparece dentro de
la boca de un caimán de cuerpo de piedra.
– Se lo dije-exclamó temblando, Amadeo.
El caimán comenzó a nadar alrededor de la
flor flotante. Debía medir unos diez metros
y su espalda empezó a emitir brillos fosforescentes.
En medio de los espasmos de pánico de
Amadeo, y de la muda interrogación del pájaro
tente, Zoro recordó las enseñanzas de
su padre. Le llegó otra vez su voz, serena
y apacible.
Era como si estuviera sentado junto
a él, en ese pétalo de metal, y observara
los círculos ominosos del caimán.
JI Hijo – dijo la voz del recuerdo – no permitas
que el miedo inunde tu corazón. Ningún peligro,
por grande que sea, te debe impedir
pensar y reflexionar. Tú puedes pensar y esa
es tu mejor arma. Úsala “.
Zara dejó que la serenidad le cayera como
un vaho. Poco a poco, elaboró su plan. Miró
las lianas de la bolsa donde sus amigos de
la ciudad subterránea habían empacado sus
regalos. Como probó que eran de una consistencia
poco común.
-Rápido-le dijo a un asombrado Amadeo-.
Deshaga esas chuspas. Tenemos que hacer
una soga.
Pronto, la soga estuvo lista. Amadeo ató una
de sus puntas a uno de los pétalos. Luego,
32
enlazó el cuello del caimán y le ordenó al
pájaro tente que volara junto a las fauces de
la fiera y que se dirigiera hacia la orilla. Entre
tarascadas del caimán, la flor, empujada por
el reptil, se fue acercando poco a poco a la ribera.
El negro mostró su impecable dentadura
blanca en una sonrisa de gozo.
El pájaro tente emitió un chillido nervioso
cuando el caimán le arrancó dos plumas de
la cola y las engulló con avidez.
Llegaron El. la orilla sin ser descubiertos. El
caimán, enorme y fosforescente, se quedó
varado en la pedregosa orilla, con la jeta
abierta.
Sigilosamente, empezaron la huída. De golpe,
se escuchó un silbido ensordecedor y se iluminó
la carpa de tela plateada. Los habían
descubierto. Los gigantes, envueltos en transparentes
camisas de dormir, hicieron un cerco
para impedir la salida de los fugitivos. Zoro
se quedó asombrado al contemplar los desnudos
pies de sus captores. Tenían pies y
tobillos de vidrio.
– Avancemos hacia la ribera-dijo el runo.
-¿Para qué? – exclamó Amadeo. Y añadió:
– Eso es acercarnos más a ellos-.
– Hágalo, Amadeo-.
– Está bien-,
Los gigantes comenzaron a moverse estre-
33sen manatíes, una centena de mujeres
y niños. Eran como los hombres,’ altísimos
y delgados, y tenían como ellos los pies
de troncos de ceiba.
Llegó el crepúsculo y en un paisaje de arreboles
pasó una bandada de peces voladores.
La noche ya estaba crecida cuando a Zara
le pareció ver la inconfundible figura del gordo
de las minas de piedras preciosas. Llamó
a Amadeo y le mostró la imagen. Sí; efectivamente,
era él. No había ninguna duda.
Lo reconocieron cuando avanzó un poco y
miró hacia la flor flotante donde estaban
prisioneros.
– ¿ Dónde tiene el diamante? – interrogó Amadeo.
– Aquí, en el bolsillo-.
– Es mejor ocultarlo-.
– ¿ Dónde?
-Entre la carne de este melón-,-.
El gordo movía sus manos como aspas. Parecía
discutir con los flacos gigantescos. Estos,
por lo visto, eran sordos, puesto que el
gordo hacía señas desesperadas con los brazos
y con sus amorcillados dedos. De pronto,
sacó un puñado de esmeraldas que brillaron
en medio de la noche. Los gigantes
de patas de tonel, hicieron señas negativas
con la cabeza. El gordo fue sacando más
piedras de bolsillos secretos y las fue amontonando
en el suelo. Al fin, cuando dejó escurrir
entre sus dedos el contenido de una
bolsa de oro, los hombres flacos asintieron.
El gordo les estrechó la mano y se marchó:
– Estamos perdidos – dijo Amadeo. Y agregó:
– Parece que nos han vendido.
– Parece que nos han comprado – contestó
Zara.
El ave tente se puso a gruñir.
– Tenemos que irnos de aquí – dijo Zara.
– Estas ciénagas son traicioneras. Nos ahogaríamos
si intentáramos salir nadando – reflexionó
Amadeo.
– Hay que pensar en algo, rápido – dijo el
niño -. Los del campamento seguramente no
demorarán en Ilegar-.
– Si nos agarran, nos van a torcer el pescuezo-
dijo el viejo.
– Creo que nos debemos arriesgar – exclamó
el niño. Y añadió: – Prepárese a nadar-
– Es una locura-dijo el viejo.
El ave tente estiró una de sus largas patas
amarillas, como si quisiera probar la temperatura
del agua y casi desaparece dentro de
la boca de un caimán de cuerpo de piedra.
31
– Se lo dije-exclamó temblando, Amadeo.
El caimán comenzó a nadar alrededor de la
flor flotante. Debía medir unos diez metros
y su espalda empezó a emitir brillos fosforescentes.
En medio de los espasmos de pánico de
Amadeo, y de la muda interrogación del pájaro
tente, Zoro recordó las enseñanzas de
su padre. Le llegó otra vez su voz, serena
y apacible. Era como si estuviera sentado junto
a él, en ese pétalo de metal, y observara
los círculos ominosos del caimán.
JI Hijo – dijo la voz del recuerdo – no permitas
que el miedo inunde tu corazón. Ningún peligro,
por grande que sea, te debe impedir
pensar y reflexionar. Tú puedes pensar y esa
es tu mejor arma. Usala “.
Zara dejó que la serenidad le cayera como
un vaho. Poco a poco, elaboró su plan. Miró
las lianas de la bolsa donde sus amigos de
la ciudad subterránea habían empacado sus
regalos. Com probó que eran de’ una consistencia
poco común.
-Rápido-le dijo a un asombrado Amadeo-.
Deshaga esas chuspas. Tenemos que hacer
una soga.
Pronto, la soga estuvo lista. Amadeo ató una
de sus puntas a uno de los pétalos. Luego,
32
enlazó el cuello del caimán y le ordenó al
pájaro tente que volara junto a las fauces de
la fiera y que se dirigiera hacia la orilla. Entre
tarascadas del caimán, la flor, empujada por
el reptil, se fue acercando poco a poco a la ribera.
El negro mostró su impecable dentadura
blanca en una sonrisa de gozo.
El pájaro tente emitió un chillido nervioso
cuando el caimán le arrancó dos plumas de
la cola y las engulló con avidez.
Llegaron El. la orilla sin ser descubiertos. El
caimán, enorme y fosforescente, se quedó
varado en la pedregosa orilla, con la jeta
abierta.
Sigilosamente, empezaron la huída. De golpe,
se escuchó un silbido ensordecedor y se iluminó
la carpa de tela plateada. Los habían
descubierto. Los gigantes, envueltos en transparentes
camisas de dormir, hicieron un cerco
para impedir la salida de los fugitivos. Zoro
se quedó asombrado al contemplar los desnudos
pies de sus captores. Tenían pies y
tobillos de vidrio.
– Avancemos hacia la ribera-dijo el runo.
-¿Para qué? – exclamó Amadeo. Y añadió:
– Eso es acercarnos más a ellos-.
– Hágalo, Amadeo-.
– Está bien-,
Los gigantes comenzaron a moverse como
 manatíes, una centena de mujeres
y niños. Eran como los hombres, altísimos
y delgados, y tenían como ellos los pies
de troncos de ceiba.
Llegó el crepúsculo y en un paisaje de arreboles
pasó una bandada de peces voladores.
La noche ya estaba crecida cuando a Zara
le pareció ver la inconfundible figura del gordo
de las minas de piedras preciosas. Llamó
a Amadeo y le mostró la imagen. Sí; efectivamente,
era él. No había ninguna duda.
Lo reconocieron cuando avanzó un poco y
miró hacia la flor flotante donde estaban
prisioneros.
– ¿ Dónde tiene el diamante? – interrogó Amadeo.
– Aquí, en el bolsillo-.
– Es mejor ocultarlo-.
– ¿ Dónde?
-Entre la carne de este melón-,-.
El gordo movía sus manos como aspas. Parecía
discutir con los flacos gigantescos. Estos,
por lo visto, eran sordos, puesto que el
gordo hacía señas desesperadas con los brazos
y con sus amorcillados dedos. De pronto,
sacó un puñado de esmeraldas que brillaron
en medio de la noche. Los gigantes
de patas de tonel, hicieron señas negativas
con la cabeza. El gordo fue sacando más
piedras de bolsillos secretos y las fue amontonando
en el suelo. Al fin, cuando dejó escurrir
entre sus dedos el contenido de una
bolsa de oro, los hombres flacos asintieron.
El gordo les estrechó la mano y se marchó:
– Estamos perdidos – dijo Amadeo. Y agregó:
– Parece que nos han vendido.
– Parece que nos han comprado – contestó
Zara.
El ave tente se puso a gruñir.
– Tenemos que irnos de aquí – dijo Zara.
– Estas ciénagas son traicioneras. Nos ahogaríamos
si intentáramos salir nadando – reflexionó
Amadeo.
– Hay que pensar en algo, rápido – dijo el
niño -. Los del campamento seguramente no
demorarán en Ilegar-.
– Si nos agarran, nos van a torcer el pescuezo-
dijo el viejo.
– Creo que nos debemos arriesgar – exclamó
el niño. Y añadió: – Prepárese a nadar-
– Es una locura-dijo el viejo.
El ave tente estiró una de sus largas patas
amarillas, como si quisiera probar la temperatura
del agua y casi desaparece dentro de
la boca de un caimán de cuerpo de piedra.
31
– Se lo dije-exclamó temblando, Amadeo.
El caimán comenzó a nadar alrededor de la
flor flotante. Debía medir unos diez metros
y su espalda empezó a emitir brillos fosforescentes.
En medio de los espasmos de pánico de
Amadeo, y de la muda interrogación del pájaro
tente, Zoro recordó las enseñanzas de
su padre. Le llegó otra vez su voz, serena
y apacible. Era como si estuviera sentado junto
a él, en ese pétalo de metal, y observara
los círculos ominosos del caimán.
JI Hijo – dijo la voz del recuerdo – no permitas
que el miedo inunde tu corazón. Ningún peligro,
por grande que sea, te debe impedir
pensar y reflexionar. Tú puedes pensar y esa
es tu mejor arma. Úsala
Zara dejó que la serenidad le cayera como
un vaho. Poco a poco, elaboró su plan. Miró
las lianas de la bolsa donde sus amigos de
la ciudad subterránea habían empacado sus
regalos. Como probó que eran de’ una consistencia
poco común.
-Rápido-le dijo a un asombrado Amadeo-.
Deshaga esas chuspas. Tenemos que hacer
una soga.
Pronto, la soga estuvo lista. Amadeo ató una
de sus puntas a uno de los pétalos. Luego,
enlazó el cuello del caimán y le ordenó al
pájaro tente que volara junto a las fauces de
la fiera y que se dirigiera hacia la orilla. Entre
tarascadas del caimán, la flor, empujada por
el reptil, se fue acercando poco a poco a la ribera.
El negro mostró su impecable dentadura
blanca en una sonrisa de gozo.
El pájaro tente emitió un chillido nervioso
cuando el caimán le arrancó dos plumas de
la cola y las engulló con avidez.
Llegaron El. la orilla sin ser descubiertos. El
caimán, enorme y fosforescente, se quedó
varado en la pedregosa orilla, con la jeta
abierta.
Sigilosamente, empezaron la huída. De golpe,
se escuchó un silbido ensordecedor y se iluminó
la carpa de tela plateada. Los habían
descubierto. Los gigantes, envueltos en transparentes
camisas de dormir, hicieron un cerco
para impedir la salida de los fugitivos. Zoro
se quedó asombrado al contemplar los desnudos
pies de sus captores. Tenían pies y
tobillos de vidrio.
– Avancemos hacia la ribera-dijo el runo.
-¿Para qué? – exclamó Amadeo. Y añadió:
– Eso es acercarnos más a ellos-.
– Hágalo, Amadeo-.
– Está bien-,
Los gigantes comenzaron a moverse estre-
chando el cerco. Zoro cogió una piedra y la
lanzó contra uno de ellos. El guijarro hizo blanco
en el pie de cristal que se quebró como
una frágil copa. El hombre se desplomó.
Amadeo agarró otras piedras y con gran puntería
las lanzó contra sus larguiruchos enemi-‘
gos. Los langarutos de pies de vidrio huyeron
aterrados y se perdieron en la oscuridad de
la manigua.
Zara y sus amigos caminaron toda la noche.
La marcha empezó a tornarse difícil y agotadora.
Tuvieron que hacer grandes rodeos para
esquivar los pantanos.
Amadeo empezó a sentirse fatigado y enfermo.
Se habían agotado las provisiones y tuvieron
que alimentarse de frutas silvestres y
de raíces. Afortunadamente, Zara conocía la
selva y sabía dónde hallar comestibles.
Cuando las lluvias empezaron a caer con
persistencia, descubrieron que los trajes vegetales
eran, en verdad, formidables. Los protegían
del agua, del viento, del calor, del frío.
El viejo Amadeo se llenó los ojos de ternura,
cuando se dió cuenta de que su vestido estaba
vivo, que las plantas que lo conformaban
habían empezado a florecer. Entonces,
el negro Amadeo no solo era un hombre
totalmente florecido, inundado de colores,
sino también un negro perfumado.
34
Una tarde, Amadeo, acezando, se apoyó en
un tronco de caimo y bajo la charla estridente
de los micos araguatos dijo: -Ya no
puedo más. Es mejor que siga solo, muchacho
-.
Zara se detuvo, lo miró con sus ojos almendrados
y le dijo: – Usted sabe, Amadeo,
que no lo voy a abandonar-.
– Lo sé – respondió el viejo -‘. Pero le estoy
haciendo perder mucho tiempo. Usted está
buscando a su pueblo, a sus padres-.
– Y usted me está ayudando mucho en esa
búsqueda -.
-¿Yo?
– Sí. Acampemos  aquí esta tarde. Recuéstese.
Voy a buscar leña para hacer una hoguera
-.
Zara, flanqueado por el tenté, empezó a recoger
chamizas. Su rostro se iluminó cuando
descubrió unos racimos maduros de uva de
monte.
La noche se bajó tibia, llena de suaves rumores,
de conversaciones de habitantes secretos
de la selva, de pasos afelpados de
bestia. Esa noche, parecía que los nacimientos
y las muertes de los inquilinos de la selva,
llegaran con la suavidad de la carne de jazmín.
Posiblemente, en esa azulada atmósfera,
35
nadie pereciera esa noche. Como si se hubiera
hecho un armisticio. Como si todas las
criaturas de la espesura estuvieran invitadas
a los esponsales de una magnífica pareja de
fieras, y el tigre, envuelto en los aromas de la
fiesta, mirara al ciervo con ojos de ciervo, y al
conejo con ojos de conejo, y al tití con ojos
de tití, y al ave tente con ojos de niño.
El viejo Amadeo aspiró también ese aire de
paz que le espantaba la fiebre.
Zoro recordó con más nitidez a su gente, acampada
entre las lejuras de la selva.
A la aurora, la montaña de la nariz de hielo
emergió entre nubes de algodón amarillo y
su lejana cúspide parecía estallar en rayos
de carámbano.
El cielo se oscureció y llegó el negro graznido
de la tormenta.
El ave tente fue levantada por un golpe de
viento y sus alas, inútiles ante la embestida,
se agitaron desesperadas. Al caer a tierra
fue recibida por Zara, quien la tornó en sus
brazos.
Iniciaron el ascenso de manera penosa. El
viento y el agua los inmovilizaban y la oscuridad
se desparramó como una espesa niebla.
Zoro exclamó: – Amadeo, ¿ vió esa luz?
– ¿ Dónde?
36
– Allá arriba. En esa cueva. Parece que hay
alguien en ella-.
– ¿ Podremos llegar hasta allá?
– Sí.
– ¿ Por qué todo lo ve tan fácil?
– Porque todo es difícil-,
– No le entiendo-.
– Deme la mano, Amadeo. Subamos rápidamente,
antes de que la tormenta nos desbarranque
-.
– Es una suerte tener estos vestidos.
– SíI detienen el paso del agua y nos mantienen
tibios-,
– Zoro.
-¿Qué?
– ¿ Sabe que un pájaro ha hecho un nido en
mi hombro?
– Maravilloso -,
– Creo que está empollando-,
– Así que pronto vamos a tener una f?lmilia-
– Sí. Hay que alcanzar esa cueva. Este viento
puede estropear el nido-.
De golpe, la tormenta se inmovilizó. La luz
en la entrada de la cueva tenía un resplandor
dorado ylleqaba hasta ellos con palpitaciones
de corazón. El viento se había congelado.
El huracán pendía del paisaje como
37
un retrato, como una estampa sin vida y sin
movimiento. Cuando entraron a la caverna,
la tormenta se desgajó otra vez y azotó la
selva con una furia de espanto.
Zara, Amadeo y el ave tenté, fueron bañados
por el fulgor que despedían un hom-‘
bre y una mujer, dorados, con ojos transparentes
y cabelleras onduladas de metal.
– Pasen – dijo el hombre con una voz de
campanas.
– Gracias-contestó Zoro.
Amadeo y el ave tente estaban paralizados
de asombro.
– ¿ Ouiénes son ustedes? – indagó Amadeo.
-¿Nosotros?-dijo la mujer con una voz de dulzaina.
Y agrego: – Somos criaturas del aire-.
– Estamos de paso – dijo el hombre.
– Venimos del sol – exclamó la mujer.
– Deben estar muy fatigados – dijo el hombre
-. Será mejor que descansen un poco -.
– Amadeo empezó a examinar con curiosidad
el nido de su hombro.
La mujer dorada se acercó y dijo: – ¿Oué
lleva ahí?
– Es un nido. Es la casa de un pájaro. Está
empollando y tengo temor de que la tormenta
haya echado a perder los huevecillos.
La mujer acarició el nido con el espejo de
38
sus manos. De pronto, los huevecillos se abrieron
y emergieron tres pichones abriendo
sus picos de escándalo, mientras sus padres
revoloteaban por la cueva mostrando un
plumaje amarillo y verde y cantando con
unas voces de flauta.
– ¿ A dónde se dirigen? – interrogó el hombre,
– Estoy buscando a mi pueblo – dijo Zoro-.
Nos emboscaron en el río y los perdí. Mi
padre se llama Zicorauta-
– Yo -exclamó Amadeo- espero dejar a éste
muchacho sano y salvo con su gente, y luego
me marcharé también en busca del sitio
donde nací -.
Hizo una pausa y agregó: – Se ve que ustedes
son muy poderosos.
– ¿ Nos pueden llevar a este niño y a mí a
nuestros respectivos destinos.?
– Somos poderosos, es cierto – dijo el hombre
-. Pero son ustedes los que con su inteligencia
y esfuerzo, deben hacer. todo el camino-
o
– Me parece estar oyendo a mi padre – pensó
Zoro.
La mujer añadió: – Podemos proporcionarles
algunos medios, pero tendrán que resolver
sus propios problemas-.
Luego miró al niño con dulzura, y dijo: – Sé
40
que tendrán exito-.
Zoro dijo:- Tenemos informes de que han acampado
a pocas jornadas de aquí, en el bosque
refulgente. Pronto los encontraremos-.
El hombre exclamó:- Tendrán que escalar esta
montaña, descender, pasar por el bosque de
animales y navegar unas millas por el río
hasta llegar al bosque refulgente
– Así es – asintió Zoro,
– Necesitarán una canoa – dijo la mujer.
– Tal vez podamos improvisar una balsa-dijo
Zara.
– Es peligroso – reflexionó la mujer-, Ese río
es muy caudaloso-.
– Cuando lleguemos a él veremos lo que
tendremos que hacer – exclamó Zoro
– Tal vez les podemos prestar una canoa dijo
el hombre, sonriendo.
La mujer tomó en sus manos unos algodones
de luz y poco a poco comezaron a crecer,
hasta tomar la forma de una canoa bruñida,
con unos remos que parecían joyas, tan fuerte
que parecía de hierro y tan liviana, que
el niño podía alzarla con el dedo meñique,
Zoro dijo: – Parece hecha con un tronco de
luna-.
El hombre quitó una varita que estaba en
la proa de la barca y la canoa empezó a
41
encogerse hasta quedar convertida en una
esfera del tamaño de un limón.
– Eso hará fácil su transporte – exclamó el
hombre en medio de una carcajada luminosa
-. Cuando quieran usarla, colocan otra vez
la varita en esta abertura y a los pocos segundos
tienen lista su nave-oGracias – exclamó Zoro.
– Muchísimas gracias – dijo Amadeo.
El pájaro tente batió sus alas y emitió un
chillido musical y suave.
– Ahora tenemos que irnos – dijo la mujer.
– ¿Vendrán un día a nuestra casa a visitamos?
– preguntó Zoro.
– Iremos – prometió el hombre.
– ¿y podré ir a la casa de ustedes?
– Tal vez, algún día – exclamó la mujer dorada-.
Cuando mires al cielo y sientas en tu
cuerpo el calor del sol, debes pensar que
nosotros, en cierta manera, te estamos visitando.
Nosotros y nuestra casa.-.
– No los olvidaré – balbució Zara.
– Yo tampoco – dijo Amadeo.
– Ni nosotros a ustedes – expresó el hombre.
En las manos de la mujer apareció una cajita
negra, pendiente de una cadena. Avanzó
hasta el niño y a manera de collar, la colocó
en su cuello.
42
– ¿ Qué es?- indagó el muchacho.
– Dentro de esa cajita – dijo la mujer- hay
un pedazo de sol.
Luego se acercó a Amadeo, quien estaba
feliz con los pichones recién nacidos y le
colocó en la muñeca una. pulsera plateada.
– Gracias – exclamó el viejo.
– Es’ nuestro regalo para usted-.
– ¿ Qué es? – preguntó Amadeo.
La mujer dijo: – Esa pulsera es una flor que
crece en un planeta habitado por criaturas
que son olores, aromas, aire.
La tormenta había pasado. Ahora entraba a
la caverna una luz rosada como vuelo de
flamenco.
La selva, abajo, parecía cantar. Cantaban no
solamente los pájaros hechos para el canta,
sino las fieras, los árboles, los insectos, el
agua, las piedras, el viento.
Los bruñidos cuerpos del hombre y la mujer
se recortaron en la entrada de la cueva.
Les hicieron un ademán de despedida, miraron
la espesura con sus ojos transparentes,
y, tomados de las manos, silbaron una melodía
como de flauta. A medida que subía el
volumen de la exquisita música, de sus espaldas
emergieron unos chorros azules de
fuego. Se convirtieron entonces en dos líneas
de luz y se perdieron entre unas nubes pintadas
por el sol de los venados.
Zoro, Amadeo y el ave tente se quedaron
largo tiempo mirando el lugar del cielo por
donde se habían ido sus amigos.
Amadeo, de golpe, dio un grito de júbilo. Los
pichones, de manera prodigiosa, habían crecido
en pocos minutos lo que les hubiera
costado varias semanas. Volaron fuera del
nido y después de estrenar el cielo con sus
acrobacias, se pusieron a comer unas frutillas
que habían madurado en el vestido vegetal
del anciano.
Continuaron el ascenso y poco a poco el
paisaje se convirtió en nieve y viento ululante.
Amadeo protegía a sus avecillas dentro de
un rincón de su traje. El tente avanzaba dando
muestras de extraordinaria resistencia y
coraje.
Zoro, con su grácil y menudo cuerpo, subía
con paso firme hacia la cima.
Amadeo, de vez en cuando, arrancaba frutillas
de su vestido y las daba a comer a
sus alados amigos,
Al escalar una yerta superficie, Amadeo resbaló
y estuvo a punto de rodar hacía el abismo.
Se pudo sostener de un borde afilado,
con sus manos llenas de cortaduras,
mientras Zoro, con grandes esfuerzos, logró
44
ayudarle a trepar de nuevo. Ouedaron exhaustos.
De pronto, Amadeo empezó a tiritar.
Su traje se había roto en el muslo y
a su pierna se la empezaba a comer el hielo.
Zoro dijo: – Tenemos que remendarlo rápidamente
-.
– Si no nos apuramos me voy a congelar-.
Zoro se acordó del regalo de sus amigos
dorados y destapó la cajita negra que pendía
de su pecho. En ese momento, el pedazo
de sol los cubrió con sus tibios dedos,
mientras Zara y Amadeo remendaban de la
mejor manera posible el estropeado traje.
Cuando concluyeron, el niño guardó otra vez
su pedazo de sol y siguieron ascendiendo.
Pronto llegaron a la nariz de hielo, una protuberancia
helada, que no meramente tenía la
forma de una nariz, sino que estornudaba
cada quince segundos.
Era un violento estornudo de escarcha, que
barría con violencia el único sendero por el
cual era posible pasar al otro lado y llegar
a los valles.
– ¿ Lo lograremos? – preguntó .Arnadeo
– Es cuestión de pasar al otro lado en quince
segundos -exclamó Zara.
– Es una distancia larga – balbució Amadeo.
– Por lo tanto hay que apresurarse-gritó Zara.
45
Avanzaronhacia el borde y esperaron el tremendo
estornudo. Entonces) Zoro avanzó velozmente
por el borde rocoso y cuando surgió
el segundo resuello ya estaba al otro lado.
– Ahora le toca a usted-.
– Que pase primero el tente – respondió el
vieJo.
– Esta bien -.
Zara le hizo una señal al ave y cuando la
nariz lanzó su tempestad, corrió a todo lo
que daban sus patas amarillas. Resbaló
a mitad del recorrido y la salvó el hecho
de que se estiró como una flecha y voló
al lado del niño.
– Muy bien – exclamó Zara.
El niño le acarició la cabeza con orgullo,
pues sabía que el tente no era un gran volador
y que sólo lo hacía de vez en cuando
porque el abuelo le había enseñado.
Tuvieron que esperar un largo rato hasta que
Amadeo se decidió a cruzar el angostísimo
camino. Cuando llegó al lado de Zara, su piel
se había puesto del color de la ceniza y sus
ojos estaban abiertos de par en par.
Descansaron un buen rato y contem pIaron
los valles y bosques que se extendían cubriendo
todo el horizonte.
Abajo, el río hervía, mientras bañaba las orillas
del bosque de animales.
46
Junto a ellos, se extendía una plaza congelada,
de forma rectangular y de dimensiones
enormes. Estaban observando esa rara
arquitectura, cuando muy cerca se posó un
águila de hielo. Sus ojos de granizo miraban
a todos lados con temor. Pronto supieron
la causa.
Arriba apareció un perro volador, con alas
de fuego. El águila trató de ocultarse entre
la nieve, pero el perro de candela la descubríó
y descendió en picada, y con sus remos
flamígeros golpeó al ave derritiéndole
una de sus alas
Los pajarillos de Amadeo chillaban en el interior
de su vestido y el ave tente se acurrucó
al lado de su amo.
– El águila de hielo está herida – dijo el niño.
– El perro de fuego pronto va a derretirla –
contestó Amadeo.
– ¿ Por qué lo hace 7
– No lo sé,- respondió el viejo.
– Tenemos que ayudarle. No se puede defender-
exclamó Zoro.
– No nos metamos – dijo el viejo – Podríamos
salir quemados -.
– Cuide al tente – dijo el niño -. Yo iré a ayudarle-.
– Tenga cuidado,- exclamó Amadeo.
47
El niño descendió, mientras observaba el punto
de candela que giraba en el aire, preparándose
para el ataque. Se hundía en la nieve
hasta las rodillas y avanzaba con mucha dificultad.
El águila de hielo giró su cabeza transparente
y lo vislumbró con una dulce y esperanzada
mirada de agua. Zoro llegó junto
al águila y lo primero que hizo fue observar
el muñón de su ala que chorreaba una
linfa cristalina y cálida. Lo cubrió con un poco
de nieve y se percató de cómo se hacían
cada vez más estrechos los círculos en el
aire del perro volador. Se puso a hacer, con
agilidad y rapidez, unas bolas de nieve. Cuando
el perro de fuego bajó sobre sus presas,
el niño lo esquivó mientras le disparaba bolas
de nieve. Resistieron varios asaltos hasta que
Zoro le acertó con uno de sus proyectiles,
en una de sus alas. El perro volador perdió
altura mientras el niño le seguía lanzando
guijarros congelados. Zoro dio en el blanco
varias veces y observó cómo. a gran altura
se le apagaron las alas al perro de candela
y cayó como una piedra en el abismo
de carámbano.
Amadeo se reunió con el niño, que estaba
absorto al pie del águila muerta. El viejo
le echó un brazo sobre el hombro y dijo:
– Hay que enterrarla.
48
– ¿Enterrar un águila de hielo?-exclamó Zoro
y añadió – La dejaremos en el centro de esta
plaza. Hasta que algún día trepe hasta aquí
el verano y se la lleve a las nubes.
Descendieron con facilidad. Antes de llegar al
bosque de animales, el viejo sacó las avecillas, .
las puso en sus manos y les dijo:-Es hora de
que vuelen libres. Busquen a sus compañeros
de vuelo y hagan con ellos su vida-.
Los pájaros parecieron entender. Volaron durante
algunos minutos alrededor de Amadeo.
Luego se alejaron y se perdieron en las estribaciones
de la montaña de la nariz de hielo.
El bosque de animales se hizo visible. Lo
primero que vieron fue a un larguísimo tapir,
clavado en la tierra, inmovilizado por raíces
de pezuñas. Más allá, había un bosquecillo
de tigres. Los felinos ronroneaban
mecidos por el viento. Estiraban sus garras
y observaban un sembrado de liebres con
sus ojos de color verde plata.
Cerca del río se estiraba un bosque de caballos
de monte. Sus crines descendían hasta
el suelo y habían adquirido colores Ilameantes,
seda que brillaba al golpe del viento.
En el centro se alzaban árboles de mariposas.
Frondosos, conformados por millones de
mariposas que abrían y cerraban sus alas
enjoyadas.
50De repente, vieron correr a una calabaza perseguida
por una mata de caucho y a un rosal
que reptaba lentamente al lado de un sembrado
de colibríes. Cuando éstos lo tuvieron a
tiro, desplegaron sus alas en un estallido y
lanzaron sus picos hacia las azucaradas car-.
nes de las rosas.
Los caballos habían hecho presa también de
una bandada de hierbas voladoras.
– Debemos avanzar con mucho cuidado-dijo
el viejo.
– Si. No podemos descuidarnos-.
Caminaron despacio. Amadeo se puso a temblar
cuando una ahuyama gigante les salió al
paso. Afortunadamente era inofensiva. La ahuyama
retrocedió, para caer desgraciadamente
bajo un corpulento cerdo rosado que la engulló
y luego se dejó caer sobre sus raíces peludas
en una siesta de ruidajos y gruñidos.
Dejaron pasar a un corpulento árbol de mango
que se dirigía a beber al río y cruzaron con
rapidez bajo un ruidoso bosquecillo de micos
titiés.
Llegaron sin ninguna novedad a la orilla del
río. Allí sacaron la canoa, la esfera bruñida, y
esperaron sacudidos por el prodigio, su transformación.
La echaron al no y se pusieron
a remar con entusiasmo.
Hacía más o menos una hora que estaban
52
navegando, cuando Amadeo señaló hacia atrás
y dijo: – Viene una canoa-.
– ¿ Ouién será? – preguntó el niño.
El negro casi se cae de la embarcación, cuando
exclamó:-Son los de las minas. Es el gordo
y su pandilla-.
– ¿Cómo llegarían hasta aquí? – reflexionó
Zara.
– Nos van a alcanzar-chilló Amadeo.
Zoro exclamó: – Reme con todas sus fuerzas-o
En la barca perseguidora, el hombre que parecía
ser el jefe, soltó una sonrisa pálida. Agarrando
con fuerza su látigo, dijo:-Esos no se
nos van a escapar -.
– Sí! señor; – asintió el gordo-.
– Cállese – dijo el que parecía ser el jefe -. Usted
está condenado a no hablar más en su vida.
– Pero … – balbució el gordo.
– Por su culpa, ésos se escaparon con el diamante
-.
El hombre flaco, de barba de oro y con un ojo
violeta y otro amarillo, exclamó: – Los tuvo en
sus manos cuando se los compró a los gigantes
-.
El gordo en tono quejumbroso, dijo: – No me
atreví a llevarlos yo solo, Son demasido peligrosos
-.
-A callar-barbotó el que parecía serel jefe.
53
El gordo se puso a llorar mientras se comía
un pavo relleno y la mitad de uno de los remos.
-Qué canoa tan rara- dijo uno de los guardias.
– Qué tiene de raro-gritó el hombre flaco, de
barba de oro y con un ojo violeta y otro amarillo,
– Parece de oro- dijo el guardia.
El hombre flaco miró el chispear de la nave
persequída y los dos ojos se le pusieron azules.
Zara y Amadeo remaban febrilmente pero la
distancia entre una y otra embarcación se acortaba
inexorablemente.
– Nos van a alcanzar-exclamó Arnadeo.
– ¿ Cuántos son? -=. preguntó el niño.
El viejo miró hacia sus perseguidores y dijo:
– Creo que son cinco-,
Zoro exclamó: – Vamos a varar la barca en la
orilla. La selva es nuestra única salvación -.
– Estoy de acuerdo-,
Empujaron la canoa a una playa de arena amarilla,
saltaron a tierra y corrieron hacia la
espesura, El ave tente graznaba amenazadoramente.
Los perseguidores se dieron cuenta de la
maniobra.
El que parecía ser el jefe, bramó: – Se están
metiendo en la selva -,
54
– Maldita sea. – exclamó un guardia.
– No escaparán – dijo el flaco con extraña
tranquilidad.
Zoro, Amadeo y el ave tente, se ocultaron
en el corazón de un helechal.
– Se nos olvidó convertir la canoa en una esferita-
dijo Amadeo.
– Sí – exclamó con tristeza el niño.
– Esos se la van a robar – susurró el viejo.
– No teníamos tiempo para hacer la transformación
– dijo Zoro. y agregó:-Nos estaban
alcanzando -.
El que parecía ser el jefe, el flaco, el gordo y
los dos guardias miraban fascinados la canoa
de oro.
– Qué suerte,- musitó el flaco -. Es una joya-o
Lentamente se acercó y la acarició con sus
dedos febriles. Luego, miró a sus amigos con
su ojo violeta y su ojo amarillo J y se introdujo
dentro de la canoa sonriendo. Estaba en esas
cuando la nave se iluminó y el flaco desapareció
convertido en una nube de humo.’
Los hombres retrocedieron espantados.
– Se derritió el flaco – sollozó el gordo.
– Cállese – dijo el hombre que parecía ser
el jefe.
El gordo se sentó en una piedra y se comió
55un lechón dorado y un par de botas de repuesto
que había llevado el flaco.
Los dos guardias estaban lívidos de espanto.
– No sequeden ahí. Hay que empezar la persecución
– dijo el hombre que parecía ser el jefe.
Señalando a uno de los guardias, agregó:-Usted
es un magnífico rastreador. Empiece a
trabajar -.
El guardia respondió: – Es fácil seguir un rastro
en esta playa, pero en plena selva es casi imposible.
Tal vez, si nos dividimos …
– De acuerdo. Nos veremos en este mismo
sitio -.
Los hombres se desparramaron tras los fugitivos.
Al anochecer regresaron sudorosos, malhumorados,
y se sentaron en silencio alrededor
de una fogata, a pocos metros de donde alumbraba
la’ barca de sol, varada en la playa.
Amadeo, Zoro y el ave tente, desde lo alto de
una ceiba, vieron el ojo iluminado de la candelada.
– Están en el río – dijo Amadeo.
– y son como perros de cacería. No abandonarán
nuestro rastro – dijo el niño.
En ese momento, sintieron un estremecimiento
en la selva. Después, fue un silencio que
se precipitó con trote de caballo.
56
– ¿ Qué será7- dijo Amadeo.
– No lo sé – contestó Zoro-. Algo ha llegado
a la espesura-.
Efectivamente, el tigre de vidrio caminaba con
suavidad de espuma. Sus ojos; lunitas verdes
ahora, giraban en el fondo de la negrura, flotaban
en las sombras del pavor.
Cuando lleqó junto a la ceiba llamó a Zara
con esa musiquita que parecía palabras, con
ese ronroneo de quinientos gatos, con ese fragor
de leño que chisporrotea.
– ¿ Qué pasa7- rugió el tigre.
– Nos persiguen-.
~ ¿ Esos hombres de la playa 7
– Sí.-.
El tigre miró a Amadeo y canturreó: – ¿ Un
amigo 7
– Un amigo- contestó el niño.
– Tu gente está cerca-o
Zara se estremeció de emoción.
– Contenga su corazón – rugió el tigre. Y
agregó:- Parece que quiere salir corriendo.
– ¿ Los ha visto 7
– Sí-rezongó el tigre-o Ayer vi atu madre, Mélide.
Estaba recogiendo agua en un riachuelo.
Llevaba su pelo lleno de flores, su vestido olía
a corazón de agua, pero ella estaba triste. Vi
sus ojos y me di cuenta de que estaba triste.
57
Eran dos soles negros en cielo de lágrimas. Y
estaba triste por Zoro. Todo el pueblo está
triste por Zara. Muchos creen que ya no volverá,
que la selva le quitó la vida, que ahora
camina su cuerpo repartido en la hormiga, el
buitre, el árbol, el polvo, las rocas chupadoras
de agua.
El tigre hizo una pausa, mientras su cuerpo de
vidrio despedía una llamarada transparente.
– Se debe apresurar en el regreso – cantó la
fiera.
– Lo haré- exclamó-el niño.
El gran gato movió su cuerpo, se fue entre flotaciones,
parecía untarse de sombras, hasta
que cayó en la playa y agarró entre sus colmillos
vitrificados a dos de los hombres. Luego
voló como si se fuera a recostar en la luna.
El hombre que parecía ser el jefe balbució:
– ¿ Qué fue eso?
– Un tigre -lloró el gordo.
– ¿ Vio cómo brillaba?”
-Sí-o
– Es una joya. Un tigre de diamante-.
– ¿ De diarnante ?
– Un tigre de prodigio. ¿ Lo vislumbró por
dentro?
– No me dí cuenta – se disculpó el gordo.
– Su corazón era un rubí. Está relleno de
zafiros, esmeraldas, perlas) aguamarinas y topacIos
– Qué les hábrá pasado a los guardias – suspiró
el gordo.
Como si no lo hubiera oído, el hombre que
parecía ser el jefe masculló-Hay que agarrarlo-.
– ¿Agarrar a ese animal? – hipó el gordo Y
añadió: – ¿Cómo lo vamos a hacer?
– Le tenderemos una trampa-.
– ¿Abandonamos la persecución del negro
y del niño?
– Ni más faltaba. ¿Se le olvidó que ellos tienen
el diarnante ?
– No. No se me ha olvidado-.
– Los agarraremos durante el día. Por la noche,
el tigre enjoyado caerá en nuestro poder.
Vamos a dormir -.
– ¿y si vuelve el felino?
– Esta noche no volverá-.
Cuando amaneció, ya hacía rato que Zoro,
Amadeo y el pájaro tente, habían comenzado
su marcha. Llegaron a un punto en que el río
bajaba en una profundísima cascada, sobre
una especie de escalones altísimos de roca.
Parecía una escalera de espuma por la cual
subían los vapores del arco iris.
– Es imposible vadear este río – exclamó Amadeo.
59
– Seguiremos por la orilla hasta donde podamos
hacerlo – dijo el niño.
– Tendremos que meternos a la ciénaga-.
– Si – afirmó Zoro.
– Pues andando – exclamó el viejo.
– Esperemos al tente, que está bebiendo-o
Se sentaron sobre unas rocas mientras el ave
tente bebía con deleite de las sonrosadas aguas
del río. El crujir de una rama hizo que
volvieran las cabezas y se encontraran con el
hombre que parecía ser el jefe y con el gordo,
quienes sonreían con un inquietante fulgor en
los ojos.
– Por fin nos encontramos – dijo el hombre
que parecía ser el jefe.
– Por fin – repitió el gordo como un eco.
Zoro, Amadeo y el pájaro tente permanecieron
inmóviles y en silencio.
El hombre que parecía ser el jefe desenrolló
parsimoniosamente su látigo. Cuando lanzó el
golpe, Amadeo se interpuso recibiendo el quemanaza
en el pecho. Sobreponiéndose a su
dolor, se abalanzó contra el hombre y se aferró
a él. Zara intentó moverse pero el gordo le
cortó la retirada.
Amadeo y el hombre rodaron a tierra abrazados,
forcejeando. El negro lo atenazó y su adversario
hacía esfuerzos desesperados por li-
60berarse. Por fin lo logró y lanzó un puntapié
contra Amadeo que lo echó a tierra retorciéndose
del dolor.
Acezando, el hombre aulló ,- Ni más faltaba
que un viejo y un niño nos vencieran -.
En ese momento, el ave tente lo atacó. El
hombre con gran agilidad lo esquivó y lanzó
con su látigo un golpe que desvaneció al ave
sobre la empedrada ribera.
Al observar al ave herida, el hombre prorrumpió
en una estruendosa carcajada. El gordo lo
secundó.
– Ahora – dijo el hombre dirigiéndose al niño
– va a probar los dientes de mi látigo -,
Alzó el arma y se aprestaba a dar el golpe
cuando de repente le cayó encima un águila
de hielo, El choque fue tan sorpresivo que el
hombre que parecía ser el jefe, perdió el equilibrio
y cayó al río. Lo absorbio la catarata y
bajó escalón tras escalan hasta el fondo del
abismo.
El águila de hielo, lejos de su país natural, lejos
del frío de la altura, había bajado hasta ese
sitio, a sabiendas de que el calor derretiría su
cuerpo.
Zara com prendió el generoso gesto del ave,
cuando en un vuelo rasante se dio cuenta
que volaba con una de sus alas semiderretida.
Reconoció a su amiga de la montaña de la
61
nariz de hielo.
Amadeo exclamó: – Es el águila de hielo. No
estaba muerta -.
– No estaba muerta – repitió Zoro
Se quedaron mirando cómo el ave volaba resbalando,
tropezando con el filo del aire, hasta
que el calor la convirtió en una pequeña nube.
El gordo, saliendo de su asombro, movió su
barriga gigantesca y dijo:- Conmigo no le va a
valer ninguno de sus trucos-.
– Al decir esto – exhibió en sus manos un
arma para cazar pumas.
Se acercó al niño y chilló:- Déme el diamante-o
El niño empezó a buscar la bolsa de tela que
llevaba en su pecho.
En ese momento el gordo se fijó en el collar.
– ¿ Qué es eso? farfulló-
– Un regalo de unos amigos-contestó el niño.
– Démelo-.
– No. Es un recuerdo s-.
– Démelo – gritó el gordo levantando el arma.
El niño se despojó del collar.
El hombre lo abrio con avidez y quedó sorprendido
del lustre del objeto que guardaba
la cajita.
– Es una maravilla – chilló,
Colocó el pedazo de sol en sus manos regor-
62
detas y se puso a acariciarlo. De golpe, dio
un gritico y dijo – Me pinché-.
Mostró en un dedo de morcilla un punto rojo
por el que salia una gotita de sangre. Se llevó
el dedo a la boca y lo chupó. Estaba mirando
la punta de su dedo cuando se dio cuenta de
que se estaba desinflando. Como un globo
empezó a perder su forma, hasta que quedó
sobre la playa, convertido en una vacía vegiga
multicolor.
– Se desinfló,-dijo Amadeo.
– Se desinfló – dijo Zara.
El ave tente estiró sus patas amarillas y dejó
escapar un suspiro de dolor.
– El tenta– exclamó Zoro.
Se abalanzaron y tomaron al ave en sus manos.
El niño la llevó al agua y le mojó la cabeza.
El pájaro se sacudió, abrió su pico y saludó
a su amo con una voltereta en el aire.
Zara recogio el pedazo de sol que palpitaba
en el suelo, lo introdujo en la cajita neqra y
dijo: – Vamos a buscar nuestra barca -.
– Vamos – respondió Amadeo con alegría.
Regresaron a donde el día anterior habían dejado
abandonada en su preci pitada carrera la
canoa, obsequio de sus amigos dorados.
Allí estaba, junto a la barca de sus perseguidores.
63
Amadeo miró con satisfacción su traje, cubiertoahora por una cosecha de flores amarillas.
Se embarcaron y empezaron a remar con
fuerza. Desembarcaron antes de llegar a las
cataratas y caminaron un trecho por la selva
hasta que dejaron atrás las escaleras de
espuma.
Reanudaron la navegación hasta que el río
se empezó a poner del color de la plata.
– Estamos entrando a las aguas de los espejos
– dijo el niño.
– Algo había oído de eso-respondió Amadeo
– Es un río muy caprichoso – dijo Zara -. Cambia
de lecho de un momento a otro y hay que
buscarlo a veces por largas horas para encontrar
otra vez su cauce-o
Hundieron los remos en el agua plateada y de
repente, la barca embarrancó en una loma de
arena seca. El río, como cortado a cuch illo,
se había acabado. Era una congelada línea
longitudinal,
– Se lo dije-exclamóZoro
– ¿ y ahora qué hacemos? – preguntó Amadeo.
– Hay que buscar el río-.
Se pusieron a buscarlo. El ave tente lo halló
doscientos metros a la izquierda, escondido
entre un bosque de helechos.
Subieron otra vez a la canoa y navegaron du-
64
PAJA, p,o TU.’n
( f'<.O – …~……. ~~
rante toda la noche. A la mañana siguiente,
Zara presintió que habían llegado al valle refulgente.
Al medio día, el niño divisó el embarcadero y
las inconfundibles naves de su pueblo, amarradas
y mecidas por una brisa con aroma de
uva de monte.
El ave tenté, a la cual el abuelo le había enseñado
también a volar, surcó el aire y se precipitó
en la mitad de la aldea. Todos reconocieron
al ave de Zara y salieron en tropel al improvisado
muelle. Cuando divisaron la canoa
dorada, levantaron las manos y gritaron en señal
de júbilo.
Al desembarcar, Zoro fue abrazado por Zicorauta,
su padre, por Mélide, su madre, por Artelia
y Rombo, sus abuelos, y por toda la gente
que se sentía feliz por lo que ellos consideraban
la resurrección del querido Zoro.
El niño tomó de la mano a Amadeo y lo presentó
a todos los habitantes de la aldea.
Hacía varias semanas que el anciano estaba
viviendo en el pueblo, cuando un día, mientras
recorría con Zara un sembrado de espigas, le
dijo.- Zara, tengo que partir-o
– ¿ Por qué?
– Yo también tengo que buscar a mi gente-o
– Lo comprendo-o
– Estos últimos días han sido maravillosos.
66
Tu padre y los demás, son personas llenas de
bondad y sabiduría. Pero siento que me llaman
los recuerdos del corazón. Ya soy viejo
y no me gustaría cerrar definitivamente los
ojos sin ver otra vez el mar, el caserío de pescadores
donde nací y me crié, y los amigos
que se quedaron esperándome un día ya hace
veinte años, para jugar una partida de dominó.
Sé que todavía me están esperando,
que entraré como si nada y tomaré mi mantoncito
de fichas y que el compadre Sebastián
me dirá, con esa cara de alegría que tiene por
las tardes, me dirá, que bueno que llegó, Amadeo;
coja sus fichas. Le ha ido bien en el juego,
porque mientras estaba afuera, su hijo Antonio
ha estado jugando por usted-.
Siguieron caminando en silencio. Un tropel de
caballos le puso tambor a ese claro día del
verano.
Al amanecer, Amadeo se preparaba para partir
en una barca engalanada con flores de
monte. Seis más, con sus respectivos- remeros,
estaban listas para escoltar al viejo hasta
el puerto desde el cual podría iniciar su regreso.
En su barca se amontonaban los presentes.
Desde una bolsita de esmeraldas, regalo
de Zicorauta, hasta una piedrita pintada,
obsequio de uno de los niños del pueblo.
Todos estaban en el muelle. Zoro avanzó
67hasta el viejo y puso una bolsita en su mano.
– Es el diamante – exclamó Amadeo.
– Es suyo – respondió el niño:
– Recuerdo a todos mis compañeros de infortunio.
Los buscaré y les daré la parte que
les corresponde – dijo el viejo.
Zoro le dio un beso en la mejilla y se agachó
para que no lo viera llorar.
Partieron las naves, mientras el viejo negro
recorría los rostros de Zoro, de Zicorauta, de
Mélide,. de Artelia, de Rombo, de Aicadur,
de Roca, de Irise, de Soleal, de toda la gente
del pueblo, y veía en ellos los resplandores
de la amistad.
Cuando se~ alejaba, se percató de un extraño
movimiento en la proa de su barca.
Avanzó y vio que dentro de un saco de fique,
algo se movía. Lo destapó y quedó
sorprendido al encontrar un ave tente, a la
cual el abuelo le había enseñado a cuidar
a los viejos y que no lo abandonaría para
siempre jamás. fin.
68
Este libro se terminó de
imprimir el día 29 de
Septiembre de 1.977 en
los Talleres Gráficos de
Editorial Colina de Medellin
Colombia. La
edición consta de cinco
mil ejemplares, de los
cuales cien han sido numerados.
ALGUNOS CONCEPTOS CALIFICADOS
SOBRE EL “1 CONCURSO ENKA DE
LITERATURA INFANTIL”
MANUEL MEJIA VALLEJO – (Jurado).
“Es el Concurso· considerados todos en
los cuales he participado como jurado· en
el cual he hallado un porcentaje más alto
en calidad, respecto al número de obras
analizadas”.
JAIME SANIN ECHEVERRI (Jurado).
·”EI Concurso Enka demostró que en
Colombia hay más capacidad de relato que
lo pensado y esperado por muchas personas.”
FERNANDO SOTO APARICIO· (Jurado),
“Este ha sido uno de los Concursos
literarios mejor organizados. Fué una
excelente oportunidad para los escritores
colombianos, y creo que debe repetirse”.
ROCIO VELEZ DE PIEDRAHITA . (Jurado).
“El Concurso Enka comprobó la existencia
de temas muy variados en nuestros
escritores. Y también demostró que en
Colombia existe una gran calidad
desperdiciada, por ausencia de adecuados
estimulos. Este Concurso merece un
generoso aplauso”
EDUARDO MENDOZA VARELA (Jurado)
“No recuerdo. lo confieso sinceramente,
otro evento nacional de las mismas
dimensiones” .
JORGE CARDENAS NANNETTI
“Es extraordinario y digno del mayor aplauso,
que una empresa fabril se haya interesado
en llenar una necesidad que los editores
colombianos habían descuidado
inexplicablemente “.
GLORIA ZEA DE URIBE
El Concurso Enka de Literatura Infantil, es
uno de los más notables aportes a la
cultura del país” .
u…wCOLIN,”
enko EN<A CE CCLCIVEllA SA

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OBRA DE TEATRO. ROMEO Y JULIETA. WILLIAN SHAKESPEARE.

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Carmen Ligia Pachón Roso. Plantilla Vistas dinámicas. Con la tecnología de Blogger.

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